Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro,

si no está muerto, está moribundo”. Federico García Lorca

Hace 35 años nacía el Foro Shakespeare, un teatro independiente en la colonia Condesa de la Ciudad de México, fundado por Héctor Fuentes y Esther Grynberg. Con el paso de los años, el foro terminó en las amorosas manos de la actriz y directora Ítari Marta y del actor Bruno Bichir, ambos convertidos en verdaderos promotores culturales, quienes hoy enfrentan el cierre de este recinto.

¿Y por qué se cierra este emblemático foro? Porque las políticas neoliberales del gobierno capitalino saliente, la gentrificación y la voracidad de las inmobiliarias permitieron que el lugar vaya a ser demolido a fin de construir un edificio de departamentos. Aunque hubo negociaciones con las autoridades, estas no prosperaron, por lo que estamos ante la inminente muerte de un teatro. No ha sido el único, sin embargo el cierre del Shakespeare duele por su carácter 100% independiente, porque fue un espacio abierto a todas las propuestas teatrales y fue un proyecto autogestivo con una visión comercial en el mejor sentido del término: generar trabajo y obtener ganancias por ello, no hacerlo “por amor al arte” sino vivir de él. Duele porque lejos de cerrar un teatro se deberían abrir más para que haya una mayor oferta cultural y para que –por medio del arte- se vaya subsanando el tejido social que ha sido desgarrado por la violencia extrema en la que nos han sumido los recientes gobiernos del país.

El Shakespeare no solo contaba con una sala, sino con varios espacios escénicos; aquí se presentaron grandes actores y actrices, dramaturgos y dramaturgas, directoras y directores, y demás hacedores teatrales. Por estos pasillos, por sus camerinos y en los escenarios fulguraron Ludwig Margules, Jesusa Rodríguez, Tito Vasconcelos, Ana Ofelia Murguía, Margarita Sanz, Delia Casanova, César Enríquez Cabaret, Fernando Bonilla, Hugo Arrevillaga, Astrid Hadad, Ana Francis Mor, Alexandro Guerrero, Darío T. Pie, Claudia Aguirre, Amérika Moreschi, y se representaron obras de autores como Jean Genet, Yukio Mishima, Tennessee Williams, Samuel Becket, Edward Albee, Darío Fo, Wajdi Mouawad y muchos de la dramaturgia nacional, desde Jesús González Dávila y Sabina Berman, hasta Edgar Álvarez Estrada, Conchi León, Jorge Celaya y Gabriela Ynclán. Aquí se montó teatro clásico, contemporáneo, cabaret, stand up, se impartieron cursos y talleres, se realizó el Ciclo de Teatro Útil, se creó una editorial y contaba con la mejor librería especializada en teatro y dramaturgia. Por si esto fuera poco, aquí se fundó la Compañía de Teatro Penitenciario, un programa de reinserción e impacto social.

Pero como no existen leyes para proteger espacios culturales, nada de lo anterior bastó para que las autoridades tomaran cartas en el asunto y rescataran al Foro o le ofrecieran otro espacio para darle continuidad. ¿Qué les importó a los funcionarios en turno la pérdida de un teatro? Nada, ya que la mayoría es insensible y no trabaja para la población sino para los grandes intereses económicos que privatizan empresas, construyen centros comerciales y complejos inmobiliarios sin tomar en cuenta las consecuencias que esto propicia. Como diría José Saramago: “Y, metidos en esto, que se privatice también a la puta que los parió a todos”.

Alguna vez Heiner Müller lanzó un desafió a los teatristas: “Habría que cerrar los teatros por un año y ver si así la gente nota la diferencia, y si no, el teatro no está cumpliendo su misión”. Los teatreros habremos de asumir nuestra responsabilidad cuando vemos las salas vacías o a medio llenar ya que hemos perdido o no hemos logrado conservar y atraer al público. Sin embargo, también es cierto que hoy, en las circunstancias en las que vivimos, la muerte de un teatro se ve opacada por los cientos de fosas, asesinatos, desaparecidos, feminicidios, por la corrupción y la impunidad. No es que un teatro no importe, es que a esta sociedad la rebasa el dolor de ver a sus hijas e hijos masacrados. El cierre del foro no es más que el reflejo de un país donde los peores gobernantes entronaron a la muerte y desangraron a una nación.

Bruno Bichir escribió una dulce-amarga despedida: “Y el teatro seguirá. Pese a un país sin leyes, sin memoria, grosero a veces y resentido otras, nosotros no olvidamos, nos iremos felizmente a la mierda llenos de alegría y orgullo porque nuestra labor, la de Héctor, Esther, Ítari, Ale, Miguel Ángel, Jerry, y locos todos que nos acompañan, han marcado una huella indeleble en el universo, como un beso […] El teatro sigue. Efímeramente trascendiendo”.

Por eso debemos seguir creyendo que el arte puede cambiar al mundo -aunque no lo cambie-, aunque solo transforme a algunos, a los que lo hacen y a los que lo aprecian. A pesar de todo debemos seguir creando para que no nos arranquen la esperanza, la alegría y la capacidad de asombro, para no dejarnos vencer ni claudiquemos ante el horror de ver un México devastado.

Algún día pasaremos por la calle de Zamora número 7, y ahí, donde habrá un edificio habitacional, recordaremos con nostalgia la marquesina del Foro Shakespeare y quizás, a lo mejor, alcanzaremos a oír el eco lejano de actores y actrices interpretando sus personajes, escuchando algunos diálogos… tal vez una voz clamando “¡Un teatro, mi reino por un teatro!”

¡A la mierda el Shakespeare!, exclaman Ítari, Bruno y el equipo de creadores que los han acompañado durante todo este tiempo. ¡A la mierda el Shakespeare!, gritamos los teatreros y los espectadores para que de esta muerte renazca de sus cenizas un proyecto tan grande, tan hermoso, tan libertario, tan humano como el del Foro Shakespeare.

¡Ha muerto el Shakespeare! ¡Viva el Shakespeare!

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