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Gobierno sin identidad

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Cuauhtémoc, Ciudad de México, México, 25 de abril de 2025. La doctora Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos en conferencia de prensa matutina “Las mañaneras del pueblo”, en el Salón Tesorería de Palacio Nacional. La acompañan Marath Baruch Bolaños, Secretario del Trabajo y Previsión Social; Laura Velázquez Alzúa, coordinadora Nacional de Protección Civil y Bulmaro Juárez Pérez, divulgador de lenguas indígenas, presentador de la sección “Suave Patria”. Foto: Presidencia

Por Max González Reyes

Decía Daniel Cosío Villegas que cada presidente tiene “su estilo personal de gobernar”, y tenía toda la razón. Cada presidente ha dejado un sello distintivo de su presidencia. La afirmación anterior no sólo se refiere a las obras públicas que cada mandatario deja en su sexenio para recordarlo sino, sobre todo, al modo de gobernar de cada presidente. En el régimen del PRI, los presidentes, a pesar de ser emanados del mismo partido, siempre buscaron desmarcarse de su antecesor, a fin de imponer su propio sello en su mandato. El presidente Cárdenas cuando vio que el jefe máximo, Plutarco Elías Calles, le hacía sombra, no dudó en mandarlo al exilio y con ello dar un golpe de autoridad para demostrar que él era el presidente. Posteriormente, hizo renunciar a todo el gabinete, en una clara muestra de sacudimiento de actores políticos callistas, y con ello imponer a sus allegados. El mensaje político que estaba dando era “yo soy el presidente”.

De igual manera, en las postrimerías del régimen del PRI, el presidente Zedillo puso en la cárcel al hermano del ex presidente Carlos Salinas, lo que para muchos fue una muestra de la inconformidad por cómo le había dejado el país en aquel fatídico 1994: entrada en vigor del TLC, crisis económica, levantamiento zapatista, asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio y posteriormente el de José Francisco Ruiz Massieu, fueron los puntos más relevantes de aquella presidencia salinista que Zedillo tuvo que enfrentar. La aprensión de Raúl Salinas por parte de Zedillo era para demostrar que ahora él mandaba desde Los Pinos, otrora casa presidencial.

Los dos sexenios panistas también tuvieron su distinción. Vicente Fox fue la expectativa de un nuevo régimen, y Felipe Calderón se caracterizó por su combate al crimen organizado. A pesar de ser del mismo partido ambos sexenios fueron muy distintos.

Incluso el ex presidente López Obrador desde el primer momento de su sexenio imprimió su propio sello a lo que sería su mandato: implementó sus conferencias mañaneras, canceló la residencia oficial de Los Pinos como casa presidencial para irse a vivir a Palacio Nacional; sus declaraciones diarias tenían su propio estilo, de tal manera que lo que decía causaba cierta conmoción en todo el ambiente político. Su forma agresiva, de confrontación, de defensa, etc. Esa era su forma de llevar la presidencia. A algunos les gustó, a otros no, pero ese era su estilo.

Hoy recordamos los sexenios pasados con el mote de cardenismo, avilacamachismo, alemanismo, lopezportillismo, salinismo, zedillismo, foxismo, calderonismo, etc. Al decir esto, se está identificando a cada sexenio con su propio estilo. Bueno o malo, es percepción de cada quien, pero el hecho es que se establece la diferencia entre uno y otro.

Hoy ya ha transcurrido un tercio del gobierno de Claudia Sheinbaum y no se ve en el horizonte una identidad propia de este sexenio. La misma mandataria lo ha gritado a los cuatro vientos: su gobierno es el segundo piso de la Cuarta Transformación. Pero ¿quién construyó el primer piso? López Obrador. Para ella es un orgullo decir que su gobierno es la continuación del anterior. Cuando se cumplió un año de este sexenio, ella celebró los siete años de la llegada de la Cuarta Transformación; y no le causa problema que la asocien con su antecesor. A la fecha, Claudia Sheinbaum vive a la sombra de López Obrador.

La falta de identidad de este sexenio se refleja en que las formas del anterior siguen vigentes: las mañaneras, implementadas por López Obrador, tienen una continuidad con Claudia Sheinbaum; si bien, ya no son tan largas, siguen teniendo la misma estructura. Los programas sociales son los que implementó el gobierno anterior. Las giras que realiza la presidenta los fines de semana, son una copia de las de López Obrador. Su política de casi no salir al extranjero no es otra que la misma de López Obrador; hacer viajes en líneas comerciales, lo implementó López Obrador. Al igual que López Obrador, tomó Palacio Nacional como casa presidencial, y en muchos momentos, la presidenta toma actitudes semejantes a las de López Obrador.

Esta copia también se ha trasladado al ámbito constitucional. No olvidemos que una de las reformas más importantes del sexenio anterior fue la reforma al Poder Judicial. Esa reforma no se cristalizó con López Obrador sino con Claudia Sheinbaum. La reforma electoral, que no se concretó por discrepancias internas en la coalición de Morena con el PT y con el Partido Verde, era una propuesta de López Obrador.

Transcurrido un tercio del sexenio de Claudia Sheinbaum, no podemos hablar de un sheinbaunismo, ni de un legado de la actual mandataria. ¿Cómo se podrá recordar a la presidenta? Desde luego como la primera mujer en llegar a la presidencia. Rompió ese cerco de asumir que el titular del ejecutivo estaba enmarcado con el sello masculino. Bien por la presidenta. Pero no hay que olvidar que fue la corcholata que eligió López Obrador. Qué sigue después de decir “no llega una, llegan todas”. Pasados dos años, sigue tan campante la sombra de López Obrador en los pasillos de Palacio Nacional.

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