El 4 de septiembre salieron de Chiepetepec, Guerrero, 77 jornaleras y jornaleros —38 de ellos niñas y niños— hacia el campo agrícola 20 de Culiacán, Sinaloa. La pobreza, el encarecimiento de la canasta básica y la falta de oportunidades obligan a las familias de la Montaña a enrolarse en las jornadas de los surcos de chile morrón.
Por Redacción / @Somoselmedio
Chiepetepec, Guerrero, 4 de septiembre de 2025.– La tarde de este jueves, 77 jornaleras y jornaleros nahuas emprendieron un viaje de más de mil kilómetros rumbo a Culiacán, Sinaloa. Entre ellos se cuentan 38 niñas y niños que acompañan a sus familias en la búsqueda de un sustento en los campos agroindustriales del norte del país.
La temporada de migración laboral comenzó el 1 de septiembre. Con las familias que salieron hoy, ya suman más de 147 las que han dejado la Montaña. La mitad de sus integrantes son niñas, niños y jóvenes. El incremento del costo de la canasta básica y la falta de empleos locales convierten la migración en la única opción de sobrevivencia.
Miguel de la Cruz, habitante de Chiepetepec, migró solo este año para poder costear la educación de sus dos hijos. “Voy al corte de chile morrón en el campo 20 de Culiacán. Nos pagan 3.50 pesos por bote de 20 litros en el planteo. Después, 331 pesos al día, aunque todavía no sabemos cómo estará ahora”, explicó antes de partir.
Las jornadas inician a las siete de la mañana y terminan a las cinco de la tarde, aunque cuando el calor es extremo se suspenden al mediodía. Más tarde, regresan al trabajo con pagos de 60 pesos por hora extra. A pesar de que algunos campos ofrecen vivienda básica, la violencia en Sinaloa mantiene a las familias en constante alerta.
Doña Dolores, también de Chiepetepec, migró con sus cuatro hijos e hijas. Con más de 15 años trabajando en Sinaloa, relató que este año sus hijos continuarán sus estudios en aulas improvisadas dentro de los campos agrícolas. “Mi hija mayor va a entrar a la preparatoria, pero ahí tenemos que pagarla a media hora de donde vivimos”, señaló.
Mientras los abuelos se quedan en la comunidad, las familias jóvenes afrontan el desgaste de pasar hasta 10 meses fuera de casa. Para muchas, la realidad es más dura: la migración implica que niñas y niños abandonen la escuela para trabajar en los surcos.
El trayecto hacia Sinaloa es largo y peligroso. Entre retenes y paradas forzadas, las familias temen la violencia que predomina en las carreteras. Aun así, la falta de opciones en la Montaña los obliga a arriesgarse. “Sobrevivir aquí es estar al límite del desfiladero”, dicen los jornaleros, conscientes de que la esperanza se busca lejos de sus comunidades.
La salida de jornaleros nahuas de Guerrero a los campos de Sinaloa refleja la persistente desigualdad y el abandono histórico de la Montaña. Mientras la pobreza expulsa, las familias continúan enfrentando jornadas extenuantes, riesgos de violencia y la fragmentación de la vida comunitaria, en un ciclo que año con año se repite sin cambios de fondo.



