Por Jorge Alonso Chávez Cedillo

Me llamo Belem, aunque ya casi nadie me nombra. Soy chinampa. Un pedazo de tierra que aprendió a flotar hace más de mil años en el lago de Tláhuac.

Nací del lodo y de las manos. Los abuelos de los abuelos de los abuelos me tejieron con varas de ahuejote y me vistieron de tule. Hundieron palos como estacas en el agua y me fueron llenando con fango del fondo, capa tras capa tras capa, hasta que respiré. Dolía nacer, dolía cada carrizo que me atravesaba para anclarme al mundo, pero luego vino la primera semilla, el maíz, y ahí entendí para qué estaba aquí: para dar.

A mis espaldas crecieron calabazas, chiles, espinacas, lechugas y flores de cempasúchil. Yo era despensa y yo era altar para aquellos que me construyeron. Los canales eran mis venas y por ellas corrían canoas y chalupitas llenas de risa y de sueños, me sentía la madre de ellos.

Un día llegaron hombres con sus armaduras, no entendían que yo era agua y tierra, unidas y casadas entre ellas mismas, me quisieron secar, me llamaron pantano inútil, hasta un tren de color naranja construyeron en mí, el lago se fue haciendo chico, retrocediendo como piel que se encoge, vi a mis demás hermanas chinampas morir de sed, cubiertas de cemento y concreto, haciendo extrañas construcciones en ellas. Yo aguanté y me aferré a mi ahuejote como quien se aferra a un recuerdo. Los abuelos lloraron sobre mí, y su llanto me mantuvo viva. Aprendí la nostalgia, aprendí que uno puede estar rodeado de agua y morirse de sed.

Las canoas se fueron, el canal se llenó de botellas, de basura y de silencio, los jóvenes ya no querían enlodarse las manos pues eso era de “viejitos”, así decían. Me dolió más que la sequía, sentí que me volvía fantasma, pues poco a poco iba desapareciendo. Solo Don Quintín, con sus 60 años y su sombrero, venía a platicarme. Me sembraba unos romeritos para no dejarme morir y me decía: “Aguanta, Belem, aguanta. Tú eres mi memoria, mi proveedor, lo que me da de comer y el sustento que puedo llevar a mi familia, y algún día mis hijos, mis nietos, bisnietos y tataranietos cuidarán de ti cuando yo ya no esté.” Y yo aguantaba, aunque ya casi nadie me veía.

Con los años, los hijos de Don Quintín hicieron acto de aparición, aprendieron el oficio de su padre, aprendieron a cuidarme y a tomarme cariño al igual que yo a ellos, así que decidí que no me iba a dejar vencer: había alguien que ya me defendía, que me sentía como suya y que no me dejaría secar.

Vi a los nietos de Don Quintín crecer, los quería mucho, cómo no tenerles cariño a quienes me iban a cuidar. Pero la ciudad siguió empujando, creció sin pausa ni límite, un día amanecí partida: el terremoto del 19 de septiembre del 2017 me abrió una cicatriz en el pecho. Por ahí se me fue el agua, por ahí se me metió la basura y pensé que hasta ahí había llegado, pues me llené de cascajo, de llantas, de tristeza y por un tiempo olía a abandono. Creí que ya no volvería a dar flor.

Pero un día amanecí diferente. Escuché pasos antes del alba. Era Marlene, la nieta de Don Quintín. Tiene 35 años, trajo consigo una niña pequeña y cinco amigos con botas y guantes y herramientas. “Vamos a limpiarte, abuela”, me dijo, y me llamó abuela. Sentí tanta alegría. Me sacaron plástico como si limpiaran su cabello con unos cepillos que tomaban con sus dos manos. Me quitaron el cemento, como si tuviera ojos y ahora pudiera ver de nuevo, volvieron a clavar ahuejotes en mis bordes para que no me deshiciera.

Marlene metió las manos al lodo sin asco. Sembró lechugas, verdolagas, hasta flores para vender en el mercado de Xochimilco. Mientras lo hacía, ella lloró y dijo que estaba harta del asfalto, que soñaba con algo real, y yo la entendí, porque yo también estaba harta de ser solo postal para turistas.

Una tarde un pato llegó a anidar a mis orillas, no veía uno desde hace tiempo. El agua del canal, después de que la limpiaron, reflejó el cielo y por un segundo volví a ser un lago completo. Sentí cosquillas, eso que sienten las personas cuando algo les da esperanza.

No sé cuánto me quede, la mancha urbana sigue empujando, el agua limpia no siempre llega, pero ya di mi primera lechuga después de algunos años.

Me llamo Belem, soy chinampa. He sido madre, he sido tumba, he sido olvido, pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, vuelvo a ser futuro. Y eso, después de mil años, se siente como nacer otra vez.

Recuadro de contexto: ¿Qué es una chinampa?

Las chinampas son un método agrícola y de ingeniería mesoamericana conocidas como “islas flotantes”, construidas en zonas poco profundas principalmente en Xochimilco, Texcoco y Tláhuac, con capas de lodo fértil, vegetación y troncos, fijadas con bordes de ahuejotes cuyos raíces estabilizan el terreno.

Datan de los años 900 a 1100 d.C., cuando xochimilcas, chalcas y tlahuicas las desarrollaron para ampliar el territorio habitable y de cultivo. Son el sistema agrícola más productivo de Mesoamérica: producían hasta siete cosechas al año de maíz, frijol, calabaza, chile, amaranto, chía y flores como el cempasúchil. Tláhuac, cuyo nombre antiguo Cuitláhuac significa “lugar donde abunda el alga”, fue uno de los primeros territorios en desarrollar la técnica, antes que los propios mexicas.

De las 20,000 hectáreas que existían, hoy sobreviven alrededor de 2,200 hectáreas activas entre Xochimilco y Tláhuac. En 1987 la UNESCO las declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad; en 2017 la FAO las reconoció como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM). De las cerca de 20,922 chinampas identificadas, solo 3,256 tienen algún tipo de producción agrícola activa.

Xochimilco concentra el 47% de la zona chinampera, seguido por San Gregorio con 22%, San Andrés Mixquic con 18%, San Pedro Tláhuac con 8% y San Luis Tlaxialtemalco con 5%. En sus canales habita el ajolote, especie en peligro crítico de extinción según la UICN y la NOM-059-SEMARNAT-2010. Sin canales limpios y sin chinampas, no hay ajolote.

El lago de Texcoco, que también albergó chinampas, fue secado hace 400 años. Las últimas chinampas del mundo están en Xochimilco y Tláhuac.

***

Este texto está dedicado a Quica Cedillo, quien fue mi madre, mi guía y quien me enseñó a querer la tierra y la naturaleza tanto como ella; y a los chinamperos que trabajan la chinampa con orgullo y siguen llenándonos de tradición para las generaciones que vienen.

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