Si el fotodocumentalismo se basa en el momento preciso, Antonio Turok (Ciudad de México, 1955) es un hombre que ha sabido estar durante más de 40 años en el lugar y el momento oportunos. Tomando el pulso de los acontecimientos nos regaló las primeras imágenes del alzamiento del EZLN y el retrato de un subcomandante Marcos dubitativo, capturó el fastidio colectivo volcado en las calles de Guatemala, El Salvador y Nicaragua, el movimiento magisterial y popular de la APPO en Oaxaca, los aires de la era Obama y los desaires de la era Trump.

Antonio Turok, quien tomó una cámara por vez primera a los 14 años para acelerar el ritmo de una vida que discurría lentamente, recibió este jueves 23 de agosto la Medalla al Mérito Fotográfico por una trayectoria que no sólo ha servido para informar de los sucesos, sino para construir la historia. Junto a sus colegas Javier Hinojosa y Laura Cohen, fue homenajeado en el 19° Encuentro Nacional de Fototecas en Pachuca, Hidalgo.

En la misma casa familiar donde “hurtó” la Leica que su padre guardaba en el armario, una casona centenaria en la colonia Juárez, comenta que su mamá supo alentar en él esa veta artística, consciente de que su dislexia dificultaba un camino académico tradicional. “Entonces, ¿qué pasó?, descubrí que a través de esa cámara podía contar historias de una manera personal. Fue un acercamiento que me ayudó a descubrir que tenía una inteligencia visual”.

Mientras se acomoda su sombrero de fieltro, que es casi un sello personal, comenta que dicha inteligencia es la que distingue al fotógrafo, más aún “en una época altamente visual en la que, sin embargo, el contenido de lo visual es por lo general muy bajo.

“La profesión de fotógrafo es singularmente maravillosa, es la única de todas las artes que se acerca a un concepto de lo que es la realidad. El pintor puede inventar un mundo sin jamás haber salido de su estudio, lo mismo que un escritor puede crear a sus personajes, pero el fotógrafo, o al menos quien hace fotografía documental, no podría hacerlo si no sale a la calle y en eso radica su singularidad.

“El motor de un fotodocumentalista es la pasión de salir a encontrar, es la curiosidad de saber que ahí hay algún tesoro que no ha sido descubierto, que se va encontrar con posibilidades y sorpresas que jamás se había imaginado. El fotógrafo es un mago, una especie de Houdini que sabe volverse invisible en el momento justo, en el instante decisivo, para poder informar”.

Turok se formó en el campo de la fotografía con dos personajes contrapuestos, “el agua y el aceite”, Manuel Álvarez Bravo y Alejandro Parodi. Mientras el primero le encomiaba a él y a otros jóvenes pupilos (Rafael Doniz, Jesús Sánchez Uribe, José Ángel Rodríguez y Graciela Iturbide) cuidar la imagen en sus valores estéticos, el segundo ponía énfasis en el contenido de la misma, la fotografía debía ser comprometida, ser un arma que permitiera la trascendencia del hecho.

“En parte influenciados por las charlas de Parodi, íbamos (Doniz, Sánchez Uribe, José Ángel Rodríguez) a la Librería Arvil, en la calle de Hamburgo, y nos sentábamos por horas a ver libros de fotografía, de ahí caminábamos al Café La Habana para discutir sobre los autores que nos influenciaron. A mí me llamaba la atención el trabajo de Josef Koudelka, Henri Cartier-Bresson, Eugene Smith, Nacho López…, todo esto produjo efectos en mi modo de pensar la fotografía y a partir de ahí empecé a ir a San Cristóbal de las Casas, Chiapas”.

En plena década de los 70, en Chiapas encontró la persistencia del enfrentamiento entre indígenas y terratenientes, esa sociedad dividida descrita por Rosario Castellanos en Balún-Canán. “Mi decisión de comenzar a registrar a las comunidades indígenas partía de un compromiso, que era darle vida a esos rostros que estaban olvidados en la historia de nuestro país”.

Recuerda que en gran medida por el trabajo antropológico que realizaba su hermana Marta Turok y la etnógrafa Gertrude Duby Blom, registró ceremonias con una fuerte raigambre en la cosmovisión prehispánica, pero reactualizados a partir del uso de materiales modernos. Y también se percató cómo a inicios de los 80, la entrada masiva de refugiados guatemaltecos que huían del etnocidio acometido por Efraín Ríos Mont, comenzó un despertar de conciencia en sus hermanos chiapanecos.

“En el mismo periodo se levantó El Salvador, Nicaragua. Este panorama influyó sin duda para que en 1994 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional tomara la decisión de su levantamiento”.

En entrevista, Antonio Turok termina de afinar las imágenes que compondrán un gran reportaje gráfico: Fiesta y rebelión, que espera presentar bajo el sello Era en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara. En sus páginas ha intentado recoger esta historia de más de 40 años, que van de sus imágenes de las rebeliones zapatista y sandinista, a la confrontación abierta entre la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), las fuerzas federales y el gobierno de Ulises Ruiz, en 2006; y más recientemente las manifestaciones ciudadanas a propósito de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

En más de una ocasión, Antonio Turok ha equiparado el trabajo de un poeta con el de un fotógrafo, uno requiere de la precisión en las palabras para expresar las emociones, y el segundo, de la exactitud de la composición, la luz y el momento, para crear una imagen que comunique el suceso como forma y fondo, “porque la parte que a mí me interesa ver es cómo se transforma una sociedad en concreto.

“La diferencia entre un fotoperiodista y un fotodocumentalista, es que mientras el primero busca registrar el hecho, el segundo se pregunta el por qué sucedió, va creando un guión en su cabeza sobre lo que quiere transmitir. El fotodocumentalista debe estudiar lo que va a fotografiar, ser una suerte de antropólogo, sociólogo, tener un bagaje de historia del arte, es la única manera en que el fotógrafo pueda convertirse en parte integral de esa experiencia”, concluye.

Antonio Turok, que ha visto mucho en su vida, se muestra preocupado en un nuevo milenio que recuerda a siglos pasados, la historia parece repetirse y arrecían los vientos cargados de intolerancia y actitudes fascistas. Mientras lo verosímil desplaza a lo comprobable, y el selfie conforma nuestro retrato colectivo, el maestro se pregunta seriamente qué les dirán estos autorretratos a los antropólogos del futuro, “¿por qué sonreían en momentos en que se estaban exterminando?”, cavila.

“Vivimos el momento más fascinante de la historia. Las fuerzas del péndulo parecen inclinarse al mal, pero quiero pensar que volverán a equilibrarse. Siempre hay pensar así, yo creo que no podemos vivir si no hay amor, a partir de él retomamos la posibilidad de resurgir de las cenizas”.

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