Entre el cerro del Chiquihuite y las calles de Cuautepec, cientos de personas acompañaron la representación de las tres caídas y la crucifixión de Jesús, en una de las expresiones más arraigadas de religiosidad popular en el norte de la Ciudad de México.
Por: Andrea Nolasco / @Somoselmedio
Ciudad de México, 3 de abril 2026.- La representación de la Pasión de Cristo en Cuautepec, que este año alcanzó su edición número 56, volvió a tomar las calles durante el Viernes Santo con una participación creciente de habitantes, intérpretes y espectadores que, más allá del acto religioso, configuran un ejercicio de memoria comunitaria.
Desde antes de las 9 de la mañana, los preparativos ya marcaban el ritmo de la jornada. En los alrededores, quienes interpretarían a Jesús, María y los soldados romanos afinaban detalles de vestuario y actuación, mientras familiares se acercaban para acompañarlos, felicitarlos y compartir un momento previo a la representación.
El ambiente combinaba organización logística y convivencia barrial. Elementos de seguridad —policía y protección civil— vigilaban el desarrollo del evento, mientras la banda de guerra realizaba ensayos y el equipo de sonido probaba el audio que acompañaría la escenificación.
A las 9:50 horas se realizó el primer llamado. Para las 10:15, el segundo aviso marcaba la inminencia del inicio. Finalmente, a las 10:21, la tercera llamada dio paso al arranque formal: desde la parroquia de Nuestra Señora del Carmen se entregó la cruz al intérprete de Jesús, iniciando así el recorrido.
Durante la representación de las tres caídas, el público no permaneció pasivo. A lo largo del trayecto se escucharon voces que interpelaban la escena: “ya déjenlo”, “no le peguen tan fuerte”. Estas expresiones, recurrentes en este tipo de representaciones, evidencian la tensión entre la teatralización del dolor y la empatía colectiva.
El contingente creció conforme avanzaba la procesión. Lo que inició con decenas de personas se convirtió en una movilización de cientos que acompañaron el recorrido hacia el cerro del Chiquihuite, punto final del trayecto y espacio simbólico de la crucifixión.
En el ascenso, algunos asistentes documentaban con teléfonos móviles, mientras otros se integraban a la procesión. La escena reflejaba una apropiación del espacio público donde lo religioso, lo comunitario y lo performativo se entrelazan.
Al llegar al punto culminante, decenas de personas ya esperaban el momento central: la crucifixión, el descenso del cuerpo y la reacción de María. La representación concluyó con una escena cargada de dramatismo, marcada por una frase que resonó entre los asistentes:
“¿Hijo de mi alma, qué daño le has hecho tú a los hombres?”
La representación de Cuautepec no es únicamente un acto litúrgico. Es también una práctica colectiva que articula identidad, organización comunitaria y memoria, en un contexto urbano donde estas expresiones continúan resistiendo y resignificando el espacio público.







