Ulises y el difícil retorno al aula universitaria. Seis reflexiones

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Foto tomada de la pagina del facebook de Claudia Sheinbaum la
Imagen tomada de la página oficial del facebook de la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum.

Por Enrique G. Gallegos

Profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana

 

Es conocido el poema épico de Homero, Odisea, que narra la aventura de Ulises para poder regresar a Ítaca y reencontrase con su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Después de 10 años de viaje y de un sinfín de aventuras, peligros, catástrofes y muertes, logra retornar a su patria; pero la pesadilla no acaba ahí: en casa, debe enfrentar a los “pretendientes” de Penélope. Ulises, “astuto en ardides”, logra vencer todos los obstáculos. La fuerza metonímica del poema ha servido en incontables ocasiones para proponer interpretaciones de la realidad y respuestas a sus posibles problemas. Pienso por ejemplo en la Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y Adorno, que lo usan para ilustrar la fetichización que puede suceder con el «bello» canto de las sirenas.

Esa odisea del retorno descrita en el poema también puede servir para ejemplificar el regreso a las clases presenciales. Como en el viaje de Ulises, el retorno presencial a las aulas universitarias también deberá de enfrentarse, tarde o temprano (¿en los primeros meses del próximo año?), a una serie de zócalos de problemas, que a continuación describo (aunque están pensados para las universidades, algunos también podrían referirse a los otros niveles educativos, que según el discurso oficial regresan a clases «voluntariamente» el 30 de agosto). Pero a diferencia de Ulises que le tapan los oídos con cera para que no escuche el canto embrujador de las sirenas y termine quedándose en esas tierras lejanas, las universidades (y particularmente me refiero a las públicas) deben escuchar y mirar con perspicacia no sólo lo visible (pandemia), sino lo invisible (las crisis y y los problemas) y contribuir a que regresen sanos y salvos a su patria (aula) estudiantes, trabajadoras y trabajadores universitarios.

Por la pandemia, los estudiantes reciben clases en línea desde sus casas. Foto tomada de Wikipedia.

1. El problema más evidente es que el regreso a clases presenciales implica riesgos de mayores contagios, rebrotes y la posibilidad de enfermarse. Es un asunto cuantitativo de intensidades, de más movimientos, más cuerpos en contacto, más traslados, más posibilidades de contagiarse, que terminan por transformarse en diversos problemas cualitativos. Las aulas, por lo regular son espacios cerrados, con algunas ventanas y poca ventilación. En el aula, las y los estudiantes están codo a codo, dialogan, se saludan, discuten, comen. Ciertamente el cubrebocas, las desinfecciones de áreas y muebles y guardar las distancias son barreras profilácticas, pero limitadas por el contexto interno de una universidad como espacio cerrado y en movimiento. Luego están los traslados, el uso del trasporte público, el metro. Imaginemos el traslado de un estudiante en un día normal: sale de su casa, toma un micro, llega al metro y en tanto entra en contacto con una infinidad de medios, contextos y ambientes. Frente a ese panorama, se tiende a sugerir que es mejor continuar con las clases a distancia, mantener las aulas cerradas y que los estudiantes se queden en casa (claro, si es que no trabajan) y continúen con la educación en línea. Pero esa situación, después de año y medio, también tiene otros rostros y problemas.

2. Los viejos relatos del liberalismo y el neoliberalismo suelen señalar que la casa es el lugar más seguro. Pero no siempre es así. La casa también puede ser un espacio en el que las distintas formas de violencia, las tensiones, los conflictos y maltratos son más comunes de lo que se cree. Por supuesto, no estoy diciendo que en toda casa se den esos fenómenos. Pero desde Freud sabemos de la terca persistencia de los instintos de agresividad y del eros. No es casualidad que durante la pandemia se hayan incrementado los registros de abuso, de violencia y violaciones; niñas y mujeres han llevado la peor parte. Los datos presentados por Alejandro Encinas, Subsecretario en la Secretaría de Gobernación, el 19 de agosto sobre el aumento en un 24% de la violencia hacia niños y niñas, son un indicador de lo que podría estar pasando también con no pocos estudiantes universitarios (AQUÍ se pueden descargar el informe). Por ello, salir de la casa e ir a la escuela no es solo un ejercicio físico y una etapa en la formación de los jóvenes, también es una línea de fuga, otros aires menos enrarecidos, un momento de tranquilidad. Es la posibilidad de sonreír, de encontrarse con la otredad, de ver a amigos y convivir en comunidad, de conocer otras historias y de escapar del aislamiento o del ambiente endurecido de los adultos. La cultura adultocrática, sin que necesariamente sea violenta, a su manera también puede resultar agresiva con la inflexibilidad de sus horarios, obligaciones y responsabilidades. Lo espontáneo y fresco de la juventud también requiere otras vías de reconocimiento.

Foto tomada de internet

3. Pero en lo anterior estamos al nivel de las familias y los individuos. Por debajo y al costado de esos dos niveles están los procesos y agenciamientos subjetivos. Es sabido que uno de los procesos que llevaron a la formación de las sociedades capitalista descansa en la destrucción de las formas comunitarias tradicionales de vinculación, sobreponiendo al individuo como base de la sociedad. Desde entonces el individualismo se ha impuesto como cosa “natural”. Con el tirón que ha representado el neoliberalismo y el desmantelamiento del estado social y su tejido legal-institucional de protección, ese individualismo ha sido reforzado con las ideas de autorresponsabilidad, emprendimiento, búsqueda del éxito, optimismo, autogestión y toda una cultura empresarial que las personas han interiorizado, sobrecargando violentamente al individuo al hacerlo el único responsable de lo que le pasa. Eso que Byung-Chul Han llamado el imperativo del rendimiento. No es casualidad que una de las enfermedades más comunes entre los jóvenes sea la ansiedad, además de la depresión. Los jóvenes en edad universitaria están sometidos a esas exigencias de éxito, de gestión de optimismo y de rendimiento que son altamente violentas, que han interiorizado y que las universidades les apuntalan. Uno de los efectos invisibles pero de largo alcance de la pandemia y su largo período de reclusión y disminución de la convivencia comunitaria, es justamente el rebobinamiento de esas formas de individualización y agenciamiento subjetivo, que tiene como efecto potenciar el ya de por si fracturado tejido social (por las distintas violencias sociales y estructurales, a que me refiero en el siguiente apartado). Desde estos puntos de vista, el regreso presencial al aula puede ser un dique a esas tendencias erosionadoras. En el aula suceden muchas cosas más que la puesta en marcha de competencias y conocimientos. Cuerpos que hablan, olores, gestos, miradas, construcciones comunes y de sentido compartidas, sonrisas, tentativas de amor y desamor, aventuras insospechadas, tejidos de solidaridad y justicia social.

Además, ¿a qué tipo de formación se accede en las diferentes modalidades de la educación en línea o virtual?. Dejando a un lado motivos individuales y que puedan existir materias cuya especificidad le sea pertinente, la formación en línea no hace sino fortalecer las lógicas atomizadoras, individualizadores y los agenciamientos subjetivos neoliberales. La universidad pública tiene funciones sociales y debe fomentar otro tipo de habilidades que tiendan a contrarrestar esas lógicas y fomenten la solidaridad, el diálogo, el reconocimiento, el sentido de justicia, compromiso social y todas aquellas cosas que suelen suceden en una clase presencial que son del orden del cuerpo, las emociones y lo saberes cotidianos. Y eso no se puede hacer con estudiantes aislados y recluidos en sus cuartos, casas y compartimentos, por más interconectados que estén o parezcan estarlo (hay que tener cuidado con el fetichismo de las tecnologías). Además, súmele que en México no existe (en general) o es muy costosa, una tecnología robusta para evitar los típicos incidentes que dotan de incertidumbre al desarrollo normal de una clase (cualquier profesor o alumno ha padecido el congelamiento de la imagen, la interrupción del sonido —“¿me escuchan?”—, la intermitencia y lentitud del internet, etc.).

Soledad, de Hans Thoma. Tomada de Wikipedia

4. Pero las lógicas sociales disolventes del individualismo, la gestión del optimismo y la cultura del rendimiento no operan en el vacío sino en una sociedad partida por las distintas violencias sociales y estructurales. Por ejemplo, literalmente el país lleva varios años convertido en un matadero y cementerio clandestino. Sólo por señalar algunas cifras: según el registro de la Comisión Nacional de Búsqueda de la Secretaría de Gobernación, de 1964 a 2021 existen más de 91 mil personas desaparecidas, la mayoría de las cuales proceden desde la llamada “guerra contra el narcotráfico” emprendida por el presidente Felipe Calderón a partir del 2006. Según esa misma Comisión, del 2004 al 2019 se han localizado 3,024 fosas clandestinas. Entre 2008 y 2019 se cometieron más de 300 mil asesinatos. Pero hay otra violencia no menor pero más sistemática y que hasta parece naturalizada: la que ejerce el sistema económico sobre las y los trabajadores (no hay que olvidar que los estudiantes son el ejército de reserva del trabajo), con salarios de miseria, con la mayoría de la población en empleos informales, sin un marco de seguridad social, en el régimen de la subcontratación (a pesar de las buenas intenciones de las últimas propuestas de reformas laborales) y con el incremento de formas laborales ancladas en las aplicaciones y las tecnología (UBER, Amazon, etc.) que precarizan más el trabajo. Estas violencias y otras más son parte de la carga simbólica y cotidiana en la que se encuentran inversos las y los estudiantes. Unas violencias que no hacen sino intensificar las mencionadas en los anteriores puntos y que agregan más incertidumbre, desosiego, ansiedad y frustración. Frente a eso, la universidad es el espacio simbólico, cotidiano, material y cultural para contrarrestar esas lógicas disolventes y violentas y dotar el horizonte de las y los jóvenes de cierta certidumbre y herramientas para comprender y hacerles frente.

Ilustración tomada de internet

5. Pero tampoco el regreso a clases presenciales puede descansar en el prensado laboral de las y los trabajadores académicos y administrativos de las universidades. El regreso seguro a clases no sólo tiene que ver con la salud sino también con las condiciones laborales. Las clases en línea o teletrabajo académico han corroborado lo que decíamos en el punto 2: el esfuerzo, la responsabilidad, los medios y herramientas de trabajo recaen en el trabajador universitario y su bolsillo y poco en los centros de trabajo. El profesor/a debe poner su equipo de cómputo, pagar su internet, luz, estar disponibles las 24 horas y atender a decenas de estudiantes. Y para justificar esta intensificación laboral se suele recurrir al típico lenguaje punitivo de la “responsabilidad” y del “compromiso” de la ética neoliberal que oculta la precarización y explotación laboral (“¿es que acaso no están comprometidos con la universidad y los estudiantes?”, preguntan con su dedo acusatorio las autoridades universitarias).

Los centros de trabajo universitario deben implementar esquemas de apoyo para enfrentar los efectos de agotamiento, estrés y el fenómeno de “quemado” que padecen por el teletrabajo. Los directivos de las universidades públicas deben hacer claros compromisos para evitar la flexibilización del trabajo, las imposiciones, las violaciones a los contratos colectivos y la precarización, de tal forma que generen las condiciones óptimas para el regreso seguro. Los acuerdos con los trabajadores universitarios es fundamental para transitar a lo presencial y para hacer frente a lo que viene después del regreso a clases en cuerpo. Es sencillamente inadmisible que más del 90% de los trabajadores académicos de la UNAM y cerca del 30% en la UAM estén contratados por hora y bajo esquemas similares (temporales) de precarización. Peor aún, las clases en línea o virtuales, en la medida en que descansan en las tecnologías y las aplicaciones de inteligencia artificial, han creado, paradójicamente, las condiciones para arrojar al desempleo a cientos de trabajadoras y trabajadores académicos y administrativos (sobre todo cuando no cuentan con contratos colectivo, estabilidad y particularmente en las universidades privadas). Por ello, el retorno seguro debe implicar también un trabajo seguro, estable y con una justa remuneración.

6. Vienen tiempo difíciles. El capitalismo como modo social de organización material colectiva y el neoliberalismo como modelo de relación social están llevando a sus límites a la humanidad. Si signo tenebroso es la crisis del cambio climático, pero no es el único (AQUÍ puede leerse un somero registro de otras crisis). Con todo, en ese gris horizonte, las universidades públicas tienen una importante función revitalizadora y política. Pero debe transformarse y dejar de autoconcebirse como expendios suministradora de carne y almas para alimentar la máquina de circulación del capital. Es sintomático de esta quiebra de la universidad pública su casi ausencia en las soluciones de la grave crisis de la pandemia y sus efectos ¿alguien recuerda alguna medida significativa y trascendente de la UAM, por ejemplo? Si no existen grandes contribuciones al nivel de la ciencia, al menos se debería ser consciente de la imperiosa necesidad de pasar de una formación en competencias, para el rendimiento, la gestión de empresas y los emprendimientos, que está en la base del neoliberalismo y su enfilamiento al desastre, a concebirse como un espacio para formar sujetos solidarios, críticos, con sentido de la justicia social y comprometidos con la sociedad. Lo primero está contribuyendo al precipicio; lo segundo, al menos podría dar esperanzas.

Termino:

¿Acaso no existen más opciones que “salimos y nos contagiamos y enfermamos”, o «seguimos recluidos y nos volvemos locos» y sujetos sobreindividualizados, atomizados y atravesados por otras violencias? Sí las hay. Hay demasiadas cosas en juego y que tras año y medio de la pandemia no pueden reducirse únicamente a la salud. Ciertamente, la salud y lo que está en su base, la vida misma, debe ser custodiada con las medidas profilácticas y de cuidado (cubrebocas, guardar la distancia, etc.), pero también debemos custodiar eso que se está escapando por otro lado: el ser social y nuestra constitución como sujetos colectivos y solidarios. El sentido del otro, su olor, presencia, gestualidad y forma de mirar está siendo minado. Minado por el individualismo atomizador, minado por el ethos neoliberal, minado por la sobreindividuación como consecuencia de meses de reclusión y aislamiento y minado por una educación deficitaria en línea y que rebobina estos mismos problemas. Tal y como está el humus de nuestra sociedad, tironeada por tensores disolventes y violencias de diferente orden, la educación en línea (con sus razonables excepciones) puede convertirse en un atentado al sentido colectivo y solidario, de por si precario. Y las universidades públicas tienen obligaciones sociales y colectivas. En otra sociedad menos injusta y violenta, con otra antropología y otras tecnologías, podrían decirse otras cosas. Aquí y ahora no.

Como Ulises, la universidad pública debe saber moverse entre estos riesgos y peligros. Pero a diferencia de Ulises, que recurrió a la artimaña de ponerse cera en los oídos para no escuchar el embrujador canto de las sirenas, la universidad debe estar más atenta el rumor de los cuerpos, los lamentos, los gritos y exigencias que viene de abajo y amenazan las bases de la misma sociedad y de nuestro ser social y solidario.

2 Comentarios

  1. «La formación en línea no hace sino fortalecer las lógicas atomizadoras, individualizadoras y los agenciamientos subjetivos neoliberales». ¿Qué praxis nos puede conducir a lógicas alternativas? Fomentar el debate, la exposición de trabajos en equipo, la presentación individual de las experiencias colectivas subjetivadas y la búsqueda de espacios para su discusión son aspectos en los que he trabajado, consciente de que cuando mucho estoy intentando proponer paliativos a esas lógicas estructurantes…

    Pero algo hay que hacer, y ojalá que en este tipo de espacios la reflexión y la acción sigan contribuyendo a una dinámica que genere, al menos esperanza. Muchas gracias Profesor.

    • José, me parecen buenas las estrategias que implementas, aunque, como también dices, son paliativo por las tendencias estructurales; pero, sin duda, debemos hacer algo, trazar estrategias y dotar de esperanza a este mundo. Saludos

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