OPINIÓN | La Montaña del horror

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Para todas las víctimas de feminicidio

Por El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

Desde que la niña Abigail salió de su casa de la comunidad nahua de San Lázaro para ir al colegio de bachilleres en Temalacatzingo y fue violada de manera tumultuaria y asesinada en septiembre de 2006, hemos documentado con mucho dolor e indignación los casos de feminicidios que se han consumado en 16 municipios de la Montaña, dos de la Costa Chica y en el puerto de Acapulco. En tres lustros llevamos registrados 66 casos de feminicidios en los siguientes municipios: Tlapa con 26, Xalpatláhuac 4, Cochoapa el Grande 4, Acatepec 3, Alcozauca 3, Copanatoyac 3, Malinaltepec 3, Huamuxtitlán 3, Zapotitlán Tablas 3, Tlalixtaquilla 2, Metlatonoc 2, Cualác 2, Tlacoapa 1, Alpoyeca 1, Atlamajalcingo del Monte 1, Olinalá 1, San Luis Acatlán 1, Xochihuehuetlán 1, Cuajinicuilapa 1 y Acapulco 1. 35 mujeres fueron parte de los tres pueblos indígenas de la Montaña: 10 nahuas, 12 me’phaa, 13 Na Savi, una mujer Afromexicana y 31 mujeres adscritas a la población mestiza. Seis de ellas eran menores de edad, 4 de la tercera edad y 56 sus edades oscilaron de 19 a 55 años. La gravedad de los casos radica en la impunidad, porque la mayoría de los perpetradores se encuentran libres y las carpetas de investigación, varias de ellas, están archivadas. No sólo es el miedo, sino la pobreza y el alto grado de indefensión en que se encuentran las familias de las víctimas, lo que alienta la violencia y desangra la vida de las mujeres.

Ante esta herida abierta que ha destruido los proyectos de vida de las mujeres indígenas, afromexicanas y mestizas de la Montaña, nos hemos propuesto realizar una campaña que muestre la radiografía de la violencia ejercida contra las mujeres y que pueda mostrar las historias del horror que han padecido las mujeres por la indolencia y complicidad de las autoridades. Con el caso de la niña nahua Abigail Francisco Romero, originaria de San Lázaro, anexo de Temalacatzingo, municipio de Olinalá, quien fue víctima de feminicidio, queremos visibilizar una situación que lacera profundamente a nuestra sociedad, ante la infamia de los feminicidios.

Como madre tengo muy presente cuando mi niña Abigail salió de la casa como a las 6:00 de la mañana. Siempre acostumbraba abrazarme y darme un beso. Andaba muy contenta por la pequeña fiestecita que le hicimos de sus 15 años. Le daba gusto platicar cómo se había divertido con sus amiguitos del colegio de bachilleres. Lo que más me duele es recordar que en el camino a su escuela unos hombres cobardes la violaron y la mataron. Fue el lunes 25 de septiembre de 2006 cuando sucedieron estos hechos. Ella tenía que ir a estudiar en Temalacatzingo porque solo ahí había esa escuela. Mi niña caminaba una hora, porque no había transporte de la casa a la escuela. Siempre regresaba después de las 2 de la tarde. Llegaba pidiéndome de comer, porque con el poco dinero que le daba, no le alcanzaba ni para unas enchiladas. Ese día sufrí mucho porque no la vi llegar. Fueron horas de mucha desesperación. Tuve que buscar a mi esposo para decirle que nuestra hija no había llegado. Lo que hicimos fue caminar a Temalacatzingo para preguntar a sus compañeros si sabían dónde estaba. Fui a ver a una de sus amiguitas con la que más se llevaba. Solo me dijo, “Abigail se bajó por aquí, en el barrio de San Diego, a la una de la tarde y se fue para su casa”. Esa noche recorrimos con mi esposo y familiares el camino que siempre transitaba. Fue una noche muy triste porque no logramos localizarla.

Pedimos auxilio al comisario, para que nos ayudara a buscarla, pero no nos hizo caso, por el contrario, lastimó más mi corazón cuando me dijo “usted está llorando y su hija gozando con el novio”. Ante esta indiferencia y ofensa fuimos con el Ministerio Público y con la policía municipal, pero no me atendieron. Lo que más duele es que te ignoren y que te lastimen, porque no le dan importancia a lo que uno está sufriendo. No queda otra alternativa que buscar como familia a nuestra hija. Todos los días nos organizábamos para buscarla en los barrancos y en los demás caminos que van a la escuela. Fue en los primeros días de octubre, bien recuerdo que fue un domingo, cuando encontramos a nuestra hijita. Lo increíble fue que en el lugar que la habíamos buscado, ahí apareció. No sé cómo aguanté al ver su cuerpo desfigurado. Es sentir la muerte misma, porque pierdes el sentido. Como que la razón se nubla y actúa como si estuviera perdida, loca. Cuando la recuerdo siento como una daga que atraviesa mi cabeza y mi corazón. Será por qué así le hicieron, le destrozaron su cuerpecito. La brutalidad de los agresores no tuvo límites.

Me arrancaron lo más preciado de mi vida. Me destruyeron, también a mí me mataron, pero no sé porque sigo con vida. Solo me alimento con su recuerdo y con las ilusiones que tenía para vivir.  A pesar de que el dolor de cabeza nunca se me quita, me llega el recuerdo de lo que me decía: “mamá yo quiero estudiar medicina porque quiero salvar muchas vidas”. Era una niña, que había descubierto en la escuela el camino para salir de la pobreza y encontrar en el estudio una forma nueva de vivir, ayudando a la gente que tanto se enferma en el pueblo.

Mi hija se atrevió a desafiar las veredas para llegar al colegio, pero jamás imaginó que en el camino le ocurriría un hecho tan cruento, mucho menos que a su corta edad fuera víctima de este horrendo crimen. Cursaba el primer año y lamentablemente solo fue un mes a clases. Desde esa fecha se me acabó la ilusión, porque ¿qué sentido tiene vivir cuando le quitan la vida a mi hija, que era una niña indefensa y que no le hacía nada a nadie, sin que las autoridades hagan justicia?

En lo poco que me queda de vida lo único que pido es que haya justicia. No me cansaré de que esas personas cobardes, que al final se descubrieron ellas mismas, se les castigue como debe ser.  Uno de ellos acusó a los demás de lo que habían hecho con mi niña. El mismo comisario se dio cuenta de lo que habían hecho. Fueron tan cobardes, que al ser interrogados, negaban lo que habían hecho señalando a los demás como responsables. Después de tanto sufrir y luchar logramos que procesaran y sentenciaran a 50 años a cuatro de ellos.

A pesar de todo este sufrimiento, apenas me enteré que se ampararon, argumentando que fueron torturados. Me dicen que hay probabilidades de que logren su libertad. La verdad no entiendo cómo funciona este sistema de justicia, que protege a los hombres violadores y nos deja a las mujeres en total desamparo. Las autoridades judiciales no toman en cuenta el sufrimiento de las víctimas, están ciegos ante la violencia que padecemos. Valoran más el dicho de los delincuentes y le dan más peso a los dictámenes que están a su favor dejando de lado todo el cúmulo de pruebas que los señala como responsables del asesinato de mi hija. Como víctima de esta violencia feminicida exijo a las autoridades judiciales que apliquen la justicia en favor de Abigail y que dejen de encubrir y proteger a quienes comenten estos crímenes abominables.

Como mujeres indígenas no sólo somos pisoteadas en nuestros derechos sino que a lo largo de nuestra vida la violencia está presente de diferente manera. Es un viacrucis ser mujer y hablar una lengua indígena, porque nos tratan como personas inferiores, que no tenemos derecho a defendernos y que simplemente somos objeto de agresiones sexuales. No contamos con el apoyo de las autoridades. El mismo comisario no le da crédito a nuestra palabra y se vuelve cómplice con los mismos malhechores, porque entre ellos se protegen. Las autoridades municipales nos ignoran y más bien se burlan de nosotras. Los policías del municipio en lugar de apoyarnos nos agreden y cuando ven oportunidad abuzan de nosotras, los agentes del ministerio público ni siquiera nos voltean a ver, sobre todo cuando hablamos en nuestra lengua. No hay un lugar en las instituciones para ser atendidas con respeto y consideración.

Solo con el apoyo de las mismas mujeres y de las familias es como pudimos salir adelante. Encontramos a mi hija gracias al acompañamiento que hubo de los padres y madres de familia del colegio de bachilleres, también de sus compañeros y compañeras. Cobraron conciencia de que cualquier niña o niño le puede pasar lo mismo. Por eso cuando agarraron a los delincuentes, la gente decía que mejor las colgaran, porque de otra forma continuarían con sus maldades. Sin embargo, los principales dijeron que mejor se entregaran a las autoridades para que ellos se responsabilicen de castigarlos. Las comunidades mismas firmaron de que no permitirían más el regreso de esos maleantes. Solo pedían justicia para que nadie más en el pueblo se atreva a cometer estos crímenes. Como madre de Abigail sólo espero que el juez ratifique la sentencia de 50 años para estos cuatro feminicidas y que se acabe esta pesadilla en la Montaña del horror.

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