Por mucho tiempo se pensó que el tema de la ritualidad era exclusivo de los entornos de ese Otro de la modernidad. Así se diferenció a las “sociedades tradicionales” de las modernas; donde las primeras se regían por ritos y por magia, mientras que las segundas a través de leyes y de la razón. Sin embargo, no hay duda que estas últimas también requieren de un relato mitológico que les otorgue sentido: donde signos componen un universo simbólico, es más, el poder es precisamente esto, una empresa que se procura su propia ritualidad para legitimarse.

El día sábado, primero de diciembre, se realizó el ritual de entrega del Bastón de mando al presidente Andrés Manuel López Obrador, por parte, se dijo, de 68 representantes del mismo número de “pueblos originarios”. Aunque también se le refirió como acto de “purificación” allí sobre el escenario que se montó en pleno Zócalo de la Ciudad de México. Donde el propio Presidente lo significó como “la purificación de la vida pública de México”. Pero vayamos un poco más de esta primera escena de la nueva liturgia del poder.

No dudo de los afectos que se pudieron dar de manera espontánea en aquella puesta en escena, pero vale la pena darle una lectura crítica. Pues en esa escena es donde se hace evidente la invención del discurso mítico del poder, facturando una narrativa accesible y fácil de comunicar a pesar de lo complejo de la realidad, del laberinto de la diferencia cultural que intentó invocar.

En primera, porque se antepone un relato místico que desplaza a los pueblos originarios y los condena al lugar de lo mágico. Negando toda posibilidad de ser un acto político por parte de ese sujeto colectivo que se empeñan en denominar como “indígena”, quien sólo tiene acceso al templete por ser codificado como un ser místico, por habitar la metafísica que sólo legitima el poder.

No por nada el presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Porfirio Muñoz Ledo, escribió en su cuenta de Twitter: “Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel @lopezobrador_ ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”. Sería interesante poder confrontar el sentido de “cruzado” en este contexto ritualizante, pero pasemos a un segundo punto.

En segundo, se hace pasar, por medio de un relato alquímico, lo diverso a lo homogéneo. Procurando la unidad de lo diferente, a partir de presentación “68 etnias”. Sin embargo, la aritmética falló o la manera en se comunicó el espectáculo también, porque también hubo la presencia de la población negra, a quienes aún la Nación le ha negado su propio lugar.

Así antes de mostrar las demandas, las reivindicaciones de las luchas por la autonomía y la libre determinación sólo se dejó expresar un ejercicio de corporativismo. Esa estrategia del poder que tantos beneficios le trajo al priismo y, que precisamente condenó a los pueblos a ser sólo un paisaje más de la patria. No por nada Gloria Muñoz, escribió en su muro de Facebook: “Una ceremonia indígena a modo, ajena, impostada, folclórica, sin representantes de las luchas indígenas y territoriales, para conmover a principiantes. Nadie que conozca a los pueblos puede decir lo contrario”.

Pero también vale la pena saber de los actores de la escena ritual. Haciendo hincapié en aquellos supuestos representantes de los pueblos, pues a AMLO todos lo conocemos al menos la parte que nos ha mostrado públicamente hasta hoy. Días antes de la toma de la posesión presidencial se empezó a cuestionar sobre estos personajes que se autodenominaron “gobernadores nacionales indígenas”, que sin preveía consulta en alguna asamblea comunitaria se autoproclamaron para ser parte del ritual.

Por ejemplo Fernando Bedolla identificó, en redes sociales, a quien le entregó el cayado al Presidente y, de paso precisa el origen de este grupo de “gobernadores indígenas” en los siguientes términos: “El cenecista y priista Hipólito Arriaga Pote lo entregó (el Bastón). Esta gubernatura fue creada para lucrar con las comunidades, con los derechos de propiedad intelectual de las mujeres indígenas, está el negocio de lo étnico, de la diversidad cultural”.

Para finalizar es de resaltar el punto donde busca parte de su legitimidad AMLO. Cambiando la ritualidad política: donde el Presidente tras su envestidura recibía el juramento de lealtad de la Fuerzas Armadas, pero ahora lo que solicitó fue la fidelidad de las naciones originarias a través de una representación, de una puesta en escena. Quizás porque en los territorios en los que se asientan serán clave para su gobierno (allí se asoma el Tren Maya), por lo que requiere la lealtad de las 68 comunidades originarias.

No olvidemos las palabras del subcomandante Galeano del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN): “Está en marcha una nueva guerra de conquista de los territorios de los originarios, y la bandera que porta el ejército invasor a veces lleva también los colores de la izquierda institucional. O luchan y defienden, incluso hasta la muerte, esos territorios, o no hay de otra”. Una suerte de conjuro frente al hechizo mediático a la Nación.

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