Canal Once dice que “retomó de manera pacífica” sus instalaciones. Los paristas del IPN denuncian un desalojo sin entrega formal, áreas selladas y corte de energía. El método —trabajadores administrativos contra estudiantes— ya se vivió en la huelga de la UACM.
Por Mario Marlo / @Mariomarlo
El comunicado número seis de Canal Once dice que este domingo 2 de agosto la emisora “retomó de manera pacífica” sus instalaciones, ocupadas desde el 21 de mayo por “un grupo reducido de estudiantes con demandas ajenas a las atribuciones del Canal”. La frase merece detenerse, porque cada palabra hace un trabajo. “Retomó” borra a quién retomó. “Grupo reducido” mide la protesta por su tamaño y no por su causa. “Demandas ajenas” las descarta sin nombrarlas. Y “pacífica” es la palabra que los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional disputan: denunciaron que fueron desalojados sin entrega formal de las instalaciones, que áreas clave quedaron selladas, que no se les permitió recuperar sus pertenencias y que se cortó la energía eléctrica en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas para dejarlos incomunicados. Dos versiones de un mismo domingo. Un medio público eligió una y la firmó.
Vale la pena decir lo que el comunicado calla. El pliego petitorio de la comunidad politécnica no era “ajeno” a nada: respondía al abandono presupuestal en laboratorios, a la falta de insumos en planteles médicos y de ingeniería, y a las fallas de la dirección general de Arturo Reyes Sandoval. El propio secretario de Educación, Mario Delgado, reconoció que esas demandas “requieren presupuesto, cambios institucionales y consultas amplias”, y por eso las declaró imposibles de responder en una sola carta. Un medio público que se define como garante del derecho de las audiencias a la información resolvió no informar cuál era el reclamo que motivó la toma. Esa omisión no es un descuido de redacción. Es una posición.
Escribo esto porque conozco la escena desde adentro. Participé en la huelga de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en 2012, siete meses de planteles tomados por estudiantes organizados y respaldados por profesores y algunos administrativos. La causa era la defensa del proyecto educativo frente al intento de la entonces rectora Esther Orozco de imponer un consejo universitario que el Colegio Electoral había amañado, anulando ocho triunfos de la oposición —el número exacto que le faltaba a Orozco para la mayoría—. Y recuerdo con precisión el 3 de octubre de ese año, cuando partidarios de la rectora, encabezados por Adalberto Robles Valadez, “recuperaron” por la fuerza el plantel Cuautepec: abrieron las puertas con hachas y sacaron a varios estudiantes que mantenían la toma del plantel. Esa noche, los paristas retomamos el control. Aquella recuperación tampoco fue “pacífica”, aunque quienes la ejecutaron seguramente la nombraron así.
Lo que aprendí en esos meses es que una toma no se sostiene por multitud permanente, sino por continuidad. Hubo ocasiones en que dentro de un plantel quedábamos dos o tres. Una vez me tocó ser, por unos días, el responsable del plantel Centro Histórico, mientras otro grupo pequeño cuidaba el edificio de enfrente, conectado por el puente que cruza Fray Servando. El paro se adelgazaba y volvía a nutrirse; los eventos en los planteles mantenían vivo el ánimo. Esa fluctuación es normal en cualquier movilización larga, y es también la ventana que el poder aprovecha para “retomar” y luego contar la retoma como si la comunidad se hubiera ido sola. En Canal Once, según la propia versión de la emisora, en la recuperación participaron trabajadores, en su mayoría administrativos. Lo mismo que en la UACM: personal de la institución puesto a hacer el trabajo de sacar a los estudiantes, para que el Estado no tuviera que mandar a la policía y pudiera llamar “pacífico” al desalojo.
Ahí está el patrón que me interesa nombrar, porque excede a los estudiantes. Durante la inauguración del Mundial de fútbol en la Ciudad de México documenté, para Somoselmedio, cómo trabajadores del gobierno fueron usados para bloquear la avenida Tlalpan e impedir que las madres buscadoras avanzaran con su protesta. Los mismos trabajadores que un día bloquean a las madres que buscan a sus hijos desaparecidos son, en su lógica de uso, los mismos que otro día “recuperan” un canal de televisión. No hablo de las mismas personas, sino del mismo método: convertir a empleados públicos en fuerza de contención para no tener que reconocer a la protesta como interlocutora ni a la represión como represión.
La comunidad politécnica confirmó que asistirá a la mesa de diálogo del martes 4 de agosto en el Casco de Santo Tomás y responsabilizó a la SEP, la Segob y el IPN de cualquier agresión en su contra. Ese es el punto donde la palabra “pacífica” del comunicado se vuelve verificable o falsa: no en la retórica del domingo, sino en lo que ocurra con quienes sostuvieron la toma. A las y los estudiantes del IPN, y a quienes siguen organizados defendiendo la educación pública en México, va mi solidaridad. La sé posible porque hace catorce años, con otras compañeras y compañeros —uno de ellos, por cierto, hoy periodista crítico que trabaja en Canal Once—, logramos destituir a una rectora que también nos llamó grupo reducido. Los nombres del poder cambian. La costumbre de usar a unos trabajadores contra el derecho de otros a protestar, no.

