8 de marzo, una marcha, muchas voces desde la ciudad monstruo

Esta pieza es un telar narrativo, un collage de voces y emociones que como comunidad de periodistas en formación construímos al calor de la cobertura de las movilizaciones por el 8 de marzo de este 2023, día internacional de las mujeres que luchan.

CDMX. 28 de marzo de 2023. Taller de Periodismo SLTZ, UACM.  Con este mosaico de experiencias de todas y todos los que conformamos el Taller de Periodismo de la UACM, desde el plantel San Lorenzo Tezonco, damos cuenta y honramos toda las formas de lucha que se hicieron presentes entre las mujeres, y sus aliades, que marcharon esta primavera postpandémica en la capital mexicana. 

Foto: David Ramírez Salazar

Marlen Acela Hernández

El 8 de marzo no es un día para felicitar a las mujeres. En esta fecha, además de ser un llamado a una jornada de lucha y protesta, se recuerda una tragedia que evidenció el poco valor que se le da a las vidas de las mujeres y los/las trabajadoras en sociedades utilitaristas como en las que vivimos.

El 25 de marzo de 1911, un incendio en una fábrica de ropa en New York, Estados Unidos, causó la muerte de 146 personas: 123 mujeres y 23 hombres. Antes del incendio, les obreres eran encerrades en la fábrica por sus dueños, supuestamente para prevenir robos; por lo que cuando ocurrió el incendio, las mujeres y varones trabajadores no pudieron escapar y murieron, víctimas de sus precarias condiciones de trabajo. 

Unos días antes, se habían realizado marchas a favor del sufragio femenino en Dinamarca, Alemania, Austria y Suiza, conmemorando la Conferencia Internacional de Organizaciones Socialistas de 1910, donde se habló de la idea de crear un Día de la Mujer Trabajadora, que se celebraría cada 8 de marzo, y así exigir igualdad para las mujeres proletarias, en el ámbito político y laboral. 

En los años siguientes, los derechos políticos se comenzaron a cristalizar con el derecho al voto en la URSS, Reino Unido y Estados Unidos. En 1929, Ecuador se convirtió en el primer país en América Latina que garantizó el voto de la mujer. En 1977, la ONU declaró el 8 de marzo como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional. 

Sin embargo, a pesar de estos importantes cambios; acontecimientos parecidos al de la fábrica de New York se han repetido a lo largo de la historia, también en México: por ejemplo, con las costureras que murieron durante el terremoto de 1985, o con la fábrica de la colonia Obrera que cayó en el sismo de 2017; además de las violencias feminicidas que día a día nos arrancan la vida de once mujeres, al menos en México. 

Por eso, el 8 de marzo no se trata de felicitar, sino de continuar la lucha, por el reconocimiento de la vida y del trabajo de las mujeres. Por eso, cada 8 de marzo, miles de mujeres alrededor del mundo forman un aquelarre masivo, y se reúnen en las calles para exigir justicia, en un mundo donde, como dice Judith Butler, hay vidas/cuerpos que no importan al patriarcado, al capital, entre ellas, las vidas de las mujeres. Por eso, cada 8 de marzo salimos a las calles, para gritar que nuestras vidas sí importan.

Foto: Alejandro Trejo

El arranque

Samantha Alexandra Rodríguez George

Kevin Martinez de la Rosa

Llegamos al mediodía a Bellas Artes y desde ahí caminamos hacia el Ángel de la Independencia. Durante el transcurso, nos encontramos con algunas colectivas que se dirigían hacia el Monumento a la Revolución o se reunían en el Monumento a las Mujeres que luchan. Dentro de esas colectivas podíamos ver una variedad de mujeres de todas las edades: desde niñas hasta mujeres de la tercera edad, familias enteras acompañaban la marcha este día. Ya se escuchaban las consignas de las mujeres que caminaban junto a nosotras para llegar a los puntos de partida:  –¡somos malas, podemos ser peores!–,  –¡vivas nos queremos!–,  –¡amiga, hermana si te pega no te ama!–,  –¡La que no brinque es macho!–. Estas y muchas más consignas fueron las que escuchamos durante el recorrido hacia el Ángel de la Independencia y que después escucharíamos durante la marcha.

Primera parada: Monumento a la Revolución

Arely Luisa Trejo

Brenda Susana Valverde

Christian Magali Valverde

El punto de encuentro con el contingente de la universidad se encontraba justo debajo del árbol de jacarandas. Pero antes de llegar hacia ellas, presenciamos cuando familiares de mujeres desaparecidas y víctimas de feminicidios realizaban un pase de lista. Una a una, ellas fueron nombradas. Fue muy imponente. Pude ver cómo nuestros rostros cambiaron, se tornaron sensibles y solidarios ante eso. 

Aimé Casillas

Ginelle Gallegos

Al comenzar la marcha, fue evidente quiénes iban por primera vez, pues entre las mujeres agrupadas, algunas se encontraban temerosas, tímidas y sin conocer las consignas. Sin embargo, conforme avanzaban, sus voces se hacían más fuertes. Los transeúntes no dudaban en sacar sus teléfonos para grabar la marcha, que continuaba entre consignas como –¡Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente–, o las que invitan a unirse al movimiento feminista, como –¡Mujer consciente, se une al contingente!– y –¡Mujer escucha, está es tu lucha!–.

Jonathan Sánchez

Distintos contingentes se formaron y se organizaron para entregarlo todo en la marcha, las manifestantes se veían llenas de euforia, con la misma energía que tiene una corredora que está a punto de iniciar un maratón. Algunas se colocaron un paliacate morado o verde en la cabeza o el cuello, otras se pintaron las caras con colores morados. Algunas otras escribían y decoraban los carteles que llevarían en las manos, representando su protesta.

David Ramírez

Las consignas en los carteles y pancartas del 8M son un grito a través de la palabra escrita, en un pedazo de papel, un pedazo de tela, cartón, o cualquier superficie que se pueda rayar. A través de esas formas de expresión se puede alzar la voz por el hartazgo que viven las mujeres en México ante las violencias machistas. En esos carteles se leen exigencias, anécdotas y hartazgos sociales. Cada una de las manifestantes protesta por distintos motivos, pero con un mismo fin, visibilizar las violencias patriarcales.

Jonathan Sánchez

Una pancarta que decía –Yo no quiero ser una princesa, quiero ser una revolucionaria–, era sostenida por una niña pequeña, que a su corta edad ya estaba marchando por un mundo más justo, acompañada de su madre. Otra pancarta la levantaba una chica, decía –Yo soy tía de las niñas que jamás vas a tocar–. Otra más decía: –Por mi abuela, por mi mamá, por mi hermana, por mis hijas, por mí, por todas–.

Foto: Mariana García

María López Reyes

Salimos de la Torre de Caballito, en Av. Paseo de la Reforma, el ambiente era tranquilo. A pesar del aire contaminado de la ciudad, se desprendía una brisa fresca en el ambiente. En el contingente al que me integré, iban personas en sillas de ruedas, personas invidentes, personas sordas, personas con discapacidad motriz, personas neurodivergentes y aliadas. Cada persona iba acompañada, formando grupos de tres manifestantes, pero a su vez cuidándonos entre todas.

Al comenzar nuestro recorrido, en punto de las tres y media de la tarde, la primer consigna que coreamos juntas fue: –¡Voltéame a ver, voltéame a ver, que yo también soy mujer!, seguido de –Mujeres con discapacidad, ¡Presentes!, Mujeres Ciegas, ¡Presentes!, Mujeres sordas, ¡Presentes!, Mujeres con discapacidad motriz, ¡Presentes! Mujeres neurodivergentes, ¡Presentes!, así como  –¿Quién soy? ¿Quién? La que va en silla, que sí, que no, la que va en silla, la mujer sorda, que sí, que no, la mujer sorda, la mujer ciega, que sí que no, la mujer ciega, la mujer loca, que sí, que no, la mujer loca –, y consignas más conocidas, como  –¡Ni una más, ni una más, ni una asesinada más!–.

Itzayana Caballero Vega

Alguna que otra chica portaba carteles con frases como  –Ni una más– o  –Para Vivir el mañana, hay que pelear el ahora, entre otras. Todas juntas éramos una ola de mujeres con ganas de gritar por las hermanas desaparecidas y asesinadas. Se escuchaban nuestras voces al unísono,  –¡Basta de feminicidios!– Así que comencé mi andar junto con ellas. Conforme avanzábamos, me percaté de que todas y cada una mostraban solidaridad a su manera. Algunas eran chicas transexuales, lo que me motivó más a continuar la marcha, ya que me percaté de que no importa de dónde o cómo seas, siempre estaremos ahí para apoyarnos.

Miranda Chavarría

Fui avanzando por mi cuenta, uniéndome a diferentes contingentes y escuchando y leyendo sus historias plasmadas en sus carteles. Caminé por Reforma, llegué a la famosa Torre del Caballito, y, en mi camino vi que las morras del bloque negro también, poco a poco, se iban haciendo presentes, en ese momento se me ocurrió gritar “esas morras, si me representan” y las demás le siguieron. 

Foto: Mariana García

Segunda parada: la Glorieta de las mujeres que luchan

Arely Luisa Trejo

Brenda Susana Valverde

Christian Magali Valverde

El olor a humo morado nos envolvía, ese olor característico a pintura con azúcar, de las bombas de humo. En breve se hicieron presentes las consignas, las cuales todas gritamos con mucha fuerza –¡Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha feminista por América Latina!–.

Aranxa Gallegos

Alejandra Torres

Fátima Amador

Gritamos tanto que nos dolió la garganta, pero no nos importó en lo absoluto porque lo hicimos por todas aquellas que ya no están, también por nuestras familias, por las personas que alguna vez han sufrido violencia y para exigir nuestros derechos como mujeres. Conforme íbamos caminando, se escuchaban los tambores y la música, en ese momento sentíamos cómo se nos enchinaba la piel al escuchar todo en conjunto.

Alejandro Trejo

Nos quedamos en la entrada de un conocido hotel que está frente a la Glorieta de las Mujeres que Luchan, esperando por un contingente mixto con el cual integrarnos a la marcha. También había vallas metálicas alrededor de la glorieta de esa antimonumenta, pero las mismas vallas servían como pizarra donde las compañeras escribían los nombres y pegaban las imágenes de mujeres víctimas de feminicidio o desaparecidas. Además, se encontraban en la manifestación familiares o amigos de las víctimas, con sus pancartas y mantas, exigiendo se haga justicia por ellas y todas las mujeres que ya no están aquí. 

Después de casi una hora de ver pasar diversos bloques de mujeres y de esperar por un contingente mixto para unirnos, sin éxito, optamos por avanzar por los costados de la marcha con rumbo al Zócalo.

Marlen Acela Hernández

Continuamos caminando por un largo trayecto y llegamos a la Glorieta de las Mujeres que Luchan, donde guardamos un minuto de silencio por nuestras compañeras uacemitas víctimas de feminicidio: Nancy Lara, Campira Camorlinga, Leslie Hernández y Martha Karina Torres. Después cantamos la canción “Canción sin miedo”, de Vivir Quintana, himno feminista que dio voz a miles de mujeres en México y América Latina, y mientras entonaba la letra junto a mis amigas: Cantamos sin miedo, pedimos justicia, gritamos por cada desaparecida, que resuene fuerte “¡nos queremos vivas!”, que caiga con fuerza el feminicida… Se me hizo un nudo en la garganta y no pude seguir, el llanto llegó a mí, se me erizó la piel, sentí dolor por la cruda realidad en la que vivimos. 

Foto: Jessica Mozo

Cuarta parada, Avenida Juárez

José Francisco Carrasco Lara

No podía evitar pensar que estaba invadiendo un espacio que no me pertenecía y en el cual no debía estar. Entendía que este día las mujeres se sienten seguras estando en las calles, gritando entre otras mujeres, y la presencia de un hombre como yo que, aunque soy homosexual, luzco masculino, podría generarles inseguridad o rechazo, e incluso podrían agredirme de forma física.

Al principio me sentía tímido pues no quería incomodar, sin embargo, poco a poco todas, en el contingente en el que iba, comenzaron a gritar consignas como –Ni cis, ni trans, ni una asesinada más–, o –Feminismo sí, transfobia no–. Escuchar eso me hizo recordar todas las veces que una mujer me protegió, que no me rechazó ni juzgó mi orientación sexual, aquello hizo inevitable que mis ojos se humedecieran, pues sentí estar en un espacio seguro, como muchas veces me han hecho sentir las mujeres. Ante esta situación mi corazón se estrujó y al mismo tiempo me hizo sentir que estaba bien brincar junto a ellas –La que no brinque es macho, la que no brinque es macho–. Poco a poco mi temor se transformó en seguridad y en sentimiento de acompañamiento.

Jessica Mozo

Comencé a caminar junto con las otras compañeras. Me encontraba tranquila, pues quienes estaban a mi alrededor tenían una actitud agradable, sonreían y el ambiente se sentía muy cómodo. Al ritmo de –El que no brinque es macho–, y –Con falda o pantalón respétame cabrón–, nos dirigimos hacia Bellas Artes. 

Después vi a una mujer trans, quién exponía en su cartel –Por un México donde nadie tenga que correr por su vida–; fue muy emotivo, sentí un nudo en la garganta y, conforme avanzaba, cada pedazo de cartulina empezó a tomar sentido para mí. Entendí que aquellas mujeres están llenas de empatía, son personas de buenos corazones y desean ver vivas a otras mujeres. Entendí el significado de _

–Ni una menos–, pues no es lo mismo ver en las noticias a madres, hermanas o familiares buscando a sus hijas, que ver esta situación de tan cerca, fue impactante. Hoy, agradezco haber ido, y aunque no me han arrebatado a ninguna de las mujeres que me rodean, sé que haría lo mismo que aquellas que destrozan y rayan paredes por exigir justicia, para que se resuelva este problema en el que nos encontramos. Al igual que espero que si me pasa algo, ellas no se queden calladas, –¡Ni una más, ni una más, ni una asesinada más!–.

Llegamos al palacio de Bellas Artes

Aimé Casillas

Ginelle Gallego

Al llegar frente al palacio de Bellas Artes, un grupo de mujeres con tambores llamaban la atención de toda aquella persona que cruzara por ahí, ya fuese que estuvieran marchando o sólo de paso. Entonces, entonamos consignas como: –No somos una, no somos cien, pinche gobierno ¡cuéntanos bien–,Mi cuerpo es mío, yo decido, tengo autonomía, yo soy mía, ¡porque no!, ¡Que te dije que no! Pendejo, ¡No!– y la famosa –La que no brinque es macho–, que impulsó a brincar a la gran mayoría de las manifestantes.

8 de marzo
Foto: Mariana García Serrano

Samantha Sierra

Llegando a Bellas Artes, la marcha pareció tener un giro, muchas personas contaban las historias de las víctimas y el ambiente se tornó triste y enfurecido. –Vivas se las llevaron, ,vivas las queremos–, gritaba un grupo de chicas frente al Palacio de Bellas Artes, mientras que en el suelo, junto a un ramo de flores, colocaban el nombre “Fernanda”.

Marisol Cisneros

Con el paso de las horas, las feministas se volvían más fuertes, más gritaban y más deshacían y destruían; pero qué importaba lo material cuando se trata de una marcha para alzar la voz por las que ya no pueden, porque fueron asesinadas o desaparecidas. Estar ahí, presenciar las acciones colectivas, es más que impresionante para cualquiera. Percibir los colores y olores, e incluso ver a todas las mujeres juntas e imaginar que somos una jacaranda enorme moviendo sus ramas y sus flores lilas, con una grandiosa fuerza por todos lados. Es por eso que no necesitamos perder a una mujer que conozcamos y amemos para unirnos a  este movimiento. 

Suemi Cortes Ramos

Mis manos sudaban, pero todo estaba muy tranquilo. Recorríamos las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México y pasamos por el Palacio de Bellas Artes. Ahí vi a una mujer trans que estaba apoyando el movimiento, portaba un paliacate morado, una falda y una pancarta. El calor era cada vez más fuerte y había mucha gente. De pronto, me percate de un olor un poco raro, como a quemado; en seguida escuche gritos y cuando voltee, era una chica con una bomba de humo de color morado. Se veía muy bonito y le daba un toque muy colorido a la escena. 

Samantha Alexandra Rodríguez George

Kevin Martinez de la Rosa

Podíamos escuchar también a las morras del bloque negro golpeando vallas de metal que el gobierno había puesto para proteger los centros comerciales o algunas sucursales de bancos y monumentos, incluso se escuchaba el sonido de las latas de aerosol siendo agitadas y el olor de estas, un olor intenso, pero que desaparecía al ir avanzando.  También se distinguía el olor de las bombas de humo que algunas chicas prendían, de ellas salían humo de color morado o verde representativos del movimiento feminista. Ese olor me recordaba a los algodones de azúcar, dulces, pero a la vez con olor a quemado, un olor no tan desagradable. Los colores que salían de estas bombas, más que nada el color morado, le daban al entorno una agradable vista, además, combinaban con el color de las jacarandas que empiezan a florecer en estas fechas, y cuyas flores son también color morado. 

Samantha Sierra

A donde voltearas, todo era sorprendente, algunas mujeres golpeaban las barreras de metal que pone el gobierno para “cuidar el patrimonio”, otras tantas tiraban los semáforos que están justo en la esquina de la calle Madero, mientras que en el fondo decenas de mujeres coreaban la canción “Sin miedo”, de Vivir Quintana:

Yo todo lo incendio, yo todo lo rompo

Si un día algún fulano te apaga los ojos

Ya nada me calla, ya todo me sobra

Si tocan a una, respondemos todas…

El Zócalo

Mariana García

Gabriela Martínez

Las mujeres seguían su marcha hacia la plancha del Zócalo, las calles retumbaban con los cánticos y se pintaban aún más de color morado. Los carteles expresaban mensajes de reclamo y justicia, uno de ellos decía –Ser mujer nos está costando la vida–. Ellas, las mujeres, hacían que las calles cobraran vida. Las manifestantes gritaban por todas las que ya no están, exigiendo justicia por ellas, afirmando a gritos que no es no, que es su cuerpo su decisión. Brincando, cantando, marchando, gritando, hacían temblar al patriarcado, porque ya nos han quitado tanto que hasta el miedo nos quitaron, como exponía una de ellas en un cartel. Niñas, adolescentes, jóvenes, adultas, señoras mayores, todas unidas con el mismo objetivo, hacerse escuchar; dando apoyo y un abrazo a la mujer de al lado, porque “no estás sola”, no estamos solas. Que entre todos los gritos, salga el desahogo y las lágrimas de saber que hay una madre que aún busca a su hija, de una mamá que no quiere que su hija se quede callada, de jovencitas que les hicieron creer que un abuso contra ellas fue su culpa, como si ser mujer fuera un pecado.

Aimé Casillas

Ginelle Gallegos

Los rayos del sol estaban a su máximo esplendor, golpeando directamente los rostros de las personas que se encontraban en la explanada del Zócalo, mientras un grupo de madres y familiares de víctimas de la violencia machista, con megáfono en mano, contaban su historia con lágrimas en los ojos y voz entrecortada, con el corazón roto y los sentimientos a flor de piel. Madres que perdieron a sus hijas, hijas que buscan a sus hermanas, algunas sin palabras, sólo con sus miradas podían expresar su lucha. Alrededor, las mujeres que se vistieron de violeta, exigían terminar con la violencia, mientras reclamaban también derechos, respeto a sus cuerpos y libertad para formar sus propios caminos… la gente lo sabe, la ciudad se pintó de violeta e incluso la naturaleza apoyó la causa, con sus bellas flores lilas de las jacarandas.

Nacional

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