A 41 años de su muerte en el sismo del 19 de septiembre de 1985, la obra del Profeta del Nopal sigue narrando la ciudad que lo vio crecer como cronista urbano y que terminó sepultándolo.
Por Redacción / @somoselmedio
Rockdrigo González murió el 19 de septiembre de 1985, cuando un edificio de la calle Bruselas, en la colonia Juárez, se vino abajo. Entre los escombros quedaron el músico y su compañera, la francesa Françoise Bardinet. Tenía 34 años, un solo casete publicado por su cuenta y una obra que apenas empezaba a circular fuera de las cantinas donde la cantaba.
Los edificios que cayeron esa mañana en la Juárez, la Roma, el Centro y Tlatelolco cayeron también por corrupción en la construcción, por reglamentos incumplidos y por décadas de omisión estatal en la revisión de inmuebles. El gobierno de Miguel de la Madrid tardó días en reconocer la magnitud del desastre y rechazó en un primer momento la ayuda internacional. Quien removió escombros fue la gente: brigadas de vecinos, estudiantes y las costureras del Centro, que además descubrieron entre los talleres derrumbados las condiciones de trabajo en que las tenían. Las cifras oficiales de muertos y las estimaciones civiles nunca coincidieron.
Rockdrigo había nacido el 25 de diciembre de 1950 en Tampico, Tamaulipas. Creció entre la música huasteca, el rock y el blues que llegaban por la radio, y las crónicas urbanas de Chava Flores. Estudió psicología en la Universidad Veracruzana y dejó la carrera. A mediados de los setenta llegó a la Ciudad de México sin más plan que la guitarra.
Aquí empezó a construir su material. Cantó en plazas, cantinas y cafés, y al principio sobrevivió haciendo versiones en inglés en la calle. Con el tiempo dejó de traducir y empezó a escribir lo que veía: el metro, el smog, la renta, el desempleo, los amores que no cuajan, la ciudad que no alcanza. A principios de los ochenta le colgó la armónica a la guitarra y se volvió un cronista de la urbe con humor filoso y crítica social.
Esa forma de tocar coincidió con la de otros músicos que tampoco tenían equipo eléctrico ni respaldo de la industria. Desde 1982, Jaime López y el saxofonista Alain Derbez habían organizado las Jornadas de la Creación Rupestre en el Centro Cultural Ollin Yoliztli, antecedente de lo que después se nombraría movimiento rupestre: guitarra de palo, voz sin academia y la letra como centro.
Del Chopo al manifiesto: cómo nació el movimiento rupestre
En 1984, a petición de Jorge Pantoja, subdirector del Museo Universitario del Chopo, Rockdrigo escribió el Manifiesto Rupestre para el 2º Festival de la Canción Rupestre, realizado ahí mismo en noviembre. El texto define al movimiento por oposición a la industria: “No es que los rupestres se hayan escapado del antiguo Museo de Ciencias Naturales ni, mucho menos, del de Antropología”. Se trataba, escribió, de quienes no están muy guapos, no tienen voz de tenor ni equipo electrónico sofisticado. En ese festival tocaron Jaime López, Guillermo Briseño, Roberto González, Eblen Macari, Nina Galindo, Rafael Catana, Roberto Ponce y Alex Lora.
Ese mismo año editó de forma independiente el casete Hurbanistorias, con apoyo del CREA. Lo vendía él mismo al terminar sus tocadas y fue el único material que alcanzó a supervisar en vida. Incluye “Estación del Metro Balderas”, “Vieja ciudad de hierro”, “Perro en el periférico” y “No tengo tiempo de cambiar mi vida”. Compartió escenario con Javier Bátiz y el escritor José Agustín reconoció en su obra un rock más complejo y crítico que el que se hacía entonces.
También participó, con su música y en escena, en ¿Cómo ves?, de Paul Leduc, un retrato de la juventud marginada de la Ciudad de México producido por el CREA. La película se filmó en 1985 y se estrenó el 1 de agosto de 1986, casi un año después de su muerte. Fue ahí donde buena parte del público lo conoció.
La fama que no tuvo en vida llegó después. Ediciones Pentagrama publicó los discos póstumos El profeta del nopal, Aventuras en el DF y No estoy loco, y reeditó Hurbanistorias en LP. Una escultura en la estación Balderas del Metro lo recuerda, y cada 19 de septiembre hay homenajes que no organiza ninguna institución. Su hija, Amanda Lalena González, ha reivindicado públicamente su obra. Parte de las grabaciones que dejó permanece inédita: el productor José Xavier Návar las ha retenido mientras los familiares alegan ser albaceas de ese material.



