sábado, diciembre 3, 2022

Alejandra Pizarnik. Seis pensamientos sobre una niña suicida

Alejandra Pizarnik nació un día como hoy 29 de abril pero de 1936. Cumpliría 86 años de edad, pero se suicidó un domingo: 24 de septiembre (aunque oficialmente se declaró su fallecimiento al amanecer del 25). Este articulo, que es un adelanto de una investigación más amplia, no pretende ni hace apología del suicidio. Enrique G. Gallegos, poeta, filósofo, marxista y profesor universitario explora e indaga cómo la poesía vehiculiza experiencias de vida radicales y que son llevadas a su propio límite. Por ello, porque se trata de una poética extrema, prevenimos al lector que el artículo puede generar cierta susceptibilidad (Nota del editor).


Por Enrique G. Gallegos*

PRIMERO

Alejandra Pizarnik detestaba los domingos. Y los días soleados. Uno, dos, tres intentos: al tercero lo logró. Y ya no hubo retorno. Ni domingos, ni días soleados. Fueron 50 pastillas de seconal sódico. Pero lo realizó un domingo: el 24 de septiembre de 1972. Noche, o al amanecer. El suicidio se menciona poco en sus poemas: cuatro veces en sustantivo y dos en verbo (suicidar). ¿Qué peso tendrían esas seis palabras en una vida de 36 años? La palabra muerte, en cambio, es de las que más se repiten en sus poemas. Con todo, sentimos un martilleo, seco y desolado: 3 intentos, 50 pastillas y seis veces… ¿Qué son esos números en una vida arrancada de sí?

Alejandra Pizarnik publicó siete libros de poemas. Basta repasar los títulos de los libros para darse una idea de que algo intenso y duro la martillaba: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962) Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). “Ultima inocencia”, “pérdida”, “noche”, “locura”, “infierno”: unas cuantas palabras que bien podrían sintetizar la labor poética de Pizarnik durante su breve vida: 36 años de edad y 17 como escritora; pero separar vida y escritura en una poeta como Pizarnik impide comprender lo radical de su existencia, porque para poetas de su perfil, el poema es metamorfosis de la vida y la vida, metamorfosis de la poesía.

SEGUNDO

Como algunos intérpretes han señalado y a la propia Pizarnik no le paso desapercibido, su primer libro de poemas, La tierra más lejana (1955), resulta deficitario, particularmente porque los motivos surrealistas sobrecargan la escritura. Ciertamente era joven: 18 años. Ciertamente es y no es excusa. En su segundo libro de poemas, La última inocencia, asistimos a la textualidad del título del poema: es una suerte de despedida de la infancia, no para entrar en seriedad y rigidez del mundo de los adultos, sino para constatar una pérdida en la que se queda “sin manos para regalar mariposas/ a los niños muertos”, como dice en el penúltimo verso del poema “A la espera de la oscuridad”. Infancia: palabra que a partir de entonces resuena en toda la poesía de Pizarnik.

Alejandra con la imagen del rostro de una muñeca. Foto tomada de internet.

En el siguiente libro de poemas, Las aventuras pérdidas (1958), retomará la infancia—además de incluir otros tópicos como la locura, los dobles de sí, la muerte, el tiempo— y en un tono similar: habla de “las manos enguantadas/ que estrangulan a la inocencia”; y de un cielo que “tiene el color de la infancia muerta”.

TERCERO

En Las aventuras pérdidas, comienza a vincular con más fuerza infancia y muerte. Además, en ese mismo poemario de 1958 aparece, por primera vez, la idea del suicidio:

¿Cómo no me suicido frente a un espejo

y desaparezco para reaparecer en el mar

donde un gran barco esperaría

con las luces encendidas?

Es significativo que este poema está dedicado a León Ostrov, quien fuera su primer psicoanalista. Hay que recordar que el segundo libro de poemas, La última inocencia, también se lo dedicó a él. Son dos claras huellas que no dejan lugar a dudas sobre la importancia de los descubrimientos que hacía en las terapias psicoanalistas.

Tómese en cuenta que Pizarnik ronda los 22 años y es una joven inusual, que ha tenido problemas de obesidad, de autoestima, que titubea en sus preferencias sexuales, que consume anfetaminas y que proviene de un medio tradicional que de alguna manera choca frontalmente con su elección de ser poeta. Con todo, descubrimientos que, en el caso de una poeta, no sólo pasaban por la sexualidad, los descubrimientos bisexuales, la infancia y las relaciones familiares, sino por el posible “material” y experiencia poética que le proporcionaban esos “viajes”, por muy dolorosos que fueran y que incluso la llevaron varias veces a los hospitales psiquiátricos. Empero, de alguna manera, en este período la palabra suicidio es más bien una metáfora, pues refiera un cambio, el movimiento a otro lugar, que en el poema hace las veces de la esperanza asociada a una suerte de “barco luminoso”.

Debemos tener cuidado en no creer que lo que describe en sus poemas es una narración de su biografía. La conciencia poética de Pizarnik era lo suficientemente clara de sí para concentrarse en el lenguaje y la condición de artefacto del poema, como lo atestiguan sus libros Árbol de Diana y Los trabajos y las noches, en los que la depuración lingüística llega a su máxima intensidad. Es más bien al revés: asumió la poesía como una aventura vital y a la infancia como fuente inagotable de experiencias para poetizar, por más dolorosa que haya sido. O como también lo afirma en su ensayo El poeta y su poema: “La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad.”

Alejandra Pizarnik
Alejandra en un parque con juegos infantiles, en Buenos Aires.

CUARTO

En Árbol de Diana (1962) la temática de la infancia se vuelve menor en relación con sus libros anteriores. Al lado de los predominantes contenidos sombríos (muerte, miedo, noche, desolación, sombras) y los motivos pictóricos (Goya, Wols, Klee), la infancia opera como uno de sus dobles, como bien apuntan Piña & Venti en Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito. En efecto, como si tomara una pausa vital, Pizarnik afirma: “ahora/ en esta hora inocente/ yo y la que fui no sentamos/ en el umbral de mi mirada”. La niña-Pizarnik y la adulta-Pizarnik cara a cara, se sientan una junto a la otra, para que frente a la mirada de la Pizarnik-poeta dialoguen y hasta se puedan reconciliar, aunque sea por un momento fugaz.

La mayor intensidad de este poemario se encuentra en el último dístico del poema 23 y que ha sido múltiples veces citado: “la rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos”. Un par de versos que encierran una poética, pero que también es consistente con la ética de la infancia suicida que aquí he tratado de seguir en sus poemas, pues ¿qué quedan de los ojos que miran a la niña y de los ojos que miran a la rosa, sino cenizas? La voluntad destructiva de Pizarnik, si bien debe entenderse en su radicalismo poético, también toca a su vida misma.

Alejandra Pizarnik
Pizarnik y sus padres: Rosa y Elías; alrededor de 1936.

QUINTO

El libro Los trabajos y las noches de 1965 está dividido en tres partes y mantiene los tópicos de la noche, sus sombras e insomnios, la muerte, el erotismo, el amor o, sobre todo, desamor, los desdoblamientos. Si bien la temática de la infancia disminuye, aquí y allá encontramos guiños, como en el poema “Infancia”, en el que afirma: “y alguien entra en la muerte/ con los ojos abiertos/ como Alicia en el país de los ya visto.” Es como si Alejandra, quien ronda los 29 años cuando publicó este libro, viera a través con los ojos de Alicia —al revés de la de Wonderland y su mundo maravilloso de orugas, conejos, pájaros y gatos parlantes— el conjunto de catástrofes y desolaciones.

 El 21 de octubre de 1968 se edita Extracción de la piedra de locura, en el que hay un cambio del verso corto a los aforismos y poemas en prosa, cortos o extensos. El libro se divide en cuatro partes. En el largo y fragmentado poema en prosa que da nombre al libro, el canto de Pizarnik se vuelve definitivamente lúgubre y demencial. No deja de llamar la atención que el contexto de las revueltas juveniles del 68, con sus cantos vitales, sus rebeliones y festivas marchas, no tenga resonancia en ese libro.

Si en Las aventuras pérdidas aún cabía la esperanza que la infancia apareciera con “su perfume/ a pájaro acariciado”, en Extracción de la piedra de locura la niña es como el espectro del que habla Shakespeare, pero ante sí misma: “Aquí, pequeña mendiga, te inmunizan. (Y aún tienes cara de niña: varios años más y no le caerás ni en gracia a los perros.)”, dice la poeta. Nótese que la afirmación está entre paréntesis: es como una pausa para reconocer su cara de niña a los 32 años. Una infancia que además acusa la tragedia cuando refiere “el cortejo de muñecas de corazones de espejo con mis ojos azul-verdes reflejados en cada uno de los corazones”. Muñecas que, como recuerdan sus biógrafas, Piña & Venti, a Pizarnik comenzaron a interesarle y de alguna manera eran como sus dobles (recuérdese la fotografía de Pizarnik en la que aparece en un segundo plano el rostro rechoncho de una muñeca, con una sonrisa un tanto maligna): ellas, descontinuadas y anacrónicas; ella (Pizarnik) sintiéndose cada vez más al filo del desahucio.

Dibujo realizado por Alejandra. Foto tomada de internet.

SEXTO

En diciembre de 1971 publicó el que sería su último libro de poemas editado en vida: El infierno musical. Once meses después se suicida. De entrada nótese lo paradójico del título: un infierno —con todo el horror y terror que implica, al menos en la tradición judeocristiana— pero musical. Ciertamente lo musical tiene el doble sentido, el antiguo que proviene de la cultura griega, asociado a la poiesis, y el más especializado, del arte de los sonidos.

Al igual que en el anterior libro, la infancia está asociada con la muerte, la noche, la locura, el silencio —por momentos sofocante—, pero con un énfasis en el lirismo y las asociaciones lingüísticas que alcanzan una mayor libertad, plasticidad y belleza. Como si la misma Pizarnik se lo confesara a sí misma en el poema “Los poseídos entre lilas” y llegada a este punto de su vida poética, “te hubiese preparado desde la infancia” ¿Para qué fue preparada? Porque con esa preparación poética —que también es un viaje que ya llegaba a su fin— pudo observar, como si estuviera en una ventana, “gestos inconclusos, objetos ilusorios, formas fracasadas…”. A través de esa preparación, que comprendía varios lustros, parece haber desarrollado toda una peculiar sensibilidad para poetizar la infancia. No la infancia tierna y pura, sino la cuarteada, fracasada, fracturada y herida por no se sabe qué; la infancia invadida por la infinita tristeza de encontrarse en medio de esas “muñecas desventradas” y con la fatal “desilusión” de saber que son “pura estopa”. Hay que allanar un malentendido: no estoy sosteniendo que desde la infancia Pizarnik haya tenido ideas suicidas, lo que estoy argumentando es que en su poética existe un vínculo entre infancia y muerte, que con el tiempo de volverá más interno y dinámico, que es otra cosa (y por ello, también registra una infancia alegre y bella, a pesar de su carácter sombrío).

Alejandra Pizarnik
Alejandra y Arturo Carrera. Ella está disfrazada de Hilda la polígrafa, en 1972. Foto tomada de internet.

En ese marco, poético y vital —doblemente radical—, se podría entender el siguiente poema, “Cold in hand blues”, de su último libro de poesía, El infierno musical:

y qué es lo que vas a decir

voy a decir solamente algo

y qué es lo que vas a hacer

voy a ocultarme en el lenguaje

y por qué

tengo miedo.

La adulta-niña Pizarnik, después de años de búsqueda, se encontró y lo que encontró fue desolador; quizá de ahí su tentativa de ocultarse en el lenguaje o, más bien: apostar radicalmente por el poema como la casa y hospitalidad. Pero casi al final de su vida, la misma poesía se le resistía y negaba. Como apunta en las últimas entradas de su Diario: “Bloqueo. Toda la noche intenté escribir o leer. En vano. Como si la literatura fuera un mundo prohibido.” (15 de abril de 1971). Y, más adelante, escribe, en un odiado domingo, el 21 de noviembre: “Las perras palabras”. Como si Pizarnik pasara de la poesía-casa, a la poesía-suicida y se cumpliera un destino escrito en la entrada de su Diario del 18 de marzo de 1963: “suicidarse es cerrar una puerta, la de la sala de espera”. Y la puerta se cerró para siempre. Pero su poesía pervive.

*Profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana-C

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