¿Necropolítica Universitaria? Cuando la UAM somete la salud y vida al cumplimiento del calendario escolar

0

Por Enrique G. Gallegos
Profesor, UAM-C

1. En momentos de crisis, hay algunas cosas que deben tenerse medianamente claras. El tipo de crisis determina el tipo de claridad conceptual que se debe tener. Existe una claridad filosófica y conceptual que, en medio de la crisis, se vuelve luminaria performativa y, sin exagerar, permite operar el salvataje y puede transformarse en una constitución genuina de lo común. Aunque las crisis en las sociedades modernas tienen un similar arco de tensiones —léase: el modo de producción capitalista que opera con la crisis por su carácter mortífero, expansivo y vampirezco—, la crisis sanitaria estipula que la prioridad es proteger la salud y vida de las personas. Esta matriz mortífera del capitalismo también significa reconocer que los que más padecen son las y los de abajo y trabajadores, todos aquellos que se conocen como la “tradición de los oprimidos”.

Entonces, si en momentos de crisis sanitaria lo relevante es proteger la salud y la vida da las personas, ¿qué han hecho las autoridades de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) para proteger a las y los estudiantes, trabajadores académicos, administrativos y de confianza?

2. En una sociedad como la mexicana, en la que la mayoría de la población tiene empleos informales, bajos salarios y con una fuerte economía popular, si el Gobierno Federal hubiera decretado la cuarentena obligatoria seguramente se condenaría a las personas a la desesperación y muerte (por supuesto, en la medida en que la pandemia está en curso, la posibilidad de medidas de encierro forzoso siguen latentes). Pero si es entendible que no se decreta la cuarentena obligatoria para la población, sino la sana distancia [“Susana distancia”] y el resguardo de las personas en sus casas, para la UAM, en cambio, sí debió traducirse en el cierre temporal de la universidad justamente porque no se está en el mismo supuesto (empleos informales, el ir al día con los ingresos, etc.); es decir, la UAM debió suspender todas sus actividades para evitar exponer a sus trabajadoras, trabajadores y estudiantes a los riesgos de la pandemia, pues, por sólo poner un supuesto, la mayoría de éstos usan el transporte público y eso implica un alto riesgo de contaminación (los trámites de nómina y otros podrían hacerse desde casa como en la huelga del 2019 y dejar mínimas guardias para la vigilancia y roles para el mínimo mantenimiento del equipo/laboratorio que pueda sufrir daño, proporcionándoles transporte para los traslados).

El discurso oficial de las autoridades de la UAM afirma que se mantiene abierta para acatar las disposiciones del Gobierno Federal; pero en realidad ese discurso oculta otra cosa: el sometimiento de la salud y la vida al cumplimiento del calendario escolar y sus once semanas de clases. Sí bien es razonable que una universidad desarrolle su administración con base en un arreglo temporal (calendario) para estandarizar sus procedimientos, resulta absurdo que en momentos de crisis sanitaria someta la salud y vida a ese arreglo. Por supuesto, el hecho de que se haya modificado el calendario y aplazado el inicio de clases para el 20 de abril posibilitó que la mayoría de las y los profesores y estudiante pudieran resguardarse en sus casas (se entiende, cuando su situación económica lo permite), pero no así para las y los trabajadores administrativos y empleados de confianza que debieron de seguir asistiendo hasta el 20 de marzo y lo siguen haciendo, en menor medida, desde el 23 de marzo y de todos aquellos estudiantes que por alguna razón deben acudir, pues la UAM sigue abierta.

El último comunicado del Rector General del 27 de marzo es del estilo de Trump: agradece a todos aquellos que aún continúan trabajando, ¡como si mantener la universidad abierta fuera un asunto de vida o de muerte!, cuando las cosas son al revés: que continúen laborando las y los trabajadores administrativos y de confianza es un riesgo de vida o muerte. Y según los pronósticos pandémicos, a partir del 19 de abril entramos en otra fase de la crisis en la que la posibilidad de la enfermedad grave y muerte será más nítida. ¿Por qué seguir arriesgándolos con la universidad abierta y poner en riesgo a algún estudiante despistado? Peor aún y no querría ser alarmista, ¿cuántos de esos trabajadores y alumnos se contagiarán gravemente por esta política administrativa de la UAM de mantener la universidad abierta? Porque debe entenderse lo performativo del mensaje: lo “abierto” opera en un sentido opuesto a lo “cerrado”. Y la pandemia… se expande mejor en lo abierto.

3. La UAM, a través de diferentes unidades, está explorando que las clases se impartan a través de modalidades no presenciales o virtuales. “La UAM —dice un comunicado institucional de la UAM— ocupada de ofrecer entornos educativos de calidad, y ante el reto nacional que significa la contingencia por el COVID-19, perfila una estrategia de clases no presenciales y requiere conocer de las fortalezas y debilidades de su comunidad universitaria.” Algo similar se está elaborando en la Unidad Azcapozalco y se explora con los exámenes de recuperación en las Unidades. Lo que se oculta detrás de esos comunicados no es la preocupación por la educación, mucho menos la preocupación por la salud y vida de las y los estudiantes, sino, nuevamente, el cumplimiento del calendario escolar, pero lo disimulan con el fetiche de la “calidad” de la educación.

Y cuando en los años 80 los neoliberales comenzaron a hablar de “calidad”, ya sabemos a qué se refieren. Productivismo, rendimientos, cumplimiento de metas, parámetros, estándares, plazos, etc.; es decir, el sometimiento de la singularidad y fuerza de la vida a la aplastante máquina productivista. Ejemplo de esto (y pongo este ejemplo porque es el que tengo a la mano, pero hay que entender que se trata de un modelo universitario que está operando), en lugar de aprovechar la encuesta que les están haciendo a los estudiantes por parte del Director de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Cuajimalpa para indagar su entorno, condición familiar, situación económica, condiciones sanitarias, estado emocional y ofrecerles un conjunto de opciones para hacer frente a la pandemia y apoyarlos con algunas medidas, les preguntan si cuentan con computadora, internet y si acceden en casa, en la plaza o en un café, etc. Por supuesto, hay otras miradas, como en el caso de la Coordinadora General del Posgrado en Humanidades de UAM-I, Ma. del Refugio Pérez, quien ha estado preguntado por la situación de las y los alumnos inscritos en ese posgrado y haciendo lo que está en sus manos para apoyarlos, pero éstas son excepciones en el marco general del modelo neoliberal universitario preocupado por el calendario escolar.

Descarnadamente dicho: la salud y la vida se someten al calendario escolar. ¿Necropolítica? No querría responder enfáticamente, ni siquiera insinuar que en la UAM se practique; pero hay formas indirectas y soft de alentarla e instalarse, aún sin proponérselo, en su marco envolvente (¿remember cuántos días tuvieron que pasar para que el Rector General acudiera con el huelguista de hambre Edur Velasco y el silencio cómplice de todas las autoridades universitarias?)…

Porque no importa las tensiones psíquicas y familiares a las que están y posiblemente se verán sometidos los estudiantes: no sólo porque algunos no cuentan con computadora, internet o no sea lo suficientemente veloz, sino porque en su casa padecen algún tipo de violencia, el entorno familiar es poco propicio o porque su economía familiar es precaria, etc. La universidad se ha convertido en un espacio de reproducción de la violencia (particularmente simbólica), que reproduce la violencia social y que ahora parece recargarla con la preocupación por la “calidad” de la educación y el cumplimiento del calendario escolar. Coloremos este escenario poco amable: en los jóvenes hay zozobra, angustia, desesperación, ansiedad e inquietud generados por la propia sociedad neoliberal a la que ahora hay que sumar, como si fuera una pegajosa capa adicional, la zozobra y temor de la pandemia y a ello tendremos que agregar, como otra capa más, prácticas escolares excepcionales para cumplir con el calendario escolar y todo lo que implica. Y el cuerpo de esas y esos jóvenes lo resentirán.

4. La educación virtual también tiene otras implicaciones pedagógicas y políticas que tienen como efecto fortalecer la subjetividad sobreindividualizante, además del cambio de condiciones de trabajo para los profesores y las violaciones a sus derechos laborales, pero que ameritarían otro espacio para su análisis. Sólo anoto que dadas las prácticas que existen en la UAM para desregularizar el trabajo y uberizar a los profesores, estos sistemas virtuales de educación intensificarán la precarización laboral. No querría sonar “sospechosista”, pero no hay que olvidar la “doctrina del shock” (Naomi Klein) devela cómo los crisis son usadas para promover las políticas neoliberales de desregularización del trabajo. Y esta crisis sanitaria le viene al dedillo a los neoliberales que controlan la UAM para avanzar en la flexibilización del trabajo, pues es sabido que el Rector General ha querido ampliar la educación mediante las modalidades virtuales de educación y que uno de sus principales programas se expresó en el acuerdo del 27 de febrero del 2020 para impartir programas de estudio de forma virtual, y, como en la época de la cargada priista, fue apoyado unánimemente por todos los 15 directores divisionales de las 5 unidades (cuando es sabido que las Unidades Cuajimalpa y Lerma tienen déficit de profesores y cuentan con profundas carencias).

5. La crisis pone en jaque la condición de la misma universidad. El lugar de pensar la universidad, las autoridades la someten al mortífero aparato que pretende administrar y someter la vida creadora. Pero las autoridades de la UAM no parecen entender que lo radical de la crisis sanitaria exigiría orientar la condición de universidad a apoyar a su comunidad y hacer posible la universidad como espacio de reconocimiento y reconstrucción social. En lugar de eso, mantienen abierta la universidad, someten a no pocos trabajadores administrativos y de confianza a riesgos innecesarios (porque no son parte de las “actividades sustantivas”) y luego someten a tensiones innecesarias a las y los estudiantes por razones inversas (porque la docencia es parte de las “actividades sustantivas”). Este tipo de modelo universitario, que burdamente separa lo sustantivo y crea artificialmente un campo subordinado de lo adjetivo, muestra una administración terriblemente insensible y se expresa nítidamente en el objetivo de cumplir a raja tabla el mandato del calendario escolar y que a su vez descansa en otro fetiche: las facultades expresas. Vuelven a repetir el mismo patrón de comportamiento como con la huelga estallada en 2019: en lugar de aprovechar la crisis para potenciar el ethos comunitario de la universidad y corregir los maltratos laborales, toman decisiones que tácitamente intensifican prácticas de desposesión a su misma comunidad.

Convendría insistir en que esta crisis sanitaria en el país y el mundo somete a la universidad a un tiempo excepcional: la suspensión de la normalidad (con su cortejo de calendarios, exámenes, reiscripciones, formatos, etc.) y nos instala de golpe en otro tiempo, cuya urgencia está dada por la posibilidad de la enfermedad y muerte. Ante el poder de la muerte, la crisis sanitaria iguala los cuerpos: el cuerpo del poder (rectores y directores) y el cuerpo de los sometidos a los poderes universitarios (trabajadores y estudiantes); pero como sus condiciones económica de vida son asimétrica y desiguales, es necesario que estos últimos sean radicalmente cuidados y se intensifiquen las medidas de protección y apoyo.

6. La UAM es una universidad pública. Se me dirá: “obvio”, como en el estribillo que suelta repetidamente Trimagasi en la fabulosa película española “El hoyo”. Esta obviedad no lo es cuando atendemos a la pregunta de qué debe hacer una universidad en medio de una radical crisis sanitaria. Y la respuesta no pasa por las “facultades expresas”. He afirmado que la crisis puede usarse para aprovechar y desmantelar el sistema de protección laboral, pero también puede abrir un espacio de constitución y reconocimiento del ethos comunitario. Otra mirada más sensible y socialmente comprometida se haría algunas preguntas básicas y generaría la posibilidad de crear potencia común en medio de la crisis. No tanto cómo cumplir con el calendario escolar o “recuperar el tiempo” o garantizar la educación de “calidad”, sino cómo la UAM puede aprovechar su presupuesto (lo miles de pesos no ejercidos y que no ejercerán en los períodos programados), sus saberes y capacidades instaladas para contribuir a la salud, vida, economía y certidumbre de su comunidad y de los microsistemas populares que se generan en su entorno. Hacer que sus trabajadores y estudiantes se sientan parte de una comunidad mediante acciones de apoyo y acompañamiento. Por ejemplo, la UAM tiene localizado a las y los estudiantes en condiciones socioeconómicas precarias y podría gestionarles/prorrogar/otorgar apoyos y becas (adicionales o no). ¿Cuántos de esos estudiantes, sin un apoyo adicional y por inminente crisis que se avecina, corren el riesgo de no poder continuar con sus estudios?, ¿en qué situación se encuentran los estudiantes foráneos?, ¿tienen problemas con el pago de las rentas?,¿por qué no explorar la posibilidad de rentar un hotel para apoyarlos? También puede prorrogar los contratos de los trabajadores administrativos y profesores temporales. La UAM también tiene que trabajar bilateralmente con el SITUAM para salir adelante en esta crisis.

El calendario escolar debe pasar a segundo término. ¿Qué significarán once semanas del calendario escolar de cara a las decenas de muertos y enfermos que luchan por su vida? Si tenemos vida, también tendremos tiempo para volver a eso que se llama “normalidad”, por más que en el capitalismo ésta, en realidad, sea un estado de crisis y destrucción permanente.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here