En San Matías Cocoyotla, las familias reciben por primera vez a quienes murieron este año; en San Andrés, el panteón recibe a uno más en plena fiesta de Fieles Difuntos.

Por Johana Utrera/ @UtreraJo25

Puebla, México. Los últimos días de octubre, ciudades como Puebla se pintan de calaveritas y de disfraces de Halloween. Los turistas recorren el centro con coronas de cempasúchil y la cara pintada, y se detienen a fotografiar cualquier fachada barroca —típica de la ciudad— o cualquier expresión artística que levantan quienes la habitan.

Los mercados se convierten en proveedores de lo que en pocos días será parte esencial de los altares de Día de Muertos. Las protagonistas son las flores: el cempasúchil (Tagetes erecta) y la flor de terciopelo (Celosia argentea var. cristata).

Al otro lado del mundo, en India, la misma flor —ahí llamada genda phool— también tiene un sentido religioso y festivo: este año sus guirnaldas acompañan en noviembre el Diwali, la fiesta en que la luz vence a la oscuridad.

A Abril, que no rebasa los tres años, poco le importa este dato. Tampoco sabe que Puebla es el primer productor nacional de cempasúchil: para esta temporada, la Secretaría de Desarrollo Rural del estado proyectó la venta de 2.5 millones de macetas y más de 9 mil toneladas de flor, cifras que también publicó Yadira Llaven en La Jornada de Oriente.

Es 29 de octubre y Abril está sentada en un bordo de concreto del mercado de San Pedro Cholula, junto a su hermanito. Tiene la cara pintada, aunque el sudor ya le borró la forma. Su madre, comerciante, limpia y despacha flor de muerto. Se toma unos minutos para contar que este año la pequeña ganó el segundo lugar en el concurso de disfraces de su escuela: iba de momia. Su hermano bromea: el disfraz se lo tuvieron que quitar porque, a esas horas, «ya estaba sucio».

Esa era la imagen de Puebla: calabazas junto a calaveras y turistas, en Cholula y en la capital, caminando entre los locales a la espera de vivir un Día de Muertos.

El 30 de octubre el paisaje cambia. El panteón municipal de Puebla empieza a cobrar vida, irónicamente: las familias limpian y adornan las lápidas, el horario de visita se extiende y mujeres como Alejandra despachan los pedidos de flores.

La luz de esta época del año es tan íntima que, sobre una lápida, se vuelve nostalgia. Las hojas que caen de los árboles sobre las tumbas marcan el fin de un ciclo.

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San Matías Cocoyotla, San Pedro Cholula. Para llegar a San Matías basta tomar la combi Rs-16, en la zona del Mercado de los Sabores o en San Pedro Cholula. Solo hay que cruzar la avenida 12 y la diferencia con la Cholula gentrificada es brutal.

Los vecinos, te conozcan o no, saludan con un «buenas tardes» o con una sonrisa. Lo primero que salta a la vista son las cruces adornadas en las calles, que señalan los lugares donde alguien murió de manera trágica.

En San Matías se honra a los difuntos con más que flores. Este 31 de octubre, en las casas, las familias cocinan en grandes cazos; en su mayoría, cerdo.

En Cocoyotla, como en otros pueblos de la región cholulteca, se prepara la «primera ofrenda»: la que se dedica a quienes murieron durante el último año. Es la primera vez que esos difuntos regresan a la fiesta.

Adán y su familia explican que el 1 de noviembre es cuando se pone la primera ofrenda a los adultos, y que ese es el día para visitar el pueblo, porque antes todos están ocupados en los preparativos.

Vecino por vecino pregunté si ese 31 había alguna ofrenda en la comunidad. Me confirmaron lo que me había dicho la familia de Adán: «El día 1 de noviembre es el bueno». El 31 de octubre se dedica a las niñas y los niños; este año, por fortuna, en el pueblo no hubo primeras ofrendas para ellos.

«Hay que tener más consideraciones con los muertos porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos».

La frase es de la película Macario (1960) y resuena en lo que dijo Benjamín, de la familia Hernández, cuando visité su casa el 1 de noviembre: «Hoy nosotros ponemos ofrendas, pero mañana la pondrán a nosotros».

Mientras tanto, una integrante de la familia Hernández recibe las ceras que llevan los vecinos que pasan a saludar. Cuenta que el niño que llora en la ofrenda representa a la familia doliente y, sobre la ropa que se coloca en el altar, explica que «el ánima viene y se cambia la ropa». Las familias comparten comida con todo aquel que llega a sus casas; lo hacen parte de su mesa.

Cuando pregunto por los animeros, me indican que me guíe por la pirotecnia. Los vecinos lanzan una advertencia: «Se debe correr al ver a los animeros porque echan cuetes; o, si eres valiente, pues te quedas viendo».

Quienes llegan ese día de los pueblos vecinos se toman en serio la advertencia y suben a las combis para volver a casa. La misma vecina insiste en que, más tarde, cuando los animeros estén en lo alto de la fiesta, las combis ya no entran.

Así, por fuerza, termina el 1 de noviembre: de regreso a San Pedro Cholula en la combi Rs-16, mientras las calles se llenan de cohetes y ese sonido se funde con el bullicio de una tarde de domingo en las siempre turísticas Cholulas.

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San Andrés Cholula, Puebla. El 2 de noviembre es el día de los Fieles Difuntos. Según la tradición que me contaron en San Matías, los muertos llegan del más allá a las 12 del día y se van a la misma hora del día siguiente.

Ahora la postal de las Cholulas es la de calles casi vacías, tal vez porque es lunes o porque todo el mundo se concentra en un mismo punto: el panteón municipal de San Andrés Cholula.

A cinco cuadras se distingue el cortejo fúnebre que avanza hacia el panteón. Una persona que murió el día anterior será sepultada esta tarde del 2 de noviembre, en plena fiesta de Fieles Difuntos.

Probablemente esa persona pasó muchos años de su vida visitando este panteón en días como este. Tal vez admiró la vista de la Pirámide de Cholula, que se levanta detrás de las tumbas. Ahora será parte del paisaje.

Desde el lugar del finado, el panteón es una verdadera fiesta: gente que ríe, niños que juegan, familias que rezan, el norteño que canta «Un puño de tierra» y la música que nunca falta en la celebración.

Los turistas extranjeros aparecen en el cementerio y los vecinos de San Andrés los integran a la celebración. A un grupo le explican: «A este pan le decimos hojaldras; bueno, todos somos hojaldras, pero esto es pan». Una chica comenta: «Oh, the flowers smell so good».

Algunas familias ya decoraron las lápidas; otras las están adornando, como Jessica, habitante de San Andrés. En la tumba de su pareja coloca su fotografía y un poco de comida que le ofrenda este año.

«Él falleció en enero, entonces este año me tocó realizar su primera ofrenda; la mayoría de personas no le pone».

Al despedirme de Jessica encuentro a Eduardo, de 12 años, que adorna con su familia la tumba de su primita. Eduardo accede a hablar de su prima.

Conforme pasan las horas, el panteón se llena. Muchos se conocen, son vecinos y se saludan. El muertito que enterraron hoy no está solo, o por lo menos no lo estará antes de que caiga la noche y cierren el cementerio.

En San Matías Cocoyotla las familias dieron la bienvenida a sus seres queridos; en San Andrés, el panteón se la dio a uno más. Los que quedamos nos retiramos por voluntad propia. Por ahora.

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