Por Lemmy Montes
La huelga en la empresa llantera Tornel estalló el 23 de febrero de 2026 y mantiene paralizadas sus cuatro plantas: una en Tultitlán, Estado de México, y tres en la Ciudad de México, ubicadas dos en las alcaldías Azcapotzalco y una en Miguel Hidalgo. Tornel es una empresa dedicada a la producción de neumáticos y forma parte de la transnacional india JK Tyre desde 2008.
El contexto histórico actual, caracterizado por la crisis estructural del capitalismo, el rearme imperialista, la escalada bélica y las tendencias autoritarias y fascistizantes, sitúa la huelga de Tornel más allá del conflicto contractual. El capitalismo expresa su contradicción central entre la necesidad de expandirse y la resistencia obrera, mientras traslada los costos de la crisis al pueblo precarizado mediante la intensificación de la explotación y del control social. Bajo la presión de la rentabilidad, el sistema empuja a las empresas a acelerar los ritmos productivos, erosionar derechos laborales y subordinar la reproducción de la fuerza de trabajo a la lógica mercantil, incluso recurre a métodos abiertamente coercitivos que revelan el carácter cada vez más autoritario con que enfrenta los límites de su propia reproducción.
Según los propios trabajadores, el conflicto se derivó del incumplimiento sistemático del contrato colectivo, con ocho prestaciones desconocidas y la imposición de una jornada de 48 horas, lo que revirtió una conquista previa obtenida mediante el emplazamiento a huelga y establecida en el Contrato Ley de Tornel, que fijaba la jornada en 40 horas. Esta ofensiva patronal es una maniobra calculada para restaurar márgenes de ganancia a expensas de la fuerza de trabajo.
Pese a haber recurrido a distintas instancias, incluido el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, los trabajadores no han obtenido una respuesta efectiva, aun cuando en este último se han reconocido violaciones o “denegaciones” al contrato ley que rige a la llantera Tornel. De ello se desprende que el reconocimiento institucional de los abusos no garantiza su corrección cuando los canales institucionales operan dentro de un orden subordinado a la competencia entre potencias, la reestructuración productiva y el recrudecimiento de la explotación a escala global. Los mecanismos internacionales suelen funcionar como dispositivos de contención que administran el conflicto sin alterar la correlación de fuerzas en un contexto de guerra económica, reestructuración productiva y subordinación de la fuerza de trabajo a la rentabilidad transnacional.
A partir de estas condiciones, los obreros pasan de la búsqueda de vías institucionales hacia la organización autónoma. Esta dimensión colectiva es, en sí misma, lo que ha sostenido la solidez de la huelga. Las guardias permanentes, los turnos rotativos y los campamentos en los accesos a la planta mantienen el paro y contrarrestan el método de desgaste de la patronal.
La votación ratificatoria de 883 votos a favor y 113 en contra confirma el respaldo mayoritario a la continuidad de la huelga y muestra la capacidad de la base para sostener una disciplina política ante a las presiones patronales, así como para reorientar la lucha hacia la independencia organizativa.
Tras esta determinación, la empresa mantuvo una negativa sostenida a atender las demandas y desplegó diversas maniobras para quebrar el movimiento. Entre ellas, el desgaste prolongado como presión económica y los intentos por fomentar divisiones internas para fracturar la organización obrera. Según los testimonios, una de sus apuestas centrales consistió en provocar el ingreso de trabajadores a la planta durante la huelga, con el objetivo de invalidarla legalmente.
La ofensiva patronal alcanzó su punto más grave cuando el conflicto derivó en violencia abierta. El 18 de marzo de 2026, un grupo de entre 30 y 40 personas intentó desalojar a los trabajadores que resguardaban los accesos a la planta; de acuerdo con los testimonios, atacaron con piedras y herramientas y después recurrieron a armas de fuego, con saldo de cuatro trabajadores heridos.
Este conflicto forma parte de un proceso previo que se remonta a los cambios en la propiedad de la empresa en 2008, cuando pasó de capital nacional a integrarse a un grupo empresarial de mayor escala. Más tarde, en 2017, se agravó la situación cuando, según relataron los trabajadores, el comité encabezado por Gabriel Castañeda, entonces secretario general, “vendió” a los 1200 obreros y avaló su liquidación para impedir su reincorporación. Desde entonces, se profundizó la explotación mediante el recorte de prestaciones, el aumento de la jornada y el endurecimiento del control sobre la fuerza de trabajo.
Los límites que enfrentan estas luchas cuando permanecen aisladas no se explican únicamente por su debilidad organizativa, sino por los mecanismos mediante los cuales el capital fragmenta, contiene y dispersa los conflictos sociales para impedir que se constituyan en una fuerza colectiva capaz de disputar sus condiciones de dominación. Lejos de representar un caso excepcional, Tornel expresa cómo la defensa de derechos elementales vuelve a situarse en el centro de las luchas populares, al tiempo que pone de relieve la necesidad de superar el aislamiento y construir formas de articulación entre distintos sectores en lucha.
La experiencia de Tornel muestra que la defensa de las condiciones básicas de vida y de trabajo no puede sostenerse de manera aislada bajo un capitalismo que profundiza la explotación, la precarización y la subordinación de la clase trabajadora y del pueblo. La guerra imperialista y la reconfiguración del capital agudizan esa tendencia y ponen de manifiesto que la disputa con la patronal inmediata remite, en última instancia, a las condiciones estructurales de reproducción del sistema. De ahí que el Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, deba asumirse como una jornada de unidad de los sectores populares, orientada a articular las luchas contra el imperialismo y el fascismo. Sólo la organización consciente y colectiva puede abrir paso a una respuesta capaz de enfrentar la crisis del orden burgués y disputar las relaciones de dominación que sostienen la reproducción del capital.



