Prólogo a «En la orilla del tiempo. Antología de poetas jaliscienses nacidos entre 1967 y 1979»

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Portada del libro "En la orilla del tiempo. Antología de poetas jaliscienses nacidos entre 1967 y 1979", Ediciones el Viaje, 2021.
Con la autorización de la editorial independiente tapatía Ediciones el Viaje y de su autor, Pedro Valderrama Villanueva, publicamos un fragmento del prólogo a la antología En la orilla del tiempo. Antología de poetas jaliscienses nacidos entre 1967 y 1979, lanzada al mercado editorial hace apenas unos días. Pedro Valderrama Villanueva (Tijuana, 1973) es maestro en Estudios de Literatura Mexicana (U. de G.), entre sus publicaciones se encuentran Arturo Rivas Sainz. Crítica: ensayos y reseñas (2006); El Perímetro de la hoja. Las revistas literarias de Guadalajara (2007); Biblioteca de Autores Jaliscienses y otros estudios (2015), entre otros. Es miembro del Seminario de Cultura Mexicana (Guadalajara).

Por Pedro Valderrama Villanueva

Cuando di a conocer el libro El perímetro de la hoja. Las revistas literarias de Guadalajara [1991-2000] (2007), una especie de retrato generacional que surgió a partir de la revisión de las distintas publicaciones periódicas que se editaron durante la última década del siglo pasado, un periodo particularmente efervescente donde un conjunto numeroso de poetas y narradores noveles se iniciaron dentro del medio literario local y cuyas creaciones se dieron a conocer en revistas independientes que ellos mismos editaron, como Trashumancia, El Zahir, La Migala, Última y La Voz del Esfinge. El perímetro de la hoja fue un primer paso, apenas un esbozo, ya que con el transcurso de los años he tratado de completar dicho mosaico mediante artículos y estudios aislados que he dado a conocer en diferentes revistas y libros en años recientes para tratar de completar el panorama. Entre los principales pendientes que quedaron en el tintero, tras la publicación de dicho libro, estaba ofrecer un panorama más completo sobre las dos décadas que antecedieron el último decenio del siglo XX, puesto que, en aquel entonces, no contaba aún con la suficiente información y materiales (la producción literaria del periodo ―libros y publicaciones periódicas―) para cubrir debidamente el periodo, y, por otra parte, hacía falta ofrecer un panorama de los poetas que surgieron a partir de la década de 1990, pues en este periodo surgió un alto índice de creadores de indiscutible calidad que han logrado renovar el panorama literario de Jalisco.

Invitación a la presentación de la colección de plaquetas de la editorial contracultural «Alimaña Drunk», Circa 1993. Imagen proporcionada por el autor.

Cuando inicié en 2001 con la investigación que culminaría seis años después con El perímetro de la hoja, la década de los ‘90 estaba recién terminada. Era aún difícil distinguir a los escritores jóvenes que, en aquel entonces, tomarían la estafeta poética en Guadalajara, pues se volverían el relevo de la generación de poetas surgidos en la década de los ‘70, que he denominado los disidentes por haber desafiado y roto con los moldes de la escritura que se venía haciendo hasta ese entonces en Guadalajara, tanto con el uso de lenguaje como en los temas abordados en ésta. Lo que esta poesía novísima contuvo fue, pues, una sensibilidad distinta. Diferente incluso a la registrada en otras ciudades del país (tal vez solo equiparable con el movimiento infrarrealista de la Ciudad de México); recordemos que Jalisco, pareciera a veces, es más bien una especie de isla; un microcosmos cultural; un polo históricamente opuesto a lo que sucede en la Ciudad de México, pero sin dejar de tener vasos comunicantes con la capital del país.

Al inicio de los años setenta en Guadalajara, surgió la promoción de poetas disidentes en cuyas creaciones la frase anything goes fue un principio en su escritura, similar a los beat estadounidenses de los años cincuenta y a la antipoesía del chileno Nicanor Parra. Ellos fueron los iniciadores de la nueva ola de poetas jaliscienses. Entre otros integrantes de esta valiosa generación que también se unieron al movimiento poético local encontramos a Raúl Aceves, Raúl Bañuelos, Ricardo Castillo, Enrique Macías, Dante Medina, Amado Aurelio Pérez y José Ruíz Mercado, y cuyos escritos, marcados por una expresión libre, plasmaron, a partir de los años setenta, en publicaciones periódicas marginales (también editadas por ellos mismos) ante la falta de alternativas en Guadalajara, como Cólera, Chanchullo, Incluso y Tutuguri.

Portada del libro «¿Qué? Poemas del ajolote» de Pedro Goche, ediciones Arlequín, 1998.

Entrando la década de 1990 se registró un cambio importante en el panorama literario de Guadalajara: se observó una profesionalización en la manera de producir los materiales impresos (libros y revistas); asimismo surgieron las primeras editoriales independientes con la idea de difundir sus materiales más allá de Guadalajara y, por último, a lo largo de este decenio (y el siguiente), se registró un alto número de talleres de escritura dirigidos, en su mayoría, por figuras reconocidas del medio local.

Los poetas jóvenes, en aquel entonces, nacidos durante la segunda mitad de los años sesenta y a lo largo de los setenta, han logrado, con el paso del tiempo, distinguirse de sus predecesores en su escritura, a través de un trabajo constante en su oficio; no obstante, sin olvidarse del todo de determinadas lecturas y enseñanzas de sus maestros. Lo que sospecho, pues, es que aquella generación de poetas disidentes inició una especie de tradición que gradualmente ha logrado asentarse en los versos de muchos de los poetas que tomaron la estafeta a partir del último decenio del siglo pasado; un conjunto de poetas que, en su mayoría, en algún momento, fueron parte de los talleres literarios que sus predecesores impartieron alrededor de la ciudad durante dicho periodo. Los poetas de los noventa vertieron sus propias experiencias y realidades en sus versos para volverlos en algo propio y distinto de sus antecesores; el contexto ya era otro; pero aun así no es fácil apartarse de una tradición literaria, como bien reza el dicho: “El fruto no cae lejos del árbol”, y en Guadalajara esta tradición iniciada en los años setenta y consolidada en los ochenta también tuvo sus herederos en el decenio que estaba por asomarse.

A finales de 1980, surgieron otros talleres en la ciudad encabezados por figuras reconocidas como Marco Aurelio Larios, Dante Medina, Rafael Torres Sánchez, Ricardo Yáñez y Raúl Bañuelos; sin duda estos últimos son dos de los talleristas más influyentes (mas no los únicos) en la ciudad, pues desde las filas de ambos sendos aspirantes a poetas surgieron a partir de sus reuniones. Es casi unánime la estima que se le tiene a la labor de Bañuelos en sus antitalleres de poesía: desde principios de los años noventa fue el taller semillero de talentos noveles.

Tapa de la plaqueta «Cantera» de Enrique G. Gallegos, editado por la editorial underground Alimaña Drunk, 1993.

Es también a partir de los años noventa cuando observamos algunos proyectos editoriales que le dieron difusión a los nuevos poetas en Guadalajara: Mala Estrella (1993-1998), Alimaña Drunk (1994-1998) y Ediciones Arlequín (1994-…); tres editoriales que abrieron la brecha para que otros editores independientes posteriormente se agregaran a la escena. Tanto en Alimaña Drunk como en Ediciones Arlequín se percibió una vena inconforme, subversiva. Fueron dos proyectos que reunieron entre sus filas algunas de las plumas más frescas e insólitas de la localidad y cuyas propuestas poéticas nos remontan, en muchos sentidos, a la poesía de los beat y a los poetas disidentes tapatíos de los años setenta y ochenta.

A diferencia de la generación predecesora (marcada por el movimiento estudiantil y la tragedia ocurrida el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco), la realidad que esta nueva promoción enfrentó no fue la misma que la de sus antecesores; la ciudad que éstos encontraron era distinta: sus calles ya no pertenecían a la guerrilla y a los bombazos de los años setenta, el momento fue otro, la sensibilidad: otra; las condiciones cambiaron. El rock surgido en los años setenta con Toncho Pilatos, el canto de protesta y el rock rupestre en los ochenta cambió por los ritmos de los Discos Culebra, con bandas como La Lupita, Santa Sabina y Tijuana No, al lado de bandas tapatías, como Cuca, La Dosis, Fulanos de Tal, Los Garigoles y Los Maderos de San Juan de Dios, que también iban escribiendo su propia historia.

Volante de la invitación a la presentación de los libros «Folios de agua tinta» de Jaime Aurelio Casillas; y «Póngale usted el título que quiera» de Gustavo Hernández (Pato) Ca. 1995.

Si bien la transición de los años ochenta hacia los noventa fue relativamente tranquila, pues con la aparición en 1991 de la revista trashumancia (una de las revista más emblemáticas, abiertas e incluyentes de la década, a diferencia de las otras del mismo periodo), fue claro que una nueva promoción de escritores se asomaba en el medio literario de Guadalajara, pero fue tras los desafortunados acontecimientos del 22 de abril de 1992 cuando se observó un cambio en la postura de muchos de estos jóvenes aspirantes a escritores, mediante un estallido de actividades literarias en la ciudad desde el ámbito independiente, que se manifestó, por ejemplo, a través de pintas nocturnas de grafitti a lo largo del Sector Reforma, el lugar del desafortunado hecho de aquella trágica fecha, donde jóvenes poetas plasmaron sobre los muros destruidos versos decadentes que reflejaban la impotencia (e inconformidad) de un sector joven de la ciudadanía de aquel entonces. Esta sacudida que experimentó Guadalajara (aunado al alzamiento ocurrido en el estado de Chiapas en 1994 por parte del EZLN, la profunda crisis económica que hundió a muchos familias en el país y el cambio de partido político del PRI hacia el PAN en el poder en Jalisco) tuvo repercusiones profundas en muchos de los escritores en ciernes de esta época; varios de ellos tomaron las calles de la ciudad, y otros la pluma, para manifestar su descontento, y asimismo se detectó, tras esta fecha, un incremento en manifestaciones artísticas, literarias y editoriales en la ciudad con un marcado carácter independiente; el boom cultural ya no tuvo freno.

Anuncio publicitario en un periódico de la presentación de la Editorial Arlequín en la Sociedad Mutualista de Agente Viajeros, Ca. 1995.

Lo que En la orilla del tiempo intenta ofrecer es un abanico amplio de concepciones poéticas que surgieron a partir de la década de 1990 (y los primeros años de los dos mil) en Guadalajara y que, a lo largo del tiempo, han continuado su maduración. En pocas palabras: poetas representativos de un periodo en particular; un snapshot de una generación de poetas jaliscienses. El presente volumen intenta ofrecer, a lo largo de sus páginas, breves retrospectivas de la obra poética de cada uno de los autores invitados, para que el posible lector conozca la evolución de la escritura de cada uno de los poetas. Busqué siempre la sonoridad en el verso, la originalidad, la fuerza metafórica, en pocas palabras que el poema estuviera vivo. La presente muestra es un mapa diverso, intenta recoger a lo largo de sus páginas una amplia variedad de voces en una sinfonía en pleno progreso. Entre las páginas de En la orilla del tiempo hallamos la poesía de Jorge Orendáin, Pedro Goche, Ángel Ortuño, León Plascencia Ñol, Enrique G. Gallegos, Karla Sandomingo, Mónica Nepote, Luis Vicente de Aguinaga, Alejandro Zapa, Berónica Palacios, Adriana Leal, Fanny Enrigue, Tanya Cosío, Carlos Vicente Castro, Hugo Plascencia, Neri Tello y más. Son 41 voces en total.

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