Por Max González Reyes
Desde hace ya algunos años México vive una polarización política muy marcada. Tiempo atrás las diferencias políticas se discutían con argumentos, con debates de altura y siempre en el marco del respeto a las diferencias. Pero de un tiempo a la fecha, las cámaras del Congreso se han vuelto un espectáculo donde las descalificaciones, las ofensas, los gritos, los manotazos y la mala imagen privan por encima de las ideas y los buenos debates. Marcadamente de 2018, cuando Morena se convirtió en mayoría, la discusión de los asuntos públicos ha venido degradándose.
Lo que presenciamos el pasado miércoles 27 de agosto en lo que aparentemente fue la última sesión de la Comisión Permanente, es un espectáculo bochornoso por lo que diputados y senadores representan para la nación. El espectáculo que nos presentaron el presidente de la Mesa Directiva, el Senador Gerardo Fernández Noroña de Morena, y el Senador Alejandro Moreno Cárdenas, del PRI, es la suma de esa polarización que empezó hace algunos años y que ha ido creciendo con el tiempo.
Todos sabemos que desde que fue por primera vez diputado, Fernández Noroña causó polarización. Su postura tan radical lo llevó a destacar del resto de sus compañeros, incluso dentro de su partido. Con los mismos argumentos volvió a ser diputado y a partir de 2024 Senador de la República. Se postuló para ser candidato presidencial y, aunque no ganó la contienda, salió bien posicionado en la encuesta interna de Morena, y su premio de consolación fue la presidencia del Senado para el primer año de la LXVI Legislatura.
Una vez en ese cargo, su modo de conducir las sesiones siempre fue al filo del reglamento. Su postura fue más que dialogando, imponiendo su voluntad; más que hablando, gritando, regañando, descalificando a la oposición, retando y moviendo a su conveniencia las reuniones. Su modo particular lo llevó en cada una de las sesiones que presidió, de tal manera que fue un modo muy sucio. Ya no eran sorpresa sus altercados con Lily Téllez, Federico Döring del PAN, con Rubén Moreira del PRI y hasta en algunas entrevistas con periodistas como Azuzena Uresti y Pepe Cárdenas, sin tocar los altercados que tuvo con ciudadanos en la vía pública o con un abogado que lo obligó a pedirle perdón.
Lo que ocurrió el pasado 27 de agosto es el resultado de la arbitrariedad en la conducción de la Mesa Directiva. La actitud del diputado Alejandro Moreno (Alito) tampoco es de aplaudirse. De hecho, él tiene su propia historia que tampoco es nada ejemplar. Ahora tendrá que enfrentar las consecuencias del arrebato que tuvo con Fernández Noroña. No hay que olvidar que existe una propuesta de desafuero en su contra, la cual Morena podría sacar en estos momentos.
Lo más grave del hecho de la sesión de la Comisión Permanente es que añade una línea más al ya desprestigiado actuar de la vida política, y en particular del quehacer legislativo. Si de entrada ya se tiene una mala imagen de los diputados y senadores, esto refuerza esa idea. Nadie se acuerda de los asuntos abordados en la sesión. Después del altercado, los videos de los empujones entre ambos legisladores, la intromisión de otros más, los gritos, etc. fue lo que se reprodujo en todos los medios. Después las conferencias, las exposiciones, justificaciones y la amenaza de desafuero.
El terreno de la confrontación es en el que los integrantes de Morena y sus aliados se sienten más cómodos. Recordemos que las mañaneras del ex presidente Andrés Manuel López Obrador eran una serie de descalificaciones a todo el que no estaba de acuerdo con él. Así son la mayoría de los integrantes del grupo en el poder. Hay que tener presente que la violencia no tiene que ser propiamente física, en muchos casos se presenta de manera verbal. Este grupo mayoritario ha abusado de esta última. Lo grave del asunto es que, con lo protagonizado en la sesión del 27 de agosto, se ha pasado de la violencia verbal a la violencia física. Mal hacemos en normalizar los gritos y protagonismos en el Congreso, pero aún más grave, que nos acostumbremos a los manotazos y golpes. Así no se hace debate parlamentario. Mal precedente para una legislatura que apenas está cumpliendo un año en su ejercicio y que todavía le faltan dos.
Aunado a este altercado, el Senador Noroña tiene que enfrentar las críticas por la casa que adquirió en Tepoztlán, Morelos, que está valorada en 12 millones de pesos, las cuales derivan de la postura que ha tomado públicamente respecto del estilo de vida de otros políticos.
Según el Senador declaró que adquirió esta propiedad mediante un crédito hipotecario, que está pagando con sus ingresos como legislador. Además, aseguró que este patrimonio es legítimo y ha sido incluido en su declaración patrimonial. Sin embargo, las críticas no han cesado, especialmente por el discurso de austeridad que tanto se pregonó desde el sexenio anterior y que hoy siguen vigentes.
Los videos del Senador cuando criticaba los abusos de los políticos, hoy están en su contra por su discurso de austeridad que tanto pregonó, eso sin contar los viajes de lujo que se dio como presidente del Senado. Para justificar sus privilegios, el legislador explicó que “si tú trabajas, puedes perfectamente cuadrar lo que estás comprando. Ahora resulta que tienes que vivir en una colonia precaria porque es un movimiento de transformación”.
Al Senador se le olvidó aquella frase de que “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. Hoy el Senador está en otro nivel.
Finalmente, en la práctica parlamentaria, es común que al final de la última sesión los grupos parlamentarios reconozcan el trabajo del presidente de la Mesa Directiva. En esta ocasión no hubo halagos ni palabras de agradecimiento al Senador presidente. Al contrario, todos querían que Noroña se fuera. No es exagerado decir que es el peor presidente del Senado que se ha tenido de la historia reciente.

