OPINIÓN ▏Tocar la puerta y el corazón de la gente

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Por El Centro de Derechos Humanos de la Montaña “Tlachinollan”

En esto cuatro días que realizamos esta búsqueda de información sobre el paradero de nuestros 43 hijos, tuvimos experiencias que nos reanimaron, pero también hubo momentos que fueron tristes y dolorosos. El recuerdo que me llevo de estos recorridos, es que hay gente que además de abrirnos la puerta, nos abrió su corazón, porque nos abrazó y lloró con nosotras. Nos trasmitió más energía y hasta sentimos que en verdad nuestros hijos también lo sienten como sus hijos. El día que estuvimos en Iguala, y que subimos a Pueblo Nuevo, vimos cómo las personas todavía tienen miedo de abrirnos sus puertas. Al ver que caminábamos por su colonia, varias de ellas se asustaron y mejor cerraron su casa. En verdad existe mucha desconfianza y mucho miedo. Esto me hizo recordar lo que pudo haber sufrido mi hijo hace más de 79 meses. Se me revelaba pidiendo auxilio a la gente, y que también no le abrían la puerta. Volví a revivir esa noche del 26 de septiembre, cuando dicen que varios estudiantes pidieron auxilio, y que no encontraron el apoyo de los vecinos. Me dieron ganas de llorar, porque estaba sintiendo ese rechazo que seguramente mi hijo sintió. Por eso me imaginé lo peor, porque comprendí que no todas las personas son de buen corazón.

Fue muy duro iniciar esta búsqueda porque se siente un ambiente pesado en estos lugares donde viven familias muy pobres. Por más que buscábamos acercarnos con las personas que veíamos en la calle, hacían que no nos escuchaban y caminaban más rápido para no meterse en problemas. Ahora entiendo lo que escribieron los amigos y amigas del GIEI, de que en esta región domina la delincuencia organizada, de que tienen grupos que están en varias colonias, y que además cuentan con “halcones” que se encargan de vigilar a gente sospechosa. Ellos utilizan motocicletas para recorrer los lugares que tienen que reportar. Nos ayudó mucho que amigas y amigos de otras organizaciones nos acompañaran, porque fueron como nuestros escudos. La presencia de la Guardia Nacional fue muy importante, para evitar que pudiéramos encontrarnos con gente que trabaja con la delincuencia. A pesar de que el sol era insoportable, lo que más nos dio ánimos fue encontrar una puerta abierta y a madres de familia que escucharon nuestro mensaje. Fue un gran alivio tener alguna respuesta. Se me quedaron grabadas varias frases que las traigo en mi mente. Una mamá nos dijo: “Yo las entiendo, yo también soy mamá y no quiero que a mí me pase lo mismo. Quiero que sigan adelante, que no se desesperen. Voy a pedirle a Dios que pronto sepan donde están sus hijos”. Poco a poco, logramos que la gente supiera que éramos las mamás y papás de los 43.

Así como sentimos que nuestros hijos pueden estar en algún lugar, hubo personas que nos dijeron que se corrieron rumores de que se los habían llevado para la sierra. Lo malo es que nadie se atreve a decirnos quiénes realmente saben de esta historia. Como madres y padres le hemos dicho al gobierno, que mientras no nos demuestren con pruebas que nuestros hijos están muertos, nadie nos puede impedir que los busquemos con vida. Por eso decidimos venir a estos lugares donde hay información de que tanto policías, como elementos del ejército se coordinaron con los grupos de la delincuencia para llevarse a nuestros hijos a diferentes lugares.

El gobierno federal está haciendo un trabajo muy importante. Realiza búsquedas con personal de la Fiscalía y de la Guardia Nacional, sigue rutas que han declarado algunos testigos, pero que de acuerdo a sus dichos fueron asesinados y arrojados entre las barrancas y basureros. A pesar de todo el esfuerzo que realizan, las investigaciones no avanzan, porque ha sido muy difícil encontrar restos humanos. En algunas búsquedas lo han logrado, pero los resultados que se han obtenido por parte de los laboratorios de Innsbruck, solo han podido identificar a dos de los estudiantes. A pesar de esta información que nos lastima, por lo menos vemos que hay otra postura por parte del presidente Andrés Manuel y del secretario Encinas, quienes han demostrado tener un compromiso para llegar a la verdad. Esta postura hace que no perdamos el ánimo, ni la confianza. Nos desesperamos porque las investigaciones son muy lentas y también porque vemos que, dentro del mismo gobierno, siguen trabajando funcionarios que nos maltrataron y bloquearon otras líneas de investigación, porque ya se había “casado con la verdad histórica”. Notamos que las autoridades militares no están proporcionando toda la información que tienen en sus archivos y también vemos que se les protege, porque no se han ejecutado órdenes de aprehensión contra más elementos del ejército. Por otro lado, se han estancado las investigaciones contra los altos funcionarios de la PGR, como Murillo Karam y Tomás Zerón. No vamos a quitar el dedo del renglón, porque estos personajes saben lo que pasó con nuestros hijos y no descansaremos, ni regresaremos a nuestras casas hasta que el gobierno cumpla con su responsabilidad de dar con la verdad de lo que paso el 26 y 27 de septiembre.

Varias personas de Huitzuco y de Tepecoacuilco nos llegaron a preguntar “¿Creen que todavía vivan sus hijos?”, como madre les dije que, para mí, mi hijo está vivo, que yo no lo puedo matar en mi corazón, ni en mi mente, sí antes no me dicen la verdad. Entiendo que esta pregunta la hicieron porque en estos lugares hay muchas personas desaparecidas, y tristemente algunas familias, al sentirse solas tienen miedo de buscarlas. Por eso la idea que tiene la gente es que las personas que los desaparecieron, los mataron, y así lo dicen como si el gobierno hubiera investigado y encontrado a estas personas. No podemos resignarnos cuando las autoridades no han cumplido con su responsabilidad de buscar a los desaparecidos y de dar con los responsables de estos crímenes.

También nos hicieron el comentario de por qué nos dejamos acompañar con personal de la Guardia Nacional, que son parte del ejército, y que hemos dicho que también tienen que ver con la desaparición de nuestros hijos. En verdad, este cuestionamiento también nos lo hacemos. Les dijimos que su presencia no significa que estamos exculpando al ejército de la desaparición de nuestros hijos. Son las autoridades federales las que tienen que deslindar estas responsabilidades y castigar a quienes participaron en sus desapariciones. Si la Guardia Nacional anda con nosotros es porque tienen el encargo del presidente de la república de brindarnos seguridad, y de prevenir cualquier acción que pueda causarnos daño. Tenemos claro que su acompañamiento no es para que busquen a nuestros hijos, eso nos toca a nosotras, como madres y padres, porque ellos significan todo para nuestra vida, y nadie siente lo que nosotras sentimos.

Nos consuela mucho la compañía de amigos y amigas de las organizaciones, porque han abrazado esta lucha, y en verdad los consideramos como nuestra familia, porque en todo momento se preocupan por nosotras. Cuando nos sentimos tristes y enfermas, ellas están a nuestro lado, también nos ayudan a repartir volantes, a pegarlos en los postes o en las casas donde nos dan permiso. También están atentas para compartirnos una botella de agua o algo de comida. Si nos ven enfermas buscan como ayudarnos para conseguir la medicina. Todo esto me llena de alegría, porque como madres sabemos que no estamos solas al buscar a nuestros hijos. Esta experiencia es una gran dicha que me ha tocado vivir en todo este tiempo, porque a donde vamos hay personas que nos ayudan y se solidarizan con nosotras. Ahora sabemos que casi en todos los estados que hemos visitado, las organizaciones que nos acompañan conocen a nuestros hijos, y además se organizan para hacer marchas y exigirle al gobierno que los busque, para que pare nuestro sufrimiento. Gracias a ellas y a ellos sigo viva, porque el amor que le guardo a mi hijo se ha vuelto muy grande, ya que ahora nuestros hijos están en los corazones de miles de familias, que también sufren por la pérdida de sus seres queridos.

En estos cuatro días recorrí los lugares por donde seguramente trajeron a mi hijo, y me imaginé todo lo que pudo haber pasado. Llegué a sentir que en las calles que caminé, por ahí quedaron sus huellas. A pesar de que no tuvimos información valiosa que nos diera pistas sobre nuestros hijos, me siento reconfortada como madre, porque estuve en los lugares donde dicen que vieron a nuestros hijos, o que la gente mala se los trajo por estos rumbos. En varios momentos lloré, y hasta tenía ganas de correr y gritar, de pedirle a la gente con todo mi corazón de que me diera alguna razón de mi hijo. No me pude aguantar porque llegué a sentir cierta culpa, de que durante más de seis años no me haya atrevido a arriesgar mi vida para buscarlo en estos lugares. No es una tarea fácil, porque ya vi que mucha gente vive con miedo y que, además, las personas siguen desapareciendo. Los grupos de la delincuencia tienen atemorizada a la población, se siente que ellos ejercen el poder, y que trabajan en coordinación con policías y autoridades municipales. Lo que pasa en estos municipios se debe a los malos gobiernos, que se acostumbraron a vivir del crimen y a promover la violencia, para someter a la población y continuar con el negocio de la muerte. Quiero agradecer a las familias que nos abrieron su puerta y su corazón en estos cuatro días que me permitieron ver el sufrimiento de mucha gente. A pesar de esta tragedia, las personas pobres de Iguala, Huitzuco, Tepecoacuilco, Cocula y Carrizalillo, alimentaron nuestra esperanza de que nuestra lucha encontrará la luz de la verdad y la fuerza de la justicia.

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