Vacuna y tanatocapitalismo. ¿Quién debe morir?

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Foto: Mario Marlo

Por Enrique G. Gallegos/UAM

ACELERACIÓN HISTÓRICA Y ESPERANZA

El mundo parecía haber tomado un hilo de esperanza después de que se comenzó a distribuir la vacuna contra el COVID-19. Para cuando se puso la primera vacuna en México, 24 de diciembre 2020, habíamos registrado más de 120 mil muertos, mientras que a nivel global iban más de 1.71 millones de fallecidos. Al momento de terminar estas líneas esas cifran han aumentado a casi 163 mil y más de 2.3 millones de muertos, respectivamente. El brutal contraste entre esa esperanza y los montones de cadáveres transformados en cenizas, en realidad, también oculta otros fenómenos que no debemos perder de vista: el registro tanatopolítico del capital/poder y el jugoso mercado por la comercialización de la vacuna. Dos fenómenos en uno que en parte, allende los discursos humanistas, explicarían la celeridad con la que se produjo la vacuna. Es sabido que anteriormente la creación de una vacuna podía llevar décadas. La producción de la vacuna contra el COVID-19 tomo menos de un año. Hay otros males y enfermedades que pasan por incurables e intratables, pero que en realidad ocultan una verdad del tanatocapitalismo: son incurables porque no son redituables.

La elaboración de la vacuna contra el COVID-19 es un hecho que en sí mismo condensa la aceleración histórica del capitalismo. En la creación de esa vacuna podemos destacar la brutal paradoja de los tiempos que vivimos: en un sentido, la aceleración histórica parece salvar a la humanidad (expresada en la ciencia aplicada para comprimir el tiempo y producir la vacuna); en otro, la está llevando a sus límites a partir de los cuales es posible la destrucción de la misma humanidad (la crisis del medio ambiente es una de sus manifestaciones más significativas).

CAPITAL Y MUERTE

Frente a la actual crisis pandémica, se vuelve necesario volver plantear una pregunta clave: ¿qué vidas deben morir y cuáles vivir? Sólo abstrayendo la realidad se podría sostener que la crisis producida por la pandemia es un fenómeno aislado y contingente. Crisis del medio ambientes, crisis económica, crisis en la distribución de la riqueza, crisis en la salud mental y la inseguridad, crisis del trabajo y poblacionales. Como he mencionado en otro artículo publicado en Somos el medio, la mayoría de estas crisis tienen su oculta raíz en la subsunción de la vida y lo real al capital. Subsumir la vida al capital significa no sólo apropiarse de la fuerza de trabajo, sino algoritmizar las neuronas, los comportamientos, el inconsciente y constituir a las personas mismas como descartables. La crisis es inherente al capitalismo porque es la manera en se restituye y resetea para conservarse. El capitalismo se autoconserva destruyendo la vida. De aquí que Marx lo haya calificado de vampiresco; es decir, no posee vida propia: se alimenta de esa otredad vital, les chupa su sangre y médula para después desecharla.

Preguntemos nuevamente: ¿Qué vidas deben morir y cuáles vivir? Fue Marx el primero que ayudó a responder a esa pregunta al develar el oculto mecanismo con el que opera el capitalismo. En la medida en que las personas deben acudir al mercado laboral para vender su fuerza de trabajo para subsistir y reproducirse, se constituyen en descartables. Un día son parte de la empresa y al siguiente las despiden. Un día son útiles y al siguiente no. Si tienen algo que comercializar (fuerza de trabajo, riñón, matriz, cuerpo, saberes, habilidades, cabellos y sonrisas), viven. Si no tienen que comercializar, ingresan a las filas de las personas descartables. Simplificando y crudamente expresado, eso es parte de lo que Marx develó.

BIOPOLÍTICA, O TANATOCAPITALISMO

Después han venido otros filósofos, como Foucault, Agamben y Esposito que han especificado lo que hoy conocemos como biopolítica; es decir, todo un campo de investigación que tiene como ejes las problemas de cómo la vida es atrapada, modelada, condicionada y gestionada por la política y el poder, incluidos los fenómenos de tanatopolítica y necropoder. Pero el límite de Foucault, Agamben y Esposito consiste en que lo que ganan en especificidad lo pierden al pasar por alto lo estructurante del capitalismo; quiero decir, al obliterar el mecanismo oculto del capitalismo develado por Marx, terminan por hacer descansar la biopolítica en las decisiones y gestiones de la gubernamentalidad sin atender a los elementos estructurales propios del capitalismo y la infraestructura en la que descansa. Sólo teniendo en cuenta estos elementos de la infraestructura del capitalismo, adquieren plena legibilidad no sólo la biopolítica y el necropoder, sino, por ejemplo, los últimos fenómenos de la algoritmización de la vida, las aplicaciones para celulares y redes sociales que se han constituido en otros mecanismos de acumulación del capital. Por ello, en la medida en que el capitalismo está orientado a la muerte y destrucción, la pregunta debe ser modificada y planteada en toda su radicalidad: quién muere.

Se trata, pues, del sometimiento de la vida al capital. Sea como fuerza de trabajo. Sea como naturaleza. Sea como algoritmización. Sea como sucede en la actual pandemia. ¿Pero quién decide quién muere en la pandemia ocasionada por el virus SARS-COV2? Porque esa es la pregunta más importante a responder en estos momentos de crisis de salud y económica, si somos consistente con la carácter mortífero del capitalismo descrito en líneas arriba. La respuesta a esta pregunta tiene varias expresiones. Algunas de las cuáles se manifiestan en la privatización del sistema de salud como parte de la embestida del neoliberalismo (por eso, dicho sea de paso, es importante recuperar la salud como un derecho gratuito, público y universal.). Esta privatización ha recrudecido que la salud y la vida dependan no del reconocimiento de la condición humana, sino de si se cuenta con dinero para pagar médicos, hospitales y comprar medicinas. Y contar con esos recursos tampoco es meramente una decisión individual; depende sobremanera del lugar que se ocupa en la clase social. Así, si no se cuenta con esos recursos, entonces la vida podría estar jugada de antemano y descansar en las fuerzas sociales de los mecanismos del capital y la posición socioeconómica que ocupan las personas (por supuesto, hay excepciones, pero importa aquí describir el mecanismo estructural). Y ya hemos indicado que el capitalismo es un tipo de sociedad que descansa en la explotación del otro y genera polarización en la distribución de la riqueza.

ROSTRO MORTÍFERO DEL LIBRE MERCADO

La otra cara mortífera de la privatización del sistema de salud es la desigualdad, pobreza, marginación, exclusión y precarización, que se ha intensificado con la pandemia. Son esas masas de personas que se encuentran en esa situación, generada estructuralmente por el capitalismo, las que se constituyen en descartables. Algunos datos dan cuenta de su intensidad.

Como analiza el Observatorio de la Organización Internacional de Trabajo (Boletín del 25 de enero 2021), “en 2020 se perdió el 8,8 por ciento de las horas de trabajo a nivel mundial con respecto al cuarto trimestre de 2019, equivales a 255 millones de empleos a tiempo completo. La pérdida de horas de trabajo fue particularmente elevada en América Latina y el Caribe, Europa meridional y Asia meridional. La pérdida de horas de trabajo en 2020 fue aproximadamente cuatro veces mayor que la registrada durante la crisis financiera mundial de 2009”.

Si lo anterior lo ponemos en relación con los datos del informe “El virus de la desigualdad” de Oxfam, publicado en enero de este año, tendremos un cuadro más completo. Como recuerdan los autores del estudio: “La crisis de la COVID-19 se ha propagado por un mundo que ya era extremadamente desigual (…) Un mundo en el que casi la mitad de la humanidad tiene que sobrevivir con menos de 5,50 dólares al día. Un mundo en el que, durante 40 años, el 1 % más rico de la población ha duplicado los ingresos de la mitad más pobre de la población mundial.” Junto a esa brutal polarización en la distribución de la riqueza, “más de 3000 millones de personas carecían de acceso a atención médica, tres cuartas partes de los trabajadores y trabajadoras no contaban con mecanismos de protección social como la prestación por desempleo o la licencia por enfermedad, y más de la mitad se encontraban en situación de pobreza laboral en los países de renta baja y renta media-baja.”.

¿Quiénes mueren bajo esa lógica del mercado? Los descartables estructuralmente por el ciego mecanismo de la valorización del capital; es decir, los que se encuentran en condiciones de desigualdad, pobreza, marginación, exclusión y precarización, intensificadas por la pandemia. No es casualidad entonces que la pandemia del COVID-19 se ensañe con las clases sociales bajas. Obreros, empleados, vendedores callejeros, repartidores contratados en las aplicaciones, chóferes, trabajadores del régimen del outsoursing, recogedores de basura, sepultureros, camilleros y minorías raciales. Morirán por el hecho de pertenecer a las clases bajas y tener menos oportunidades alimentarias, económicas, de educación, de habitación, médicas y de seguridad social, en gran medida generadas por el mismo sistema capitalista que descansa en la privatización de la riqueza social y la expropiación del plustrabajo.

Dos ejemplos muestran este hecho, ahora recrudecido por la pandemia. Uno de un país capitalista del supuesto «primer mundo» (Estados Unidos); otro, de un país capitalista periférico (México). Según una nota The Associated Press publicada en SinEmbargo y firmada por Carla K. Johnson, Angeliki Kastanis y Kat Stafford, “en Estados Unidos, los afroamericanos, hispanos y los indígenas norteamericanos están muriendo a una tasa tres veces la de los blancos, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.” Esa misma discriminación se repite pero en sentido inverso en la aplicación de las vacunas: son los blancos los que reciben una tasa de vacunación más levada que las otras minorías (y aunque esto puede ser corregido en un futuro inmediato por el Presidente Biden, no hay que perder de vista el conjunto, es decir, lo estructural; de donde también se corrobora los límites del aparato analítico de la gubernamentalidad biopolítica, a que antes me refería).

Por otro lado, un estudio micropolítico del colectivo “Gatitos contra la Desigualdad” publicado en Animal Político y realizado en algunas colonias de la ciudad de México exhibe un resultado similar: “las colonias más pobres de la ciudad multiplican por 5 veces la prevalencia entre aquellas con más contagios de la CDMX [Ciudad de México], comparadas con las colonias más ricas”; ello tiene como consecuencia que “el virus no afecta por igual a todos, contagia (y mata) más a los más pobres debido al extremo nivel de desigualdad”. Es decir, estos dos ejemplos muestran que la pandemia se ensaña particularmente con las minorías latinas, afroamericanas y en personas que viven en condiciones de desigualdad, pobreza, marginación, exclusión y precarización, generado por el modo de producción capitalista. En ocasiones este registro mortífero podrá expresarse más crudamente como en aquella circular de la Sociedad Belga de Gerontología y Geriatría en la que pedía dejar morir a los ancianos en caso de enfermar por COVID-19.

VACUNAS E IMPERIALISMO

Pero ese rostro del tanatocapitalismo a su vez se replica a nivel geopolítico entre países ricos/poderosos y países pobres. Por supuesto, en la medida en que el capital sólo reconoce como patria las ganancias, esa división entre países ricos y pobres sólo tiene sentido hasta cierto punto y siempre que no se ponga en riesgo su riqueza. Aunque los países ricos y poderosos también han sido afectados por la pandemia, su dominio económico y político les permitirá en el largo plazo salir menos afectados. Prueba de ello es el acceso y distribución de la vacuna contra el COVID-19.

Como se demuestra con la siguiente gráfica de Our World In Data, de los veinte países que al 5 de febrero ocupaban los primeros lugares en la cantidad de dosis de vacunas inyectadas, la mayoría son europeos (y si ampliamos a treinta el número, siguen siendo europeos):

Aunque Inglaterra es el país origen del constitucionalismo moderno, Francia de los derechos del hombre y del ciudadano, Israel representa un pueblo que fue sometido al genocidio y Canadá a una democracia modélica, eso no ha impedido que utilicen todo lo que está en sus manos para acaparar las vacunas. Y monopolizar las vacunas significa trazar una línea para discriminar a los que tienen mayor posibilidad para morir de COVID-19.

Según dio a conocer Anne Marie Mergier en la revista Proceso, el Primer Ministro de Israel, Netanyahu, no dudo en ofrecer un jugoso precio para asegurar la compra de las vacunas. De la misma manera, el Primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, tampoco titubeo en monopolizar cinco veces más vacunas que el número de su población; mientras que Estados Unidos ya compró hasta dos veces la cantidad de sus necesidades. Incluso, como se ha difundido en los medios de comunicación, el gobierno italiano y la Comisión Europea tampoco han tenido empacho en presionar a las empresas farmacéuticas como Pfizer y AstraZeneca para obligarlas a venderles la vacuna. Para calmar la conciencia de los países ricos, la OMS a través del mecanismo COVAX, ha prometido 2 mil millones de inyecciones, para los países pobres, una pingüe cantidad si se toma en cuenta el total de la población. Y según ha registrado Oxfam, como van las cosas posiblemente 9 de cada 10 personas en esos países pobres no podrán acceder a la vacuna por un tiempo y en tanto, los muertos se seguirán acumulando.

Otra forma de ver lo anterior es con la gráfica elaborado por el proyecto Launch and Scale Speedometer de la Universidad de Duke, en la que se expresa como los países ricos (high income) monopolizan la compra de vacunas, mientras que los pobres son rezagados; es decir, discriminados y puestos en la fila de los que podrían morir. La claridad de las columnas, su color y perfecta separación, también expresan el tanatocapitalismo:

Fuente: Launch and Scale Speedometer Cantidad de dosis en millones 30 de enero 2021

Estos datos corroborarían que aun hay formas vigentes del imperialismo y que en momentos de crisis como la pandemia, se desnudan; aun cuando puedan estar ocultas bajo las formas fetichizadas discursivas de la globalización y el humanismo bienintencionado de COVAX.Tampoco hay que extrañarse de esa política de acaparamiento, pues ocultan un viejo y terco dispositivo que conocemos cuando menos a partir de 1492 y que sigue operando aunque en otros niveles: el colonialismo y las formas del imperialismo del siglo XIX y XX. La Europa que ahora acapara las vacunas es la misma que ha saqueado a América latina y África durante el período de la colonia y durante la fase imperialista del capitalismo. Es la Francia que no fue sino hasta 1962, después de una sangrienta lucha de liberación nacional y en medio de prácticas genocidas, que abandonó Argelia. Es la Inglaterra que todavía hasta 1997 mantuvo bajo su régimen colonial a Hong Kong. No hay que olvidar que parte de la riqueza social de Europa y Estados Unidos fue creada durante los largos periodos de saqueo de los países colonizados.

¡MALDITOS COMUNISTAS, OTRA VEZ!

Pero está apuesta mortífera que determina quién muere no para aquí. Cuando el poder económico de las grandes empresas se involucra, sea deliberadamente o no, con los ejes de derecha e izquierda y la emergencia de la ultraderecha y los neofascismos, las cosas se complican. ¿Qué hay detrás de las descalificaciones en Argentina, México, Estados Unidos y algunos países de Europa a la vacuna Sputnik V? Dos cosas: que su origen es de Rusia, un país identificado con la extinta URSS y que uno de los primeros países en adquirirlo haya sido Argentina, donde cuenta con un gobierno de izquierda. Otro tanto ha sucedido cuando el gobierno de México anunció la compra de la vacuna Sputnik V. El suelo de las descalificaciones, además del jugoso mercado en disputa, es una cultura anticomunista y una paralela ideologización librecambista, particularmente promovidos desde medios de comunicación y grupos de poder dominantes. No importa si la URSS desapareció hace 30 años y si los gobierno de Argentina y México están lejos de parecerse al comunismo. Tampoco que en su momento la URSS y ahora Rusia sigan siendo potencia en la investigación de las ciencias naturales. Cuando se trata de ganancias, anticomunismo, neoliberalismo y mercado saben muy bien tejer alianzas.

MONEY, MONEY, MONEY

Hay una última pieza oculta en esta trama del mercado de las vacunas y el develamiento del carácter mortífero y vampiresco del capitalismo. Detrás del enriquecimiento de la industria farmacéutica a costa de los que enferman, mueren y morirán por el COVID-19, está el financiamiento público que incrementa las tasas de ganancias y por varias vías.

Como denunció Médicos sin Fronteras (MSF) y luego lo amplió en una nota el New York Times, en una investigación de Matt Apuzzo y Selam Gebrekidan, ya no sólo se trata de que la riqueza social es producto de la fuerza de trabajo, expropiada a través del plustrabajo por las clases capitalistas y de la tasa de ganancias en la comercialización de las vacunas, sino de fondos públicos invertidos en las farmacéuticas. Según MSF, AstraZeneca /Oxford University recibió más de $1.7 mil millones, Johnson & Johnson/BiologicalE, $1.5 mil millones, Pfizer/ BioNTech, $ 2.5 mil millones, GlaxoSmithKline/Sanofi Pasteur, $ 2,1 mil millones, Novavax/Serum Institute of India, casi $2 mil millones y Moderna/Lonza, $ 2,48 mil millones.

Como señalan Apuzzo y Gebrekidan, “los gobiernos [no sólo] han invertido miles de millones de dólares para ayudar a las compañías farmacéuticas a desarrollar vacunas y están gastando miles de millones más para comprar las dosis”, sino que utilizan tecnología desarrollada por los gobiernos para la creación de las vacunas, se arrogan la exclusividad de las patentes y en las acuerdos de compra-venta establecen clausurados para deslindarse de responsabilidad si las vacunas fallan y generan daños a la salud. Un negocio redondo donde todos ponen y las únicas que nunca pierden y siempre ganan son las farmacéuticas.

No es casualidad que la industria farmacéutica esté entre las que mayores ganancias generan y que de acuerdo a Braulio Carbajal de La Jornada, “según datos oficiales, siete de las farmacéuticas más grandes del mundo (Johnson & Johnson, Pfizer, AstraZeneca, Moderna, Novavax, Biontech y CanSino) tienen un valor bursátil de 776 mil 380 millones de dólares, 89 mil 471 millones más respecto de los 686 mil 908 millones de dólares de hace un año. Este monto es resultado del alza en el precio de sus acciones…”. Estos fenómenos, además, mostrarían lo lucrativo que resulta la medicalización de la vida y la psiquis humana, como otra cara del tanatocapitalismo.

Como ha señalado Mariana Mazzucato en “El Estado emprendedor” (RBA, 2019), las empresas no sólo se han beneficiado de los fondos públicos, de las investigaciones de los gobiernos, de la explotación de las patentes y de las compras del Estado, sino que también han fetichizado las supuestas virtudes del libre mercado, demonizando todo aquello que pase por las intervenciones del Estado, incluido la colectivización de los derechos y la socialización de las ganancias.

FINALMENTE: TANATOCAPITALISMO

Privatización de la salud pública, lógica del capital que genera sistemáticamente desigualdad, pobreza, marginación, exclusión, precarización y polarización en la riqueza, que en la actual pandemia se recrudece para las clases pobres, desigual acceso a las vacunas contra COVID-19, enriquecimiento de las empresas farmacéuticas y actualización de las formas imperiales de los países ricos sobre los pobres, son parte del panorama que corroboran que el lado mortífero del capitalismo no sólo obedece a una gubernamentalidad liberal o neoliberal (según la, por demás respetable, tradición foucaultiana), sino a una lógica inherente a las sociedades capitalistas. Por ello, decir tanatocapitalismo es otra manera de decir capitalismo. Es develar y corroborar su oculto mecanismo mortífero.

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