Por El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

Hoy en nuestro país el grito estruendoso de las mujeres, no solo tomó las calles en la Ciudad de México, sino que tocó las fibras más sensibles del poder patriarcal que hunde sus raíces en un sistema económico y político, donde los estereotipos de la mujer siguen colocándola como un ser subordinado al hombre. La escena del México del 2020 está tapizada por los rostros y gritos de las mujeres que ya no toleran más acciones violentas en todos los ámbitos de sus vidas. Salieron para ya nunca regresar a los cautiverios de los espacios domésticos, de las ideologías machistas, de las creencias religiosas que colocan a las mujeres como pecaminosas, por ejercer sus derechos sexuales y reproductivos. Salieron para luchar contra la violencia feminicida, sobre todo, contra las violencias que se han normalizado en nuestra sociedad y que reproducen muchos medios de comunicación masiva. Marcharon para demostrar que ya no están dispuestas a obedecer ordenes de quienes se asumen como superiores, por el hecho de ser hombres. Han perdido el miedo, y por eso están desafiando al poder patriarcal que se ha enquistado en las esferas gubernamentales, en las iglesias, en las escuelas, en las mismas organizaciones sociales, en las comunidades indígenas, en los sindicatos, en los ejidos y en los mismos hogares.

Son ante todo mujeres jóvenes de la ciudad y del campo. Mujeres informadas de sus derechos, que tienen en las redes sociales su mejor arma para defenderse y organizarse. Mujeres con un discurso propio, con una rabia expresada en las pintas y en sus acciones de fuerza para demostrar que ya no están dispuestas a tolerar las desigualdades sociales, cuya raíz es la desigualdad de género. Con sus luchas están removiendo las estructuras de un país patriarcal que ha sido sumamente desigual y misógino. Que ha ejercido la violencia contra las mujeres, focalizando su odio contra las que levantan la voz y ya no permiten ser tratadas como objetos. Con sus vidas han logrado tipificar el feminicidio como un delito grave que debe castigarse con severidad. Irrumpieron en los mismos congresos para sensibilizar a diputadas y diputados de estas acciones cruentas ejercidas contra las mujeres y que no estaban tipificadas en el código penal. Esta conquista jurídica no ha podido revertir la tendencia creciente que a nivel nacional se sigue documentando como violencia feminicida. Lo más grave es que persiste un ambiente que tolera estos crímenes. Varios medios de comunicación siguen reproduciendo los estereotipos de la mujer violentada, como parte del escarnio público y del gran negocio de la nota roja.

A pesar de tantos asesinatos de mujeres y de la multiplicidad de movimientos que ahora existen en México, no se ha podido revertir el odio exacerbado contra las mujeres, que se extiende a lo largo y ancho del país. Las mismas autoridades son parte de esta guerra feminicida porque ejercen un poder patriarcal que en todos los ámbitos de la vida pública se empeñan en mantener sometidas a las mujeres. Las esclavitudes impuestas en los hogares, como madres-esposas que solo se tienen que dedicar al cuidado de los hijos y encargarse de atender a los esposos, forma parte del eslabón más débil de esta violencia socialmente aceptada. Hemos heredado en el plano educativo, religioso y cultural un modelo de vida patriarcal que nos hemos encargado de reforzar en todos los espacios públicos y privados. Lo que caracteriza a este estereotipo machista es una relación de desigualdad transversal que se da entre los hombres y las mujeres. Desde que se nace hasta que se muere, las mujeres han experimentado esa presión para mantenerlas sometidas, reducidas al ámbito privado, silenciadas, obedientes, sufridas y resignadas a padecer hasta la muerte el viacrucis del machismo. Podemos decir que las mismas políticas que se han implementado han sido para fomentar esta desigualdad de género. Los partidos políticos, reproducen esa visión misógina de que las mujeres no saben gobernar. Quienes ejercen el poder están muy lejos de tratar a las mujeres como sujetos políticos, con identidad propia, con proyectos de sociedad diferentes, con capacidades para también ejercer el poder y ser gobierno. La visión enfermiza de los gobernantes es darle un trato a las mujeres como objetos, con sentido utilitarista, de tenerlas a su lado sólo para lucirse y reafirmar su machismo. El trato no es para darles el lugar que merecen y respetar su forma de pensar y de impulsar cambios, orientados a combatir las formas nefastas que se han institucionalizado para discriminar a las mujeres y violentar sus derechos humanos.

Las mujeres están irrumpiendo como actoras del cambio, para arrancar de raíz la desigualdad y la violencia institucionalizada. Están desmoronando el paradigma del patriarcado e increpando a las mismas instituciones que son reproductoras de una cultura que objetiviza y discrimina a las mujeres. No sólo se han colocado en la primera fila para pelar por las transformaciones sociales, sino que también han sido capaces de construir una nueva narrativa que emerge desde el dolor y la indignación, sobre todo, desde la cosmovisión y el ethos femenino. Su filosofía es otra manera de ser y estar en el mundo, de refundar las relaciones de igualdad entre hombres y mujeres, de eliminar las fronteras de quienes mandan y obedecen y de acabar con aquellos que encubren a los perpetradores y revictimizan a las mujeres que padecen la violencia.

Su movimiento se ha transformado en una nueva pedagogía centrada en el respeto y la dignidad de las mujeres, en una nueva educación basada en la diversidad y una cultura que se nutre del pensamiento y sensibilidad femeninas. Su batalla no tiene tregua, porque saben que hay que incidir en las mismas políticas del Estado, para derrumbar las estructuras que impiden alcanzar la igualdad entre los hombres y mujeres. No solo pelean para que se castigue a quienes ejercen violencia, sino ante todo impulsan acciones afirmativas para que se implementen políticas públicas orientadas a garantizar salarios justos e igualitarios como han conquistado ciertos sectores de la sociedad, pero que han discriminado a las mujeres. El derecho a la educación, a la salud sexual y reproductiva, a una vida libre de violencia, a la participación política en condiciones de igualdad, a la representación en los congresos y a la titularidad dentro de los cargos públicos de los tres niveles de gobierno, forman parte de este ideario político de las mujeres. Además de luchar por sus derechos, también su pelea es para gobernar con el fin excelso de construir la igualdad entre hombres y mujeres. De incluir en la administración pública la perspectiva de género; de forjar los proyectos de vida profesional y de ser protagonistas del cambio con todo el potencial que tiene el movimiento de las mujeres, que hoy han tomado las calles para demostrar que su movimiento es legítimo y que está más allá de manipulaciones políticas y de visiones facciosas.

Es importante que gobierno y sociedad entendamos que las mujeres están hartas por tanto maltrato, por el escarnio público, el sometimiento político y la violencia feminicida. Que tenemos que ceder los espacios públicos para que aprendamos a cultivar una nueva cultura centrada en el respeto y la igualdad de las mujeres. Hay una gran deuda que no se ha podido saldar en cuanto al acceso a la justicia y la verdadera protección de los derechos humanos de las mujeres. Las instituciones públicas se han encargado de criminalizarlas y revictimizarlas, de alentar a los mismos perpetradores para que reproduzcan sus acciones violentas. No hay dependencias de gobierno que escapen de estas acciones cruentas contra las mujeres y niñas, por el sólo hecho de ser mujeres y por considerarlas como objetos vulnerables, que pueden ser sometidas al antojo de quienes gobiernan. Estamos muy lejos de que las autoridades puedan garantizar el efectivo acceso a la justicia, a la certeza jurídica, a la igualdad y a la no discriminación, velando siempre por el debido proceso en defensa de los derechos de las mujeres y las niñas. Ante el trato abusivo que la mayoría de autoridades ejercen contra las mujeres, es casi imposible pensar que los cambios que ellas demandan, podrán gestarse dentro de las esferas del poder. Es en el interior de las instituciones donde se reproduce esta cultura machista y la visión misógina que padecen cotidianamente las mujeres. Se ha normalizado por decenas de años que este trato desigual hacia las mujeres forma parte de nuestra cultura democrática, más bien son las reminiscencias de un sistema político obtuso, decimonónico y bárbaro, porque consciente la violencia y reproduce la desigualdad de género.

Es el tiempo de las mujeres, de que sus voces son la pauta para enderezar el rumbo de nuestro país. Ellas son la denuncia más descarnada y punzante de un sistema que las ha matado y que como sociedad nos ha envilecido ante tanta monstruosidad. Es el tiempo para que los gobiernos den respuestas claras y contundentes en la multiplicidad demandas que han enarbolado las mujeres y los movimientos feministas. Las autoridades ya no pueden seguir simulando y sobrellevando políticas que sólo buscan encubrir la cruda realidad de los feminicidios y que además se empeñan en maquillar estadísticas, para ocultar la tragedia que nos envuelve y que nos arrastra hacia la barbarie. El tiempo de las mujeres, marca la época de un nuevo proceso civilizatorio, donde ellas forjarán el futuro que soñamos basado en la igualdad y en el respeto a sus derechos.

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