La derrota del intelectual, o los mil intelectuales de abajo

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Por Enrique G. Gallegos

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Paradójicamente con el desplegado firmado por los 650 “notables”, el principal afectado no es el Presidente (tampoco digo que salga fortalecido por la réplica del contrapronunciamiento), sino otro: la figura del intelectual. Esta figura paga un costo elevado por la hipérbole y la “postverdad” promovida en ese pronunciamiento. Una hipérbole porque pretendió hacer pasar por verdad la supuesta destrucción de una “democracia” y de la “libertad de expresión” que no se ve por ningún (en el supuesto que esto que actualmente tenemos en México puede ser considerado, sin mayores discusiones, como “la” democracia).

La derrota del intelectual también podría servir para calibrar la emergencia de los mil intelectuales, desde la figura del modesto profesor de asignatura, pasando por las del trabajador activista en las redes, hasta la incardinada por la intelectualidad feminista y que, en parte, tuvo dos primeros brotes con la emergencia de la “sociedad civil” con motivo de sismo del 85 y el levantamiento zapatista en 1994. No es casualidad la aparición de antologías sobre poetas mujeres, filósofas y una ingente cantidad de monografías de feministas. Tampoco es mera coincidencia que entre los más de 51 mil firmantes del contrapronunciamiento se encuentren no sólo reconocidos filósofos y periodistas defensores de AMLO, sino carpinteros, empleadas, estudiantes, amas de casa, pensionados, cocineros, obreros, diseñadores, taxistas, profesores, desempleados y un largo etcétera. Son signo de otros tiempos cuyos rasgos son la depredación del medioambiente, la precarización de los trabajadores y la polarización en la distribución de la riqueza. Frente a los intelectuales y periodistas orgánicos (quizá sería mejor hablar de intelectuales del establishment o del régimen), los intelectuales y periodistas de abajo; frente al rígido aparato de las revistas tradicionales y sus codificaciones ideológicas, la liviandad de las fanpages en facebook, twitter y las decenas de medios digitales de comunicación alternativos.

Esta emergencia de los mil intelectuales y las condiciones históricos que la han posibilitado ameritarían un análisis. Por lo pronto, en las siguientes líneas me concentro en la derrota del intelectual como figura general respetada, que ha sido devaluada como moneda de cobre.

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Durante mucho tiempo el intelectual fue una figura que generaba amplios consensos, de la que se esperaban iluminadoras palabras y por lo mismo era, en general, respetado y admirado. La figura del intelectual mexicano posiblemente se basa en la figura francesa. Los Sartre, los Deleuze, los Foucault, etc. Quizá el último intelectual mexicano de esa tesitura fue Carlos Fuentes (muerto en 2012, por supuesto hacia atrás hay otros, como Monsiváis, fallecido en 2010). Pero en México, en algún momento, quizá a finales de los 80, esa figura comenzó a erosionarse por sus relaciones con el poder político y mediático. Esto no significa que en otros períodos no se dieron esos fenómenos de depreciación, sino que la peculiaridad de los ochentas en México es que se comienza a instalar la polarización de la riqueza, la privatización de los bienes públicos, el desmantelamiento del estado de seguridad social y, en general, eso que se da en llamar el “neoliberalismo”. Esto abrió un campo irreconciliable y radical entre los de arriba y de los de abajo; mientras estos últimos eran desplazados y sometidos a una creciente precarización, los primeros veían crecen sus fortunas y privilegios. Los grandes magnates mexicanos aparecen a partir de ese período: los Slim, los Salinas, los Larrea, etc. Como lo recuerda José Luis Calva en “La economía mexicana en su laberinto neoliberal”, pasamos de tener un multimillonario en la lista de Forbes en 1987 a tener 18 en el 2018. Por lo mismo, también fue un período para que dueños de conocidas revistas y periódicos hicieran también jugosos negocios.

Importa destacar que en la medida en que la hegemonía política y económica neoliberal avanza y se fortalece, también se da el encuadramiento general de diversos intelectuales y periodistas, que a su vez logran cierta prevalencia de sus ideas, ideología, filosofía y poesía, que terminan por volverse dominantes y desplazar a cualquier otra posición como equivocada, errónea, retrasada, falsa y objeto de burla. Es conocido un hecho que ejemplifica esto: en 1981 se celebra en Morelia un festival de poesía al que asiste Allen Ginsberg. Ginsberg no lee: canta los poemas y se los dedica a los campesinos que se manifestaban en las calles de Morelia. Octavio Paz se burla de él y lo descalifica en un programa transmitido por Televisa. Pero mientras Paz lo descalificaba, no cesó de crecer en las nuevas generaciones, no sólo de poetas sino de músicos, el prestigio de Ginsberg. Ginsberg fue mil poetas. Paz, que es un buen poeta, pero de ideas que con el paso del tiempo han demostrado ser erróneas, se equivocó, como en otras muchas otras cosas: su mitomanía del libre mercado, su defensa del salinismo como modernización y su “feroz anticomunismo”, como definió Rafael Lemus la actitud del poeta y la de su grupo en un ensayo del 2015: “Editando neoliberalismo: Vuelta en los ochenta”. Pregunta: ¿será mera casualidad ese anticomunismo de Vuelta y sus herederos con el de la organización derechista FRENA o estaremos ante los mismos referentes políticos e ideológicos? Y habría que insistir que la poética de Paz que subyace a la descalificación de Ginsberg está en perfecta sintonía con algunos de los postulados del neoliberalismo, como intenté demostrarlo en un ensayo del 2018, “El fetiche de la forma. Genealogía de la estetización política del poema” (Aquí se puede consultar).

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El descrédito de personajes como Krauze y Aguilar Camín en amplios círculos no proviene de hace dos o cinco de años. Tiene, cuando menos, 15 años operando en ciertos ámbitos y obedece a que son vistos como emblemas de formas de comunicación que en la superficie pasan por criticas, pero que ocultan dudosas relaciones con el poder priista o panista (desde la compra de sus revistas, pago de publicidad por parte del Estado, contratos, hasta los tácitos “arreglos” para que ciertas personas llegaran a espacios de cultura con su visto bueno; la gama de estas prácticas es amplia). Durante decenios no pocos de los escritores e intelectuales que publicaron en periódicos y revistas dominantes (como “Nexos”, “Vuelta” y su extensión ideológica, “Letras Libres”) llamaban “modernización” o “reformas estructurales” a lo que hacían Miguel de la Madrid, Salinas y Zedillo, es decir, a la privatización de los bienes públicos, el desmantelamiento del estado de seguridad social, el libre mercado y el vaciamiento de los derechos, que tenía como efecto la polarización de la riqueza y la precarización de los trabajadores. Mientras hoy denominan a las “reformas estructurales” que hace AMLO “destrucción”. Curioso cambio de la semántica para referirse a algo similar (aunque un tanto inverso).

Pero preciso: de alguna manera es innegable que un intelectual, escritor o periodista que promueve “sus” ideas, tácita o deliberadamente suele defender ciertos arreglos políticos o visiones de clase y de las elites en una sociedad dada. Algunos lo saben y otros no. Por eso son orgánicos al sistema dominante. Entonces, el punto que me interesa resaltar, más allá de esa obviedad, es aquello que los colocó en la cadena de devaluaciones, su tránsito de monedas de oro a de cobre; es decir, las medidas que han tenido el efecto de situarlos en una espacio de descrédito y burla, en el que han pasado de figuras reconocidas a figuras descalificadas, depreciadas y ese punto de quiebre tiene que ver con la doble moral, la promoción del proyecto neoliberal, el cinismo o la contradicción, cada vez más evidente, entre su discurso de independencia y critica y sus amarres a intereses económicos, políticos e ideológicos; es decir, se ocultan sus resortes partidizados, sus posiciones de clase, privilegios e intereses con una supuesta independencia y critica. Pero, hay que acotar, la derrota de intelectual como figura general no es absoluta, pues el descrédito no quita que como figuras singulares no tengan sus fans y lectores. Empero, ha de ser difícil de digerir ser objeto de escarnio y de burla social. Una burla que llega a los memes.

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También es importante situar el trayecto de esta derrota del intelectual en dos contextos: por un lado, la emergencia de nuevas formas de comunicación y el abaratamiento de las tecnologías de edición y comunicación que posibilitaron otras voces. En los 90 aparecieron revistas, pasquines y editoriales que ya no pasan por la legitimidad de los grupos intelectuales tradicionales. Después, en los dos miles vinieron los blogs, las revistas y medios digitales y las redes sociales. Justamente esto facilitó lo que en otro tiempo era imposible. En otro tiempo un pronunciamiento como el de los 650 “notables” no tenía contrapartida (más allá de mismo poder en turno). Ese abaratamiento de las tecnologías y su difusión posibilitó la respuesta rápida de los 51 mil firmantes. Por otro, un cambio en la sensibilidad social, aún no es del todo claro, que implica el reconocimiento de la polarización de la riqueza, las desigualdades y el rechazo a las posiciones que habla desde los privilegios y connivencias con el poder. Tendríamos que hacer una arqueología más amplia de la figura de ese tipo de intelectual para comprender su caída en un país como México, tomando como punto de arranque los años ochenta y cómo, en los últimos lustros, se aceleró, pues ninguna derrota se da de un golpe: obedece a su vez a mil pequeñas derrotas

En ese pasaje histórico, cultural y político, se podría afirmar que la derrota del intelectual como figura general respetada ha dado lugar a los mil intelectuales. Alguno de los cuales, precisamente por sus antecedentes de relaciones con el poder, la clase dominante y los negocios, vivirán en una inevitable depreciación social. Pero también veremos emerger de las cenizas al otro tipo de intelectual, digamos, militante, cuya presencia desde los ochentas era menor. Quizá el último reducto del aura del intelectual como figura general sea la academia y su gusto por los “marcos teóricos”. Eso no significa que no siga existiendo, en otras latitudes y contextos, los “rock star” como Žižek, Agamben, Butler, Byung-Chul Han, Federici, etc. También se percibe la consolidación de un tipo peculiar de intelectual: las feministas. Pero lo notable de este movimiento es que la derrota del intelectual, al menos en México, trae aparejada la emergencia de los mil intelectuales, particularmente en las redes sociales. Intelectuales de redes sociales que no pocas veces son formados en los pantallazos y la liviandad de las redes sociales. Por ello, esta emergencia también tiene su aspecto crítico. Pero este es otro problema sobre el que también hay que reflexionar.

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