Preguntar es político. Porqué sí a la consulta popular

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Por Enrique G. Gallegos

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Se pueden hacer no pocas críticas a la consulta popular, cuyo objetivo es “emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas”. Sea por la factura de la pregunta (nótese que, como erróneamente se cree, no sólo involucra a los expresidentes) —pero ante todo, ¿Qué significa preguntar? la pregunta, por su propia naturaleza lingüística y performativa, se puede formular de múltiples maneras y cada manera a su vez admite N giros, arreglos, presupuestos y cortes; luego, está el punto de vista del lector, que se pregunta no sólo por la pregunta sino por/desde el tejido social, los deseos y sus efectos, pero también el preguntar está envuelto en tradiciones políticas y campos políticos no tematizados o recubiertos y que al preguntar pueden ser develados (sea porque nos trae el pasado de regreso, sea porque nos instala en la historia y la acelera, sea porque pone delante una verdad o una historia que atemoriza por su exigencia de justicia y verdad)… por eso uno de padres de la hermenéutica, Gadamer, en Verdad y método, sostenía, para definir la “esencia humana”, el “primado de la pregunta”, pues su estructura lógica es la “apertura”  y otro, el gran filósofo ateniense, Platón, hizo del diálogo, las preguntas y respuestas, la base de su filosofía. Por ello, preguntar es uno de los ejercicios más políticos que existe. El que pregunta desea otra cosa, se lanza al futuro queriendo romper con su presente, que estima opresor, intransitable, insufrible, agobiante, marchito, esclavizante, desesperanzador. Los amos nunca preguntan; son los sometidos los que lo hacen. Preguntar es política en su manifestación más transparente. El preguntar se laza contra un mundo opresivo que quiere destruir para promover otro mundo mejor.

El preguntar es doble: es abrir y la posibilidad de romper con lo dado. Porque cuando se pregunta, de entrada, no se impone: se abre un campo de disputa. La pregunta es una daga. La pregunta es una daga en el cuello del poderoso y por eso reacciona colérico frente a las preguntas. No es casualidad que a Sócrates, otro preguntón, lo hayan mandado a beber la cicuta. Por eso, preguntar es peligroso. Y los niños, los grandes preguntones de la humanidad, lo saben y sufren la tiranía de sus endurecidos padres.

No es casualidad que tanto la filosofía como la política nacieron con la pregunta. Mediadas por el preguntar, filosofía y política son un mismo movimiento: la creación de la comunidad, de la polis, del demos, el común, el comunismo.

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Todavía hacer algunos años, algunos ilustres ciudadanos pedían transitar del régimen de la democracia representativa a la democracia participativa. Decían que la democracia representativa estaba en crisis. Pero desde el 20 de diciembre del 2019 se introdujeron en la Constitución Política Mexicana la consulta popular y la revocación del mandato. Por eso extraña que no pocos de los que en ese momento exigían más participación, ahora la rechacen. Otra pregunta: ¿qué cambio? Cambio el campo político. Para entender esto no es importante definir por el momento el perfil político del presidente, sus ambigüedades y contradicciones, basta con señalar que transformó el campo político y lo ha cuarteado en diferentes frentes. A los discursos de unidad, armonía, representantes y representados, les opuso una partición: la restitución del “pueblo”, de una defensa de los de abajo contra los de arriba, contra los políticos del viejo régimen, empresarios y medios de comunicación corruptos y corruptores. Poco importa que esa partición sea superficial, inexacta, insuficiente o al interior de coordenadas similares del capital que hegemoniza. Poco importa. Lo que importa es comprender cómo esa partición obligó, al bonachón liberal y al ambicioso neoliberal, a tirarse a la derecha política (sino es que hasta a la ultraderecha); cómo obligó al demócrata-liberal, tirarse a la mitomanía de la destrucción del país, al periodista y columnista de los medios dominantes a creerse en cuentillo del lobo feroz (a estos mismos objetores de la consulta popular, por las mismas razones, los veremos hiperactivos en la revocación del mandato en 2022). Lo verdaderamente importante es que por fin el país ha comenzado a politizarse (y no es simplemente “polarización”). Y no se trata del estribillo superficial, de que “estas en contra o favor del susodicho”; no señor, se trata de algo más hondo: esa partición posibilita crear un campo de disputa entre la derecha y la izquierda.

Desde esta partición es desde donde se entiende porqué la derecha y sus jilguerillos liberales y neoliberales están en contra de buscar mayores espacios de participación ciudadana. Por eso preguntar es importante (con todos los riesgos que el mismo preguntar conlleva, y que aquí dejo de lado).

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Por eso quienes sostenemos el punto de partida de la izquierda no podemos confundirnos con la retórica de que la pregunta está mal formulada (¿alguna pregunta no lo está por su carácter finito, performativo y humano?) o con que la “ley no se consulta” o que es “puro teatro” o que es “más de lo mismo”. Desde la izquierda se debe decir que sí a la consulta popular (con todas sus evidentes limitaciones). Porque se asienta en un principio básico: preguntar al pueblo, a los ciudadanos, a los trabajadores, a las víctimas, a las madres de los desaparecidos, a los oprimidos de siempre. Por eso los sabios que vienen del fondo de la tierra y de las montañas del Sur han dicho que sí a la consulta. O como apuntó el SupGaleano, ahora autorenombrado Sans Papiers, en su comunicado del EZLN para sostener el sí a la consulta: “lo que a nosotros nos importa es que las víctimas se sientan acompañadas y animadas en su doloroso caminar.”

La izquierda no puede confundir los medios con los fines, los contextos con los horizontes, la revolución del 17 con el orden global del capital, el trabajo explotado con la potencia del trabajo y entiende que la consulta es un medio táctico, no un fin en sí mismo, en un horizonte amplio de lucha política por un mundo mejor para las mujeres, los trabajadores, los hijos del monte, los indígenas, los perdedores de siempre, los oprimidos, los que aún no nacen y los muertos. Digo que sí a la consulta a pesar de su inscripción en la tibieza de las democracias burguesas (¡es sólo una boleta más!). Digo que sí, a pesar de que soy consciente de que en tanto no cambien las condiciones objetivas de reproducción social, el relato seguirá siendo el de los dueños de los medios de producción y sus representaciones políticas y mediáticas.

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Si, como nuevamente afirma Gadamer, “preguntar es más difícil que contestar”, la consulta no pueden sólo medirse por su eficacia. Tiene una posibilidad mayor: un excedente político (en varios planos y niveles). Toca a los promotores, participantes y afectados explorar y agenciar ese excedente político. Ese excedente es la verdad, la justicia, la memoria e historia que exige su puesta al día, el relato de qué ha pasado, quiénes son víctimas (desaparecidos, asesinados, explotados, sometidos, secuestrados), quiénes han tomado qué decisiones, quiénes lo permitieron, cómo se han enriquecido, cómo han saqueado los bienes públicos, cómo se ha llegado a este desastre, qué acciones se harán después del 1 de agosto. El relato y la imagen —el relámpago puede aparecer, pero debe ser trabajado. Objetivamente trabajado. Tercamente y desde abajo trabajado.

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