Por Max González Reyes
En su libro La Cabeza de la Hidra, Carlos Fuentes escribió: “La primera regla de la política tan barroca como la mexicana es la siguiente: ¿para qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer complicadas? De ahí la segunda regla: ¿para qué hacer las cosas bien si se pueden hacer mal? Y la tercera, que es el corolario perfecto: ¿para qué ganar si podemos perder?”
Esta cita del escritor mexicano es tan vigente en nuestros días, porque en México somos extraordinarios en hacernos pelotas, complicar lo simple, decir verdades a medias, negar lo que ya se afirmó. Y en el aspecto político es más que claro.
Hace unas semanas los líderes y coordinadores de los partidos que conforman la alianza que gobierna (Morena-PT-PVEM) se tomaron una foto tomados de la mano mostrando unidad. En esa reunión afirmaron que irían unidos en el llamado Plan B, luego que los dos últimos -PT y Partido Verde- no apoyaron la reforma constitucional en materia electoral. Los líderes y coordinadores ese día dijeron que daban su total respaldo al Plan B que presentaría la presidenta Claudia Sheinbaum. Con ello parecía que era cosa de trámite el mencionado plan, se presentaría y se aprobaría sin problema pues sólo requiere mayoría simple.
Días después el PT no se mostró muy convencido de apoyar el proyecto presidencial. La inconformidad petista radicó en la propuesta de adelantar un año (de 2028 a 2027) la consulta sobre revocación de mandato de la presidenta Claudia Sheinbaum. El argumento que dieron es que, al adelantar esa consulta para que sea el mismo día de la elección, Morena saca ventaja porque es hacer campaña con la figura presidencial. En opinión de los integrantes del PT, con la popularidad que tiene la jefa del ejecutivo puede inclinar la balanza a favor de Morena, lo cual podría dejarlos marginados de la representación y con ello casi los regresaría a sus años en que sólo sobrevivían. Es decir, el mismo argumento que ocuparon cuando no apoyaron la reforma constitucional.
Cabe mencionar que el próximo año estarán en juego, a parte de la renovación de la Cámara de Diputados (500 legisladores), 17 gubernaturas, algunos congresos locales e infinidad de alcaldías. De ahí la preocupación del PT de que Morena saque ventaja con la figura presidencial.
Los petistas argumentaron que esta propuesta no estaba acordada cuando salieron a mostrar “unidad” y se tomaron la foto después del fracaso del Plan A. Es de dudar que esto fuera cierto, pues si se reunieron y anunciaron su respaldo al Plan B se puede suponer que les mostraron a todos los integrantes de la coalición los puntos centrales del nuevo Plan, por lo que no es factible que se haya omitido el tema de la revocación de mandato.
La coalición Morena-PT-Partido Verde es un matrimonio a conveniencia recíproca: Morena los necesita porque, ya se demostró, que sin ellos no se logra la mayoría calificada para aprobar las reformas que requiere la Constitución. Aunque no le guste, Morena los necesita; y a su vez el PT y el partido Verde les conviene mantener la coalición porque por sí solos para lo único que les alcanza es para sobrevivir. De hecho, a partir de 2018 han sido los mejores años de ambos partidos, en los que mantienen alianza con Morena. Hoy este partido es el que les da vida y presupuesto como en el pasado fueron el PRI y el PAN.
Por otro lado, es complicado entender la necesidad de la titular del ejecutivo de someterse a un proceso de revocación. La actual presidenta es una de las más votadas en toda la historia de este país, quizá sólo un poco atrás de Andrés Manuel López Obrador. La legitimidad de la mandataria no está en duda. Es obvio que tiene el reconocimiento de la mayoría de los mexicanos. Aunado a ello, su partido tiene la mayoría en la Cámara de Diputados y en el Senado, además de los congresos locales.
Con esa mayoría, no hay necesidad de someterse al escrutinio público, puesto que ya lo tiene. Ante ello las preguntas que surgen son ¿por qué Morena se empeña en poner en riesgo a la presidenta? ¿para qué colocar a la mandataria en una situación de competencia que no necesita? Si lo que quieren es sacar ventaja de su imagen, que lo hagan desde Morena, como siempre lo hacen. Eso hicieron con López Obrador en 2018 y 2024. Todos los candidatos de Morena, del PT y del Partido Verde hicieron campaña con la imagen de AMLO. La misma candidata Sheinbaum se colgó de la figura del ahora ex presidente para hacer su campaña. Tan es así que el año pasado celebró, no el primer año de su gobierno, sino los primeros siete años de la Cuarta Transformación.
No es necesario que la presidenta haga campaña, ella debe dedicarse a gobernar. Es válido que en Morena quieran ganar todas las gubernaturas, tener la mayoría en la Cámara de Diputados y en los congresos locales que estarán en disputa. Es válido, es permitido porque esa es la disputa partidista. Pero meter en esa pugna a la presidenta, es rebajar la figura presidencial. La presidenta no debería estar en medio de la lucha entre partidos. Ella gobierna a todos los mexicanos, no sólo a los que votaron por ella. Desde el momento que asume como titular del ejecutivo deja de lado al partido.
Pero eso no pasa en México. Muy al contrario, quien asume como presidenta o presidente se convierte, de facto, en líder del partido que gobierna.
Para concluir, en el libro ya citado, Carlos Fuentes sostuvo que “México es un gato demasiadas veces escalado. Hay que sospechar de todo y de todos y eso lo complica todo y nos complica a todos”.
Qué vigencia tienen nuestros días lo que dijo el intelectual mexicano.

