La tradición, Quinto Viernes en San Juan Ixhuatepec: Jueves, el seguimiento de los rituales

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Texto y Fotografías: Teresa Balcazar/ @BalcazarTeresa

En el Calvario  se encuentran  dos grandes pensamientos. Dos maneras de entender la historia,  que se conjuntan en una narrativa y nos hablan de una tradición: por un lado un relato que, constantemente, renueva sus significados y se niega a perder las raíces;  por otro, una lectura que permanece vigente según las Santas escrituras.

Los abuelos cuentan: después de la fundación, cuando el rey Itzcóatl decretó repartir las tierras en el año 1438; la historia del pueblo está unida a los lazos del Nazareno que sale en el Quinto Viernes. Celebración cuyos orígenes  se narran a partir de la época colonial, en el año 1539[1].

En ese tiempo, San Juanico era uno de los cuatro grandes pueblos indígenas que surgieron como iglesias de visitas, después de Santa María de la Redonda, San Sebastián y San Pablo.

Iglesia San Juan Bautista

Siguiendo la comunicación oral, sin perder especial atención a la ubicación geográfica de la región,   la gente mayor  reconoce que  San Juan formaba parte de Santiago Tlatelolco. Era un gran pueblo: lo acompañaban  Atzacoalco, Santa Isabel, Zacatenco, Ticoman y la cordillera de Cuautepec.

Sin embargo, los poblados se fueron segmentando. La integración de San Juan Ixhuatepec a la Basílica, cuando se edificó la capilla de nuestra Señora Guadalupe, impuso una división territorial, que se haría cada vez más  evidente siglos más tarde,  con la industrialización del norte de la Ciudad de México.

Bajo este contexto, y ante la insuficiencia de curas  para visitar cada pueblo,  las representaciones de la pasión de Cristo se volvieron un elemento indispensable en  las tareas de la evangelización.

Las interpretaciones, por cada viernes doloroso, adelantándose a la Semana Mayor, se repartieron indistintamente. El primero le pertenecía a  Santiago Atzacoalco, el segundo  a San Bartolo Atepehuacan. El tercer viernes, a pesar de lo confuso de los relatos, se le designó  a Tenayuca, desplazando a San Juan Iztacala. El cuarto a Cuautepec, quinto San Juanico y sexto a San Juan de Aragón.

Añorando el pasado, la gente mayor señala que, con el paso del tiempo, las escenificaciones del viacrucis cambiaron  por misas; dejando de lado las mayordomías que requerían una compleja organización, para llevar a cabo las festividades.

En  San Juan Ixhuatepec continua vigente. Es un  ciclo festivo que muestra  la identidad del pueblo y sus habitantes.

A partir de esta  información, antes de que el pueblo adorne los portones  de sus casas, con cadenas de color blanco y morado, para recibir la Semana Santa;  Jorge Cisneros Martínez enseña a las futuras generaciones su identidad.

Recorriendo un largo camino,  que inició cuando recibió por primera vez la mayordomía de barrio, después de la tragedia que ahora sirve como referente para identificar al pueblo;  desde 1985, Cisneros  instruye sobre la festividad más importante de la comunidad: tradición  que, entre flores, fuegos artificiales, máscaras e  imágenes, representa  ceremonias cristianas con rituales propios del pueblo originario de San Juan Ixhuatepec.

Uniendo el pasado con el presente, el organizador comparte  cómo debe ser el Quinto Viernes.

Son recuerdos que buscan documentar y rescatar  las memorias de sus antepasados. Indagan en una tradición que es propia  y se resiste a ser olvidada, pese a su integración a la gran urbe.

Jueves, el seguimiento de los rituales: una petición a cambio de donaciones.

Alrededor de las nueve de la mañana, el toque inicial resuena en las cuatro ermitas de la iglesia. Jorge Cisneros, acompañado de los mayordomos,  anuncia un acontecimiento importante.

A partir de las diez, en los ocho barrios el mensaje empieza a ser comunicado.

En Santa Cruz el bajo, Santa Cruz el alto, Tecuil, El Calvario, El Llano, La Alteña, San Juan y San José se escucha el presagio: Dios va ser ejecutado, morirá a cambio de la salvación del mundo.

En las calles, se respira la purificación del universo. El aroma del copal acompaña el eco del caracol y la ocarina.  Su sonido invoca el lamento  de todo un pueblo.

Por un instante, el caracol y la ocarina guardan silencio.   Un instrumento de viento rompe el duelo: la chirimía, junto con el huehuetl[2],  consuela a los deudos y les recuerda que el Señor resucitará al tercer día, según las escrituras.

El andar se detiene en las casas, donde las familias dan sus donaciones para  vestir al Nazareno y entregan las portadas que adornarán la entrada de la iglesia.

Es un trayecto largo que amortigua el cansancio con presentes de comida, refresco y agua. En agradecimiento, el caracol suena nuevamente.

Esta vez a lo largo de los cuatro puntos,  bendice a las familias para que nunca les falte sustento, casa, vestido y comida. Frente a los altares, el caracol hace un llamado a la prosperidad.

Para dejar satisfechos a los contribuyentes, la chirimía entona una melodía que rompe con el protocolo y demuestra que su canción favorita es La del moño colorado.

Es jueves, es víspera del quinto viernes. Es el día donde la ocarina  anuncia el duelo que vivirá el pueblo.

El caracol resuena en los cuatros puntos cardinales en señal de agradecimiento.

Y la chirimía celebra la resurrección del Señor.

 

[1] Fecha en el que se construyó la primera ermita,  en donde  el pueblo acordó que se advocaría al Santo Patrón San Juan Bautista

[2]Instrumento de percusión.  Los españoles lo identificaban como una especie de atabal.

 

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