Nacida del diagnóstico de cáncer de su madre, la obra de Vanessa Ferreyra cruza el duelo familiar con la memoria de Atenco, Ayotzinapa y las madres buscadoras. Se presentó en la Prepa 3 de la UNAM con la voz de las familias de los 43.
Por: Mario Marlo / @Mariomarlo
En 2021, a la madre de Vanessa Ferreyra Rodríguez le diagnosticaron cáncer de mama. Vanessa no era la enferma, pero empezó a vivir un duelo propio, el de quien acompaña. De ahí salió la primera escena de Micelio para sostener la memoria, la obra que cinco años después llevó al auditorio del Plantel 3 “Justo Sierra” de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) de la UNAM.
La función fue el martes 29 de septiembre, tres días después de que se cumplieran doce años de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Para esta versión, Ferreyra incorporó un audio de manifestaciones y discursos de las madres y padres de los 43. La pieza que nació de un duelo familiar llegó a esa función con las voces de otras familias, las que siguen buscando a sus hijos.
La acompañante
“Aunque no era yo quien estuviera enferma, también era un duelo para mí por el hecho de ser la acompañante”, recuerda Ferreyra.
Tiempo después, en el tercer año de su formación profesional en la Escuela Profesional de Teatro Físico y Danza, el maestro Omar Carrum pidió a su grupo de la clase de creación una primera obra de autoría propia. El método partía de “momentos tabula rasa, los episodios que marcan una vida, y los cruzaba con curiosidades personales hasta construir microescenas. El primer momento que eligió Vanessa fue el diagnóstico de su madre. La escena se llamó Almacén de medicinas.
Al trabajarla, se hizo más consciente de una historia que se repetía en su familia: su bisabuela y una tía abuela materna también habían tenido cáncer de mama. Después llegaron los diagnósticos de su abuela paterna y de su tío Aarón. Graciela Aguilera, su abuela, murió en 2023, cuando Vanessa terminaba la pieza. Aarón murió en 2024, de cáncer de estómago.
En esos años la acompañaron sus compañeras de escuela, sus maestros, sus amigas, su novio, su madre, su padre, su abuela materna, sus primos y su tía. “No lo hubiera podido pasar sin mi red de apoyo”, dice.
En una de las primeras versiones, el público se sentaba en círculo alrededor de un huacal del que salían hilos blancos que atravesaban todo el salón. Cada persona escribía sus duelos en una hoja y la echaba dentro. Al reverso, las hojas llevaban impresas categorías BI-RADS, la clasificación con la que los médicos reportan los resultados de una mastografía.
Lo que enseñan los hongos
Entre las curiosidades que Vanessa anotó al inicio del curso estaba el reino fungi. La segunda microescena tomó a María Sabina, la sabia mazateca de los hongos y de los rituales en su lengua originaria. De ahí llegó al micelio, la red de filamentos que constituye la estructura vegetativa de los hongos y que puede extenderse bajo tierra a grandes distancias. “Es este gran internet de la naturaleza”, lo define.
Siguiendo el tema en redes sociales, llegó a un fragmento de entrevista con la poeta chilena Cecilia Vicuña. Ahí hablaba de los hongos como tejedores que se comunican entre sí incluso cuando hay peligro, y lo comparaba con el sistema educativo. Vanessa lo llevó a su propia realidad, la de “una morra mexicana en la Ciudad de México, en Iztapalapa”.
A esa red sumó las dos cartas que su tío Aarón y su tía Fernanda le escribieron cuando cumplió 15 años. “Sí vivo el duelo, pero esta especie de tejido de personas que me aman y que yo amo me ayudan a sobrellevar estos duelos que sí siguen doliendo (…) es menos pesado si vas con más personas, si vas en manadas, si vas tejiendo redes”, explica.
Al final llegó a una conclusión: “El micelio y la araña tejedora mayor en mi vida siempre ha sido mi mamá”.
En la escena El ambiente aparecieron las flores de nube que Ferreyra usa como tocado en la versión final. Las eligió porque, dice, son las flores con las que marchan muchas madres buscadoras: “Tienen ellas directamente que escarbar ese micelio y que estar en red para poder buscar a sus seres queridos”. Y añade: “El no saber ni siquiera en dónde está su cuerpo, si sigue vivo, si no sigue vivo, es súper más pesado, yo me imagino”.
Te puede tocar siendo nadie
Mientras construía Micelio, en su clase de teatro le pidieron buscar testimonios de violencia contra mujeres que le provocaran rabia, inconformidad o injusticia. Vanessa escuchó en YouTube las intervenciones de las mujeres de Atenco ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y leyó sus testimonios escritos.
Entre el 3 y el 4 de mayo de 2006, policías municipales, la policía del Estado de México, entonces gobernado por Enrique Peña Nieto, y la Policía Federal Preventiva realizaron operativos en Texcoco y San Salvador Atenco. Once mujeres detenidas en esos operativos llevaron su caso hasta la Corte Interamericana. En noviembre de 2018, el tribunal declaró responsable al Estado mexicano. Determinó que las once sufrieron violencia sexual y tortura durante su detención y su traslado al penal de Santiaguito, y que siete de ellas fueron además víctimas de violación sexual.
Uno de esos testimonios la marcó en particular: el de una mujer que, según recuerda Vanessa, no era de Atenco ni estaba al frente de la movilización, sino que era estudiante y preparaba su tesis sobre el movimiento. “Ni siquiera tienes que ser una persona que esté al frente de la movilización ni nada. Te puede tocar siendo nadie, siendo uno de los nadies, como dice Eduardo Galeano”, dice
Ese testimonio dio origen a la escena de las anécdotas, en la que Ferreyra entrega hilos al público. También le dejó una pregunta sobre la empatía: “Empatizar porque es algo que a lo mejor él está viviendo y tú no, y tú a lo mejor jamás lo vas a sentir, pero empatizar por el hecho de ser humanos y de ser sociedad”.
Soy joven, soy mexicana
En septiembre de 2014, Vanessa cursaba tercero de secundaria. La noche del 26 al 27 de ese mes, en Iguala, Guerrero, fueron desaparecidos 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos. Su maestro de historia, al que apodaban El Sonrix, insistía al grupo en que aquello importaba, en acuerpar, en salir a marchar o, al menos, en investigar. Sus tíos, estudiantes de la UAM Xochimilco, empezaron a ir a las movilizaciones y le llevaban información.
Por esos años también aprendía fuera del aula. Su tío Aarón y su tía Fernanda, que estudiaron economía, fueron quienes, en sus palabras, empezaron a “meterme estas conciencias sociales, esta conciencia de clase”. A veces, Aarón la sentaba en la sala de su casa para enseñarle sobre marxismo y capitalismo, cuando ella pasaba de la secundaria a la prepa. Después, en el CCH Sur, encontró un colectivo cuyos integrantes hoy son sus amigos de toda la vida.
Años más tarde, ya en el proceso de Micelio, leyó el testimonio de Omar, uno de los normalistas sobrevivientes. Él relató cómo vio a un compañero torturado y cómo los policías obligaban a los demás a subir a las patrullas. “Soy joven, soy mexicana, en cualquier momento puede pasar algo”, resume Ferreyra.
Nombrar o no nombrar
El caso de los 43 no entró en la primera versión de la obra. Ferreyra temía que la sátira que atraviesa la pieza se leyera como burla o como una falta de respeto. Tampoco quería una obra “panfletaria”, como le advirtió el director de su escuela: “Hay mucho público que cuando les escupes la información de una manera tan brutal o tan dramática no se quedan con nada y simplemente dejan de escuchar”.
Su respuesta fue la cámara indiferente, un momento en el que se acerca a los asistentes con preguntas que parecen aleatorias pero están ligadas al resto de la obra. En la escena El mundo y sus mierdas incluyó un texto sobre Nochixtlán, Oaxaca. Ahí, el 19 de junio de 2016, un operativo de las policías Federal y estatal para desalojar un bloqueo de maestros de la CNTE dejó ocho personas asesinadas. La escena también alude al genocidio en Palestina y a la guerra contra el narcotráfico y sus llamados “daños colaterales”. Nombra además a quienes, en palabras de Ferreyra, “ponen la piel y la voz y el cuerpo”: madres buscadoras, periodistas y defensores de la tierra.
Cada vez que presenta la obra, Ferreyra se pregunta si debe decir más nombres y fechas, por respeto a las familias que siguen buscando y a las mujeres de Atenco que continúan en litigio. También reconoce el peso de la omisión: “Si no los nombras, no existe, y entonces es importante nombrarlo”.
Mostrar el dolor desde el amor, explica, “no es minimizarlo ni cubrirlo con un parchecito de ‘todo está bien y todos somos amorosos’, sino dejarlo fluir, sentir la rabia, sentir la tristeza, pero también sostenernos para no desmoronarnos en el andar con estas personas que nos aman”.
Una función en la Prepa 3
El 29 de septiembre, los estudiantes entraron al auditorio sin saber qué esperar, entre pláticas y cuchicheos. “En el inicio fue un bullicio de cuchicheos (…), de ver caras como de ‘qué hago aquí'”, recuerda Ferreyra.
El final de la obra depende de que el público recuerde lo que se planteó al inicio con los listones. “Necesito de ese público vivo que no se olvide de lo que se habló antes, para que no me dejen caer”, explica. Esa vez, en el momento final, vio rostros atentos y pensó: “A lo mejor estos chicos nunca lo habían dimensionado así”. Luego vinieron los aplausos. “Que al final aplaudieran tan efusivamente y que se recibiera tan bien la pieza fue como, guau. Para mí fue ese mensaje que se da con la pieza: el sostenernos, el acuerparnos, incluso el no juzgar”.
El audio de las madres y padres de los 43 fue la novedad de esta versión. Ferreyra lo incluyó para subrayar la importancia de acuerpar las movilizaciones y de los colectivos, sindicatos y personas de la sociedad civil que siguen marchando junto a las familias. La función formó parte del encuentro Presencia y memoria en comunidad: conciencia histórico-social en la P3, que cerró con un diálogo sobre justicia social y memoria histórica con Mario Marlo, director de este medio.
La ruta de Micelio para sostener la memoria
La obra se estrenó en 2024 en el Teatro Varsovia de la Ciudad de México. En marzo de 2025 se presentó en el Foro La Cura, dentro del programa Ecos de lo invisible: fragmentos del ser y del objeto, de la Escuela Profesional de Teatro Físico y Danza y Alquimia Escénica. En mayo de ese año tuvo una temporada de tres funciones en El Zet/Clínica de Artes. Aún no tiene fecha fija para volver a escena; Ferreyra está en conversaciones con Radio UNAM.
Ferreyra es bailarina, artista escénica y creadora. Ha trabajado como docente con niñas, niños, adolescentes, personas adultas y poblaciones vulnerables. Es parte de Pulso Colectivo, un colectivo de danza multidisciplinario que impulsa con Adrián Crom y Nelson Lázaro Wilson. El colectivo da talleres en distintos estados del país para descentralizar el arte y construir una identidad propia de la danza en México, sin dividirla entre danza urbana, contemporánea o clásica. Actualmente participa como invitada en una producción de Brujas Danza Teatro, compañía de la maestra Itzia Nieves. Escuelas y colectivos pueden invitar Micelio para sostener la memoria a través de su cuenta de Instagram, @_vontiveros, o de la de Pulso Colectivo, @pulsocolectivo_mx.
Quién sostiene la memoria
“Quien sostiene la memoria en México es el pueblo. No queda de otra”, responde Ferreyra. Para ella, quien intenta que esa memoria caiga es el gobierno, junto con medios masivos que “se encargan de decir que los manifestantes son vándalos, que somos chamacos que no estudian, los ninis”. Y agrega: “Yo creo que todas las personas y todas las luchas son legítimas”.
Vanessa Ferreyra ve el arte como “un brazo más” junto al periodismo, los colectivos y otras formas de visibilizar lo que ocurre en el país. “Para mí el arte es político y todo en la vida es político y es importante mencionarlo”, dice.
La idea de colectividad la lleva hasta el cuerpo, que describe como “un colectivo de organismos, de microbiota”. Conoció la noción de inconsciente colectivo a través de Jacobo Grinberg y la volteó en una pregunta que atraviesa la obra: “Cómo podríamos hacer un consciente colectivo, en vez de inconsciente colectivo”.














