El cambio climático y la transformación de las ciudades están modificando los ríos, sus caudales y la relación histórica que las comunidades han construido con el agua y el territorio.
Por Olga Rodríguez / @olga_rguezo
Durante siglos, las personas hemos llegado al río para encontrarnos. En él, realizamos actividades sociales y vitales para la reproducción y sostenimiento de la vida; lavamos ropa y cuerpos, regamos tierras y saciamos la sed. Aprendimos a nadar y a leer su crecida de acuerdo con el temporal o la sequía. La humanidad desde que es humanidad reconoció en el río referencias para orientarse, para reconocer el territorio y para encontrarse.
Nausícaa llega al río y encuentra a Odiseo. En Fahrenheit 451, el río no sólo salva a Guy Montag borrando su rastro, lo salva porque lo saca del mundo que conocía y lo conduce hacia otro(s). Para Sethe, en Beloved, el río Ohio es frontera y tránsito; lo cruza huyendo de la esclavitud y en sus orillas nace su hija Denver.
Los ríos aparecen como fronteras, guías, caminos, lugares de paso y lugares de encuentro; espacios para pensar(nos), vías de purificación y destino. Quizá por eso resulta tan extraño que las ciudades contemporáneas sigan encaprichadas en esconder sus ríos.
De acuerdo con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), organismo internacional de las Naciones Unidas encargado de evaluar la ciencia relacionada con este fenómeno, el calentamiento global está alterando el ciclo hidrológico y modificando los patrones de precipitación y la ocurrencia de eventos extremos de inundación y sequía. Estos cambios afectan los caudales y la disponibilidad de agua. Advierte también que el aumento de las sequías puede hacer que ríos permanentes se vuelvan intermitentes y que algunos ríos intermitentes desaparezcan, afectando la conectividad de los ecosistemas de agua dulce. (Caretta et al., 2022)¹
La variabilidad climática modifica aquello que hace reconocible a un río: su régimen de agua. Es decir, no solamente estamos alterando cuánta agua tienen los ríos, estamos modificando qué significa que un río esté ahí, alterando la posibilidad de que los ríos sigan siendo los lugares que históricamente han sido.
Hemos atestiguado cómo ríos que durante años fueron una presencia relativamente constante, se convirtieron en un cauce seco durante buena parte del año y al mismo tiempo, experimentaron avenidas mucho más violentas durante lluvias extremas, afectando poblaciones enteras.
El problema no es únicamente la variabilidad climática en torno a las lluvias, sino que sus efectos se intensifican con la transformación del territorio. La urbanización sin planeación, la impermeabilización del suelo, la ocupación de zonas inundables, la contaminación, la extracción de agua, la pérdida de vegetación y la modificación de cauces hacen que las lluvias extremas tengan consecuencias cada vez más graves. El propio IPCC señala que los daños por inundación dependen no sólo de la precipitación, sino también de las condiciones de la cuenca, la urbanización y la ocupación de las llanuras de inundación.
¿Y si dejamos de tratar a los ríos como una tubería que hay que obligar a comportarse de determinada manera?
Durante siglos, las personas supieron que si querían encontrar a alguien podían seguir el río. Quizá hemos olvidado algo que ellas y ellos todavía sabían: un río no es solamente algo que pasa por una ciudad, también es algo alrededor de lo cual una ciudad puede encontrarse.

