¿Tecnofeudalismo o tecnofascismo? Disputas conceptuales para la lucha de clases

Enrique G. Gallegos*

Una de las cosas que más llamó la atención de la toma de protesta de Trump el 20 de enero del 2025 fue el cambio de actores: tradicionalmente ocupaban los primeros lugares la clase política de Estados Unidos y la clase empresarial eran los invitados; con Trump, es como si hubiera sucedido un desplazamiento simbólico que sellaba el desplazamiento infraestructural que se realiza en el Imperio: quienes ocuparon los primeros lugares fueron los magnates de las llamadas Big Techs (las grandes tecnológicas), mientras que los políticos ahora parecían ser los invitados. Ahí estaban en primera línea Zuckerberg de Meta, Thiel de Palantir Technologies, Bezos de Amazon, Pichai de Google, Musk de Tesla, Cook de Apple, Altman de Open AI y Zi Chew de Tik Tok.

Tecnofascistas en la toma de protesta de Trump en 2025.

En mayo del 2026 se repitió el escenario pero en el plano geopolítico. En su viaje a Pekín para encontrarse con Xi Jinping, Trump también se hizo acompañar, además de otros funcionarios y empresarios, por algunos de los magnates de las Big Techs (Musk, Cook, Huang, etc.). ¿Qué significa ese izamiento desde el corazón del imperio en descomposición de una nueva casta de empresarios, cuya singularidad es que son dueños de empresas tecnológicas de punta de la 4.0 Revolución Industrial?

Esta no es una pregunta meramente teórica o académica. Un mal concepto lleva a pésimas acciones y diagnósticos erróneos. Tener claridad conceptual en tiempos turbios y de hipercrisis sistémica es fundamental para las orientaciones políticas, la praxis política y la lucha de clases y popular.

Todo esto viene a cuento por la puesta en circulación del concepto de “tecnofeudalismo”, con el cual se pretende describir y analizar la emergencia de un tipo de sociedad en la que predominan las Big Techs y las relaciones económicas, sociales, culturales y subjetivas mediadas por plataformas digitales, Realidad Aumentada y Virtual (RV/RA), 5G, redes sociales, inteligencia artificial, internet de las cosas, 3D, computación en la nube, robots, algoritmos, automatizaciones y big data. Si bien “tecnofeudalismo” es una idea con la que sus teóricos pretenden establecer un marco crítico para referirse a esa realidad social, no deja de ser problemáticas las consecuencia prácticas, políticas y programáticas para la lucha contra el sistema capitalista y la deriva neofascista.

EL CONCEPTO DE TECNOFEUDALISMO

Uno de la primeras personas que lo pusieron a circular fue el informático y hacker, Loyd Blanckeship, en un texto publicado en 1990 en el que lo describe como un tipo de actitud feudal que deben asumir las empresas cuando el mundo de ha vuelva caótico. Más allá de esta primera alusión aislada, la bibliografía por lo regular refiere dos libros que han intentado establecer el diagnóstico epocal, sus presupuestos teóricos, críticos y desarrollos: Tecnofeudalismo. Crítica de la economía digital de Cédric Durand, publicado en 2020 y Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, de Yanis Varoufakis, publicado tres años después, en 2023.

Posiblemente debido a que Varoufakis es más conocido porque fue ministro de economía en Grecia cuando estalló la crisis del 2015 y asumió posiciones críticas frente a la Troika, el “tecnofeudalismo” se suele asociar a su nombre. Aunque este artículo no trata de avaluar las ideas, argumentos, similitudes, diferencias y presupuestos de los dos libros, hay que decir que el libro de Durand es anterior y mucho más sólido en cuanto a su análisis y estatuto conceptual que el de Varoufakis, aunque comparten varias ideas y presupuestos. Dado que el objetivo de este artículo es analizar la pertinencia política del concepto de “tecnofeudalismo”, esas diferencias por el momento resultan irrelevantes. Asimismo voy a dejar de lado las condiciones objetivas que hicieron posible la emergencia de las Big Techs  (la crisis del 2007-2008; la emisión masiva de dinero por parte de los bancos centrales; el masivo endeudamiento social; la financiarización del capital; la industria militar; la emergencia de China y la crisis del hegemon estadounidense; la aparición del internet y su accesibilidad; la pandemia del 2020; el aumento de inversiones no productivas, las políticas identitarias, etc.).

LA TESIS CENTRAL DEL TECNOFEUDALISMO

La tesis central es que desde hace algunos años hemos entrado en un “nuevo” periodo histórico que precisamente denominan como “tecnofeudalismo”, cuya peculiaridad es la producción de formas sociales feudales y la muerte del capitalismo —“el capitalismo está muerto” —afirma categórico de Varoufakis. Por supuesto, lo de nuevo es un decir, porque en realidad lo que sostienen estos y otros intérpretes es que estamos ante una suerte de retorno de las relaciones económicas y sociales feudales. ¿Pero porque afirman que estamos ante el regreso del feudalismo por la vía de las Big Techs? Para responder hay que tener en cuanto cuando menos tres elementos, que a continuación describo brevemente: el tipo de ganancia de esas empresas; las relaciones sociales y económicas que producen; y finalmente las clases sociales.

RENTA,  FEUDO  Y GLEBA DIGITAL

De acuerdo a los teóricos del tecnofeudalismo, las ganancia de las Big Techs adquiere la forma de una renta, de similar manera a como en la Edad Media el señor feudal se apropiaba de ellas. Así como los campesinos debían pagar tributos (incluido el sistema de corveas) al señor feudal, los dueños de las Big Techs también obtienen sus ganancias mediante las rentas de sus plataformas digitales y demás dispositivos digitales, para lo cual es necesario la masificación y captura de los usuarios de esas tecnologías. Importa destacar que para el tecnofeudalismo la “renta digital” se convierte en el principal medio de ganancia y reproducción del capital tecnológico.

El segundo aspecto que caracteriza al tecnofeudalismo es la producción de lo que denominan como “feudos digitales”, que no son otra cosa que las plataformas, las automatizaciones, los algoritmos, big data, IA, etc. El ámbito del que se toma la palabra son los feudos del Medievo. Recordemos que en su sentido básico, el feudo era un acto mediante el “cual los soberanos y los grandes señores cedían en la Edad Media tierras o rentas para su aprovechamiento o explotación, obligándose quien las recibía a guardar fidelidad de vasallo al donante, prestarle el servicio militar,” con lo que se daba un relación de dominación, vasallaje, tributo y servicio personal. De similar manera, los dueños de las Big Techs conceden a los usuarios de los diferentes dispositivos el uso de redes o plataformas a cambio del cual obtienen una renta o tributo.

Y así como en el feudo medieval las libertades estabas fuertemente atadas y limitadas (se le conoce como “libertad estamental” porque derivan del estamento social), de similar manera en el feudo digital, las libertades están acotadas y encauzadas por los algoritmos, diseños, modelaciones, controles informáticos, automatizaciones y censuras que estipulan lo tecnomagnates, de tal manera que según Durand “la vida social se arraiga en la gleba digital.” Pero no sólo limitan las libertades, como vemos en facebook, X y youtube, sino que por su mediación también producen subjetividades y cierto tipo de agencia. Precisamente porque se sostiene que el “feudo digital” replica al nivel cibernético y algorítmico lo cerrado, enclaustrado, autosuficiente y estamental del feudo, también afirman que el mercado, con sus leyes de competencia y libertad comercial, desaparece. Así, el tecnofeudalismo sería una sociedad sin mercado, de la misma manera a como en la Edad Media no existía la libertad de mercado. “«Entra en amazon.com y habrás salido del capitalismo” —afirma sin rubor Varoufakis.

CLASES SOCIALES EN EL TECNOFEUDALISMO

Un tercer elemento a considerar son las clases sociales. Para los teóricos del tecnofeudalismo, las plataformas, las automatizaciones, los algoritmos, la inteligencia artificial, la robotización, big data y redes digitales producen una estructuración social de clases similar al feudalismo. Si en el feudalismo existían tres clases sociales (nobleza, clero y el tercer estado), en cuya cúspide se encontraba el Rey, los teóricos del tecnofeudalismo estilizan las clases en cuatro segmentos: los señores tecnofeudales (una suerte de nobleza digital), que también llaman como “nubelistas” (por ser los dueños de la “nube digital”) y las clases sometidas: tecnovasallos, tecnoproletarios y tecnosiervos.

Los tecnovasallos serían los empresarios que utilizan las plataformas, los algoritmos y las automatizaciones para producir, procesar, colocar, distribuir y comercializar los diferentes bienes tangibles e intangibles. Es importante notar el desplazamiento del control de los medios de producción y distribución: los empresarios tradicionales también son capturados y hegemonizados en los dispositivos tecnológicos la “nobleza” tecnofeudal. Los tecnoproletarios serían los trabajadores de las aplicaciones y las plataformas; por ejemplo, los repartidores de comida o empleados de Amazon. Finalmente estarían los tecnosiervos, que no son otros que los usuarios de las redes y plataformas digitales. De esta manera, en la cúspide de la estructuración tecnofeudal tenemos a la “nobleza digital” de los tecnofeudales o señores de la nube, que por controlar las plataformas, las automatizaciones, los algoritmos, la inteligencia artificial, la robotización, big data y redes, se constituirían en la clase social hegemónica de la nueva formación social tecnofeudalista. Y precisamente porque plataformas, inteligencia artificial, algoritmos y automatizaciones funcionan como la gleba medieval, no hay forma de escapar, moverse, tener libertad, decidir y tomar otras decisiones. Tecnovasallos, tecnoproletarios y tecnosiervos estarían atados a la gleba digital. Y por esto mismo, sería más adecuado describirlos en términos de estratificaciones sociodigitales… (se comprende que esta descripción supuestamente “crítica” de los teóricos del tecnofeudalismo les venga bien los Zuckerberg, Thiel, Bezos, Pichai, Musk, Cook, Altman y Zi Chew).

Importa enfatizar que para los teóricos del tecnofeudalismo, recurrir al feudalismo no es un ejercicio de mera analogía, imaginación o simple paralelismo entre la condición social y económica del feudalismo y la actual de los dispositivos tecnológicos de la cuarta revolución industrial. Sostienen que se trata de una verdadera reproducción y producción del feudalismo en nuestra sociedad. Afirman que la descomposición del capitalismo y el predomino de lo que desde las corrientes de la ilustración oscura han denominado como singularidad ha derivado en una nuevo formación social postcapitalista, a la que precisamente denominan como tecnofeudalismo y que tiene el atributo de ser una capital sin capitalismo ni mercado —una característica que se antoja mágica por lo que a continuación analizo.

TECNOFEUDALISMO COMO FETICHISMO

Hasta aquí he descrito a grandes rasgos el tecnofeudalismo apoyándome en tres elementos, pero ¿es sostenible afirmar que estamos ante una nueva formación social, otro tipo de sociedad que sin dejar de reproducir el capital ya no es capitalista. Veamos.

El primer lugar, resulta muy problemático el concepto de historia que presupone el tecnofeudalismo, como si la historia se repitiera. Ciertamente no son los únicos que han destacado la presencia de rasgos feudales en las sociedades capitalistas (Habermas, por ejemplo). El mismo Marx en El Capital aceptaba la supervivencia de vestigios de épocas pasadas; empero, una cosa es sostener esa supervivencia y otra es afirmar una lógica histórica del regreso de formas sociales pasadas, a no ser como farsa; es decir, como recuerda Marx socarronamente en el 18 Brumario, si los grandes hechos de la historia aparecen dos veces, uno es como tragedia y el otro como farsa. No, la historia no se repite, por más que existan similitudes y vestigios. Lo que tenemos es una descomposición del capitalismo y más que un regreso del feudalismo lo que tenemos es la acentuación y cruda manifestación de los elementos fascistas del capitalismo, que siempre lo han acompañado en su desarrollo histórico.

El segundo aspecto por lo que resulta insostenible es la homologación de las plataformas digitales y demás dispositivos del espacio cibernético con el feudo. ¿Por qué no hablar con una semántica más descriptiva y combativa de monopolios y concentración económica de poder en lugar de usar arcaísmos que ocultan su verdadera dinámica? Como afirma Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo, “la particularidad fundamental del capitalismo moderno consiste en la dominación de las asociaciones monopolistas de los grandes patronos.” Y Amazon, Google, Microsoft, etc. pueden ser descritos como específicos monopolios que circulan por medios cibernéticos, plataformas, algoritmos y big data. Ciertamente monopolios diferentes de mayor intensidad por la captura de los flujos de datos, compraventas, producciones, informaciones y subjetividades, y por lo mismo, con una mayor capacidad de control sistémico (elementos a los que hay que agregar la lucha imperialista por el control del ciberespacio entre EU y China).

En tercer lugar está el énfasis en el tipo de ganancia de las Big Techs y su desvinculación del valor: las rentas, como si por arte de magia la riqueza social pudiera autogenerarse, omitiendo en casi todo la línea de análisis (o solo indicándolo de forma superficial) que en el modo de producción capitalista la riqueza social es producto del trabajo abstracto y la apropiación del valor producido por los trabajadores. Porque sólo una vez que se produce el valor, la dinámica y ciclo del capital lleva a distribuirlo y apropiárselo en función de las relaciones de poder de clase y lucha de clases (rentas, intereses, salarios, ganancias, etc.). Ciertamente la lógica de acumulación del capital y el aumento de la composición orgánica, en la que tiene una función central las plataformas, las automatizaciones, los algoritmos, la inteligencia artificial y robotización, llevan a la caída de la tasa de ganancias, pero esta es otra discusión, aunque explicaría la bestial deriva neofascista del capitalismo de los últimos años.

El fetichismo de la renta en el que incurren los intérpretes del tecnofeudalismo también los lleva a ocultar la lucha de clases y en su lugar poner figuras que encarnarían no la violenta apropiación del producto del trabajo de los trabajadores sino seudoclases sociales (tecnoseñores o nobles digitales, tecnovasallos, tecnoproletarios y tecnosiervos), que sirvan más para ocultar las contradicción y antagonismo de clases. Con razón Jorge Veraza afirma que las rentas de los tecnofeudalistas en realidad son un fenómeno de depredación de la riqueza social al que denomina como “esquilmar”.

Adicionalmente, la teoría del tecnofeudalismo, en su afán criticista, termina por ocultan una realidad: a la histórica lucha de clases entre capitalistas y trabajadores, hay que sumar la lucha de clase intercapitalistas entre los magnates de las Big Techs y los dueños del capital industrial y comercial tradicional, pues los primeros literalmente depredan no sólo a los trabajadores sino también a los segundos. En esa lucha entre dos grupos de capitalistas que antagonizan en la apropiación del plusvalor en el contexto de la actual revolución digital, convendría esclarecer, en un futuro texto, el lugar antagónico de la clase trabajadora.

Por estas mismas razones no puede existir, como sostienen los teóricos del tecnofeudalismo un capital sin capitalismo. Para sostener la tesis del capital sin capitalismo, los teóricos del tecnofeudalismo reintroducen la ahistoricidad del capital, de tal manera que en toda la historia, desde la antigüedad, pasando por la Edad Media y hasta la actualidad, el capital ha existido. De esa manera reproducen el típico argumento de la economía clásica y neoclásica de un sistema económico que resulta eterno, natural e inmutable y que termina por justificar la explotación de los trabajadores y la acumulación del capital. Contrariamente a esto, lo que tenemos es la plena vigencia del capitalismo, sólo que en una fase de descomposición que lo llevan a intensificar sus rasgos más criminales vinculados con su inmanencia neofascista.

Si bien puedo estar de acuerdo en no pocos de los diagnósticos que realizan los teóricos del tecnofeudalismo, lo que verdaderamente surge de la revolución digital, de las relaciones sociales, económicas y culturales que promueve, de la apropiación del producto del trabajo abstracto y la subjetividad que producen, no es una sociedad neofeudal sino la deriva neofascista del capitalismo. Ni diferencia ni otra sociedad sino énfasis mortífero y neofascista del capitalismo. Por ello, el multicitado tecnofeudalismo no sería otra cosa sino una forma de ocultar o justificar precisamente aquello que pretende develar: la brutal crisis de acumulación del capital y la posibilidad de exterminar y esclavizar a los pueblos y trabajadores y trabajadoras. En lugar de referirse a los dueños y funcionarios de las Big Techs con términos tranquilizadores de la Edad Media y con los que hasta pueden sentirse cómodos (reyes, señores y nobles), llamémosle como lo que son: tecnofascistas. En lugar de la ruptura bucólica y paliativa del feudalismo, recordemos su continuidad con los fascismos criminales que ha incubado el capitalismo.

Y con esa claridad conceptual, preparemos la lucha de clases al nivel de las tecnologías disruptivas. Porque o ellos o nosotros. Finalmente, una arista que queda pendiente de analizar, después de desenmascarar la verdadera deriva tecnofascista, es la positivización de las tecnologías de la cuarta revolución industrial, para sentar la posibilidad del comunismo, restituyendo las fuerzas productivas a la humanidad y su emancipación.

*Universidad Autónoma Metropolitana-C

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