La disputa por el dispositivo del cubrebocas y el fetiche de la libertad

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“…seamos conscientes de que mientras predican la supremacía del Estado, declaran su omnipotencia sobre el hombre individual […] ignorar los hechos de la historia y los impulsos agresivos de un imperio del mal.…”,
Ronald Reagan ante la Asociación Nacional de Evangélicos en 1983

Por Enrique G. Gallegos

LAS ENFERMEDADES SON POLÍTICAS

Las enfermedades no son sólo fenómenos de salud o médicos. Son fenómenos sociales y en la medida en que constituyen hechos sociales también son políticos. Políticos no sólo en su acepción restringida politológica, sino en el sentido filosófico como constitución de subjetividades, creaciones de sentido común y particiones políticas. Es inevitable que un fenómeno de salud que adquiere las dimensiones sociales de una pandemia no sea politizado en diferentes dimensiones. Enfermedades como el sida, medidas como el aborto y los controles sobre la población han demostrado que sobre el nivel médico y científico se levanta todo un campo de disputas, guerras el nivel de los cuerpos, disciplinamientos, afanes de riqueza y también, no sin cierta dificultad, opciones de emancipación. El punto es que el pensamiento radical debe saber extraer sus consecuencias y combatir las fuerzas conservadores y neoliberales que se ocultan y acechan las posibilidades de transformación.

¿Qué disputas se encubren detrás del pequeño fragmento del mundo llamado cubrebocas?

MASCARILLA, CUBREBOCAS O BARBIJOS

Mascarilla, como lo suele denomina la OMS; cubrebocas o tapabocas, como le decimos en México; o barbijos, como lo llaman los argentinos y bolivianos: ese pequeño pedazo de mundo industrializado o casero, realizado por una obrera que le pagan unos centavos por pieza o en casas de “alta costura” y usado por las celebrities, fabricado clandestinamente o con los mecanismos de protección o que incorpora la Inteligencia Artificial, con bluetooth, micrófono, sensores, luz ultravioleta, conexión al celular y autodesinfectante, es objeto de ganancias millonarias e inhumanas especulaciones comerciales, pero también es un dispositivo que representa las disputas políticas en la fase neoliberal del capitalismo.

El cubrebocas no sólo oculta parte del rostro: también encubre lo que está en juego en estos tiempos oscuros de la humanidad. Paradójicamente parte de estas disputas se criban en las disputas en las “ciencias” por la eficacia del cubrebocas. Por ello, conviene primero dar un rodeo por las disputas científicas en torno su eficacia preventiva y luego hacernos cargo de sus disputas políticas, que es lo que aquí interesa.

DE DOS A TRES CAÍDAS: LA OMS Y LAS CIENCIAS

Conocer los medios de transmisión del virus es importante porque se pueden establecer las medidas adecuadas de salud pública, de control y prevención de infecciones generadas por el virus. Según el documento “Transmisión del SARS-CoV-2: repercusiones sobre las precauciones en materia de prevención de infecciones”, la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que “los datos científicos de los que se dispone actualmente apuntan a que el SARS-CoV-2 se transmite principalmente de persona a persona por medio del contacto directo, indirecto o estrecho con personas infectadas, y a través de secreciones infectantes, por ejemplo, saliva y secreciones respiratorias, o por medio de gotículas respiratorias, que se expulsan cuando una persona infectante tose, estornuda, habla o canta”; de ahí que, entre sus recomendaciones, haya insistido en la higiene de las manos, el distanciamiento físico, cubrirse al toser y estornudar, no tocar boca, nariz y ojos, entre otras medidas de prevención.

Pero en relación al cubrebocas, en sus orientaciones provisionales del 6 de abril de 2020, la OMS sostenía que no había “pruebas que fundamenten [la eficacia preventiva de] la utilización generalizada de mascarillas por las personas sanas y, además, este uso puede generar dudas y riesgos importantes”. Para el 5 de junio, la OMS transitó a una postura más favorable al uso del cubrebocas, pero no sin ciertas reservas. Por un lado, mantuvo la afirmación de que no hay “pruebas directas” sobre la eficacia del uso generalizado de mascarilla; pero, por el otro, también sostuvo que “teniendo en cuenta los estudios conocidos en que se evalúa la transmisión presintomática y asintomática, la cantidad cada vez mayor de datos de observación sobre el uso de mascarillas por el público general en varios países, los valores y preferencias individuales así como la dificultad para lograr el distanciamiento físico en muchas situaciones, la OMS ha actualizado las orientaciones con miras a aconsejar que, para prevenir la transmisión comunitaria de la COVID-19, los gobiernos deberían alentar al público general a que use mascarilla en situaciones y entornos específicos como parte de un enfoque integral para interrumpir la transmisión del SARS-CoV-2.” Ello sin dejar de insistir en que “usar mascarilla no basta para lograr un grado suficiente de protección o control de fuentes, de modo que es preciso adoptar otras medidas personales y comunitarias para contener la transmisión de virus respiratorios”, como las mencionada más arriba.

UN PREMIO NOBEL DE QUÍMICA SE PONE LOS GUANTES

Diferentes estudios se han situado al otro extremo al considerar que el cubrebocas es central en las medidas de mitigación, control y prevención. Por ejemplo, el Premio Nobel de química Mario Molina y los investigadores Renyi Zhang, Yixin Li, Annie L. Zhang y Yuan Wang, el 16 de mayo dieron a conocer un estudio (publicado posteriormente en la revista Science of the Total Environment) donde afirman que “el uso obligatorio del cubrebocas representa la medida determinante para definir la forma de propagación de la pandemia”. El meollo del argumento es una suerte de relación necesaria entre la adopción obligatoria del cubrebocas y la reducción de las infecciones, pero no queda claro cómo existe esa relación directa y el hecho de que hayan existido dos Estados sin ese comportamiento lleva a mantener una reserva sobre las fuertes conclusiones del estudio. Hay un segundo punto del argumento que deja dudas: la transmisión aérea del SARS-CoV-2, particularmente en espacios abiertos. Es algo que el Nobel et al dan por sentado como si fuera evidente. Que en el aire circulan centenas de virus y el aire contaminado contribuya a matar miles de personas es algo en lo que existe cierto consenso; según la misma OMS “los contaminantes microscópicos en el aire pueden penetrar los sistemas respiratorios y circulatorios, dañando los pulmones, el corazón y el cerebro, matando a 7 millones de personas en forma prematura cada año por enfermedades como el cáncer, los accidentes cerebrovasculares, las enfermedades cardíacas y pulmonares”, pero afirmar que la transmisión aérea representa la “ruta dominante” para la del SARS-CoV-2 es algo que se debería de demostrar. Y esto es lo que no se demuestra en el artículo del Nobel et al.

Este tipo de conclusiones del texto generó que casi 50 investigadores de diferentes universidades e instituciones exigiera a la revista Science of the Total Environment que el artículo fuera retirado por “fallas metodológicas” y afirmaciones “peligrosamente engañosas y que carecen de evidencia” En respuesta, el nobel mexicano publicó una carta en el portal del Centro Mario Molina, en la que sugiere que es conocido (“familiarizado”) que “los aerosoles penetran a los seres humanos hasta los pulmones causando múltiples muertes” y que en su estudio se refirieron a varios “artículos que establecen el hecho de que aerosoles pueden estar contaminados por el virus del COVID-19” (nótese el error: el nobel confunde el virus con la enfermedad) y que su objetivo “fue señalar que las estadísticas claramente demuestran los efectos de utilizar cubrebocas”.

De hecho, la OMS también hace referencia a estudios sobre los aerosoles. En el informe antes referido, del 5 de junio, afirma que si bien acepta que “en determinadas circunstancias y lugares donde se practican procedimientos generadores de aerosoles (PGA) respiratorios es posible que el virus se transmita por la vía aérea”, también afirma que “es necesario llevar a cabo investigaciones de buena calidad, en particular ensayos aleatorizados, en diversas situaciones para colmar muchas de las lagunas de conocimiento relativas a los PGA y la transmisión del virus de la COVID-19 por vía aérea.” En el documento “Transmisión del SARS-CoV-2: repercusiones sobre las precauciones en materia de prevención de infecciones”, la OMS afirma que “hasta la fecha, no se ha demostrado que el SARS-CoV-2 se transmita por ese tipo de vía de diseminación de aerosoles; dadas las posibles repercusiones que tendría la confirmación de esa vía de transmisión, es necesario realizar mucha más investigación al respecto”. También hay investigaciones que podrían apuntar a que es posible que en espacios cerrados el virus se mantenga en el aire. En la investigación “Viable SARS-CoV-2 in the air of a hospital room with COVID-19 patients”, publicada el 4 de agosto de este año, por ejemplo, se afirma la existencia del virus en una habitación a cinco metros del paciente. Pero otra cosa es afirma que se transmite aéreamente de forma generalizado, en espacios abiertos, y que ese es su medio predominante de transmisión.

Contra la tendencia a proponer el cubrebocas como la medida preponderante de control y prevención, existen otros estudios que sostienen que las medidas integrales son las más eficaces. En una investigación de Derek K Chu, Elie A Akl, Stephanie Duda, Karla Solo, Sally Yaacoub, Holger J Schünemann y otra decena de investigadores, publicada el 1 de junio de 2020 en la revista médica británica Lancet, después de revisar 172 estudios sobre COVID-19, SARS y MERS, concluyeron que “proporcionan la mejor evidencia disponible de que las políticas actuales de al menos 1 m de distancia física están asociadas con una gran reducción en caso de infección, y distancias de 2 m podrían ser más eficaces. Estos datos también sugieren que el uso de mascarillas protege a las personas (tanto los trabajadores de la salud como el público en general) contra la infección por estos coronavirus, y que la protección ocular podría conferir un beneficio adicional. Sin embargo, ninguna de estas intervenciones ofreció una protección completa contra la infección, y su función óptima podría requerir una evaluación de riesgos y varias consideraciones contextuales (…)”. Otros estudios que se apoyan en modelos matemáticos también sugieran la eficacia del cubrebocas, como en la investigación de Colin Worby y Hsiao-Han Chang, “Face mask use in the general population and optimal resource allocation during the COVID-19 pandemic“, publicado en Nature Communications el 13 de agosto.

En fin, los boxeadores científicos siguen en el ring y la disputa científica sobre la eficacia del cubrebocas continua. Sigue siendo un campo en disputa.

EL SUB- LÓPEZ GATELL USA LOS GUANTES DE LA OMS

Por su parte, la Secretaria de Salud en México ha seguido un derrotero similar al de la OMS, que pasó de no recomendarlo expresamente (aunque tampoco lo rechazaba) y su duda por la ausencia de evidencia científica sobre su eficacia, a finalmente recomendarlo como una más de las medidas de prevención y control.

En la conferencia de prensa del 11 de abril del 2020, el Subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, señala que el cubrebocas si bien es una barrera física que ayuda a mitigar la propagación del virus, no tenía eficacia en la contaminación de las personas sanas, pues éste también podría entrar por otras vías, como los ojos; de tal manera que por ello no hacían una “recomendación enfática” para su uso, pero tampoco estaban en contra de que las personas lo usaran, insistiendo en las otras medidas (quedarse en casa, sana distancia, lavado de manos, etc.). Para el 16 de mayo precisa que el uso generalizado del cubrebocas no es una “medida principal” para evitar la transmisión del virus, sino complementaria al resto y señala que en espacios cerrados puede ser más eficaz.

El 25 de mayo aparece en los medios con cubrebocas y según informa la intención era “irlo posicionando” como un mecanismo auxiliar en la prevención del virus, particularmente en espacios cerrados o donde no se pueda garantizar la sana distancia, una vez que concluya “La jornada Nacional de Sana Distancia” (o sea el 30 de mayo 2020). El 6 de julio volvió a precisar que existen ventajas en el uso del cubrebocas (en ciertas condiciones), pero también en que no existía evidencia científica sobre su eficacia generalizada, “para todas y todos” y en todo momento y todo lugar. A partir del 26 de julio recomienda usar el cubrebocas y lo incluye en el resto de las recomendaciones de sana distancia, lavado de manos, guardarse en casa si se tiene síntomas, proteger el estornudo, etc. (no sin acotar que en espacios cerrados o donde no se pueda guardar la sana distancia, precisando que es particularmente útil para impedir la salida del virus de una persona enferma, pero no para su recepción), pero sin hacer de su uso una medida obligatoria y sin dejar de alertar en una sobreconfianza en su capacidad protectora considerado en sí mismo. El fin de este periplo era el 4 de agosto: aparece en los medios la heroína “Susana Distancia” con cubrebocas.

¿Conclusión? Podemos concluir que las indicaciones del Sub-López Gatell sobre el cubrebocas son consistentes con las de la OMS y los cambios han sido acordes con la evidencia y disputas que existen en las ciencias. Si las ciencias no se han puesto de acuerdo sobre su eficacia ¿entonces porque tanta polémica en los medios y espacio políticos? Más abajo ensayo algunas hipótesis.

UNA, DOS, TRES: ¡USEMOS CUBREBOCAS!

Con todo, y en tanto las investigaciones no sean conclusivas sobre los mecanismos de transmisión, infección y control, (¿se puede propagar el virus SARS-CoV-2 por el aire, incluido los espacios abiertos, ¿existen otras medidas más eficaces para controlar la pandemia?) o que se tenga la vacuna, en México y en el mundo parece clara la tendencia a recomendar y usar, por sí o por si, el uso de los cubrebocas (y hay todo un debate en torno los materiales de fabricación, condiciones, protocolos a seguir y toda una industria frotándose las manos por las ganancias).

LAS PESADILLAS DEL SUEÑO CIENTÍFICO

La disputa sobre la eficacia del dispositivo cubrebocas oculta otro rostro: el carácter finito, contingente y polémico de las ciencias. Posiblemente en algún momento las ciencias acordarán la disputa del cubrebocas y trasladarán su campo de batalla a otros espacios. Y es que las ciencias no sobrevuelan el mundo como ángeles incontaminados. Nacen, se desarrollan, viven, se alimentan, crecen, se contaminan, mueren y se transforman en los suelos de la sociedad históricamente situada. Particularmente cuando estamos ante fenómenos de gran calado y que afectan la vida de millones de personas. Una vez que el Covid-19 entra en una sociedad dada, sus consecuencias no actúan de forma lineal, predeterminada y ajustada a un esquema. Pone en juego los regímenes alimenticios, los hábitos de higiene, la sexualidad, las prácticas económicas, la pobreza, las relaciones de clase, los cuerpos, las tecnologías, los imaginarios, los gobiernos locales y generales, las prácticas educativas y todo a la medida de una sociedad dada. Contra esto la ciencia no siempre puede contender. El sueño transparente de las ciencias se estrella con las pesadillas y monstruos de lo social, máxime en la fase actual del capitalismo. Cuando un fenómeno médico como el Covid-19 penetra en lo social, la ciencia tiende a relativizarse y demorarse en disputas, hasta que finalmente encuentra la vacuna, pero en la medida en que la sociedad capitalista está acelerando sus procesos de destrucción (ahí está lo radical de la crisis medioambiental), posiblemente veremos potentes reintegros de fenómenos similares y otros peores. Por estas razones, el cubrebocas debe verse no sólo como tecnología médica, sino como un dispositivo en el que operan y hace operar las disputas políticas, las subjetividades y sentidos comunes.

EL FETICHE: OH LIBERTAD! OH LIBERTAD!

“O Captain! my Captain! rise up and hear the bells …”
Walt Whitman

David Harvey sostiene que desde los ochentas se ha construido un nuevo sentido común que descansa en una peculiar concepción de la libertad. La movilidad, autoformación, autocreación, la creencia de que somos libres para elegir, decidir y mejorar y que no se depende sino de sí mismo. Eso es el neoliberalismo en sus procesos de subjetividad. Si las personas se mueren de hambre, son explotadas en sus trabajos o apenas sostienen el alquiler de su casa con el freelanceo o el “emprendimiento”, siempre creerán que con un esfuerzo individual mejorarán su situación, sin entender que hay aspectos estructurales del capitalismo que determinan el juego de esas decisiones y libertades, en el que están los que concentran la riqueza y pueden mucho y lo que viven en la miseria y pueden poco; todo lo cual es recubierto por la sensación que produce la libertad cercana al orgasmo y las pulsiones animales.

Sobre esas ideas y prácticas descansa la percepción de que cualquier obligación social y colectiva, incluidas las simples contrariedades en la vida cotidiana, pasan inmediatamente por agresión, abuso, afectación e imposición. Por ejemplo, recordemos las pancartas y eslóganes que llevaban los manifestantes denominados “negacionistas”, en contra de las medidas implantadas por el Gobierno Español para hacer frente a la pandemia y que sintetizan esta subjetividad neoliberal: “Tú eliges: fobia a los virus o conocimientos del sistema inmune”; “Libertad, no al confinamiento…”, “I born to be free, humanity” y los casi 3 mil manifestantes coreando “¡libertad, libertad!”. Algo similar pasó en la manifestación realizada en diferentes ciudades argentinas el mismo día: fue denominada “Banderazo por la Libertad”, contra la extensión obligatoria de la cuarentena al 30 de agosto por parte del presidente Alberto Fernández, que incluyó protestas contra la reforma al poder judicial y otras inconformidades. Unas semanas antes, el 1 de agosto, alrededor de 15 mil “negacionistas” de la pandemia se manifestaron en Berlín en una jornada que denominaron como “Día de la Libertad”: la defensa de la libertad neoliberal, inoculada como religión secularizada por más de 40 años en esos sectores de la población. Thatcher y Reagan se han de sentir orgullosos de que sus hijos sigan fielmente defendiendo ese fetiche. Oh libertad.

CUBREBOCAS E IMPERIO DEL MAL

Dentro de ese sentido común, construido lenta pero consistentemente durante los últimos 40 años, encontramos parte de la oposición al uso del cubrebocas (aunque esa oposición no sea compartida por todos los participantes en esas marchas y en otras, es una representación que puede ser sustituida por otros dispositivos). A esa subjetividad tamizada, modelada y somatizada en ese tipo neoliberal de libertad, le resulta chocante una obligación que le viene impuesta y que asocia consciente o inconscientemente con los cuentos y mitos terroríficos que les han inoculado desde niños respecto a cualquier “intervencionismo” y sus “figuras”, llámese comunismo, socialismo, Lenin, Marx, etc. Fetichismo de la libertad y odio al comunismo son una misma operación. Thatcher decía que “no hay tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres y hay familias”. Esos hombres y mujeres en la mitomanía neoliberal son individuos libres. Y por ello, cualquier obligación o colectividad que intente sobreponerse a esas libertades resulta cosa del “Imperio del mal” (la célebre expresión de Reagan). La única colectividad que aceptan es la familia y sus valores, de donde el neoliberalismo tiende a nutrirse de conservadurismo y otras formas políticas y morales de la derecha.

El inconsciente de las hijas e hijos de Thatcher y Reagan (los hijos de la libertad que defiende el sociólogo neoliberal y antimarxista Ulrich Beck) sigue atrapado en la creencia de que Marx devoraba niños vivos y era un practicante de satanismo, como en aquel libro de Richard Wurmbrand “Was Marx a satanist”. Pero en realidad, poco importa si en esa mitomanía liberal la fuente del mal es el comunismo, si son las corporaciones internacionales o es un microchip implantado mediante vacunas, pues estamos ante una suerte de anarquismo neoliberal naturalizado en esas almas horrorizadas con cualquier “intervencionismo”: derechos sociales, derechos colectivos, sindicatos, empresas estatales, estado benefactor, etiquetados de comida chatarra, “ocupas” de edificios abandonados, controles de los alquileres de los departamentos, elevados impuestos a las grandes fortunas, ingreso básico universal, defensa de los pobres y excluidos…

Parte de estas disputas políticas también se relaciona con la disputa de las ciencias a que antes me referí. El neoliberalismo cree en la ciencia pero en su versión instrumentalizable y que funciona como prótesis al sistema de producción capitalista y las lógicas del poder. Es lo que se ha llamado postverdad que son las lanzadillas previas del neoliberalismo metido en las universidades, las investigaciones y los laboratorios. Por ello, habría que aclara que la postverdad no sólo es un invento de los populismos, como se suele sugerir, sino de los gobiernos neoliberales que instrumentalizaron a las ciencias para someterlas a los intereses del mercado, la desregulización de los derechos, el desmantelamiento del Estado y la lucha contra los sindicatos y las organizaciones sociales, y todo aquello que oliera a intervención y supuesta colectivización. Ahí está la economía, las más “científica” de las ciencias sociales que ha hecho del libre mercado su verdad y que durante más de cuarenta años se ha enseñado en las universidades de todo el mundo. Su cientificidad era de tal evidencia que recibieron dos Premio Nobel: Hayek en 1974 y Friedman en 1976. Sobre esta matriz neoliberal, han crecido los Trump y los Bolsonaro. Por ello, hay que invertir el origen de la postverdad.

Muchas de esas y otras manifestaciones que tienen en común la defensa de la libertad aglutinan una variopinta fauna de manifestantes anticuarentena, antivacuna, ultraderechistas, neoliberales, neofascistas y anticomunistas. Pero la cosa se intensifica cuando el cubrebocas es asociado a aquello que horroriza a las subjetividades crecidas en las lógicas neoliberales y que sienten que atenta contra sus preciado sentido común. Así sucede con los gobiernos de Alberto Fernández en Argentina, el de coalición con Pablo Iglesias en España y el de Andrés Manuel López Obrador en México, que han sido acusados por estos beligerantes defensores de la libertad de querer llevar al comunismo y a la dictadura a sus países. El odio al fantasma del comunismo y a todo lo que representa medidas para solidarizarse con los oprimidos, los pobres, los explotados y ninguneados en la historia es tan fuerte como su pulsión de muerte, pues no importa contaminar y ser contaminados por el virus que han matado alrededor de 800 mil e infectado a más de 23 millones de personas en todo el mundo (y la cuenta sigue aumentando).

AMLO Y EL CUBREBOCAS

El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no ha impuesto como obligatorio el uso del cubrebocas, aunque a nivel local y en establecimientos médicos o cerrados, la tendencia ha sido hacer obligatorio su uso (por ejemplo, en la Ciudad de México es obligatorio desde el 30 de mayo). No es mera coincidencia, pues AMLO es un defensor de liberalismo y de algunas de sus libertades en su acepción liberal. No es mera retórica su constante alusión al presidente Benito Juárez, uno de las principales figuras del liberalismo decimonónico mexicano. Pero esto poco importa porque en la medida en que el cubrebocas es un dispositivo, opera para abrir espacios de disputa por parte de los hijos y nietos de Thatcher y Reagan. Si en España su obligación es vehiculizado directa o indirectamente como emblema del intervencionismo y del supuesto comunismo, en México su no obligación también funciona como emblema del odiado comunismo. Se use o no se use, se obligue o no se obligue, da igual porque a esos defensores de la libertad (anticuarentena, antivacuna, ultraderechistas, neoliberales, neofascistas y anticomunistas) el cubrebocas vehiculiza directa o indirectamente el mal, la degradación, el desastre, el diablo y representa sus peores pesadillas.

El Frente Nacional Anti-AMLO (FRENA) formada por defensores de la Patria, libertarios, panistas, perredistas, emecistas, buenos ciudadanos de clase media, empresarios, comerciantes, señoras con chófer y cubrebocas diseñados en Polanco, freelanceros y jóvenes emprendedores, oculta en su configuración las formas y virus de la ultraderecha, el neoliberalismo y protoneofascismo. En sus manifestaciones algunos usan y otros no usan cubrebocas, pero acusan a López Obrador (AMLO) de irresponsable por no portar el cubrebocas y de comunista. “AMLO contradice a científicos” titula su columna un periodista. “Ejercer poder mesiánico, la razón de AMLO para no usar cubrebocas” declara un experto. “El gobierno federal pavimenta el camino hacia el estatismo socialista”, afirmó en su columna un periodista protoneofascista. En ese contexto de disputa hay que entender las socarronas declaraciones de AMLO de que “se pondrá cubreboca sólo cuando ya no haya corrupción en México” (aunque también declaró que no lo usa porque su eficacia no está “científicamente demostrada”, en la línea del Sub-López Gatell y la OMS). Es indudable que el polémico texto de Mario Molina et al. sobre el cubrebocas sirvió para alentar esa disputa política, pues habla desde el “privilegio” mediático que le da el Premio Nobel. Pero si como he analizado párrafos más arriba, la eficacia del cubrebocas está en disputa en las mismas ciencias, ese dato termina siendo irrelevante porque basta que AMLO no use el cubrebocas para vehiculizarlo en diferentes niveles y acusarlo de comunista, anticientífico, mesiánico, irresponsable, demente, “pendejo” y populista.

Y no importa o termina siendo irrelevante porque en un campo en disputa y para el sentido común neoliberal, formado durante los últimos 40 años, el cubrebocas es un dispositivo intercambiable, cuando cese su necesidad porque la pandemia haya pasado o se haya creado la vacuna, aparecerán otros dispositivos que volverán a vehiculizar la disputa contra cualquier “intervencionismo”. Pero en el caso de México hay una gran diferencia, pues el vehículo de esa disputa promovida por parte de nuevos liberales, conservadores y protoneofascistas es el mismo AMLO: con su estilo popular, su forma de caminar, su hablar pausado, su prosaísmo, su piel morena, con su discurso de los pobres, con su estilo de criticar a los empresarios y confrontar a los políticos. Su mismo cuerpo moreno es el dispositivo de las disputas. Para esos sectores, el presidente mexicano representa su pesadilla y su pulsión de muerte.

EL GOLPISMO CONSERVADOR Y PROTONEOFASCISTA

La posibilidad en el horizonte mexicano del golpismo que sucedió en Bolivia y Brasil no es ninguna exageración. Por ello, independientemente de las críticas que se le deban hacer a AMLO (los megaproyectos como el Tren Maya, su conservadurismo en ciertos temas, su gabinete neoliberal y empresarial, etc.), la izquierda y el marxismo debe ser estratégicos en sus posiciones y movilizaciones, pues se corre el riesgo de alimentar indirectamente las fuerzas neoliberales, conservadores y protoneofascistas que aún son fuertes y siguen teniendo la hegemonía, incluso al nivel de los cuerpos y el sentido común. En un contexto de una fuerza política vigorosa se tendría que tensar las cosas para hacer estallar la carcasa criminal del capitalismo; pero en el contexto actual no existen las condiciones ni la fuerza política para ello. Por eso, la estrategia debe ser multinivel y no sólo resistir: tabicar y apuntalar los espacios de avance, ampliar de derechos colectivos y sociales, dar la batalla por las ideas y sus encuerpamientos, combatir in situ las derivas proempresariales y neoliberales con señalamientos puntuales, trazar constelaciones al nivel de las calles y con los elementos genuinamente preocupados por un país más justo. En un contexto de lucha y disputa siempre es bueno recordar a Marx: los principios, por excelentes que sean, deben ponderarse en las disputas políticas.

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