Padres y alumnos denuncian falta de seguridad y exigen a la UNAM medidas reales para garantizar el regreso seguro a clases.
Por Alex Arenas / @Somoselmedio
Ciudad de México, 27 de octubre de 2025.- Ha pasado más de un mes desde que en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Sur, el estudiante Jesús Israel, de 16 años, fue asesinado por su compañero Lex Ashton. Desde entonces, las clases presenciales permanecen suspendidas y el plantel continúa en paro. Entre la comunidad persiste el miedo y la desconfianza, mientras padres y madres de familia reclaman la falta de respuestas por parte de las autoridades universitarias.

Gabriel Martínez, también de 16 años, cursa el primer semestre en el CCH Sur y estuvo presente el día de la agresión. Hablar del tema, dice, todavía le resulta difícil.
“Pasamos por unos baños, cuando nos dirigíamos a la salida del plantel, empezamos a ver a gente corriendo de un lado a otro sin saber bien qué pasaba”, recuerda. “Mi amigo Zoé estaba más cerca de donde ocurrió todo, nos dijo que tenía miedo”.
Pocos minutos después, Gabriel llegó al metro Copilco. “Ya se decía que alguien había muerto. Me sentí decepcionado, porque como alumno de nuevo ingreso esperas mucho de la UNAM, y se siente feo”, confiesa.
Su relato refleja el desconcierto que se apoderó de cientos de estudiantes aquella mañana: el miedo se propagó por mensajes, redes sociales y llamadas de emergencia antes de que la Universidad emitiera un comunicado oficial.
Marlén Sánchez, madre de otro alumno y participante en los comités de padres formados tras la tragedia, asegura que la comunicación institucional fue deficiente:
“La universidad se tardó en emitir un comunicado. No es posible que nos enteremos de estos hechos por grupos de WhatsApp de alumnos y padres. Como mamá, lo primero que pensé fue: afortunadamente no fue mi hijo, porque pudo haber sido mi hijo”.
El sentimiento de miedo y desprotección —dice— es generalizado. Por ello, varios comités han solicitado medidas concretas para mejorar la seguridad: instalación de detectores de metales, reparación de luminarias, botones de pánico funcionales, una línea de denuncia directa e incluso una aplicación móvil para reportar situaciones de riesgo.
“Ya sabes, todo lo quieren solucionar con una app”, ironiza Marlén, preocupada por que estas estrategias no afecten la libertad y diversidad ideológica de la comunidad estudiantil.
Entre el paro y las clases virtuales
De acuerdo con el Boletín 14 del CCH Sur, emitido el 14 de octubre, la institución continúa trabajando en medidas de seguridad y acompañamiento psicoemocional. Mientras tanto, se exhortó a profesores y estudiantes a continuar las clases de manera virtual.

Gabriel, sin embargo, asegura que esta modalidad no es suficiente: “Las clases en línea son más difíciles. Los profesores no pueden resolver dudas igual, y en casa hay muchas distracciones. Tengo miedo de regresar, pero tampoco estoy aprendiendo bien así”.
El 9 de octubre se dio a conocer que el agresor, Lex Ashton, fue dado de alta del hospital y posteriormente detenido. De acuerdo con una nota de El Financiero, su abogado argumentó que el joven sufrió un brote psicótico y no recuerda lo ocurrido.
“No se me hace justo que su abogado lo justifique con un problema psicológico. Ya es mayor de edad y debe enfrentar las consecuencias de lo que hizo”, sostiene Gabriel.
El caso ha reavivado la discusión sobre las comunidades virtuales conocidas como incels (célibes involuntarios), grupos de hombres que expresan odio hacia las mujeres y promueven la violencia como respuesta a su frustración.
Ejemplos de este tipo de ataques se han documentado en Estados Unidos y Reino Unido, y los especialistas advierten sobre su proliferación en foros digitales.
“Es algo terrorífico”, dice Marlén. “El CCH debería ser un espacio para aprender y convivir, no para tener miedo”.
El impacto del asesinato ha dejado secuelas emocionales en estudiantes, docentes y familias. Más allá del dolor, el hecho evidencia un problema mayor: el deterioro del tejido social y la exposición de los jóvenes a entornos digitales que fomentan el aislamiento y la violencia.
“Siento que la sociedad se está rompiendo”, comenta Marlén. “Nos toca cuidar a nuestros hijos, pero también exigir que las escuelas sean lugares seguros”.
La tragedia del CCH Sur no solo interpela a la UNAM, sino a toda la sociedad. Fortalecer la educación emocional, garantizar la seguridad en las escuelas y atender la salud mental de las juventudes se vuelve una urgencia.
Mientras tanto, padres, alumnos y profesores siguen esperando el día en que el plantel pueda volver a abrir sus puertas sin miedo.
Si eres estudiante o conoces a alguien que necesite apoyo psicológico, puedes comunicarte al Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la CDMX (55 5533 5533) o escribir a las direcciones psicopedagogia.sur@cch.unam.mx y general.sur@cch.unam.mx, donde se brinda atención gratuita y confidencial.

