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La muerte de un represor

La muerte de un represor

A los hombres y mujeres dignos de la comunidad

de El Quemado, municipio de Atoyac,

que fueron víctimas de desaparición forzada,

de torturas,ejecuciones arbitrarias, encarcelamientos injustos

y desplazamientos forzados.

Es un pueblo combativo donde se condensa el dolor,

las carencias de un pueblo que sufre,

la resistencia, el pundonor y la combatividad.

A 50 años de la represión del estado,

siguen emplazando a las autoridades federales

para que llegue la justicia a Guerrero y a Atoyac.

Por El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

Luis Echeverría Álvarez presidente de la república de 1970 a 1976, fue el artífice de un sistema político autoritario impulsado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), un partido hegemónico que gobernó al país hasta el año 2 mil. Echeverría fue el responsable de la política represiva operada por las fuerzas armadas contra la guerrilla y las disidencias políticas. Quiso distinguirse como un presidente progresista estrechando lazos de amistad con el gobierno cubano de Fidel Castro. También se proyectó como un gran estadista, centrando su causa en el movimiento tercermundista. En 1972 realizó una visita a la República Popular de China para establecer relaciones diplomáticas. Su encuentro con el presidente Mao Tse-Tung atrajo los reflectores a nivel mundial, por lo que representaba en ese momento la tensión político-militar que existía entre China y la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) Los dos mandatarios enarbolaron la lucha por la paz mundial y la colaboración internacional.

Echeverría trató de forjar la imagen de un presidente solidario y lo demostró con la apertura de su gobierno para brindar asilo político a los exiliados de las dictaduras militares que implantaron el terror en el Cono Sur. El gran contraste de su administración, quedó marcada en su política interna al desatar una lucha demencial contra los movimientos disidentes al partido en el poder. Focalizó su furia represora contra la guerrilla, que tuvo su semillero en el estado de Guerrero.

Fue secretario de gobernación cuando Gustavo Díaz Ordaz aplastó militarmente al movimiento estudiantil el 2 de octubre de 1968, en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco. Se trató de la peor tragedia estudiantil en nuestra historia contemporánea que ordenada por el presidente de la república y perpetrada por el ejército mexicano. En esa fecha atroz, el batallón Olimpia, conformado por elementos del ejército abrieron fuego contra los estudiantes que se concentraron en la plaza de las tres culturas, para protestar contra las políticas represivas del régimen y contra el autoritarismo del presidente.

En el ambiente de impunidad que caracteriza al sistema político mexicano, Diaz Ordaz con gran cinismo asumió la responsabilidad política de la masacre de estudiantes. Le allanó el camino a Luis Echeverría para que se erigiera en el jefe máximo del PRI y se perfilara a la presidencia de la república. Su obsesión por el poder y sentirse una luminaria mundial, cegó su mente y ensoberbeció su temperamento al no permitir que los movimientos disruptores que se gestaban en varias partes del país se desbordaran y provocaran una crisis profunda en el sistema presidencialista. Siguiendo las lecciones de su predecesor Luis Echeverría no dudó en usar nuevamente al ejército para colocarlo al frente de todas las acciones represivas contra la población alzada en armas y organizada de manera independiente.

La historia de la represión gubernamental se reeditó el 10 de junio de 1971, cuando Luis Echeverría auspició la creación de un grupo paramilitar conformado por militares y jóvenes porros conocidos como “los halcones.” Recibieron la orden de masacrar a los estudiantes que pacíficamente habían salido del casco de santo Tomás, a la altura del metro normal. Fue una represión generalizada, al grado que muchos estudiantes que intentaron esconderse fueron perseguidos y varios de ellos rematados. Los medios de comunicación documentaron cómo a los estudiantes heridos que se refugiaban en negocios, viviendas o en los mismos hospitales, atentaron contra sus vidas. Su cepa autoritaria llevó a Echeverría crímenes atroces.

En Guerrero la represión fue sistemática, en lo que se ha llamado “la guerra sucia”. El informe de la Comisión de la verdad del estado de Guerrero (COMVERDAD), constató que durante estos años la represión no fue casual o al azar, sino que se debió a un patrón regular y preconcebido en el que se utilizaron recursos públicos. Está probado que se trató de una política de Estado, porque la represión  gestada  por lo menos desde el principio de los sesenta, fue ordenada no solamente por el secretario de la defensa nacional, sino por el propio presidente de la república.

El ejército mexicano implementó diferente planes u operaciones en nuestra entidad. La Operación Cerco en 1971, el Plan Telaraña en el mismo año, el Plan Luciérnaga en 1973, la Operación Atoyac en 1974, entre otros, con el fin expreso de exterminar la guerrilla causando terror entre la población civil, que siempre fue considerada como el principal sustento y soporte del Partido de los Pobres.

La COMVERDAD relata que en marzo de 1971 el General Hermenegildo Cuenca Díaz, secretario de la SEDENA, firmó y dio a conocer a sus órganos internos, con riguroso carácter secreto, las Operaciones Plan Telaraña. En diciembre de 1971 ordenó la localización, captura, hostigamiento o exterminio de gavillas que operan en la región.

En 1973 fue organizada tácticamente la fuerza necesaria para la Operación Luciérnaga, desarrollada durante 15 días. Lograron aprehensiones de elementos de suma importancia quienes proporcionaron informaciones que sirvieron de amplias concepciones para el Alto Mando y Mandos Territoriales.

Del 16 de febrero al 6 de marzo de 1974, las comandancias de las zonas militares 27 y 35 llevaron a cabo la Operación Cerco contra gavilleros de Lucio Cabañas Barrientos, la cual se realizó por “dos ejes de esfuerzo”; por un lado la partida de Tlacotepec, con personal de las partidas Valerio Trujano y Quechultenango y dos pelotones de la matriz del 50 Batallón de Infantería. Integraron una compañía de Fusileros llamada Columna Volante Guerrero en las comunidades de Jaleaca de Catalán, aserradero Cuatepín, paraje los Huachos, Camotal y el Edén. Por otro lado, se conformó la Columna Volante Galeana que operaba en Selvas, el Paraíso y el Edén. Ambas columnas integraron el agrupamiento Luciérnaga.

El Plan de Seguridad de Carreteras implementado del 11 de mayo al 430 de mayo de 1974 consistió en hacer recorridos permanentes a cargo de la policía estatal en Tecpan de Galeana- Zihuatanejo; Acapulco-Xaltianguis, sobre la carretera a México y Acapulco-Cruz Grande sobre la Costa Chica.  También en 1974 la Secretaría de la Defensa Nacional elaboró el Plan de Operaciones Atoyac, derivado de la directiva del titular del Poder Ejecutivo para localizar, capturar o destruir a maleantes que se encuentran en Chilpancingo, Acapulco, Coyuca de Benítez, Atoyac de Álvarez, Técpan de Galeana, Petatlán y Zihuatanejo, es decir, toda la Costa Grande.  En este Plan también se fijó el objetivo de controlar a la población civil, especialmente a la rural, que por varios enfrentamientos ya añejos, tienen una forma de pensar propia, una forma de odio o temor contra las acciones de la tropa.

Una de las consideraciones importantes en el Plan Atoyac, era la de crear conciencia dentro de las fuerzas armadas de la magnitud del problema, que si por conveniencia se ha dado el nombre de maleantes o gavilleros, es para no deteriorar la imagen de México en el exterior, aunque su forma de operar viene a ser exactamente igual a la de una guerrilla.

No fue casual que en su cuarto informe de gobierno, en septiembre de 1974, el presidente Luis Echeverría asumiera una postura deplorable contra la guerrilla. En su discurso rayado con el tono que hizo famoso a los políticos demagogos y pendencieros, Echeverría se expresó de esta manera:  “La composición de estos pequeños grupos de cobardes, terroristas, desgraciadamente integrados por hombres y por mujeres muy jóvenes, surgidos de hogares generalmente en proceso de disolución. Creados en un ambiente de irresponsabilidad familiar, víctimas de la falta de coordinación entre padres y maestros. Mayoritariamente niños que fueron de lento aprendizaje. Adolescentes con un mayor grado de inadaptación que la generalidad, con inclinación precoz al uso de estupefacientes. En sus grupos con una notable protección a la promiscuidad sexual y con un alto grado de homosexualidad masculina y femenina. Son estos grupos fácilmente manipulables por ocultos intereses políticos nacionales o extranjeros que (hayan) en ellos instrumentos irresponsables para estas acciones de provocación en contra de nuestras instituciones.”

Con esa visión corta y burda de un presidente que quería trascender en el plano internacional, al sentirse como futuro secretario general de la ONU, no fue más que su enfermedad megalómana la que lo cegó de ira y lo hundió en el fango de la defenestración. Fue un presidente represor que implementó una política de terror en México y fue el gran perpetrador que causó graves violaciones a los derechos humanos, como los centenares de personas desaparecidas, miles de mujeres y hombres torturados y un gran número de personas ejecutadas. Fue una represión sistemática que se empeñó en exterminar la guerrilla, arrasando comunidades indígenas y afromexicanas,  destruyendo la precaria economía de  la región, violando mujeres, ejecutando a los jefes de familia, dejando huérfanos a miles de niñas y niños, truncando los sueños de justicia de un pueblo combativo.

A Luis Echeverría la justicia mexicana no lo alcanzó. Solo llegó hasta el arresto domiciliario. Para el pueblo de Guerrero y de México queda en la memoria, que es un presidente genocida, que cometió crímenes de lesa humanidad y que forma parte de la historia más oscura y funesta de nuestro país. Ni perdón, ni olvido.

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