Guerra e inteligencia: el liderazgo femenino borrado de la gesta independista

Conspiradoras, espías, informantes, combatientes, comerciantes y cuidadoras participaron en distintos frentes de la Guerra de Independencia; sin embargo, buena parte de sus historias quedó relegada frente a una narrativa centrada en los grandes héroes masculinos.

Por Gabriela Martínez / @Gabz_MtzC

Ciudad de México, 11 de septiembre de 2026.- Las mujeres participaron en distintos frentes de la Guerra de Independencia de México: organizaron conspiraciones, realizaron labores de espionaje, transmitieron información, financiaron y abastecieron a las fuerzas insurgentes, atendieron a personas heridas e incluso encabezaron tropas y tomaron las armas. Sin embargo, buena parte de esta participación quedó invisibilizada en el relato histórico construido alrededor de los grandes héroes masculinos.

Así lo expuso la investigadora Áurea Dominga Ávila Rojas, del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), durante la conferencia “Mujeres y Guerra: la participación femenina en la independencia de México”, realizada el 10 de septiembre, en el marco de las actividades previas al 216 aniversario del inicio de la Independencia.

Durante la conferencia, Ávila señaló que la memoria histórica sobre este proceso privilegió durante años las figuras masculinas, pese a que mujeres de distintos sectores sociales participaron de manera activa en la insurgencia y asumieron tareas que iban desde el sostenimiento cotidiano de los campamentos hasta la inteligencia y el combate armado.

La investigadora explicó que, hacia finales del periodo virreinal, la Nueva España tenía alrededor de seis millones de habitantes y que gran parte de la población era joven, vivía en zonas rurales y no sabía leer ni escribir. Se trataba, añadió, de una sociedad profundamente jerarquizada y atravesada por desigualdades económicas, sociales, étnicas y de género.

Estas diferencias también determinaron las posibilidades de las mujeres. Mientras algunas pertenecientes a sectores privilegiados tuvieron acceso a educación y fueron formadas principalmente para convertirse en esposas y madres, otras trabajaron en mercados, campos y distintas actividades económicas para sostener a sus familias.

De las conspiraciones a la insurgencia

Ávila explicó que algunas mujeres criollas se involucraron tempranamente en las discusiones políticas que surgieron después de la invasión francesa a España en 1808 y de la crisis de la monarquía española.

En ese contexto comenzaron a participar en reuniones políticas que posteriormente derivaron en conspiraciones contra el gobierno virreinal.

Entre ellas se encontraron María del Carmen Fernández Barrera Amat y María Josefa de la Riva, vinculadas con la conspiración de Valladolid de 1809, así como Josefa Ortiz Téllez-Girón, quien participó en la conspiración de Querétaro de 1810.

Su posición social y su acceso a determinados círculos de información les permitieron participar en discusiones políticas y establecer redes de colaboración con quienes buscaban transformar el gobierno de la Nueva España.

La participación femenina también se extendió a organizaciones clandestinas como Los Guadalupes, una red que proporcionó información y recursos a la insurgencia.

Ávila mencionó los casos de Leona Vicario, Margarita Peimbert y Antonia Peña, quienes colaboraron desde estos espacios y tuvieron acceso a información política que posteriormente fue compartida con las fuerzas insurgentes.

Antonia Peña, explicó la investigadora, participó además en el traslado de una imprenta desde la Ciudad de México hasta Tlalpujahua, Michoacán, donde se imprimieron materiales que difundieron las ideas y objetivos políticos de la insurgencia.

Estas acciones tuvieron consecuencias importantes para quienes participaron. Algunas mujeres pertenecientes a sectores acomodados pusieron en riesgo patrimonio, posición social y seguridad personal al colaborar con el movimiento insurgente.

Mujeres indígenas y mestizas también tomaron las armas

La participación en la insurgencia no quedó restringida a mujeres criollas y de sectores privilegiados.

Mujeres indígenas, mestizas y de otros grupos sociales conocieron el desarrollo de la rebelión a través de mercados, iglesias, calles y redes comunitarias, y algunas decidieron incorporarse directamente a la lucha.

Uno de los casos recuperados por Ávila fue el de María Manuela Molina, conocida como “La Capitana”, una mujer indígena originaria de la región de Taxco que se incorporó a la insurgencia y llegó a tener mando de tropa.

Molina participó en distintas acciones militares y recibió el grado de capitana por parte de las autoridades insurgentes, en un contexto donde que una mujer tomara las armas y comandara hombres significaba romper las normas sociales establecidas sobre el papel femenino.

Otro caso fue el de María Josefa Martínez, quien se incorporó junto con su esposo a la insurgencia. Tras la muerte de éste, asumió el mando de un grupo rebelde y llegó a desplazarse vestida con ropa considerada masculina.

La documentación histórica del INEHRM también registró que Martínez utilizó esa vestimenta para trasladarse por diferentes poblaciones, observar movimientos militares y transmitir información a las fuerzas insurgentes.

La investigadora explicó que muchas mujeres se incorporaron a la guerra junto con sus familias. Durante el conflicto perdieron esposos, hijos y otros familiares, mientras algunas continuaron participando en la insurgencia pese a esas pérdidas.

Uno de los episodios colectivos expuestos durante la conferencia fue el de las miahuatlanas, un grupo de alrededor de 150 mujeres que en Oaxaca se dirigió hacia un cuartel realista en 1811.

Armadas con palos y piedras, algunas enfrentaron a los guardias mientras otras intentaron liberar a sus esposos, quienes habían sido detenidos bajo acusaciones de participar en la insurgencia.

Espías, correos e informantes

La inteligencia fue otro de los espacios donde la participación femenina resultó fundamental.

La posición que ocupaban las mujeres dentro de la sociedad virreinal les permitió, en algunos casos, desplazarse, establecer redes y obtener información que posteriormente fue utilizada por las fuerzas insurgentes.

Ávila recordó casos como el de Rosa Jacinta de la Paz, quien alertó sobre una emboscada en 1813; María Guadalupe, conocida como “La Rompedora”, quien proporcionó información sobre los movimientos realistas en Chalco; y María Luisa Martínez, comerciante michoacana que transmitió mediante cartas información relacionada con el desplazamiento de las tropas realistas.

Estas actividades tuvieron un alto costo. Las mujeres identificadas como colaboradoras de la insurgencia enfrentaron persecución, encarcelamiento y, en algunos casos, la muerte.

La participación femenina también apareció en actividades que podían parecer cotidianas pero que resultaban indispensables para sostener los ejércitos.

Las mujeres cocinaron, comerciaron, llevaron agua, cuidaron a personas enfermas y heridas y utilizaron conocimientos de herbolaria para atender a quienes permanecían en los campamentos.

Ávila mencionó los casos de Juana y Juana Feliciana, quienes fueron fusiladas por fuerzas realistas en Teotitlán del Camino, Oaxaca, bajo la sospecha de haber preparado tortillas envenenadas destinadas a los soldados.

Rita Pérez y el sostenimiento de la insurgencia

Otro de los casos abordados fue el de Rita Pérez Jiménez, esposa del insurgente Pedro Moreno, quien se incorporó junto con su familia y trabajadores a la insurgencia en el Fuerte del Sombrero.

Cuando los hombres salían del fuerte para realizar incursiones, Pérez quedó a cargo de distintas actividades y organizó, junto con otras mujeres, tareas vinculadas con la atención de personas heridas.

Su familia también experimentó directamente las consecuencias de la guerra.

Su hija Guadalupe Moreno Pérez, de aproximadamente dos años y medio, fue capturada por fuerzas realistas y utilizada como rehén en las negociaciones para intentar recuperar a soldados que se encontraban en poder de los insurgentes.

El episodio mostró que las niñas tampoco quedaron al margen del conflicto. Además de acompañar a las tropas y realizar actividades cotidianas dentro de los campamentos, algunas fueron capturadas y utilizadas como mecanismo de presión contra sus familias.

Leona Vicario respondió a quienes redujeron su participación al amor

Para cerrar la conferencia, Ávila recuperó la respuesta que Leona Vicario dirigió en 1832 a Lucas Alamán, después de que éste atribuyera su participación en la Independencia principalmente al amor que sentía por su esposo, Andrés Quintana Roo.

Vicario rechazó esa interpretación y defendió públicamente la capacidad de las mujeres para actuar por convicciones políticas propias:

“Confiese V., Sr. Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria, no les son unos sentimientos extraños”.

La carta fue publicada en El Federalista Mexicano y constituyó una respuesta a una interpretación que reducía la participación política femenina a las relaciones sentimentales o familiares.

La intervención de Vicario cuestionó la idea de que las mujeres se incorporaron a la Independencia únicamente siguiendo a esposos, padres o familiares. Su argumento reivindicó que también tomaron decisiones políticas propias y asumieron los riesgos derivados de ellas.

Una historia más allá de los héroes

La revisión realizada por el INEHRM permitió mostrar que la participación femenina durante la Guerra de Independencia no se limitó a unas cuantas figuras reconocidas posteriormente por la historia oficial.

Mujeres de distintos sectores sociales actuaron como conspiradoras, informantes, espías, combatientes, comerciantes, enfermeras, cuidadoras, madres, esposas e hijas; algunas participaron individualmente y otras construyeron redes para sostener política y materialmente la insurgencia.

Recuperar esas historias permitió cuestionar una memoria histórica que durante décadas presentó la Independencia principalmente a través de las acciones de sus caudillos y relegó a un segundo plano la intervención de las mujeres.

Su participación mostró que la lucha independentista también se sostuvo mediante redes de información, cuidados, abastecimiento, organización política y acciones militares protagonizadas por mujeres que entendieron la transformación política y la libertad como asuntos en los que también podían intervenir.

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