Desde el transporte público hasta el Zócalo capitalino, miles de mujeres tomaron las calles de la Ciudad de México el 8 de marzo para exigir justicia frente a la violencia, recordar a las víctimas de feminicidio y acompañar la búsqueda de las desaparecidas.

Por Giselle Velasco Matías / @arlette_giselle

Fotografías: Alejandra González Solís / @AleGonSol 

La mañana es soleada y las jacarandas ya florecen. Son ellas quienes acompañan el trayecto de las mujeres que salen a las calles de la Ciudad de México año con año para conmemorar el Día Internacional de la Mujer.

Es 8 de marzo y la ciudad se impregna de color. Decenas de mujeres con prendas moradas y verdes abarrotan el transporte público desde muy temprano. Todas comparten un propósito: salir a las calles a gritar, llorar, bailar o reír, según el ánimo, la historia personal y el contingente con el que marcharán.

Ciudad de México se pinta de morado, crónica del 8M

Este día, miles de mujeres salen a reclamar su derecho a vivir una vida libre de violencia; a nombrar a las víctimas de feminicidio para evitar que se conviertan en una cifra más; a posicionar la búsqueda por las que aún faltan; a exigir justicia; a reclamar el derecho a vivir.

Son aproximadamente las 10:30 horas y en el metrobús con dirección El Caminero – Indios Verdes, la gente ya no puede entrar. Algunas mujeres, con mucho esfuerzo, logran ingresar cueste lo que cueste. Entre empujones y brazos levantados para sostenerse, no faltan las risas y alguno que otro grito de incomodidad.

Los colores morado y verde comienzan a concentrarse en las calles y aumentan en cada estación del trayecto. Jóvenes, adultas y niñas suben y bajan del metrobús. Otras caminan solas o en pequeños grupos. En el ambiente persiste una sensación de complicidad. Una blusa morada, un pañuelo verde, un cartel alusivo a la ocasión o incluso un maquillaje especial parecen ser la señal común. Entre miradas cómplices surge un reconocimiento mutuo: no es necesario conocer la historia de la otra para entender por qué está hoy en las calles.

Ciudad de México se pinta de morado, crónica del 8M

En distintos puntos de la ciudad, comercios, hoteles y edificios amanecieron con maderas y protecciones colocadas en sus fachadas. Entre los reclamos que atraviesan la jornada se repite una pregunta: ¿por qué no cuidar a las mujeres como se cuidan los monumentos?

Uno de los puntos de encuentro más comunes durante este día es la Glorieta de las Mujeres que Luchan. Esta antimonumenta, que antes albergaba el monumento a Cristóbal Colón, fue instalada en 2021 por colectivos feministas y madres de personas desaparecidas. Desde entonces se ha convertido en un símbolo de memoria y lucha. En este punto miles de mujeres se organizan en contingentes diversos para comenzar el trayecto.

Aproximadamente a las 11:00 horas, los contingentes comienzan a definirse y a dispersarse en los alrededores de la glorieta. Por un lado, portando colores naranja, se encuentra el contingente que exige frenar la violencia vicaria. “Es su agresor, no su padre”, se puede leer en algunos carteles.

Ciudad de México se pinta de morado, crónica del 8M

Cerca de ellas están las integrantes de la organización Unidad Nacional Independiente y de Resistencia (UNIR), quienes exigen la liberación de las presas políticas, entre ellas la defensora de derechos humanos Kenia Hernández, privada de su libertad desde 2020. Con ellas comparte espacio la madre de Jeshua Cisneros, joven desaparecido en noviembre de 2025 en Cuautitlán Izcalli, Estado de México.

Hay, además, un contingente que sostiene una manta en apoyo a la Ley Monse, iniciativa que busca castigar a familiares, conocidos o amigos que encubran u oculten información en casos de feminicidio.

Mientras la manifestación avanza y el sol se encuentra en su punto más alto, el sonido de las batucadas persiste como el soundtrack de gran parte del recorrido. Los coros continuos de mujeres que gritan consignas —“¡Ni una más, ni una más!”, “¡Con falda o pantalón respétame cabrón!”— se replican en diversos contingentes y construyen un coro que se repite a lo largo de la marcha.

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Más adelante aparece el contingente Más Mujeres Charreando, un grupo de mujeres que, montando a caballo y vistiendo ropa propia de la charrería —sombreros y vestidos coloridos con volantes— exige mayor presencia femenina en ese deporte históricamente dominado por hombres.

Conforme avanza la tarde, los contingentes se desplazan en dirección al Zócalo. Por momentos predomina un ambiente festivo: baile, risas y gritos eufóricos se mezclan en espacios como los gestionados por el colectivo Son Jarocho Feminista, que con ritmos veracruzanos acompaña el recorrido. Por instantes, la marcha se convierte en celebración.

En otros momentos la jornada adquiere un tono distinto. Familiares de mujeres desaparecidas toman la palabra y gritan los nombres de sus hijas, hermanas o amigas. “¡Nos falta Brenda!”, “¡Nos falta Fátima!”, “¡Nos falta Valeria!” se escucha entre la multitud.

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Entre quienes participan se encuentra el padre de Esmeralda Castillo Rincón, quien busca a su hija desde 2009. Durante el trayecto lanza confeti y brillantina mientras las manifestantes corean: “¡No estamos todas, nos falta Esmeralda!”. Algunas mujeres se acercan para abrazarlo o acompañarlo con una sonrisa.

Alrededor de las 16:00 horas, los contingentes comienzan a llegar al Zócalo de la Ciudad de México, previamente resguardado con placas metálicas que cubren paredes de edificios cercanos. Las láminas son tapizadas con pancartas, consignas, fotografías y fichas de búsqueda.

En la plaza, varias mujeres se sientan en el suelo y comparten comida en lo que parece un picnic colectivo. Las actividades continúan con un micrófono abierto instalado en el centro del espacio. Niñas, adolescentes y mujeres mayores toman la palabra para narrar distintas formas de violencia que han vivido: desde abusos sexuales dentro de la familia hasta violencia económica o manipulación.

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Hacia las 18:00 horas, algunas personas comienzan a retirarse. En distintos puntos del centro histórico, trabajadores cubren con pintura las consignas escritas durante la jornada. En un restaurante de Sanborns, una persona pinta de color beige una pared donde habían quedado marcadas frases de la protesta.

La jornada del 8M llega a su fin, mientras los últimos contingentes se dispersan entre las calles del centro de la ciudad.

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