Algunos dirán que la verdad es la verdad y por lo tanto, tarde o temprano sale a flote. Pero epistemológicamente las cosas no son tan sencillas, pues hace tiempo que la verdad dejó de ser del orden de la concordancia (A=A´). Como han estudiado Nicolás y Frápoli en su libro Teorías contemporáneas de la verdad, existen diversos regímenes de la verdad, es decir, diferentes procedimientos a través de los cuales se producen los discursos de la verdad, algunos de los cuales descansan en relaciones de poder.
Además, desde la emergencia del posestructuralismo y el posmodernismo, que coincide con el afianzamiento del neoliberalismo en los ochenta del siglo pasado, se ha controvertido que exista la verdad para sostener en su lugar postulados relativizantes. Tú tu verdad y yo mi verdad es el emblema de estas corrientes de pensamiento, con un influjo nada menor en la praxis política, sobre todo en los movimientos y grupos identitarios (que hacen de la identidad un absoluto).
A contracorriente de esas tradiciones, debemos sostener tercamente existe un mundo objetivo y ese mundo objetivo puede ser percibido, captado y descrito a partir de su economía, sus relaciones sociales y relaciones de fuerza, que se expresan en las contradicciones capital-trabajo, la tierra, la explotación, el imperialismo, el sometimiento, la lucha de los pueblos, el exterminio y el genocidio de pueblos como el palestino.
Entonces si existe esa realidad sólida y objetiva, ¿cómo explicar que, frente al cúmulo de información, imágenes y testimonios del genocidio en Gaza, siga existiendo una impresionante operación para denegarlo, sobre todo por parte de los Estados, los medios de comunicación dominantes y las elites políticas?
Todo lo anterior puede parecer contradictorio y trágico porque el reconocimiento de lo que sucede en Gaza gana mayor difusión entre los sectores populares; muestra de ello es que a pesar de la renuencia de los medios de comunicación (sobre todo de los dominantes), cada vez más son obligados, por las corrientes de opinión que vienen de abajo, a recoger en sus notas e informaciones la brutal realidad del genocidio.
Como mero ejercicio fotográfico, veamos algunos encabezados de medios nacionales e internacionales. La Jornada cabecea una nota: “Exigen a México romper relaciones con Israel por genocidio en Gaza” (25/07/25); El Universal, más cauto remite a un tercero la fuente: “Mayor organización de expertos afirma que Israel está cometiendo genocidio en Gaza; Tel Aviv rechaza acusación” (01/9/25). La BBC también remite a un tercero y titula una nota: “Israel comete genocidio en Gaza, concluye la principal asociación legal de expertos en este crimen contra la humanidad” (5/9/25); la Deutsche Welle (DW) opta por entrecomillar la palabra: “España anuncia medidas contra Israel por «genocidio» en Gaza” (8/9/25); la misma estrategia de entrecomillar la palabra la encontramos en El País: “1.400 figuras del mundo del cine se comprometen a no trabajar con instituciones y empresas israelíes «implicadas en el genocidio»” (08/09/25).
Algo similar sucede con France 24: remite a un tercero al nombrar el hecho: “Israel está cometiendo un genocidio en Gaza, concluye asociación de académicos” (1/9/25). Lo mismo hace The Guardian: “Israel committing genocide in Gaza, world’s top scholars on the crime say” (1/9/25). Otros medios de comunicación dominantes como The New York Times aun dan cabida a negacionistas: “No, Israel no está cometiendo genocidio en Gaza”, cabecea una nota de opinión (24/07/25). Por supuesto, los medios de comunicación independientes son lo que nombran con mayor claridad el genocidio.
Es de llamar la atención que algunos de estos medios de comunicación dominantes que ya dan cabida a la palaba genocidio para nombrar, así sea con comillas o con cautela, lo que pasa en Gaza, aun no la incluyen entre el conjunto de palabras claves, que son centrales para los motos de búsqueda. Por no mencionar las redes sociales que censuran el usos de esa palabra referida a los actos de Israel. Por ejemplo, en la nota citada de El País, aparece la siguiente lista de palabras-clave: “Oriente medio, Oriente Próximo, Conflicto árabe-israelí, Israel, Palestina.” En la lista no se recoge genocidio. Tampoco la recoge The Guardian.
Esto no es un asunto menor, porque nombrar correctamente la realidad es evitar distorsionarla, velarla, trastocarla y así describirla objetivamente. Ilan Pappé afirma que todavía hasta la primera década del dos mil, la palabra que se usaba para describir lo que pasaba en Palestina era la de “conflicto”, dando a entender que se trataba de una pugna entre dos rivales en condiciones de igualdad; con lo cual se ocultaba la total desigualdad de las fuerzas y las condiciones reales de exterminio y desplazamiento desde 1948. La introducción de conceptos como genocidio, apartheid y colonialismo para describir la realidad palestina fue central para refocalizar la lucha y dimensionar lo que realmente pasaba. Por eso, por estar mediados por la palabra y los discursos, medios de comunicación y universidades son espacios centrales de lucha política.
Entonces frente a esa tendencia para nombrar el genocidio y la terrible realidad que nombra, ¿cómo explicar el silencio, complicidad y apoyo de los gobiernos de todo el mundo al estado de Israel? Aunque ha habido excepciones que lo condenan o plantean soluciones, siguen siendo posiciones sin peso político o tibias como para cambiar el estado de cosas (Sudáfrica, Colombia, Venezuela, Brasil, Chile, y más recientemente, España, entre otros países, incluida la votación de la Asamblea General de la ONU que acordó el 132 de septiembre, con 143 votos a favor, 10 en contra y 12 abstenciones, la solución de los dos Estados: Palestina e Israel). Aquí se puede consultar la RESOLUCIÓN.
Esto no sólo mostraría una escisión entre los gobiernos y sus pueblos en la fase actual del capitalismo. Gobernantes que cada vez representan menos los intereses populares (que se expresan en las corrientes de opinión de los medios, en las protestas y marchas propalestinas). También hay algo más; de otra manera no se explicaría la terca omisión y complicidad frente a algo tan grave como el genocidio en Gaza.
La explicación está en que estamos frente a un poderoso aparato de producción, gestión y movilización de la verdad en clave sionista. Ese poderoso aparato despliega millones de dólares, cientos de individuos y decenas de organizaciones sionistas en los centros neurálgicos del capitalismo globalizado. Es un pulpo difuso, cuyos tentáculos se extienden en las principales sedes y empresas del capitalismo globalizado, en la industria armamentista, en la industria tecnológica, en los medios de comunicación dominantes, en las redes sociales y en las universidades de todos los países.
Pero además es un poderoso y eficiente aparato para determinar, encauzar e incidir, tanto en la política doméstica de las principales potencias del mundo, así como en su política exterior; principalmente en la de Estados Unidos, como principal potencia militar e imperialista. John Mearsheimer y Stephen Walt, en su libro El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos han descrito la manera en que esa máquina multifacética incide en representantes, senadores, gobernadores, alcaldes y presidentes de ese país. Mearsheimer y Walt sostienen que “cualquier político que desafía sus políticas tiene pocas posibilidades de convertirse en presidente”; e incluso, afirman, para darnos una idea del peso de esa maquinaria, que incide más en la política exterior de Estados Unidos que el petróleo.
A esa poderosa maquinaria productora de enunciados, poder, subjetividades y de una “verdad” que oculta su sangre, su destrucción, su lodo inhumano, su asesinato sistemático y genocidio se le conoce como el lobby sionista. El lobby sionista no es —nos dicen Mearsheimer y Walt— una organización homogénea y monolítica; tampoco un conciliábulo u organización conspirativa. Opera a la luz del día y en el marco de las leyes de la democracia burguesa. A diferencia de otros lobbies como el “lobby de los seguros”, el “lobby de las armas” o el “lobby farmacéutico”, el lobby sionista no se presta a “una identificación demasiado precisa”, “centralizada y jerárquica”, aunque, nos dicen los dos autores referidos, “es fácil identificar a los grupos que son claramente parte del lobby —por ejemplo, la Organización Sionista de Estados Unidos (ZOA, en sus siglas en inglés)” o la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee [Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel]). Son cientos y están por todo el mundo. Y no se trata de una conspiración sino de una trama de poder, enunciados, capital, armas y tecnología articulados a la causa sionista.
Por eso, para estos autores, forman parte del lobby sionista cualquier organización formal o informal, agente individual o colectivo, empresa chica o grande, que apoyen la solución genocida del estado de Israel y la expulsión de los palestinos. Ilan Pappé en su libro El lobby sionista. Una historia a ambos lados del Atlántico, enfatiza la actividad y a partir de ahí lo describe como una “influencia desplegada para cambiar la política gubernamental o alterar la opinión pública.”
Como sea que lo definamos, el lobby sionista tiene por objetivo producir, construir y sostener una “verdad” que tiene su origen en una profecía que afirma que “era voluntad de Dios reunir a los judíos del mundo y transportarlos a un Estado propio en la Palestina histórica” (Pappé). Pero esa profecía requiere su debida secularización en la historia de carne y hueso, en la historia de los pueblos; por ello debe dar paso a la formidable maquinaria del lobby sionista para hacer que la historia continúe el desarrollo preestablecido en la profecía y, en caso de que se desvíe, reencauzarla… sea con los argumentos, sea con las armas, sea con el genocidio. Para ello, como apunta Ilan Pappé, es clave modelar y canalizar la historia en su triple despliegue: en el accionar de los gobiernos, en la opinión pública y en las universidades del mundo (estos dos últimos espacios donde se produce el discurso, la verdad y la subjetividad).
De esa manera, la verdad revelada y la verdad histórica son el objetivo que persigue el lobby sionista. Y se le refiere en singular porque, a pesar de la pluralidad de actores y organizaciones individuales y colectivas, sociales y empresariales, privadas y gubernamentales, tienen el mismo objetivo. Pappé precisa que el lobby sionista combina una doble estrategia para ocultar la limpieza étnica de los palestinos y descalificar a las voces críticas:
“…ha dado lugar a una realidad peligrosa en la que por sistema se equiparan antisemitismo y antisionismo, y en la que la preocupación por las comunidades judías está teñida de un fuerte sentimiento antipalestino y en ocasiones de pura islamofobia.”
Ciertamente existen muchos más elementos que podrían explica (que no justificar) la negación y ocultamiento de la expulsión, limpieza ética y final genocidio de la población gazatí, pero entre los elementos centrales debe estar la compleja trama que ha conducido, desde el siglo XIX, a la creación del lobby sionista y cuya convergencia con el retorno de Donald Trump a la Presidencia del principal país imperialista, con toda su carga de xenofobia, violencia, machismo y neofascismo, ha sido determinante para la escalada de agresión y violencia del Estado de Israel (que se encuentra en una nueva fase de arrasar con todo: edificios, viviendas, infraestructura, huellas, para con ello culminar el colonialismo de asentamiento); ya no sólo sobre la población palestina sino sobre estados soberanos como Irán, Qatar, Irak, Líbano, Túnez, Yemen y Siria. La constitución de Israel como una potencia militar, tecnológica, nuclear, económica y represiva no se explica sin ese apoyo y otros como el de los europeos.
El estado de Israel, con Estados Unidos, hoy por hoy es el principal generador de violencia, exterminio y desestabilización en el capitalismo globalizado, por más que estemos ante el reflujo hacía medidas arancelarias y proteccionistas. El ala sionista de Israel, con Estados Unidos, como sedes del imperialismo, el capitalismo y la violencia global, son los enemigos número uno de la humanidad.
Frente al enorme poder difuso y legitimador del genocidio por parte del lobby sionista sólo cabe oponerle los contrapoderes de la organización popular en grupos y movimientos, como ha desmostrado eficazmente BDS [Boicot, Desinversiones y Sanciones], fundado en 2005 y con presencia en varias partes del mundo. Desafortunadamente en México sigue existiendo una dispersión y competencia entre los grupos propalestina que ha impedido, en su diversidad, crear un movimiento unitario, a pesar de que persiguen el mismo objetivo. Hagamos votos por que sea posible.
En tanto, una tarea parcialmente pendiente que tenemos en México es precisar la trama del lobby sionista que opera en nuestro país. Si bien BDS-México ha continuado señalando algunas empresas trasnacionales como Intel, Reebok, HP, Carrefour, Dell, Xbox, Texaco, entre otras, haría falta un trabajo más minucioso para desvelar su tejido y articulación, localizándolas de forma más sistemática en la urdimbre de las universidades, empresas, los gobiernos municipales, estatales y federal, medios de comunicación y redes sociales. Develar su mapa de relaciones de poder, intereses, actores, producciones, enunciados, espacios, organizaciones y niveles.
*Profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana-C

