Por Brian Martínez / @MartínezBrianG

Recordando que México había quedado debilitado en deudas por guerras ocasionadas por bandos liberales entre los que se pugnó el poder, el autor James Cockroft expone que “el estado demócrata-burgués mexicano dejó paso a otro oligárquico-dictatorial, dirigido por Porfirio Díaz, héroe de guerra y de origen mestizo” (Cockroft,2001).

Es a partir de este momento que comenzó lo que se le considera  el Porfiriato que va del año 1876 a 1911, un tiempo, visto desde hoy, bastante largo para que un presidente se mantenga en dicho puesto gubernamental, un periodo de treinta y cinco años en comparación con los actuales seis años de duración del ciclo presidencial.

Según Cockroft, Díaz administró el país como una reserva capitalista para sus amigos mexicanos y extranjeros: (…) Desarrolló las comunicaciones, la electrificación, los transportes, la industria, y la agricultura comercial mediante concesiones a intereses comerciales extranjeros y nacionales y al uso de mano de obra asalariada y forzada. Una fuerza de policía rural, los “rurales”, patrullaba el país, al tiempo que un ejército fuerte aplastaba las huelgas. La censura y los calabozos silenciaban a los disidentes (2001, pág. 103).

Si bien se ha pensado bajo la cultura general y el sentido común, por llamarlo de algún modo, que Porfirio Díaz ha sido uno de los mejores presidentes de México al modernizar e impulsar tecnológica, industrial y económicamente al país, no es gratuito, dialogando con el autor, pensar que bajo esta censura, aplastamiento, represión y explotación a las clases bajas y populares, se comenzaría a gestar un sentimiento o necesidad de un cambio, ya sea de mandos, dinámicas de trabajo o del sistema en general.

Hacia finales del porfiriato fue surgiendo un importante proletariado industrial con creciente conciencia de clase. Docenas de huelgas industriales mineras y ferroviarias se produjeron entre 1906 y 1908. La mayor parte incluía tanto a hombres como a mujeres, y casi todas eran animadas por el ilegal Partido Liberal Mexicano (PLM), cuyos objetivos revolucionarios incluían derechos iguales para las mujeres (Cockroft, 2001, pág. 103).

Es complejo este proceso, puesto que Díaz, astuto, supo manejar el poder militar, político y social de tal modo que se mantuvo tanto tiempo al mando del país, logrando aplastar dichas huelgas generales y cualquier otro movimiento que se opusiera a su régimen.

Sin embargo, también se comenta que aunque aplastadas con gran costo de vidas humanas, las huelgas debilitaron las pretensiones de legitimidad del régimen de Díaz. Además, en 1906-1908, el PLM organizó revueltas armadas en varios estados. Luchadores experimentados de aquellas acciones armadas infructuosas desempeñaron un papel de primer orden en las victorias militares que arrojaron a Díaz del poder en 1910-1911 (pág.103).

No son exclusivas las movilizaciones populares de parte de éstos; parafraseando al autor antes mencionado, en el sur, en el estado de Morelos, el agricultor Emiliano Zapata y un grupo de revolucionarios contestaron al llamado de guerra del PLM del que Ricardo Flores Magón era presidente gritando “¡Tierra y Libertad!”, mientras que en el norte había movilizaciones organizadas por Francisco “Pancho Villa”. Posteriormente con la intención de derrocar a Díaz, la política de Francisco I. Madero con una breve alianza con los dos anteriores, organizaron y sistematizaron más movilizaciones. Entre hambrunas, rupturas, combates y crisis social, económica, educativa, La Revolución Mexicana se desarrolló.

Al respecto, Crockroft menciona que las notables características de la Revolución de 1910-1920 fueron, primero, su explosiva confrontación inicial de clase que enfrentó a campesinos y proletarios, por un lado, contra grandes terratenientes y capitalistas por el otro, y segundo, sus marcadas características antiextranjeras y antimperialistas (nacionalismo). Aunque la burguesía estaba dividida, con las fracciones industrial-financieras más “modernas” intentando afirmar su hegemonía sobre las más oligárquicas y tradicionales, este conflicto entre clases privilegiadas era secundario respecto de la necesidad por parte de ambas fracciones burguesas de derrotar a los campesinos y obreros e impedir que las clases bajas vencieran definitivamente a las clases altas. En este sentido, no hubo una revolución social, sino sólo una revolución política, e incluso esta revolución política fue menos completa de lo que suele decirse (Cockroft, 2001, pág.105).

Si bien en este párrafo ya hay interpretaciones del autor, que en cierta medida comparto, éste permite vislumbrar bajo qué condiciones sociales, políticas e históricas yacían los movimientos armados, las huelgas generales y la participación activa de diferentes clases sociales.

Hablando sobre los movimientos, cada uno tenía sus específicos objetivos, que son, fundamentalmente a partir de las cuales se pueden identificar sus diferencias. Mientras que el movimiento de Emiliano Zapata, denominado después como Radical por el autor (p.124) demandaba el repartimiento de tierras para quienes las trabajaban, es decir los campesinos que labraban las tierras, y que habían sido despojados de ellas por terratenientes y latifundistas con leyes que favorecían a los dos últimos; el movimiento de Francisco Villa, que posteriormente iba a ser moderado comandado por Carranza ya en 1913-14 para después ser traicionado.

Recordando que el capitalismo yacía en un desarrollo donde la mano de obra barata ya era posible y la explotación tanto de mineros, ferrocarrileros, campesinos y trabajadores asalariados –proletariado-; el PLM ya en 1911 se enfocaba en motivar los movimientos populares y proletarios para una transformación sistemática contra el capitalismo, con objetivos concretos como la repartición común de las tierras, una forma de producción diferente, donde todos produzcan y todos sean dueños de los medios de producción, al respecto, dicho partido comenta:

Los liberales os invitamos a tomar la tierra, la maquinaria, los medios de trasportación y las cosas desde luego, sin esperar a que nadie os dé todo ello, sin aguardar a que una ley decrete tal cosa, porque las leyes no son hechas por los pobres sino por señores de levita, que se cuidan bien de hacer leyes en contra de su casta” (Flores Magón & Rivera, 1911, pág. 5)

Es en el mismo documento donde los intelectuales diferencian su movimiento, sus propuestas y sus objetivos de otros al comentar:

Contra el capital, la autoridad y el clero el Partido Liberal Mexicano tiene enarbolada la bandera roja en los campos de la acción en México, donde nuestros hermanos se baten como leones, disputando la victoria a las huestes de la burguesía o sean: maderistas, reyistas, vazquistas, científicos, y tantas otras cuyo único propósito es encumbrar a un hombre a la primera magistratura del país, para hacer negocio a su sombra sin consideración alguna a la masa entera de la población de México, y reconociendo, todas ellas, como sagrado, el derecho de propiedad individual (pág. 2).

Entonces, bajo estas condiciones, circunstancias y objetivos se desarrollaron y actuaron dichos movimientos. Aunque no es el objetivo de este texto profundizar sobre ello, debe ser contemplado y tomado en cuenta para reflexionar los siguientes hallazgos presentados.

Inclusión de la mujer en los movimientos revolucionarios

Ya en manifiestos y el periódico Regeneración se pretendía y exhortaba a las mujeres a la participación. Al respecto Crockroft menciona que “el PLM animaba a las mujeres a engrosar sus filas como miembro de pleno derecho” (2001, pág. 116). Se puede leer en el manifiesto del 23 de septiembre de 1911 del mismo partido al respecto:

MEXICANOS: con la mano puesta en el corazón y con nuestra conciencia tranquila, os hacemos un formal y solemne llamamiento a que adoptéis, todos, hombres y mujeres los altos ideales del Partido Liberal Mexicano. Mientras haya pobres y ricos, gobernantes y gobernados, no habrá paz, ni es de desearse que la haya porque esa paz estaría fundada en la desigualdad política, económica y social, de millones de seres humanos que sufren hambre, ultrajes, prisión y muerte, mientras una pequeña minoría goza toda suerte de placeres y de libertades por no hacer nada (Flores Magón & Rivera, 1911, pág. 6).

Con estas citas no quiero dar a entender que fue a partir de estos discursos que algunas mujeres tomaron la iniciativa de participar en los movimientos, sino hacer notar estas impresiones públicas donde se hacía explícita la intención de incluir a la mujer. Aun es probable pensar que dicha participación sucediera desde diferentes lugares del país, con diferentes movimientos, objetivos y con diferentes aspectos históricos-personales.

Para la autora Isabel Vázquez en su artículo periodístico en Reforma llamado De “Adelitas” a protagonistas donde retoma palabras de las autoras Ana Lau y Carmen Ramos, hablando sobre su libro “Mujeres y revolución. 1900-1917”: La incorporación de las mujeres al trabajo industrial a finales del siglo XIX creó las condiciones para la politización de las mujeres, y su participación en organizaciones obreras, grupos políticos y posteriormente, en el movimiento para derrocar el gobierno porfirista (1993, pág. 1).

Cuestión compleja y, al menos para la autora y las escritoras mencionadas, “contradijo la concepción positivista de que las mujeres debían limitarse a los asuntos domésticos y al papel social de madres y esposas exclusivamente” (pág. 2). Pero sí, ya para esos momentos, la participación activa directa o indirecta de la mujer en diferentes facciones y movimientos era un hecho. Aunque no visibilizado del todo, cumplió un papel fundamental.

Por esta cuestión de no ser visible la participación de la mujer, para Isabel Vázquez, Ana Lau y Carmen Ramos, así como el Dr. Óscar Misael Hernández, y las historiadoras Mary Kay Vaughan, Jocelyn Olcott y Gabriela Cano, construir la historia contemplando esta dimensión resulta difícil, en tanto que por carencia de testimonios escritos y por otro lado, explicar tal transformación, que no era mínima (Vázquez, 1993) (Hernández, 2010).

Pese a lo anterior, sí es posible rastrear casos concretos de dicha participación y papel por parte de algunas mujeres.

Al respecto Crockroft menciona que: Las mujeres en lucha contra Díaz –especialmente periodistas- avanzaron hasta sus primeras filas. Incluían a la maestra Juana B. Gutiérrez de Mendoza y a Elisa Acuña y Rosete, del periódico «Vesper» (1901), cofundadoras en 1907 del grupo de la ciudad de México “Socialistas mexicanas”. Frecuentemente arrestadas, se encontraron en la cárcel con otras mujeres opositoras de Díaz, como la poeta Dolores Jiménez y Muro. Estas tres activistas fueron obligadas a huir a Estados Unidos. Fundaron un grupo feminista pro obrero, «las Hijas de Cuauhtémoc». Gutiérrez de Mendoza y Acuña y Rosete se unieron posteriormente al ejército de Zapata, llegando la primera a comandante de tropa (Cockroft, 2001, pág. 116).

Se expone que la participación periodística no fue una tarea fácil, por esta persecución y represión efectuado por el régimen dictatorial, pero sí una tarea fundamental y de amplio valor puesto que las periodistas, a través de publicaciones periódicas, manifiestos, cartas y solicitudes, tuvieron un papel muy importante antes y durante el conflicto armado (…) fueron vocero de las preocupaciones sociales de otras mujeres, y de sus ideas sobre la sociedad en que vivían (Vázquez, 1993).

La autora Samanta Alcocer retoma tres casos de participación de mujeres en la revolución y el cómo lo vivieron, en sólo una página significativa. Puesto que parafraseando a la autora, no sólo como adelitas o soldaderas fungieron las mujeres papeles activos en la revolución, sino en diferentes frentes; en aspectos de planeación estratégica; en el campo de la salud con la creación, por Elena Arizmendi (1884-1949), de la asociación de enfermeras Cruz Blanca Neutral que atendió a heridos de guerra y conflictos armados. Expone el caso de María Andrea Villarreal, que en el exilio hacia Estados Unidos, junto con su padre fundador de la Sociedad de Obreros de Lampazos y su hermano, donde ella escribió varios artículos con visiones revolucionarias, y que también llegó a criticar, desde ahí mismo al gobierno estadounidense por apoyar y respaldar al porfiriato en diferentes momentos. También se menciona que antes de su exilio, participó en movimientos armados en Coahuila entre 1906 y 1908 (Alcocer, 2018).

A partir de estas participaciones puede comprenderse la admiración con la que Ricardo Flores Magón, en Regeneración, citado por Cockroft, dignifica la participación de mujeres en la Revolución Mexicana, además de que visibiliza en cierto grado, la relación de inequidad con el hombre:

Las mujeres trabajan más que los hombres, se les paga menos, y la miseria, los malos tratos y los insultos son hoy como ayer la más amarga cosecha de toda una existencia de sacrificio (…) La servidumbre no reconoce sexos; la infamia (el capitalismo) que degrada a los hombres igualmente te degrada a ti (Cockroft, págs. 116-117).

Para la autora Isabel Vázquez la participación de las mujeres en la Revolución mexicana “implicó una transformación sexual y social que les permitió participar en la revuelta de una manera que va más allá de la soldadera(1993, pág. 1). Aún quedan otros casos de participación de la mujer en la revolución, para lo cual invitaría a quien lee, a profundizar dichos casos en los textos presentados en la bibliografía. La autora Vázquez, expone casos significativos de esta participación en el papel de precursoras y magonistas, en la democracia con Virginia Valdés; las Zapatistas con Amalia Ronles, Rosa Padilla Camacho y Juana Belén Jiménez y Muro, por mencionar algunas; mujeres que participaron en el movimiento villista, pese a su actitud paternalista y protectora de Villa que pretendía limitar su participación en éste (Vázquez, 1993).

Otra dimensión de las mujeres en la revolución mexicana

Ahora bien, es necesario entrar a la otra dimensión planteada, sobre todo por Oscar Hernández, Mary Kay Vaughan, Jocelyn Olcott y Gabriela Cano, en la que, si bien hubo una participación activa de parte de mujeres, y una admiración a esta, yace aquella otra realidad de dominación y abuso para con las mujeres de parte de movimientos revolucionarios y federales contrarrevolucionarios (Hernández, 2010).

Para la construcción de su texto, es importante mencionar que, el autor retomó argumentos y fundamentos de las historiadoras nombradas, al igual que identificó y analizó “los testimonios de algunas mujeres que participaron en la Revolución Mexicana de diferentes formas y en distintos lugares, testimonios que fueron recopilados por algunos académicos y escritores de la región y que, para la década de los noventa, hicieron públicos” (Hernández, 2010, pág. 46) entre los que yacen los trabajos de Jesús Arzola (1991), Jorge Trujillo Bautista (1992), Xavier C. Perales (1993), al igual que la descripción biográfica de una revolucionaria anónima de Juan Fidel Zorrilla (1976) y testimonios desde Juana E. Olvera (2002) sobre su madre y sus experiencias relatadas sobre el movimiento armado.

En dicho texto se exponen partiendo de palabras de María Olvera, que “las mujeres eran violadas y si después querían seguir a la tropa se las llevaban para que cocinaran, lavaran la ropa y cumplieran con sus funciones sexuales sin importar con quién” (Hernández, 2010, pág. 46).

 También se ha expuesto que cada vez que llegaban los avisos de que venían los revolucionarios, sus padres huían con ellas hacia el monte para esconderse de las hordas de soldados. No importaba cuál fuese la afiliación que estos representaran, ya que todos procedían de la misma manera: saqueaban al pueblo y violaban a las mujeres sin importar edad o condición (pág. 46).

Retomando lo que podría implicar este último testimonio, es importante señalar que debe ser contemplado como tal, como un testimonio, tampoco con la intención de desvalorizarlo. Es decir, es una dimensión más sobre la práctica de los movimientos armados de la revolución, esto no quiere decir que todos se desvirtúan con éste, pero tampoco que hayan sido sagrados, ya que los acontecimientos históricos son complejos, en el que se inter-conectan muchas realidades, prácticas y acciones, algunas más visibilizadas que otras -y no por ello la historia se detiene- el punto crucial es contemplar las mayores dimensiones posibles de los complejos procesos históricos.

Posteriormente, el autor comenta y expone que:  Las historiadoras y antropólogas feministas han planteado que, al menos en el contexto de la Revolución Mexicana, las mujeres más que desempeñarse como adelitas o soldaderas, participaron como “ayudantes” de los hombres pues, sin ellas, la revolución no hubiera sido posible, incluso, que podría afirmarse que desempeñaban una serie de trabajos que, por supuesto, estaban anclados en una división sexual y jerarquía masculina (Hernández, 2010, pág. 47).

Sobre las adelitas y soldaderas, es claro que bajo la cultura popular contemporánea se ha generado un símbolo de participación de la mujer en la historia mexicana, y como una construcción simbólica del compañerismo como participantes desde todas las minorías, proletariado, campesinos, hombres, niños y mujeres; sin embargo, el autor Hernández vierte una reflexión, significativa.

Por supuesto, la exaltación de las adelitas o soldaderas, a pesar del reconocimiento de su heroísmo y valentía en el campo de batalla, al igual que los hombres, no significaba la emancipación de la dominación masculina: por ello, cuando en el cancionero mexicano se le recuerda, el hombre revolucionario resalta que ella es de su propiedad, al grado de que si se va con otro, la buscaría por tierra o por mar; al mismo tiempo se evidencia la debilidad de los hombres en la ausencia de las mujeres (Hernández, 2010, pág. 47).

Al respecto, también se comenta que había acciones encaminadas a mantener dicha imagen de heroísmo, si bien para las adelitas o soldaderas, sobre todo para la imagen del hombre revolucionario. Retomando el testimonio de Antonia Álvarez se dice que en tiempos de la revolución las soldaderas parían y nosotras les amarrábamos el ombligo con pita o con un paliacate; con un cerillo quemábamos las puntas del ixtle y ya quedaba amarrado el ombligo del chiquillo; a las veinticuatro horas estaban montadas en los caballos bien orquestadas (pág. 47).

En suma, después argumenta el autor, “se trataba de proteger no sólo la imagen de los hombres, sino también de contribuir a la reproducción social de los hombres y la revolución” (pág.47).

Nuevamente, aún hay más casos y relatos donde se puede evidenciar el abuso, la violación y la superposición simbólica del patriarcado sobre la mujer; sin embargo, por cuestiones de tiempo, espacio y metas concretas de exploración, es necesario avanzar a las reflexiones, no sin antes exponer tres conclusiones que el autor asume sobre la historia de las mujeres en la revolución.

En primera instancia -parafraseando el texto- se concluye que es necesario hacer visible a la mujer en la historia y la cultura. Secundariamente menciona que deben ser tomadas como testigos pero también como protagonistas mismas de la historia, en este caso, en la Revolución Mexicana, pues finalmente, mientras luchaban en compañerismo con movimientos armados legitimando sus movimientos, también iban cuestionando y redefiniendo, fueron transformándose a sí mismas, rehaciéndose como seres sociohistóricas y políticas, en roles establecidos (y cabría decir por mi parte que hoy siguen en lucha). Como última reflexión se pregunta, y para esto sí me permito citar “¿la revolución mexicana les hizo justicia a las mujeres en todos los sentidos o solamente ha sido un privilegio masculino que continúa relegándolas y traicionando los principios de igualdad en todos sus sentidos y en todas las regiones…?” (Hernández, 2010, pág. 48).

Por último, para reafirmar, pese a las vejaciones cometidas, la participación protagonista y significativa de la mujer en la historia, me permito mencionar el caso de una anónima revolucionaria quien, después de una redada de federales donde murió un revolucionario de su comunidad llamado Donato Tejada, la mujer salió a la calle, con el peligro de recibir una o más balas, manifestó:

Ahora sí, cabrones, se acabaron los huevos de Bustamante¡, si hubiera más como Donato Tejada no estarían vivos”. Acto seguido un soldado le dijo: “Quítese, vieja, que me la quiebro”, y ella respondió: “Sí, dispáreme, diga que tuvo el valor de matar a una vieja” (pág. 48).

Conclusión

Como reflexiones finales, me parece que este texto puede pensarse como una construcción algo incompleta en tanto que su discusión puede abrir más brechas de investigación y debería presentar más argumentos, más textos, más testimonios. Sin embargo, es difícil en tanto a la poca información hallada en fuentes cercanas a las proporcionadas por mi entorno y en un momento corto; puede hasta pensarse incluso, que la construcción de este texto podría ser –o es- algo arbitraria en su sentido de querer problematizar los movimientos revolucionarios o quizá hasta desvirtuar, hasta cierto punto, mas es importante, que mi objetivo no es, sino el de explorar sobre la inclusión de la mujer en los movimientos revolucionarios y la implicación de esta relación entre hombres y mujeres en la práctica; los hallazgos me llevaron a ver ambas dimensiones.

Ya varios proceso socio-históricos nos podrían hacer pensar que entre discurso y acción hay abismales contradicciones; podría pensarse que esta es una más. Sin embargo, la cuestión, más allá de desvirtuar un movimiento u otro, o desvalorizar o dignificar la participación activa, social-política-cultural e histórica de las personas, mi intención es vislumbrar la complejidad de los proceso históricos y que en ellos pueden identificarse varias dimensiones, que en un primer momento se contradicen, pero contemplando éstas como parte del proceso, sin justificarlo. Es el papel necesario de reflexionar la historia, y repensar el quehacer político, histórico, social y cultural de lo que hoy somos; es no olvidar que los actos son complejos, e invita a no generalizar o sacralizar los movimientos; que si bien, la mayoría tenían objetivos y planteamientos concretos, estaban compuestos por personas que finalmente podrían cometer errores; o bien, conscientes o inconscientes, sí oprimieron, sí violentaron y sí defendían una causa mientras reprimían otra.

Nuevamente, insisto, este texto debe tomarse, no más allá que un ejercicio de reflexión que partió de una breve exploración y revisión de al menos cinco textos, y que su discusión o aceptación quizá, antes, merite una lectura más profunda de las fuentes aquí consultadas, y también de otras que puedan complejizar aún más el diálogo. Al menos, por el momento, externo este escrito, con la finalidad no de definir, sino de abrir un diálogo, si no con otras personas, al menos conmigo mismo, que me permitirá seguir aprendiendo y complejizando mis reflexiones para repensarme como un ser social, con las implicaciones políticas, culturales, simbólicas y prácticas necesarias a desarrollar.

Bibliografía

Alcocer, S. (20 de noviembre de 2018). Ellas vivieron la Revolución. Reforma.

Cockroft, J. (2001). Capítulo 3: De la dictadura a la revolución, 1880-192. En J. Cockroft, La esperanza de México (págs. 103-137). México: Siglo XXI editores.

Flores Magón, R., & Rivera, L. (1911). Manifiesto del 23 de septiembre de 1911. Los Ángeles, California.

Hernández, O. M. (Ener-Mar de 2010). Mujeres, masculinidad y revolución en Tamaulipas.

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