Enrique G. Gallegos*
El destino había determinado que no fuéramos amigos. Un poeta me comentó que estaban recibiendo manuscritos en la Dirección de Publicaciones de la Secretaria de Cultura y había apertura para publicar a nuevos autores. Artemio González García era su director. Corría el año de 1995. Lo fui a visitar y le dejé un poemario. Regresé un par de semanas después. Me comento que lo habían dictaminado favorablemente y enviado para su edición. Conversamos un rato sobre poesía y filosofía. Descubrí su afición a los platónicos, a Plotino, los pitagóricos. Era extraño platicar en una oficina burocrática de esas cosas. Pasé unas semanas después para saber la situación editorial del manuscrito y nada. Varios meses y nada. Un año y nada. Fue decepcionante corroborar que no respetaban sus decisiones y que parecía ese estado de cosas. A aquel joven poeta y belicoso que estaba formado en Marx, le pareció inaceptable. Molesto, le reclamé, le pedí el manuscrito y lo retiré. Dejé de verlo. Paso el tiempo. Años después me lo encontré en la avenida Juárez. Nos saludamos y recordamos lo que había pasado. No estaba en mis manos, me dijo. Me llamó la atención que aún recordara el tejido del poemario. ¿Ya lo publicó? Me preguntó. Sí, le respondí. “Le invitó un café”. Y así retomamos una relación que con el tiempo se volvió una amistad. En varias ocasiones me invitó a presentar algún libro suyo. Cuando le hicieron un homenaje, me pidió que ofreciera las palabras de presentación. Estaba casado y a su esposa no le gustaba que dedicara su vida a la poesía y las letras; le parecían cosas del “diablo”, según me comentó en alguna ocasión. Provenía de una familia extremadamente religiosa. Así que debía de elegir. Y eligió la poesía y la libertad frente al fanatismo. Los últimos 30 años de su vida los pasó solo. Por lo regular rentaba cuartos en la zona del Templo del Expiatorio. Cuando me mudé a la ciudad de México, cada que iba a Guadalajara trataba de visitarlo. De cuando en cuando lo llamaba. Pero cuando comenzó con los problemas de salud era difícil entender lo que decía por teléfono, primero arrastraba las palabras y después se tornaron sonidos ilegibles. Se volvió angustioso no entender lo que decía y no saber cómo sostener la conversación. Dejé de llamarlo. Los últimos años de su vida fueron terribles, solo, sin poder levantarse de su cama, sin apoyo, vivía en condiciones lamentables. Padecía la enfermedad de Meniere. La última vez que lo visité fue en 2021 y estaba en condiciones sumamente críticas, tanto por su salud como por la edad. Tenía casi noventa años. Nuestra sociedad capitalista es cruel con los adultos mayores. Exprime su fuerza de trabajo cuando son jóvenes y ya viejos lo desecha. No importa si era un poeta importante. Le habían dado varios reconocimientos, incluido el Premio Jalisco en 2010. Había que hacer algo. Conversé con varios amigos. Gracias a las gestiones de Ángel Nungaray y otros amigos se lograron “apoyos” para que lo cuidaran los últimos años de su vida. Falleció el 8 de junio del 2025. Nació un lejano 1932 en Arandas, Jalisco. Como escritor, provenía de la vieja escuela que ejercía diversos géneros: ensayos, crítica literaria, cuento, teatro, novelas y poesía. En su memoria recuperó este ensayo, con algunos ajustes, que escribí en 2007. Cuando lo leyó me comentó: “es lo mejor que han escrito sobre mí.” No sé si lo dijo en un gesto de gratitud, pero se lo agradecí. Descanse en paz.
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La modernidad ha posibilitado que todo poeta que se mantiene en su labor creativa por un periodo bastante amplio pueda adoptar diversas personalidades y registros poéticos. Porque la modernidad ha permitido que la subjetividad se fraccione, se refleje en sus objetos y se multiplique en sus anhelos y posibilidades. Sobre todo cuando la poesía se convierte una forma de vida tras prolongados años de escarceos y tentativas. La tragedia del poeta es precisamente la imposibilidad de la identidad.
Los más de 50 años de Artemio en su labor como poeta dan cuenta de una diversidad de registros, ello sin tener en cuenta sus aterrizajes en el teatro, el cuento y el ensayo. En este sentido, Artemio es profundamente moderno. Pero la modernidad de Artemio se manifiesta de forma particular. Un inventario de los diversos poetas en Artemio sería el siguiente: está el poeta de un humor lúgubre de los primeros poemas; el poeta que combina en diversos planos imágenes y palabras provenientes de la música; el poeta que también sabe cantarle al amor y al desamor; el que recurre de manera reiterada a las formas tradicionales del soneto; y, sobre todo, el poeta que intenta expresar algo que, a falta de un término menos problemático, llamaría panteísmo, entendido como búsqueda de lo absoluto, del «Todo» que contiene y fundamenta las cosas y que algunas veces asume el rostro definido de un Dios y otras la faceta más abstracta de la «Totalidad», el «Infinito», el «Uno», etcétera (y que puede incluir diversas concepciones muy distintas y distantes entre sí: metafísica, teosofía, neoplatonismo, panenteísmo, pero que comparten su vocación por las cosmovisiones religiosas-filosóficas).
Simplificando mucho, digamos que este tipo de pensamiento es un molde peculiar de filosofía que todavía estaba en práctica a finales del siglo XIX y que es una insólita amalgama de ciertas corrientes de filosofía y religión: el idealismo de Platón, el pitagorismo, el neoplatonismo de Plotino y el idealismo alemán del tránsito del siglo XVIII al XIX. Como sabemos, hoy el idealismo ha pasado a ser un mero capítulo en la historia de la filosofía, por lo que encontrar este tipo de pensamiento en autores contemporáneos es bastante extraño. Las razones son complejas, pero tiene que ver con un fenómeno harto conocido y que todos lo podemos comprobar: el ascenso y la persistencia de cierto tipo de racionalización que en el siglo XX se ha impuesto en todos los ámbitos de la vida: el trato cotidiano, la labor, la academia, incluso formas tradicionalmente aptas para ella como el arte y la poesía.
POETA DEL ABSOLUTO

Esta última faceta de la poesía de Artemio es la que les quiero presentar en este ensayo. La faceta del poeta panteísta. Y se las quiero presentar por varias razones. Primero porque es un tipo de poesía extraña a las tendencias actuales de la poesía en Guadalajara y, me atrevería a insinuar, de México. Segundo porque es un aspecto constante en su obra poética, que recorre desde Erial del cero publicado en 1967 y llega hasta La traducción del polvo del 2002. Después de 40 años de escritura, podemos decir que dentro de la variedad de temas y formas utilizadas en sus poemas, hay invariables, obsesiones y preocupaciones que se mantienen. Y tercero, porque creo que, a través de ese tipo de poesía, la extrañeza de Artemio se inserta en algunas de las tradiciones más antiguas de la literatura y el pensamiento de Occidente. Me refiero particularmente al romanticismo alemán, el misticismo del siglo de Oro español, el idealismo religioso de cuño antiguo y moderno y a cierta tradición de poesía mexicana representada bastante bien en Muerte sin fin de José Gorostiza.
La búsqueda del absoluto no es privativa de la poesía. Filósofos, científicos, religiosos, hombre de carne y hueso han buscado un sentido de trascendencia. Frente a la evidencia de lo efímero, frente al fracaso y las imposibilidades del tiempo, el hombre ha buscado un suelo firme, una esperanza, una creencia sólida. Los griegos introdujeron la división entre un más allá perfecto y un más acá imperfecto. Platón fue de los primeros que desestimaron al mundo: este mundo eran sombras, vanas imágenes, espurias manifestaciones de una realidad más «real». No es un hecho gratuito que este filósofo también fuera el primero en proponer expulsar a los poetas de la civilización. Para nuestra fortuna los poetas siguen con nosotros y a nadie se la ha ocurrido desterrar a su vez a Platón y sus hermosos diálogos.
Artemio busca su «Absoluto» y parece encontrarlo bastante temprano. Los primeros poemas de Artemio muestran de forma reiterada esa dicotomía entre dos realidades, o mejor dicho, entre una subrealidad y una realidad más perfecta. Para Artemio esta realidad:
A fuerza del engaño transparente sobre mis ojos gira
el sol de la maldad enmascarada,
y en el espectro del embuste brilla
el arcoíris del sofisma humano
Para el poeta la realidad tiene la forma del embuste y el conocimiento del hombre son sofismas. Pero precisemos que no sólo se trata de una mera imperfección del mundo. También es una realidad que en los primeros poemas de Erial del cero (1967) asume las formas de la degradación. En uno de sus mejores poemas de este período, «Sinfonía del cero», ya no sólo señala la imperfección de la realidad sino que degrada lo más incuestionable y cercano al hombre:
Deje mi bulto humano en la glorieta
del monumento cotidiano
donde la vida ensarta
su figurín de bailarina sádica.
Colgué en ella mi frac de aparecido
donde el hombre
tañe su gastronómica carroña
y me volvía fantasma a la posada
de los poetas lírico…
¿Qué más incuestionable y cercano que el cuerpo? Ese pedazo de realidad con el que siempre se está en compañía. Pero el poeta degrada el cuerpo: es un mero «bulto humano» y una «gastronómica carroña». ¿De dónde se alimentan esas degradaciones? Si el mundo es imperfecto, si el conocimiento son sofismas y el cuerpo una carroña, ¿dónde está el anclaje para la vida, dónde la solidez de una existencia, qué sostiene al hombre en medio de tantos abismos? Son preguntas de todas las épocas y de toda la vida. Un filósofo de mediados del siglo XX señaló el meollo del asunto con bastante claridad: el hombre es un ser lanzado al futuro; en su esencia anida la temporalidad: su ser es un devenir, un constante dejarse llevar; cuando nace, su conciencia ya está abriendo otras posibilidades, otros horizontes. El tiempo es el origen de sus insatisfacciones.

Artemio pregunta pero también trata de responder. En Estrellas de la oscura miscelánea (1969) las respuestas del poeta son por el momento expresadas a manera de búsqueda y tanteo de quien sabe que encontrará algo al final:
Arbol-otoño
deshojado a las puertas que abren mi cero azul.
Desaldabé mis íntimas guaridas.
Definitivamente
busqué la puerta abstracta
por la que ha de salir todo el santuario.
El otoño es la estación de la declinación. Las hojas caen, pero no para siempre. La posibilidad de renacer en el tiempo de la naturaleza es real. Para el poeta al final del otoño está la verdadera vida. Pero, por el momento, sólo es eso: posibilidad; por ello el poeta busca la puerta abstracta: la puerta a la trascendencia, a la verdadera vida, al infinito. Puerta por la que, hagamos la precisión, sólo se puede entrar.
POÉTICA DEL CERO
En este punto quisiera llamara la atención sobre una imagen recurrente en la poesía de Artemio: el Cero. Su primer libro de versos se llama Erial del cero y el poema principal de dicho libro se intitula «Sinfonía del cero». Y en el fragmento antes trascrito se alude al «cero azul». Hoy, el cero es ante todo una categoría numérica, pero en ciertas tradiciones teosóficas y religiosas era un emblema religioso. En esta última acepción, el cero es más bien de origen oriental, pues en la tradición cristiana el cero es la nada, el vacío y lo negativo. Recordemos que para los griegos, sobre todo para la tradición pitagórica, los elementos esenciales eran la monada y la díada, principios de la realidad, pero que tienen su fundamento en el Uno que, dicen los pitagóricos, no es par ni impar sino «Parimpar».

En el cristianismo el número central es la triada, emblema del espíritu, el padre y el hijo ¿De dónde proviene, pues, el sentido espiritual del cero? Presumiblemente de Oriente. De hecho se cree que lo inventaron los indios (además de los mayas) en el siglo V antes de Cristo: significa zunya: vacío. Pero también existe otra fuente más cercana a Occidente y que se encuentra en Platón: su cercanía con el circulo y la creencia de que éste es la figura perfecta: todos sus lados son equidistantes de su centro. No es gratuito que tradiciones posteriores de misticismo identifiquen a la divinidad con el «Cero Absoluto». El cero, pues, no es más que otra forma del éxtasis, del vaciamiento.
San Juan de la Cruz recuerda que la vida fuera de Dios es privación y dolor. Me parece que la reiteración del cero en Artemio tiene que ver justamente con esta tradición: el «Cero azul» del poema es precisamente el acceso, el emblema de un tiempo atemporal. En este sentido, el cero no es ya privación sino totalidad: la suma de lo que es y lo que no es, el infinito vuelto número.
En el poema «A modo de epitafio» del El velador de espantos (1974), Artemio sintetiza bastante bien lo que podríamos llamar su búsqueda de ese absoluto expresado en el cero:
Y me pasé la vida
horadando la piedra del misterio
con la broca de un trémulo
al filo de una sorda ratonera.
«Horadando la piedra del misterio»: imagen bastante simbólica que refleja la vocación religiosa de Artemio: la dureza de la piedra es esta vida, una especie de cueva, de sorda ratonera; lo otro es el misterio: la verdadera vocación del poeta. En otro poema del mismo libro dice lo siguiente:
Yo me pasé la vida buceando y escarbando,
con el naufragio a cuestas
bajé despavorido a las esencias
y fundé mi ostracismo en las raíces.
Fui el roedor de rincones,
el cavador de tumbas
el náufrago del hombre
y el minero de Dios.
Artemio es, definido por él mismo, buceador de esencias. Pero es un buceador —que algunas veces asume la forma inversa del enterrador— que se sabe sólo: su oficio no sólo es de solista sino también de solitario (recordemos el titulo de su antología: Oficio de solista y solitario, que puede servir bastante bien como epígrafe de su obra). Su ostracismo en el castigo que debe pagar por aspirar al infinito. Y por lo mismo toda su poesía está transida por polos opuestos: la oscuridad de este mundo, sus miserias, fracasos, maldades e insuficiencias siempre opuestas al otro: un mundo de lo suprasensible, del infinito, de la temporalidad extática. La certeza del Absoluto en Artemio podría ser la siguiente:
Esta esquina sin tiempo y sin medida
me afinó a la inaudita dimensión:
me sacudió lo inasequible un pájaro,
se me oyó un aleteo de lo absoluto
y ahora estoy seguro
que el ruleteo del hombre por la noche
es un circuito cruel que se termina al alba…
Frente a este tipo de poesía, es imposible no recordar a los románticos del siglo XVIII y su sed de infinito, de absolutos, de claridades en medio de la crisis del siglo. Los románticos quisieron abrazar también el absoluto. Se trataba de obtenerlo todo, de fundirse con la totalidad. En Hölderlin sentimos la urgencia por pertenecer a lo que llamaba el «Infinito-Uno». Los románticos también fueron poetas de totalidades y absolutos; pero sus absolutos los llevaron a la locura y a las conversiones radicales. Hölderlin terminó en un sanatorio; Novalis aplastado por la melancolía y la tuberculosis. Pero aquí se separa Artemio. Si el «Cero azul» de Artemio tiene la misma raíz que la «inalcanzable flor azul» de Novalis, su sed de infinito y de absoluto no está tamizada por la tragedia y la violencia de las conversiones.

POETA-FILÓSOFO
Aunque justo es reconocer que no todo es certeza en la poesía de Artemio. Por momentos el poeta duda de sus verdades: «¿en dónde los cimientos de la vida/ y la pared abstracta?», «¿quién duerme en la materia?» —se pregunta el poeta. Pero casi siempre mantiene la certeza en el infinito, en el Cero, en el Absoluto. ¿De dónde viene, pues, esta certeza última? Más allá de lo que aquí he sostenido y de los influjos románticos e idealistas a que me he referido, aventuro otra fuente: José González Martínez, padre del poeta.
José González era un filósofo a la usanza del entre siglo XVIII-XIX: un declarado panteísta que quiso elaborar una filosofía de absolutos, en la que ningún fragmento del mundo quedará disperso, sino que se integrará en una totalidad filosófica-religiosa. José González fue una voz muy extraña, diría excéntrica, que vivió y murió en Arandas. Algunos estudiosos de su obra lo consideran el primer filósofo jalisciense de la primera mitad del siglo XX. No estoy muy seguro de ello; los que aspirar a ser los primeros suelen pertenecer a generaciones más amplias, aunque mal conocidas. Lo que me interesa resaltar es el talante idealista del pensamiento del padre que influyó de manera determinante en el hijo, en la media en que no sólo cumplió las funciones de progenitor sino también de maestro. Una nota escrita por el hijo sobre el padre puede ser leído como un autorretrato del poeta: «José González Martínez nunca creyó que fuera real el mundo físico, ni que el yo fuera su verdadera identidad y a consecuencia de ambas negaciones fue filósofo, poeta, novelista, dramaturgo… y escribió cincuenta y cinco libros». Sólo que Artemio a consecuencia del padre y de sus propios instintos, es poeta.
Artemio pertenece a una estirpe de poetas en eclipse. Poetas que gustan de la filosofía y que vuelven los poemas crisoles de sus cosmovisiones. El siglo XX mexicano ha dado algunos poemas notables de esa estirpe, pienso sobre todo en el José Gorostiza de Muerte sin fin, el Jorge Cuesta de Canto a un dios mineral y, por momentos, en Octavio Paz. De hecho hay un poema de Artemio («Exilio en blanco») que recuerda dos constantes en Paz: el pensamiento y lo blanco como oposición y complemento al pensamiento (que algunas veces asume la forma de la hoja blanca), que finalmente se traduce en un poema reflexivo sobre la escritura. Aunque hay que señalar que en poetas de generaciones posteriores como Francisco Cervantes, Elsa Cross y David Huerta (entre otros), y aquí en Guadalajara de forma bastante diluida, en Luis Armenta Malpica, Víctor Ortiz Partida y Luis Vicente de Aguinaga, alienta también una vocación por la reflexión, aunque sin ese sentido por lo absoluto tan peculiar de Artemio.

Entiendo que la crítica en un homenaje al poeta puede resultar inapropiada (máximo si ya falleció). Pero creo que la crítica cuando no se decanta en la honestidad y la mesura, resulta panfletaria y apologética. En mi opinión el principal riesgo de la poesía de Artemio proviene precisamente de su obstinado sentido por la filosofía. Es bastante paradójico que la fortaleza de un poeta sea al mismo tiempo su mayor debilidad. Y es que por momentos tengo la impresión que en algunos de sus poemas, sobre todo de los primeros libros, las ideas y las preocupaciones por cierta filosofía no están lo suficientemente tamizadas en la poesía.
Para terminar voy a aventurar una hipótesis y una predicción, aunque sé, parafraseando a Weber, que la profecía no es función de la crítica. El siglo que acaba de terminar es el período de la prosa. La posibilidad de ver en el mundo una novela es hoy más que nunca posible. Basta traer a la mente la industria con sus producciones en serie, las estanterías de los grandes almacenes repletos de productos, que no son más que el exceso de páginas representado en el exceso del supermercado. Pero es un exceso irreal, superfluo: la misma cosa, aunque siempre representada de diversa manera. También la política tiende a la uniformidad. La novela es el lenguaje de muestra época precisamente porque refleja bastante bien la exigencia de uniformidad. En el otro extremo está la poesía. Distinta, heterogénea, cambiante. Por eso las quejas sobre la marginalidad de la poesía son infundadas y se basan en malentendidos.
El caso de Artemio es notable: por su sentido de lo absoluto no pertenece a nuestra época, tan profundamente relativista. Es un hombre de finales del siglo XVIII y, si como creen ciertas filosofías de la historia, cuando el mundo torne a recorrer su ciclo histórico, quizá se vuelvan a dar las condiciones que hicieron brotar el idealismo y el romanticismo alemán tan propicios a la poesía de absolutos. Mientras tanto Artemio puede estar tranquilo porque siempre habrá —pocos pero habrá— lectores que mantengan vivos sus «simulacros y signos». Y puede estar seguro que yo seré uno de esos contados lectores.
*Universidad Autónoma Metropolitana-C






