“La primera condición del progreso es la eliminación de la censura”
George Bernard Shaw

Por Humberto Robles/@H_Robles

En 2017, uno de los ballets más esperados, “Nureyev”, sobre la vida del bailarín Rudolf Nuréyev, se pospuso de manera polémica y siete meses después se estrenó. Mucho se especuló sobre la cancelación, pero todo indica que la causa se debió a la homofobia generalizada en Rusia, política implementada por el presidente Vladímir Putin, apoyado por la iglesia ortodoxa, con la ley contra ‘la propaganda homosexual’, un atentado contra los derechos humanos.

La cultura teatral rusa data de siglos y permanece vigente. Occidente y los medios hegemónicos exaltan las grandes ciudades y sus carteleras teatrales, sobre todo las de Nueva York y Londres, sin embargo, omiten mencionar a Moscú que es una verdadera fiesta para los amantes y creadores de las artes escénicas. El Teatro Bolshoi es uno de los más famosos, pero también se encuentran, entre muchos más, el Mali, Vajtángov, Chéjov, Taganka, Mossovet, Maiakovski, Púshkin, Bulgákov, el de Arte de Moscú, el de Sátira, así como el Romén, el único del orbe con artistas y obras relativas a la cultura romaní.

Antes del triunfo de los bolcheviques y posteriormente, el país sufre un estallido de creatividad inusitada, una verdadera revolución artística y cultural que también impactaría a las artes escénicas. A finales del siglo XIX emergen el dramaturgo Antón Chéjov, su esposa la actriz Olga Knipper, así como el actor, director y teórico teatral Constantín Stanislavski. A estos le siguen los directores como Vladímir Nemírovich-Danchenko, Ievgueni Vajtángov y Vsévolod Meyerhold. Por su parte, Anatoli Lunacharski ya había formado junto a otros artistas el movimiento cultural Proletcult. Todos ellos transformaron el teatro ruso y sentaron precedentes que repercutirían a lo largo del siglo XX, ya sea como creadores teatrales o como teóricos de este, no solo en Rusia sino en el resto del planeta. Para aquel entonces la bailarina Anna Pavlova, así como los compositores Ígor Stravinski y Serguéi Prokófiev, ya había conquistado al mundo, al igual que Serge Diaghilev, quien había fundado la compañía de los Ballets Rusos, la cual lanzaría a la fama a los bailarines Tamara Karsávina y Vaslav Nijinsky.

El triunfo de la revolución de octubre rompe con los paradigmas artísticos establecidos; los antiguos creadores deben adaptarse y surgen nuevos, como el poeta y dramaturgo Vladímir Maiakovski, autor de las obras de teatro “Misterio Buffo”, “Moscú arde”, “Yo o Vladímir Maiakovski” y “La chinche”, entre otros representantes de la vanguardia artística.

Sin embargo y trágicamente, la llegada al poder de Iosif Stalin asesta un golpe mortal a la creatividad cuando impone un estricto control ideológico e implanta como arte oficial al “realismo socialista”; este se convierte en la única visión para desarrollar cualquier actividad artística, condenando toda aquella que no sirviera a las políticas del Estado. Así se sofoca una etapa brillante y comienza una era terrible, donde la censura y la represión se ejercen contra los artistas. El compositor Dmitri Shostakovich sufre los embates oficiales cuando estrena su ópera “Lady Macbeth de Mtsensk”. A Mijaíl Bulgákov, conocido mundialmente por su novela de culto “El Maestro y Margarita”, le fueron censuradas sus obras de teatro hasta que fueron prohibidas, y finalmente el escritor vivió cercado y humillado por los burócratas soviéticos. Irónicamente hoy en día las obras de Bulgákov se montan con mucha frecuencia, así como diversas adaptaciones de “El Maestro y Margarita” a la escena.

Durante el estalinismo no solo se borra de las fotografías y de la historia a los que el Estado considera indeseables, también mueren y se asesina a muchos artistas. Maiakovski, al igual que el poeta Seguei Iesenin, termina suicidándose; Maxim Gorki fallece en circunstancias hasta ahora no esclarecidas; la actriz Zenaida Reich, esposa de Meyerhold, fue brutalmente asesinada de 17 puñaladas, y durante las purgas y los juicios de Moscú, al propio Meyerhold le cerraron el teatro que dirigía, fue encarcelado, torturado y finalmente fusilado. Incluso escritores del siglo XIX, como Fiodor Dostoievski, llegan a ser prohibidos.

Durante la Gran Guerra Patria, la Unión Soviética promovió un arte para exaltar el patriotismo, y a partir de la era de Nikita Jrushov se relajó un poco el control ideológico, sin embargo, permanecía la represión. Fue así como Rudolf Nuréyev decidió exiliarse y, ya en la era de Leonid Brezhnev, el violonchelista Mstislav Rostropóvich debió abandonar el país y se le retiró la nacionalidad soviética, mientras que el bailarín Mijaíl Baríshnikov pidió asilo político en Canadá. A pesar de todo, destacan algunos artistas soviéticos como el cantautor y actor Vladímir Vysotski, célebre por su interpretación de “Hamlet” en el teatro. Por su parte, en el ballet sobresale Rodión Schedrín, autor de los ballets “Carmen” y “Anna Karénina”, ambos compuestos para su esposa Maia Plisiétskaia, a quien se le otorgó el título de prima ballerina assoluta. Quizás, lo mejor del arte soviético se dio en la cinematografía, con grandes directores y películas memorables.

Tras el derrumbe de la URSS y el fin del socialismo europeo -“Una derrota para la humanidad”, como bien lo expresaría el escritor cubano Leonardo Padura-, los teatros y sus creadores lograron sobrevivir, a pesar de la crisis política y económica. Ya en el siglo XXI, un hecho muy lamentable ocurrió en 2002 cuando un comando terrorista secuestró durante tres días a más de 800 personas que se encontraban en el Teatro Dubrovka. En 2012, la banda punk feminista de las Pussy Riot vivió la represión de Putin cuando fueron detenidas y encarceladas por interpretar una canción en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, y en 2017 por exigir la liberación del cineasta Oleg Sentov.

Ya sea en el zarismo, en el estalinismo o en la época actual, la censura y el control del gobierno ha sido una constante en Rusia, causando dramáticos estragos en el arte y la cultura, anquilosándolas y retrasando su evolución. Por ello considero que, cuando el Estado fiscaliza las áreas del conocimiento e impone una visión única o muy limitada, se aniquilan la creatividad y el desarrollo humano.

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