No hay castigo. Columna Galerna y ventura

Por: Elisa Pavón

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Foto: Isabel Sanginés

Hay tres cuestiones que me revientan cuando asesinan a un compañero. La primera, el hecho en sí, que me enerva por mil razones y más aún si, encima, es un amigo más que se deja la vida en las putas trincheras de las zonas más castigadas y olvidadas del mundo, de las que no se sabría nada si no es por ellos. Esto, con el tiempo, deja de doler tanto porque pasa a tomar protagonismo la lucha por la justicia que merece su muerte.

Y es esa precisamente la segunda cuestión, la impunidad con que se terminan archivando sus causas, sus asesinatos, siempre medidos en la ejecución y difusos para su esclarecimiento. La tercera es que todos esos compañeros periodistas (léase trabajadores de la información y/o de los medios de comunicación) pasan a ser recordados por la fecha de su asesinato y las circunstancias del mismo, pero no por su trabajo o su obra. No suelo encontrar escrita la fecha de nacimiento de Juantxu Rodríguez, nadie la pone, sólo escriben que era un fotógrafo nacido en Casillas de Coria (Cáceres, España) y asesinado el 22 de diciembre de 1989 en Panamá. Pues no puedo negar que me llena de satisfacción caer en la cuenta de que, aunque no haya sido por esta circunstancia, el día de su nacimiento se ha consagrado como Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas. 2 de Noviembre. Este año Juantxu cumpliría 58 años. Mismo día en se cumple el segundo aniversario del asesinato en Mali de los periodistas franceses Ghislaine Dupont y Claude Verlon,  por los que la ONU designó este día, para intentar que las sociedades y gobiernos del mundo entero reaccionen ante el vertiginoso ascenso de los crímenes contra los periodistas, que terminan engullidos por una cultura de impunidad tan instalada como asumida.

Histórica resolución, aprobada el 18 de diciembre de 2013, que insta a los países a tomar medidas concretas para prevenir las agresiones contra periodistas y a asegurar que los responsables de infligirlas sean llevados ante la justicia. Sin embargo, desde el dolor por los compañeros que siguen cayendo víctimas de la violencia por ser «testigos incómodos» de realidades que se ocultan, no nos queda otra que seguir insistiendo en que «no se mata la verdad matando periodistas». Un informe de la Unesco elaborado por la coincidencia de este día, asegura que sólo uno de cada diez casos de periodistas asesinados en la última década en el mundo ha concluido con una condena. Además, analizando la respuesta que dan los Estados miembros de la ONU sobre las medidas adoptadas para impedir la impunidad de los crímenes contra profesionales de información, da lástima ver que, en agosto 2015, solo 24 de los 57 países en los que se han perpetrado asesinatos de periodistas han respondido a las peticiones de información del organismo de la ONU. Ni la mitad.

Tengo los nombres de muchos compañeros en la cabeza cuando leo las palabras de la directora general de Unesco, Irina Bokova, en su mensaje con motivo de este Día Internacional, en el que describe este problema que sufre la prensa: «La impunidad es venenosa, conduce a la autocensura por miedo a las represalias y priva a la sociedad de fuentes de información significativas». Cierto, pero yo iría más lejos. El asesinato de un periodista es la máxima forma de censura. Que en 9 de cada 10 asesinatos los responsables hayan quedado impunes es una clara demostración de que en el mundo que vivimos no existe oposición a que los poderosos repriman la crítica y silencien a quienes no tienen miedo a hablar, fotografiar o grabar para denunciar lo que no quieren que se sepa. No pagan por sus crímenes porque no tienen que rendir cuentas a nadie por cometerlos. Tampoco nadie se las exige desde las altas esferas.

Como Juantxu Rodríguez, Rubén Espinosa era fotógrafo y tenía 32 años cuando le asesinaron el pasado 31 de julio en México D.F. Su cadáver fue hallado junto al de cuatro mujeres en un piso, con signos de tortura, varios balazos y un tiro de gracia. Un caso conocido como «el multihomicidio de La Narvarte», por la colonia de la capital mexicana donde se produjo, que revolucionó a la sociedad por su extrema crueldad y porque de nada le sirvió ser un desplazado forzado en su país, amenazado por las huestes del gobernador del Estado de Veracruz, otro más impune a pesar de tener sobre su espalda todo un saco de denuncias por amenazas, extorsiones y agresiones a periodistas veracruzanos.

Uno más de tantos crímenes impunes… Ya son 48 los periodistas asesinados en todo el mundo en lo que va de 2015. Casos que se disfrazan de mentiras para justificar lo injustificable, como tantas veces… Como aquella en que los padres de Juantxu tuvieron que escuchar que nada podía hacerse contra los asesinos de su hijo porque «los Estados Unidos no se responsabilizan de las acciones de sus soldados en el exterior». Será por eso que tampoco hay investigaciones ni castigo en tantos otros crímenes contra periodistas, que sólo sirven para demostrar la intolerancia y la ferocidad que desde los poderes fácticos se ejerce sobre la Libertad de Expresión, con absoluta impunidad.

No hay castigo suficiente para tanta pena pendiente.

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