Por Centro de Derechos Humanos de la Montaña “Tlachinollan”

A la clase política de Guerrero, que está reacomodándose para la próxima contienda electoral, le es indiferente el drama que enfrentamos en el estado, ante el incremento de contagios y muertes por el Covid – 19. Para ellos y ellas no hay pandemia ni crisis económica, por eso andan de pueblo en pueblo y de colonia en colonia, buscando adeptos a través de promesas banales y de apoyos nimios, con la obsesión de aparecer en la boleta electoral. Parece la feria de los cargos y la barata de las candidaturas, porque deambulan por todas partes con su propaganda fútil y sus megáfonos ensordecedores, convocando a la población, sin que les importe poner en riesgo la salud de los demás. Por un lado, son las élites caciquiles las que hacen pactos truculentos para asegurar cargos claves en favor de sus tribus y, por otra, ante la crisis de representación política, proliferan ahora figuras sin trayectoria social, ni compromiso real y con malos antecedentes de todo tipo.

En nuestra sociedad, la imagen del político o gobernante está desgastada y distorsionada. Hay un desencanto de la población sobre la forma en cómo ejercen el poder los gobernantes, que solo usan a los electores para ser entronizados en el poder. Este modelo de democracia electorera, trata a los ciudadanos y ciudadanas como meros instrumentos de la maquinaria electoral, que después del recuento de las boletas, los candidatos o candidatas ganadoras se erigen como seres supraterrenales y todopoderosos. Esta aura, los desubica, les hace perder el piso y los envalentona, desentendiéndose de los problemas cotidianos que enfrenta la población. La atrofia del poder público ha desquiciado a una sociedad que no encuentra en los dirigentes políticos, ni en los gobernantes a personas que generen confianza, que tengan un prestigio ganado, que cuenten con calidad moral y un compromiso social de larga data. Que sean honestos, sensibles, sencillos, leales, sinceros y cercanos a la gente desamparada. Por el contrario, hay un desencuentro y un distanciamiento entre la sociedad política y la sociedad civil; entre los que ejercen el poder y el presupuesto, y quienes con grandes sacrificios obtienen un ingreso para subsistir diariamente. No hay identificación con el proyecto de una sociedad que demanda equidad, igualdad, seguridad, justicia, rendición de cuentas y respeto a los derechos humanos.

El gobernante aún con estas leyes y normas que nos rigen, sigue blindado, porque tiene asegurado un salario bien remunerado y cuenta con prerrogativas.  Además, su poder lo hace inmune ante las tropelías que comete frente a una población que no cuenta con recursos jurídicos a su alcance para desaforarlo. A pesar de este descredito que prevalece sobre la figura del político, la mayoría de aspirantes a estos cargos, se obstinan en reproducir los roles nefastos del demagogo. Lamentablemente el estereotipo del político corrupto tiene muchas simpatías y un gran número de adeptos. Son estos “héroes malos”, los que ganan las batallas en los vídeo juegos y películas de ficción, como sucede con la serie de los narcos, que alimentan el imaginario colectivo para reproducir estas patrañas.

Es grave lo que pasa en nuestra sociedad, sobre todo en momentos sumamente críticos, cuando la misma Secretaria de Salud en Guerrero, nos está reportando que en estos primeros 6 días de febrero ha muerto por Covid – 19, una persona por cada hora. Ya llevamos 149 fallecimientos, mientras que en el mes de enero se registraron 699 defunciones con un promedio de 22.5 personas, que murieron por día. Esta tragedia ha marcado con rojo a los 81 municipios de nuestro estado, con un reporte de más de 400 personas hospitalizadas, sin tomar en cuenta el gran número de pacientes que no quieren o que se les niega la atención en los principales hospitales de la entidad. Son miles de familias guerrerenses las que en este momento se encuentran en total desamparo. La gran mayoría no cuenta con dinero para comprar medicinas. Quienes tienen a sus pacientes más graves, deambulan desesperados para conseguir un tanque de oxígeno, que se vuelve inalcanzable por la escasez y el alto costo. Al final de cuentas, siempre es la solidaridad de las familias pobres las que velan por la salud de los enfermos propios y ajenos. A pesar de los peligros que existen por el contagio del virus, la gente sigue tejiendo estos lazos de hermandad para apoyar con comida, medicamentos y dinero en efectivo a quienes se encuentran en condiciones sumamente deplorables.

Este panorama desolador marcado por el luto de miles de familias, que no encontraron como ayudar a sus pacientes para reavivar y fortalecer sus pulmones, es el problema número uno que las autoridades de los tres niveles de gobierno tienen que atender con suma urgencia. No podemos mantenernos impasibles ante el nivel de letalidad que está imponiendo la pandemia a las familias guerrerenses. Tenemos que revertir el crecimiento exponencial que nos ha colocado en una situación límite, porque cada hora que pasa es un paciente que muere por Covid – 19 en nuestro estado. Es impostergable una acción coordinada y urgente para focalizar la atención a las familias pobres, por su alta vulnerabilidad y desamparo, porque son los que menos oportunidades tienen para acceder a las instituciones de salud y quienes están sufriendo los estragos de la pandemia, ante la imposibilidad de poner a salvo la vida de sus seres queridos.

Las autoridades no pueden dejar a su suerte a las personas que viven en comunidades alejadas, como en la Montaña, la Costa Chica y la Sierra de Guerrero, donde el abandono es atroz por la falta de atención médica. Tampoco pueden desentenderse de lo que sucede en la Tierra Caliente y la Zona Norte, donde los grupos de la delincuencia han tomado el control de la economía y de la misma vida de sus pobladores. Han suplantado a las autoridades municipales y de salud, y ahora con chicotazos, obligan a usar el cubrebocas ante la ausencia de quien tiene la obligación de restablecer el orden. En las periferias de Acapulco, Chilpancingo, Zihuatanejo, Iguala y Taxco, la situación es incontrolable ante el colapso de los centros hospitalarios y la ausencia de una estrategia que ayude a contener y prevenir los contagios. La precariedad económica en que se encuentran sumidas a miles de familias, las coloca en una encrucijada mortal; tener que trabajar y salir de casa para sobrevivir o quedarse en el domicilio sin comer.  Es una cuesta que se prolongará por un año y, no solo por el mes de enero, como normalmente decimos. En esta escarpada subida, también el Covid – 19, ¿cobrará la misma cantidad de muertes, como está sucediendo en febrero? ¿será que para las autoridades no hay acciones extraordinarias qué emprender para evitar la debacle, mientras llegan las vacunas? ¿Por qué no se toman medidas más rigurosas ante la afluencia turística, y por qué no se instalan módulos en las diferentes regiones del estado, para la aplicación de pruebas Covid – 19? Los recursos millonarios que se requieren ¿no lo valen las vidas de millones de guerrerenses? ¿solo nos conformaremos con la idea fatalista de que el Covid – 19 es la que marca nuestro destino?

Esta honda preocupación que nos tiene atados a un suspiro, contrasta abismalmente con la rebatinga que existe al interior de los partidos políticos para asegurarse de las candidaturas. Entre ellos y ellas no hay pandemia, son más poderosas las ambiciones de poder que los cuidados por la salud. Lo que abundan son las descalificaciones mutuas, los golpes bajos y las reyertas internas. En este ring los reclamos y voces de los ciudadanos y ciudadanas no cuentan, son las decisiones cupulares y los cálculos políticos, los que determinan quién va y quién no va como candidato o candidata. Son otros parámetros con los que se mide la idoneidad de quienes aspiran a un cargo público. El pragmatismo craso, los amarres y componendas entre las cúpulas de poder, son los que inclinan la balanza sobre los ungidos o ungidas.

Lo que más irrita a los ciudadanos y ciudadanas de a pie, es que quienes aspiran y suspiran por un cargo, se abrogan sin ningún respeto la representación de la gente; se asumen como si fueran los representantes legítimos para abanderar las luchas del pueblo; se reivindican como los iluminados, que traen la salvación a los pobres. Se empeñan en utilizar a la gente, en aparecer como el centro de atracción para inflar su ego, repitiendo la trillada frase, de que, en las encuestas, ellos y ellas son la respuesta.

Constatamos cómo se ha trivializado la acción política, reduciéndola a un mero ritual electorero, precedido por precampañas banales que solo dividen a la población y crispan los ánimos al interior de los grupos políticos. Es una lucha que en nada beneficia a la población, más bien la daña, porque fractura el tejido social y hace más dependiente a la población de un personaje sin compromiso real. Es lamentable padecer los discursos huecos y ver por las calles los acarreos de la gente, cuya nobleza todavía se expresa, al colgarles cadenas de flores a los vendedores de falsas promesas. Nos quieren vender el cuento de que, si ellos o ellas ganan la elección, todos y todas ganamos. Está probado históricamente que, si los ciudadanos y ciudadanas no asumen el protagonismo del cambio, ningún partido político, mucho menos un candidato o candidata, podrá lograrlo. Sobre todo, porque los dirigentes de los partidos y los gobernantes son capaces de traicionar al pueblo, con tal de poner a salvo sus intereses facciosos. Ninguno de los candidatos o candidatas puede decir a los cuatro vientos, que son la respuesta y la solución a los problemas, cuando en plena pandemia no son capaces de voltear a ver, ni de ayudar a las familias que sufren la pérdida de sus seres queridos. Su horizonte no está en luchar por la vida y combatir la pandemia, sino en disputar a cualquier costo social y político un cargo de elección popular.

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