La escisión reaccionaria del trabajo en los gobiernos de Morena. De AMLO a Sheinbaum

Enrique G. Gallegos*

Los gobiernos de Morena de AMLO a Claudia Sheinbaum han establecido una escisión reaccionaria entre el trabajo realizado en el sector privado y el trabajo realizado en el ámbito público, cuyo puntual análisis genealógico las más de las veces se ha omitido, más no así los efectos precarizantes que padecen miles de trabajadores en el Estado, las universidades y otros nievels de gobierno local.

¿Cómo explicar que un gobierno que ha aumentado los salarios mínimos sostenga un tenaz bloqueo al aumento de los salarios contractuales en las universidades públicas?, ¿cómo explicar que un gobierno que tiene una política de constitucionalización de las pensiones para los adultos mayores mantenga un ejército de “servidores de la nación” sin condiciones dignas de trabajo?, ¿cómo explicar el aumento de becas para los estudiantes al mismo tiempo que precariza las condiciones laborales de miles de profesores y profesoras? La lista de similares contradicciones es larga y ameritan una posible interpretación. La respuesta no puede estar del lado reduccionista de decir que Morena no es un partido de izquierda o simplemente descalificarlo con el “argumento” de que son lo “mismo”.

Frente a eso propongo una hipótesis de análisis, cuyo desarrollo sólo bosquejo: los gobiernos de Morena realizan lo que he denominado como una ESCISIÓN REACCIONARIA DEL TRABAJO, de tal manera que no recibe el mismo tratamiento político el trabajo que se realiza en el sector privado que el que se realiza en el sector público. Existen cuando menos tres elementos para comprender esta escisión reaccionaria del trabajo. Si bien no estamos ante una política de Estado por parte de Morena que deliberadamente se asiente en la defensa de la clase trabajadora, esa escisión haría legible esas y otras contradiccióones.

En primer lugar reparemos en la configuración institucional, orientación política  y programática de Morena. Puede parecen cosas obvias pero no lo son en la medida que permiten entender los giros reaccionarios de ese partido y sus limitaciones en las transformaciones radicales desde abajo del sistema capitalista. Basta revisar tres de sus documentos centrales (la Declaración de Principios; el Estatuto y el Programa), para encontrar que Morena no es un partido de clase trabajadora y, bajo ningún supuesto, anticapitalista. Más aún; ni siquiera es un partido que ponga en uno de sus ejes centrales, junto a otros, las exigencias de la clase trabajadora. En sus principios, estatutos y programas, la clase trabajadora se diluye en categorías sociológicas, identidarias, socialcivilistas y culturalistas.

Si bien Morena reconoce la importancia de “la construcción de una sociedad con bienestar, dignidad, libertad, equidad y fraternidad, [de] fortalecer la democracia representativa y establecer la democracia participativa, así como a erigir un Estado que garantice a toda la población los derechos básicos a lo largo de toda la vida”; ese tutti frutti de buenas intenciones y abstracciones también da pie a una mescolanza de sujetos sociales (“empresarios, productores y consumidores; estudiantes y maestros; obreros, campesinos, artesanos, profesionistas, desempleados, trabajadores de la cultura, académicos, investigadores, comerciantes formales e informales, políticos, profesionales”) que conviven en una suerte de armonía abstracta, pero en la que se omiten las contradicciones estructurales y posibilita, en las relaciones sociales de fuerza, que se imponga la lógica del capital. En sus estatutos queda claro que está fuera del interés partidista de Morena las luchas anticapitalistas, la lucha de clases y la lucha contra expropiación del plusvalor que realizan la clase empresarial. Mucho menos aspira a una transformación radical del capitalismo, en la que los productores directos de las mercancías (trabajadores) pasen a ser los dueños de los medios de producción. Precisamente por esta orientación moderada, socialdemócrata y reformista al interior del sistema capitalista, se puede afirmar que Morena es un partido de izquierda, pero de una izquierda centrista, moderada y tibia; y cuya política partidista de “puertas abiertas” a panistas, priistas, empresarios, etc., ha fortalecido la escisión reaccionaria del trabajo, que propongo como hipótesis hermenéutica para comprender sus contracciones.

El segundo elemento a tener en cuenta es la peculiar concepción cristiana del trabajo en el sector público que tiene AMLO y que ha permeado al grado de condicionar la praxis del trabajo. Hay que recordar que en su toma de protesta el 1 de diciembre del 2018, AMLO declaró que se entregaría totalmente “a la causa pública” y le dedicaría 16 horas diarias. Estas palabras no pasarían de un mero compromiso político, pero en boca de AMLO significan una concepción cuasireligiosa del trabajo público, como si fuera una suerte de apostolado en sintonía con su ideología cristiana. Como analicé en un artículo del 2022 (AQUÍ SE PUEDE CONSULTAR), AMLO se autopercibía como un seguidor y admirador de Jesucristo. Por eso no extraña esta deriva apostólica en la que los trabajadores estatales deben consagrarse con total abnegación al trabajo. Y, como analizo más abajo, sabemos lo que esto significa en los hechos.

Una segundo arista es la creencia de AMLO de que la pobreza y desigualdad del país no derivan de la explotación y acumulación del capital a manos de la clase empresarial, sino de la corrupción. En sus propias palabras, “… no estoy del todo de acuerdo en que se piense que los problemas de desigualdad en México se originaron por la explotación de los dueños de los medios de producción al proletariado, por la explotación del burgués al proletariado…”(AQUÍ SE PUEDE CONSULTAR). Esto es también relevante porque está en sintonía con la configuración institucional, orientación política y programática de Morena, cerrando de esta manera la pinza entre el orden partidista y el orden del gobierno en cuanto al concepto del trabajo que se realiza en el gobierno y sus instituciones.

De esta manera, esos tres elementos se concretizarán en la escisión reaccionaria del trabajo y sienta las bases para justificar una doble operación. Por un lado, la tibieza en la defensa y mejoría de los derechos de los trabajadores del sector privado, con reformas contradictorias, ambiguas y límitadas en sus alcances, como la de las 40 horas, pretendiendo mantener una armonía abstracta que en los hechos, por las relaciones de fuerza y poder, no hace sino inclinar la balanza a favor de la clase empresarial; y, por el otro lado, coloca las bases para justificar la precarización de los trabajadores del sector público, bajo las premisas de un apostolado cívico en beneficio de la Nación y el Pueblo, como entidades tan abstractas como la de la armonía antes aludida. Reformas mínimas en lo laboral privado y justificacion de la precarización en lo laboral público: he ahí la escisión reaccionaria del trabajo. Teniendo mayorias legislativas, se decantan por la peor solución para la clase trabajadora.

De esta manera, si bien los trabajadores del sector privado pueden pasar del entusiamo al desencanto por las tibias reformas laborales y en materia de seguridad social de AMLO y Sheinbaum, el caso del tratamiento de los trabajadores del Estado es decididamente reaccionario, sobre todo para los que han llegado durante su gestión. Hay que recordar el maltrato al que fueron sometidos las y los trabajadores de Notimex, que tras una largísima huelga de casi 4 años terminó siendo liquidada la agencia de noticias, lo cual, como en su momento analicé, por haber sucedido en medio de la pandemia del Covid-19, colindó peligrosamente con una gestión tanatopolítica (AQUI SE PUEDE CONSULTAR). O recordar que durante la gestión de Luisa María Alcalde Luján como Secretaria de Trabajo y Previsión Social se perdieron cerca del 89% de los contratos colectivos de trabajo, que no fueron validados (de los cerca de 140 mil que entonces existían), según  analicé en su momento (AQUI SE PUEDE CONSULTAR UN BALANCE DEL SEXENIO DE AMLO DESDE LA ECONOMÍA POLÍTICA).

Pero otro par de ejemplos mostraría el grave retroceso laboral que padecen los trabajadores del Estado: las políticas laborales de los gobiernos de Morena para la educación universitaria y los denominados “servidores de la nación”.

La creación de las nuevas universidades (como las Benito Juárez) debían de ser bienvenidas, si no fuera porque descansan en un trabajo altamente precarizado: a los trabajadores académicos les llaman “beneficiarios” y con ese giro, se les despoja de sus derechos laborales —algo similar sucede en los PILARES (Puntos de Innovación, Libertad, Arte, Educación y Saberes) de la Ciudad de México—. Esta figura paternalista para referirse a los docentes como “beneficiarios” está relacionada con otra, que también precariza a los trabajadores, los llamados “servidores de la nación”. Ambas sintetizan a un gobierno que no tiene entre sus objetivos fortalecer las condiciones laborales de los trabajadores a los que les paga el Estado, sean administrativos o universitarios, sino crear un masa de beneficiaros y servidores que estén disponibles en cualquier momento, en una lógica similar a la del apostolado de AMLO a la que antes me referí.

Hay que recordar que la genealogía de esa palabra servidores, etimológicamente es cercana a la de servire y servus, las cuales a su vez remiten a la servidumbre y la esclavitud. Si bien el concepto legal de servidor (público) se inscribe en una tradición jurídica de de 1938 a 1963 (de Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos) de La Ley Federal del Trabajo y por ende, del marco de los derechos sociales y laborales, lo que han hecho los gobierno de Morena, paradójicamente, por decir lo menos, es desvincular esa concepto legal de la tradición del derechos laborales, para posibilitar —bajo el pretextos de “servir a la nación”— condiciones de precarización, explotación e inestabilidad laboral, traicionando el legado de los derechos sociales promovidos por la Revolución Mexicana y que subyacen al artículo 123 constitucional.

Esta idea reaccionaria del trabajo que se encubre bajo las figuras de los “servidores de la nación” y los “beneficiaros” (que puede exterdese a los becarios de posdoctorado, doctorado, etc.) embona perfectamente con las lógicas neoliberales de destitución y anulación de los derechos y garantías del trabajo. Es decir, en lugar de crear trabajos dignos, con estabilidad laboral y salarios decorosos, con todo lo que implican de derechos, se propone “beneficiarios”, becarios, etc. En el caso de las universidades públicas,  esta escisión reaccionaria del trabajo promovida por Morena confluye siniestramente con una vieja escisión en el trabajo universitario proveniente del neoliberalismo: la producción de una casta dorada de funcionarios y académicos con altos salarios y prebendas que descansa en la precarización de trabajadores administrativos y profesores temporales o pagados por hora y sin estabilidad laboral.

*Profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana

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