Cananea es un proyecto de autogestión popular por la vivienda digna, nacido desde la organización colectiva frente a la crisis habitacional en México, donde el derecho a un hogar se construye desde abajo y fuera de la lógica del mercado inmobiliario.
Por Manu Rodríguez / manuluiyoo
Con una sonrisa que ilumina su rostro, don Guillermo Martínez, de 72 años, recuerda los días en que la esperanza y la organización colectiva dieron forma a su hogar. “Con el apoyo de mi esposa, mis tíos, mis hermanos y hasta los abuelitos, fue que pudimos levantar nuestra casita”, dice con orgullo mientras observa el mural conmemorativo de la Unidad Habitacional Cananea, en la colonia Canal de Chalco, al oriente de la Ciudad de México.
Su historia está ligada a la de cientos de familias que, tras el sismo de 1985, decidieron tomar en sus manos el derecho a una vivienda digna. “Vivíamos en un departamento del Infonavit Culhuacán, en el tercer piso. Cuando vino el temblor se movió todo el edificio. Mi hija, que dormía en la cuna, casi se cae por la ventana. Nos dio miedo, pero también fuerzas para buscar un lugar mejor”, relata.
De la emergencia a la organización
El terremoto que devastó la capital mexicana dejó más de 30 mil heridos y 150 mil damnificados, según datos de la UNAM. Aquella tragedia también despertó un movimiento social sin precedentes. Vecinos, estudiantes y trabajadores se organizaron en brigadas para reconstruir la ciudad y exigir al Estado una política de vivienda justa.
Uno de esos esfuerzos fue la Brigada Promotora del Movimiento Urbano Popular del Valle de México (CONAMUP), que en 1983 comenzó a gestionar terrenos para familias de bajos recursos. De ahí surgió el proyecto Cananea, llamado así en honor a la histórica huelga minera de 1906.
“Llegué aquí por un compañero del trabajo. Me contó que su nieta ya estaba participando en las faenas de reconstrucción. Un domingo vine y encontré a varias personas reunidas en el casco de una antigua hacienda, la del Molino. Ahí empezó todo”, recuerda don Guillermo.
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Autogestión y solidaridad
El modelo de autoconstrucción fue el corazón del proyecto. Las familias no sólo aportaron mano de obra, también diseñaron el trazo de calles, drenajes y viviendas. Se organizaron en comisiones de trabajo para cuidar el terreno, realizar veladas, limpiar escombros y fabricar materiales.
“Yo participé en la brigada técnica. Nos dedicábamos a limpiar el terreno, a hacer las losetas y techos con tabique y mezcla. Todo se hacía en colectivo. No sólo construimos nuestras casas, construimos comunidad”, dice don Guillermo.
De acuerdo con Alicia Torres, autora de Cananea: producción y gestión social de un barrio, el proyecto fue posible gracias a la coordinación entre los vecinos y organizaciones como el Centro de la Vivienda y Estudios Urbanos A.C., el Fondo Nacional de Habitaciones Populares (FONHAPO) y la Agencia Holandesa de Cooperación Internacional, que apoyó con maquinaria y financiamiento para una tabiquera comunitaria.
Las mujeres, pilar de la construcción
El papel de las mujeres fue esencial. Mientras muchos hombres trabajaban fuera, ellas encabezaron la vigilancia del terreno, la administración y las faenas. “Fue una lucha muy fuerte, sobre todo de las damas —recuerda don Guillermo—, porque los hombres salían a buscar el sustento, pero las mujeres no dejaron que perdiéramos la oportunidad de tener vivienda.”
Según el estudio Cananea, Producción y Gestión Social de un Barrio, para las mujeres participar en la construcción significó romper con los roles tradicionales. Cargaban carretillas, manejaban palas y picos, y también cuidaban a los niños en la guardería comunitaria. Fue un ejercicio de emancipación que dejó huella en las generaciones posteriores.
Tras años de trabajo y resistencia ante la burocracia gubernamental, las primeras viviendas fueron entregadas en 1989. Don Guillermo fue uno de los beneficiarios. “Ese año me dieron la casa y también la base en mi trabajo. Fue una alegría tremenda. Ya no teníamos que tronarnos los dedos para pagar renta”, dice sonriendo.
Hoy, la Unidad Habitacional Cananea cuenta con 1,086 viviendas y un parque temático administrado por los propios vecinos. Don Guillermo, ahora jubilado, es el encargado de ese espacio. “Aquí seguimos, cuidando lo que construimos. Esto no se logró con favores, sino con trabajo, solidaridad y esperanza”, afirma.
La autogestión que sigue viva
Cuarenta años después de su fundación, Cananea sigue siendo un referente de organización vecinal y vivienda autogestionada. Aunque el tiempo ha pasado y las nuevas generaciones enfrentan otros retos —inseguridad, servicios y mantenimiento—, el espíritu comunitario permanece.
“Ahora recibimos apoyo económico del gobierno, pero eso no cambia lo que somos. Desde que nacemos pagamos impuestos; lo justo es que algo nos regresen. Con eso, al menos, cada dos meses podemos comer una carnita”, dice entre risas don Guillermo, antes de despedirse para atender el parque.
El sol cae sobre las casas coloridas y los árboles del barrio. A lo lejos, los murales recuerdan que Cananea nació de la lucha, la cooperación y el sueño de una vida digna. Como dice don Guillermo: “Aquí aprendimos que cuando el pueblo se organiza, no hay temblor que lo derrumbe.”

