A 11 años del secuestro y la desaparición de Diego el 4 de septiembre, a la fecha no ha regresado a su casa y no hay avances en su caso ni en su investigación.
Por Andrea Nolasco / @AndreaNol1224
Diego Maximiliano Rosas Valenzuela salió de su casa en Ecatepec, Estado de México, la tarde del viernes 4 de septiembre de 2015. Tenía 16 años y pidió permiso a su madre para reunirse con unos amigos, a unos veinte minutos de donde vivían. Debía regresar a las ocho de la noche. No volvió. Once años después, su madre, Verónica Rosas Valenzuela, sigue sin saber dónde está.
“Diego es mi único hijo y fue secuestrado y desaparecido el 4 de septiembre del 2015 en Ecatepec, Estado de México, hasta hoy sin saber dónde está”, relató Verónica Rosas en entrevista para Somoselmedio.
Esa noche, mientras se disponía a salir a buscarlo, Verónica recibió una llamada. “Recibí una llamada a mi teléfono celular con la voz de un hombre, un hombre maduro, que me decía que tenían a Diego y que si yo quería volver a ver a Diego, pues que tenía que juntar dinero y que no era un juego”, narró. Desde ese momento el hecho era un secuestro: los captores retenían a Diego y condicionaban su liberación a un pago. Los contactos con la familia se prolongaron cerca de diez días. Verónica reunió una parte del dinero con ayuda de su familia y de su trabajo, y un familiar suyo lo entregó tras un recorrido que los delincuentes le hicieron seguir por varios estados del centro del país, en un trayecto que —según describe— revelaba a una organización delictiva con capacidad de operar entre distintas entidades.
El dinero se entregó. Diego nunca fue liberado. A partir de ahí, el secuestro se convirtió en desaparición: los captores rompieron el contacto y la familia perdió todo rastro de su paradero. “Quedaron de liberar a Dieguito. Y al final pues nos mintieron. No lo liberaron, ya jamás se volvieron a comunicar”, dijo Verónica.
Cuando la autoridad estuvo presente y no sirvió
Días después de las primeras llamadas, Verónica pidió ayuda a las autoridades correspondientes, que acudieron a su domicilio para acompañar la negociación. Verónica confió. “Nosotros sí creímos, fíjate, en ellos, y pues hicimos todo lo que ellos nos dijeron”, explicó. Pero, según su testimonio, en una ocasión los agentes se retiraron por la noche con el argumento de que los secuestradores no llamaban a esas horas. Esa noche, dice, los secuestradores pusieron a Diego al teléfono.
El día en que prometieron liberarlo, indicaron que lo dejarían en una gasolinera en Puebla a partir de las seis de la mañana. La familia acudió. Una de las hermanas de Verónica pidió una ambulancia, porque los secuestradores habían enviado una prueba de que habían lastimado a Diego. El contenido de esa prueba se omite en este reportaje por respeto a la familia y a la sensibilidad del hecho. Nadie apareció en la gasolinera.
“¿De qué sirvió que estuvieran ahí acompañando, si hasta el día de hoy no tengo respuesta de Dieguito?”, cuestionó Verónica sobre la actuación de las autoridades. Para ella, su presencia no cambió nada: “El que ellos hayan estado, para mí no sirvió de nada, porque no tengo a Diego”.
Con el paso de los años, y tras integrarse a colectivos de familias que buscan a sus desaparecidos, Verónica ha llegado a una lectura más amplia de lo ocurrido. Sostiene que la persistencia de estos delitos no se explica solo por la capacidad de las redes criminales, sino también por la participación o la omisión de agentes del Estado. “Para que estos delitos sigan cometiéndose, yo también podría decirte que sí hay personas de las instituciones involucradas, ya a nivel municipal, estatal, no lo sé”, afirmó. Es una hipótesis que ella plantea desde su experiencia, no una imputación probada.
Hoy, según relata, el caso de Diego no tiene una línea de investigación abierta que provenga de la autoridad. “Si no hay investigación, pues no va a haber procuración de justicia, y tampoco va a haber localizaciones, ya sea con o sin vida”, explicó. Las pocas pistas que existen, dice, han surgido del acompañamiento de organizaciones y personas solidarias, sobre todo del eje de iglesias, y no de las instituciones de procuración de justicia.
Un país sin herramientas legales en 2015
Cuando Diego desapareció, el marco legal para atender estos casos era distinto al actual. La Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas se publicó apenas el 17 de noviembre de 2017 y entró en vigor el 16 de enero de 2018, más de dos años después de la desaparición de Diego. La Ley General de Víctimas ya existía —fue publicada el 9 de enero de 2013—, pero su implementación era todavía incipiente. Verónica describe ese vacío desde lo que vivió: “En ese 2015 todavía no existía la ley general en desaparición forzada y por particulares. Creo que las familias que están atrás de mí estaban peor, porque ahora más o menos ya hay instrumentos legales, ya hay instituciones que no deberían de existir y existen por nuestros hijos”.
Ese avance, subraya, no lo produjo la voluntad institucional. “Se ha hecho un camino muy grande, pero gracias a las familias”, dijo. Y advierte que las herramientas por sí solas no bastan: “Así tengamos estos instrumentos legales, tengamos las instituciones, pues esto no logra tener un resultado. Y aquí seguimos sin encontrar a nuestros hijos”.
Su historia como buscadora empezó, como la de tantas madres, en una marcha. Una psicóloga le recomendó acercarse a una activista que ya llevaba años buscando a su propio hijo, y la invitó a la movilización del 10 de mayo. Ahí, dice, tuvo un despertar. “Empecé a ver a muchas madres con las fotos de sus hijas y de sus hijos”, recordó. Preguntaba a cada una: desaparecido en Xalapa, desaparecido en Coahuila. “Fue un despertar horrible.”
Diego, antes del 4 de septiembre
Diego Maximiliano fue hijo único. Verónica lo crió sola y volcó en él buena parte de su vida. Desde pequeño fue un niño con mucha energía, que canalizaba en el deporte: karate, natación, patinaje, y sobre todo el fútbol, que practicaba los fines de semana con un equipo de su colonia y con el que llegó a ganar campeonatos.
Era aficionado del América. Coleccionaba tenis deportivos de sus ídolos, entre ellos Cuauhtémoc Blanco y Guillermo Ochoa. En algunas ocasiones asistió al Estadio Azteca con sus tíos, donde pudo vivir de cerca el ambiente del fútbol que tanto le gustaba.
La música los unía. Diego escuchaba de todo: pasó del reguetón al pop en inglés y a bandas como Coldplay, que descubrió tocando el videojuego Guitar Hero con sus primos. Pero había un gusto heredado de su madre, fanática de Caifanes, y un plan pendiente entre los dos. “Era como un sueño que teníamos: que yo lo iba a llevar a su primer concierto, y que ese primer concierto iba a ser juntos, a ver a Caifanes”, relató Verónica. Entre las canciones que Diego guardaba había una que él escuchaba mucho, “Tú sin mí”, de Dread Mar I.
Diego cursaba la preparatoria. En un diagnóstico de orientación educativa que le aplicaron en la escuela —documento que Verónica conserva—, escribió que quería estudiar Derecho, y después Ciencias Políticas y Economía. En ese mismo cuestionario, cuando le preguntaron con quién contaba, respondió que siempre con su mamá. Sus metas eran terminar la preparatoria, mejorar su promedio y, más adelante, poner un negocio o comprar una casa para independizarse junto a sus primos, con quienes creció como hermanos.
Ese proyecto de vida quedó suspendido el 4 de septiembre de 2015. Diego salió de casa con una playera blanca sin mangas, un suéter tejido de manga larga en tonos entre café y anaranjado, un pantalón azul claro tipo pants y unos tenis negros de la marca Supra que su madre le había comprado poco antes.
Once años de búsqueda
Para Verónica, conservar las cosas de Diego es una forma de mantenerlo presente. Guarda su recámara, sus juguetes, su ropa, sus libros. “Aún conservo sus cosas, porque no pierdo la esperanza de encontrarlo con vida. Hasta no tener respuesta, Diego para mí está vivo”, dijo. Cada año conmemora la fecha. Este 2026, con la desaparición cumpliendo once años y el cumpleaños 27 de Diego cayendo el 29 de agosto, planea realizar una misa frente al mural que un artista pintó en su memoria en la colonia Llano de los Báez, en Ecatepec —el último lugar donde lo vio antes de que se lo llevaran.
También busca una reunión con la alcaldesa de Ecatepec. Quiere que se transforme una jardinera abandonada de la colonia San Martín de Porres, un punto donde los captores dejaron la última prueba de vida de Diego y que hoy permanece lleno de basura. Pide, sobre todo, que se instalen cámaras. “Cuando dejan ahí la prueba de vida, nosotros hubiéramos podido ver quiénes eran esas personas, y las cosas hubieran sido totalmente diferentes”, explicó.
Verónica pide difundir que mantiene un buzón de paz en la colonia Llano de los Báez, donde cualquier persona con información sobre Diego puede dejarla; ese buzón, dice, solo lo abre ella.
“Seguimos buscándolo con la esperanza de encontrarlo vivo”, expresó Verónica al cierre de la entrevista, con un mensaje dirigido también a su hijo, dondequiera que esté. “Sigo adelante, sí lo extraño mucho y me duele mucho que no esté, pero también él es mi impulso para seguir buscándolo, y toda su familia lo ama y lo extraña”.
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Si tienes información sobre el paradero de Diego Maximiliano Rosas Valenzuela, puedes comunicarte con las autoridades de búsqueda o dejar tu mensaje en el buzón de paz ubicado en la colonia Llano de los Báez, en Ecatepec, Estado de México.





