Diana y Josie transformaron la precarización laboral, la lectura y sus redes de amistad en Bocados Literarios, una librería independiente que apuesta por acercar obras de mujeres y disidencias al barrio de Buenavista.
Por Sago Romero / @sagoscam
Foto de portada: Ricardo Santos / @rsantoscervantes
Diana tiene 36 años, es piscis; Josie tiene 37 años y es aries. Ambas se conocieron hace diez años en uno de esos tantos empleos de oficina. Compartir esas dinámicas no solo las unió, sino que las hizo reflexionar sobre la precarización laboral que marca a esos espacios, pero lo que realmente las acercó y se volvió el núcleo de su amistad fue la lectura y el feminismo, los movimientos sociales y las mujeres: “De hecho, la primera marcha del 8M a la que fue Josie fue conmigo”, recuerda Diana.
Esa complicidad cobró otra fuerza con la llegada de la pandemia. En plena crisis sanitaria por el COVID-19 y con la incertidumbre del encierro, ambas quedaron sin trabajo al mismo tiempo. Para sostenerse mentalmente durante el aislamiento, transformaron la distancia en un refugio a través de la lectura colectiva; empezaron a organizar clubes de lectura virtuales junto a sus amigas, con textos que iban desde Virginie Despentes y Virginia Woolf hasta Judith Butler.

En ese proceso, el origen de las obras prendió una chispa de conciencia sobre las lagunas en la formación literaria: “Nos dimos cuenta de que todo lo que habíamos leído durante la pandemia era de mujeres. Es complejo y triste darte cuenta de que puedes llegar a los veintitantos años sin un bagaje de lecturas, filosofía, ensayo o cuento escritos por mujeres”, reflexiona Diana, para quien la escritura es uno de sus gustos, es más su “rollo”.
Para Josie, la experiencia dio un paso más cuando la vida presencial volvió: mientras sus amigas regresaban a sus actividades, le sugirieron abrir la invitación al espacio del club de lectura virtual a sus madres. Hoy, Josie continúa el club de lectura con ellas, que ya cumplió tres años, en los que cada martes se ven para seguir compartiendo obras.
Es así como este hábito no solo se volvió parte de su vida y de su día a día, sino que se sumó a una inquietud: la necesidad de llevar más allá su relación con los libros.
La mirada sobre la literatura escrita por mujeres surgió como una toma de conciencia formada a lo largo de sus vidas. Para Diana, el primer encuentro que tuvo con la invisibilización ocurrió a los diez años, cuando se volvió fan de un libro infantil firmado por M. B. Brozon. Tuvieron que pasar cinco años para que descubriera, en una entrevista de televisión, que detrás de esa firma se encontraba una mujer. Aquella vivencia la llevó a reflexionar sobre una práctica utilizada históricamente por distintas escritoras: acortar sus nombres o firmar con iniciales o apellidos para evitar que su género condicionara la recepción de sus obras, desde escritoras inglesas hasta autoras de literatura infantil mexicana.
El paso de los años y las experiencias que se fueron acumulando confirmaron esa brecha. Diana vivió en carne propia cómo, en la formación literaria, el canon masculino se imponía como la única forma de medir la calidad de una obra, lo que colocaba lo escrito por hombres como el estándar universal y relegaba o menospreciaba el trabajo de las autoras. Por su parte, el regreso de Josie a la lectura tras la pandemia la llevó de forma natural hacia autoras contemporáneas latinoamericanas, desde Fernanda Melchor hasta voces argentinas. Al intentar volver a la narrativa escrita por hombres, notó que el tono y las formas de describir ya no resonaban con su sensibilidad ni con sus intereses de lectura.
Para ellas, esta distancia reflejaba un problema más profundo: la falta histórica de referentes. Mujeres, así como identidades trans y no binarias, han crecido muchas veces sin verse reflejadas en las páginas que leen. Esa ausencia de representación les hizo cuestionar hasta qué punto sus vivencias podían encontrar un reflejo genuino desde miradas ajenas a sus propias experiencias.
En ese escenario, la pluma de las mujeres y de las identidades disidentes toma un papel fundamental: nombrarse desde la propia voz para construir los referentes que antes no existían.
Esa certeza las llevó a una decisión clara: la librería debía poner al centro el trabajo de las autoras y las disidencias. Con esa consigna como guía ética y política, el proyecto comenzó a tomar forma.
A inicios de 2026, el desempleo y la conciencia de la precariedad laboral que ya habían atravesado se convirtieron en el impulso definitivo para comenzar a materializar la idea. Si bien la ruta estaba marcada de forma implícita, requería un detonante. Para Josie, esto se encendió durante el Diplomado Editorial de Sexto Piso. Aunque la finalidad de este era crear una editorial, lo difícil del proceso la hizo dudar; cuando llegó la sesión enfocada en las librerías, entendió que su verdadero deseo era construir un espacio de comunidad por medio de los libros.
Diana tenía algo claro: no quería volver a encerrarse en una oficina ni regresar a someterse a las dinámicas de precarización y violencia que cruzan esos entornos. Cuando Josie le propuso comenzar con el proyecto, la respuesta fue evidente. El apoyo inicial llegó gracias a una gran amiga cercana de Josie, quien ofreció un préstamo para arrancar. Sin dudarlo, Diana se sumó, con apoyo también de sus padres, y juntas comenzaron la búsqueda del lugar.
El primer intento apuntó a conseguir un puesto de periódicos, inspiradas en los kioscos de diarios de Argentina. Después de ir a la asociación de voceadores y no obtener resultados, enfocaron su búsqueda hacia un local comercial. El primer espacio que encontraron y seleccionaron estuvo en Tlatelolco; tras dar el anticipo y dedicar dos meses al trámite, el proceso comenzó a frenarse. Mientras esperaban la entrega del espacio, Josie avanzó en la gestión y curaduría de los libros: contactó a editoriales conocidas y sumó catálogos de editoriales independientes encontradas en búsquedas digitales, al tiempo que poco a poco adquirían el mobiliario. Sin embargo, el retraso del lugar y la pausa provocada por el Mundial mantuvieron el proyecto en pausa.
La urgencia de no alargar la incertidumbre ni mantener la inversión detenida las llevó a tomar una decisión rápida. Mientras Josie caminaba por la zona con su pareja, él notó un local disponible en la colonia Buenavista, sobre la calle Violeta 99. Josie se puso en contacto con quienes rentaban, les presentó la propuesta de una librería y la respuesta fue positiva. Con los libros almacenados y los muebles listos, montaron todo el espacio en solo dos semanas para abrir sus puertas al público.
El acondicionamiento del espacio no fue un proceso solitario, sino el resultado directo de la colectividad. La red de amigues que Diana y Josie habían tejido con los años acuerpó y ayudó a dar forma al local. Sus amistades de Pausita Café, en Santa María la Ribera, se convirtieron en una pieza clave: Ricardo asumió el diseño del logo de la librería y, gracias a su experiencia, las asesoró para elegir la cafetera más adecuada para el lugar. A través de ellos contactaron a Benito Taller Naranjo, el carpintero encargado de fabricar los muebles. También cruzó el gusto de Josie por las bicicletas, pues coincidió en un taller con una chica cuya pareja es la artista y muralista Mali Nuá, quien aceptó la invitación para plasmar su obra en las paredes de la librería.
Esa misma red comunitaria adorna hoy las repisas y libreros del lugar. Las libretas son elaboradas por una amiga; las canastas tejidas y la miel provienen de otra amiga cercana, mientras que los amigurumis de crochet son elaborados por la prima de Diana. Para completar la propuesta del café, el pan dulce que ofrecen lo traen diariamente de una panadería tradicional de Santa María la Ribera. Idea que resultó un acierto y ha ido muy bien, pues en esa parte de la calle Violeta no existe ninguna panadería cercana.
La prioridad de Josie es fomentar el consumo local. Todo lo que rodea a los libros proviene de mujeres cercanas que mueven la economía y la producción artesanal. Como señala Diana, fueron justamente las amigas y la comunidad quienes las sostuvieron y ayudaron a construir este espacio desde la colectividad.
El nombre de la librería guarda su origen en la necesidad de Josie de contar y compartir sus lecturas. Ella recuerda cómo nació la idea hace dos años: cada vez que terminaba un libro sentía la urgencia de platicárselo a alguien, empezando por Diana. Fue su pareja quien le sugirió comenzar a escribir un blog: “Así es como empecé mi blog de Bocados Literarios. También me gusta mucho comer, entonces mezclaba el libro que leía con la recomendación del lugar que había visitado”.
Cuando llegó el momento de nombrar el espacio en Violeta 99, Diana propuso mantener el nombre. Josie estuvo de acuerdo: “¿Para qué le buscamos otro?”. El blog original aún se encuentra disponible a través del enlace en la biografía de su cuenta de Instagram (@bocadoslit). Aunque por el momento Josie ha pausado sus publicaciones en el sitio, sabe muy bien con qué tema quiere retomar la escritura: narrar la inauguración del espacio, ocurrida el pasado sábado 15 de agosto.
Para Diana y Josie, la ubicación de la librería es una postura política sobre el territorio. Aunque la colonia Buenavista colinda con el Centro Histórico, históricamente considerado uno de los principales espacios culturales de la Ciudad de México, siguen existiendo zonas urbanas donde este tipo de espacios no existen. En ese sentido, barrializar la lectura permite que las personas accedan a libros y actividades culturales sin verse obligadas a realizar trayectos largos o desplazarse hacia zonas gentrificadas y de costos altos como la Roma, la Condesa o Coyoacán.
Eso responde también al valor simbólico y a la experiencia presencial en sitios como este. Diana hace énfasis en la necesidad de romper con la centralización y priorizar el sentido del espacio: “A mí cómo me cagaba, y me sigue cagando, tener que cruzar toda la ciudad para ir a ver libros; que a veces ni siquiera es comprarlos, sino esa sensación de entrar a una librería, ver el libro, sostenerlo, oler el papel… esa conexión con algo. Porque una librería no solo es la compra del libro mismo, sino todo ese ritual”.
Desde su apertura, a media cuadra de la colonia Guerrero, la respuesta de la colonia ha confirmado para ellas la urgencia de habitar el barrio desde otras trincheras. Ambas chicas destacan la recepción que han tenido por parte de les vecines: “Desde que abrimos, las personas han pasado y se han emocionado de que haya una librería, de que exista este tipo de espacios culturales que no tenía la colonia. No solamente merecen estar en las zonas o pasajes culturales de siempre; las demás personas también merecemos tener otros espacios. Estar aquí en la Buenavista es muy bonito”.
Esa búsqueda por tejer comunidad se consolida también en la apertura de talleres gratuitos para infancias, pensados para garantizar el acceso a actividades creativas dentro de la zona. Como resume Josie, el proyecto responde y se sostiene desde la reciprocidad: “Estos espacios ayudan a una misma, pero también a la colonia; la colonia también nos ayuda a nosotras. Es una ayuda mutua, un enriquecimiento de ambas partes”.
Y más allá de la postura política y la autogestión, el proyecto está impregnado de una dimensión afectiva profunda. Diana lo sintetiza desde la experiencia compartida: “Todo lo que me ayuda a mí se lo quiero compartir a las personas que amo. Si a mí me ayudó leer a mujeres, si a mí me ayudó ir al taller de Artemisa Téllez, si a mí me ayudó escribir… entonces las cosas que amo se las comparto a las personas que amo”.
Esa reflexión transforma la librería en un puente donde lo personal se vuelve colectivo, ofreciendo al barrio los mismos refugios, herramientas y lecturas que a ellas les ayudaron durante el encierro y el desempleo.
La importancia de estos espacios independientes radica justo en eso: en lo sólido de las redes de apoyo, la vida comunitaria y la creación de oportunidades reales para acercar la cultura a zonas donde el Estado no garantiza ese acceso. En el cruce de esos afectos y de las coincidencias, la llegada a su local actual no dejó de tener un tinte mágico para Diana: “No sé si crees en la magia o no, pero sucedieron muchas cosas: la calle se llama Violeta y una de las banderas del feminismo es el color violeta. Fue esa como cosa mágica. Por alguna razón el color morado siempre ha sido mi favorito desde niña”.

Diana y Josie invitan a la comunidad a visitarlas, tomarse un café y recorrer sus libreros. Los talleres, presentaciones y actividades culturales se publican en su cuenta de Instagram (@bocadoslit), además de mantener abierta la recepción de donaciones de libros.
Ubicación: Violeta 99, colonia Buenavista, alcaldía Cuauhtémoc, CDMX.
Horarios: martes a sábado de 11:00 a 19:00 horas | domingos de 12:00 a 17:00 horas.









