La radical polarización política que existe en Argentina ha sido sintetizada en una metáfora espacial: la grieta. En un estudio de Edelman del 2023 realizado en 28 países, Argentina ocupó el primer lugar entre las naciones más polarizadas. La grieta es una honda fractura que atraviesa el campo político y cultural; pero su especificidad es que lo recorre con altas descargas de odio, pasión, intolerancia y sobre todo fanatismo. Su principio es aquel que ya Marx citaba a propósito del comportamiento destructivo del capitalista: “Après moi, le déluge!”. Adaptándolo al contexto de la grieta política, podría traducirse como “si no somos nosotros, mejor el abismo”.
Algunos investigadores sostienen que la grieta argentina inicio con los gobiernos kirschneristas (otros la sitúan más atrás). Por un lado, el kirchnerismo (incluidos peronistas y militantes del partido justicialistas); por el otro, el antikirchnerismo (que incluye una amalgama de adeptos de derecha, liberales, la ultraderecha, radicales y libertarios del mileismo). Su signo es precisamente lo anti como negatividad total, plena, sin matices. Uno dice negro y el otro blanco; uno, sí; el otro, no. En esa cuarteadura, poco importa que el peronismo sea tan de derecha como los anti.
La grieta es el dispositivo para cargar al otro con un odio infinito, que no tiene satisfacción ni límite. La cultura anti se define por la primacía de las pulsiones de muerte. Por eso el anti lleva a tal extremo su fanatismo que prefiere que acontezca una catástrofe, desgracia, destrucciones, muertes, desdichas, a conceder una posición, razón, definición o decisión a su opuesto. El triunfo de un gobierno cruel como el de Milei en las elecciones legislativas del 26 de octubre debe inscribirse en este dispositivo tanatopolitico. Si pudiéramos develar sus profundas motivaciones se expresaría con lo siguiente: te amo tanto que deseo tu destrucción.
Esta cultura anti se ha traslado a México e inició la grieta a la mexicana. Viajó los casi de 7, 500 mil kilómetros que separan la ciudad de Buenos Aires de la Ciudad de México. Con otros actores y contextos, amenaza con tener mayor fuerza por el suelo político en el que se resetea: los más de 40 años de neoliberalismo y su rabiosa cultura anticomunista. Es el mismo dispositivo de la grieta sólo que con una capacidad de abrir fracturas mayores por la infraestructura putrefacta en la que opera. La cultura del emprendimiento, la sobreindividuación, el gerencialismo, la destrucción de la memoria y la solidaridad, la demonización del Estado, el competencialismo, el rechazo de los referentes, la homologación de los relatos y hechos, la violencia e inseguridad que no tenido tregua desde el 2006, el reciclado del pasado panista/priiista del morenismo —todo lo cual es adosado de anticomunismo y rebobinado por los efectos subjetivos de la pandemia y las agencias de la inmediatez de las redes sociales— han creado, finalmente, las condiciones para el surgimiento de subjetividades altamente fanatizables e intolerantes. Après moi, le déluge!
Pero para su plena expresión hacía falta un detonante, un químico activante. Ese detonante es la peculiar militancia de Morena y el cuatroteístas, que han pasado de defender posiciones políticas razonables a constituirse en un polo intolerante hacia los que piensan diferente, incluidos aquellos críticos que podrían ser sus aliados. Por ello, no es exagerado sostener que el fanatismo antiMorena es producido, gestionado y regurgitado, por el fanatismo de Morena. Te amé tanto que deseo tu destrucción. Ciertamente pudo haber sido diferente. Una estrategia diferente de formación y educación política en los cuadros de Morena y la creación de medios alternativos de comunicaciones (redes sociales, youtubers, streamers, podcasts, etc.) que se decantaran, desde posiciones de izquierda, al análisis y el debate con argumentos; pero se ha optado por un estrategia inversa: descalificaciones, pathos, odio y medios de medios alternativos de comunicación cargados de descalificaciones, odio, exageraciones y fanatismo. Si bien, existe una infraestructura putrefacta que funciona como caldo de cultivo, la cultura anti y su carga de negatividad es también producida por el fanatismo de Morena.
Huelga decir que no todo militante afiliado a ese partido es fanático, pero una vez que la grieta se ha instalado, resulta irrelevante porque el campo se ha definido entorno a la polarización. De un lado, los fanáticos antiMorena, del otro los fanáticos de Morena. En esto consiste el carácter de dispositivo de la grieta: arrastra a su campo de mutuas aversiones cualquier hecho, evento, suceso, decisión y corporalidad para tamizarlo en la polarización. En ese doble fanatismo no es importante si son de izquierda o de derecha porque lo más importante son las pulsiones de muerte que los movilizan. Son pura negatividad y necesidad de alimentar su mutuo odio.
Unos sostienen que vivimos en una tiranía, los otros en la verdadera democracia; unos que se ha destruido el Estado de derecho, otros que por fin tenemos uno; unos que México es un infierno; los otros, que es el paraíso en la tierra; unos que se destruyó a la Suprema Corte y otros que ahora sí defiende al pueblo; pero lo específico, su carácter de grieta, es que esta polarización es recorrida con altas descargas de odio, intolerancia y fanatismo. Los hechos, los datos, la realidad, se tornan indiferentes, pues lo importante es la agencia polarizante, fanatizada que se inscribe en la grieta. Si la grieta es legitimizadora para los dos bandos y da sentido de pertenencia, al mismo tiempo es productora de odio.
Los fanáticos AntiMorena consisten en un conglomerado de posiciones: la derecha, liberales, neoliberales, periodistas, intelectuales, empresarios, cierto sector de clase media, cierto sector de universitarios y, para mi extrañamiento, el infantilismo de izquierda, cada vez más sometido a esa grieta. Son tan opuestos entre sí, pero los une el mismo pathos anti, su carga y descarga negativa. Por su parte, los fanáticos de Morena también son un conglomerado contradictorio, diverso, enemistado entre sí, pero de igual manera los aglutina un mismo discurso fanatizante que los carga con una sed de odio y de defender el Reino de Dios en la Tierra. Son dos tipos de fanatismos que rezuman sus pulsiones de muerte, sus odios mutuos, sus pasiones, sus frustraciones y entretejen sus deseos en un recíproco deseo de muerte. Te amo tanto que deseo tu destrucción. Las pulsiones de muerte, impunes y cada vez más enegizadas, recorren las entramas políticas del país.
¿Es posible desactivar el dispositivo de la grieta? Sin duda, pero requiere de una enorme voluntad política de índole masiva y la promoción de contradispositivos que neutralicen el fanatismo y la intolerancia, tornando las subjetividades afiebradas en pausadas, estatégicas y tácticas. Desde el punto de vista de una izquierda congruente con su propia tradición, requeriría reconducir los efectos de superficie de la polarización política en una genuina contradicción y antagonismo del basamento social y económico; es decir, localizar su fractura el nivel del capital y el trabajo. Pero es algo que por el momento no se ve por ningún lado.
Con todo, conviene no confundir el dispositivo de la grieta con la contradicción y antagonismo producto de la acumulación del capital. La grieta se da al interior del mismo bloque hegemónico. Por eso es una pendencia entre hermanos, un fratricidio, una travesía pasional del amor al odio, dos amigos borrachos que se agarran a golpes en medio de la embriagues. Dicho de otra manera, si los fanáticos AntiMorena y los fanáticos de Morena polarizan el campo político, en cambio sostienen similares posiciones de defensa del capital. No es casualidad que los ricos se hayan hecho más ricos durante los gobiernos de la 4T y lo hicieron de similar manera a como fue durante los gobiernos neoliberales del PRI y del PAN.
Por su parte, la contradicción y antagonismo se expresa en la lucha contra los procesos de acumulación del capital. Es una lucha anticapitalista, por la tierra, los valores de uso y por una sociedad que no se base en la explotación del trabajo y el despojo de los bienes colectivos y comunes (si se quiere, una sociedad comunista; pero llámesele como se le llama, los fundamentos son esos). Y la grieta polarizante, precisamente, lo que hace es desplazar y ocultar ese antagonismo estructural entre capital y trabajo mediante las riñas polarizantes y el diapositiva de la grieta (en el cual incluso cierta izquierda infantilizada ha caído). De ahí que la polarización sea incentivada, promovida y mantenida en el campo político y en los medios de comunicación dominantes y alternativos. En funcional al sistema capitalista y los dueños del capital.
No es difícil aventurar que en un futuro no muy lejano el dispositivo de la grieta podrá traer a escena a un outsider, un político de afuera del sistema tradicional de partidos, que puede tener el narcisismo autoritario de Trump, el discurso securitista de Bukele, la esquizofrenia anarquista de Milei (que seduce a sectores despojados de memoria política), con sus dosis de redes sociales, odio, pathos, para sobreponerse a la grieta, pero ahondándola mientras se intensifican las lógicas de desposesión de los bienes comunes, las tierras y, con ello, el capital continua con su lógica depredadora, pero ahora en clave del capital tecnológico y financiero. La grieta: funcional al sistema capitalista y los dueños del capital.
En ese momento histórico, la bestia neofascista se levantará sobre los cadáveres de la Nación y la grieta se llenará de sangre, dolor y sufrimiento para los de abajo y la clase trabajadora. Porque hay que recordar que la emergencias de los neofascismos no sólo es un asunto cultural y de la superestructura ideológica, sino que está en la autonomización del capital financiero y tecnológico. Su símbolo y anudamiento es la criptomoneda: el Trumpcoin. Por eso, para evitarlo, la organización desde abajo y la izquierda se deben hacer, fortalecer y sostener. No en la grieta de los fanáticos AntiMorena y los fanáticos de Morena, sino abajo y a la izquierda. O el abismo. Al tiempo.
*Universidad Autónoma Metropolitana-C

