Crónica del Encuentro Fotográfico México 18 en Cholula: un espacio autogestivo para descolonizar la mirada, sanar la memoria y recordar que ninguna mirada por encima de las otras.
Por Mauricio Tizapán / @TizapanMauricio Fotografías Paco Castillejos / Ya Te Vi
El viernes por la tarde escapé de la oficina con una ansiedad que me pedía salir corriendo de la ciudad. Entre órdenes, pendientes y el ruido cotidiano, la TAPO apareció como la salida más viable para dejar atrás, aunque fuera por un fin de semana, la urgente cotidianidad.
Tardamos casi una hora en abandonar la Ciudad de México. Respiré profundo, intenté relajarme con música y ejercicios de respiración, hasta que la calma se rompió: había olvidado la batería de mi cámara en el trabajo. Busqué en la mochila con una esperanza absurda, pero no había nada. Pensé en regresarme, pero ya no era opción. Volví a respirar, miré por la ventana y vi cómo el autobús dejaba atrás el concreto. Me dije: más cerca de allá, lejos de aquí.
Cholula y las primeras miradas
Ya de noche caminé varias calles hasta llegar al Centro Cultural 11, sede del Encuentro Fotográfico México (EFM). Me recibió Yohan, compañero de Somoselmedio, y después el Sr. Click: barba espesa, mirada atenta, una gorra con una cámara bordada. Era el nombre que había escuchado semanas antes cuando Mario Marlo nos dijo que el EFM, “un movimiento de miradas que se resisten a ser domesticadas”, celebraría su edición número 18 en Cholula.
El CC11 respira independencia. Cada pared sostiene una narrativa distinta, una memoria visual que se abre paso sin pedir permiso. Frente a la puerta principal, una bufanda bordada decía: “ninguna mirada por encima de las otras”. La frase se me clavó en el pecho. En un mundo que mide la mirada por likes, reproducciones o corazones, ese recordatorio era un abrazo y un desafío.
El EFM nació hace 18 años en Puebla como acto de protesta y resistencia: un espacio autogestivo que defiende el derecho a mirar y a ser mirados desde la pluralidad, en una época saturada de imágenes que dicen poco.
Esa noche, antes de ir a la casa solidaria Asther Bóveda Creativa —donde nos darían cobijo—, Sr. Click me ofreció una cobija “por si hacía frío”. Ahí conocí a Quetza, fotoperiodista, quien me recibió con una sonrisa tranquila. En el patio, mientras cenaba unos taquitos de canasta, José Luis, fotoperiodista de Guerrero, contaba la anécdota de un Diablo que apareció en una cobertura, supe que ya estaba dentro de la historia.
Sábado: la mirada que se abre
El sol me despertó con un golpe de luz tibia en la espalda. Volvimos al CC11 para recorrer las exposiciones. Entre luchadores suspendidos en el aire, registros de protestas, mujeres que enfrentaron el cáncer, infancias migrantes, retratos de madres buscadoras, documentales de la frontera, fichas de búsqueda de Guadalajara y la devastación en Gaza, la sensación fue una mezcla de ternura, rabia, memoria y vacío.
La fotografía, entendí ese día, es un territorio emocional: uno camina entre imágenes como quien camina entre vidas ajenas que, de pronto, se vuelven propias.
El taller de autorretrato fue un punto de quiebre. Ver nuestros rostros proyectados en la pared, aceptar nuestros cuerpos, abrazar al colectivo, se sintió como una terapia inesperada. Nunca lo viví en la universidad. Fue una lección íntima sobre la mirada hacia afuera y hacia adentro.
Después vino el trueque de fotografías. Al principio nadie se acercaba a mis imágenes y me sentí diminuto. Mario me explicó la dinámica y fui a proponer intercambios. Así se fueron mis primeras fotos impresas: la Llorona Palestina, el vendedor del periódico Machetearte, el señor que fabrica sus propios juguetes. Vi mis imágenes en manos de otras personas y entendí que el oficio también consiste en soltar.
La noche terminó con la fiesta rompehielos. Bailamos cumbias, payaso del rodeo, jugamos a las sillas y rompimos una piñata con forma de cámara. El hielo nunca fue literal: se quebró en las risas, los pasos torpes y la convivencia que solo ocurre en espacios donde la autogestión también es alegría.
Domingo: Somos el instante, somoselmedio
A la mañana siguiente, parte del equipo de Somoselmedio nos reunimos en el mercado municipal de San Pedro Cholula. Entramos a un local donde servían cecina con barbacoa, nopales, queso panela, tortillas enormes y aguacate fresco. Entre olores, voces y el calor de la comida, pensé: somos instantes.
A veces buscamos la amistad en otros lugares cuando ya la tenemos enfrente, sentados alrededor de una mesa improvisada en un viaje.
Más tarde asistimos a la charla de Mi Valedor y quedé enganchado con la fotografía de calle de Miguel Ángel Avilés. El recordatorio fue contundente: el periodismo y el fotoperiodismo se hacen afuera, lejos del escritorio, cerca de la calle, de la realidad viva. Nuestro trabajo —lo entendí ahí, entre imágenes y voces— es construir memoria colectiva, comunicar desde lo subjetivo y lo objetivo, y nunca olvidar que las historias no nos pertenecen: nos atraviesan.
La conversación entre Mario Marlo y Sr. Click reforzó algo esencial: el trabajo es colectivo o no es. La autogestión no es una opción estética; es una postura política para resistir. Comimos una cemita en el mercado, sentados en fila, observando cómo preparaban el pan, la carne, el queso, y pensé de nuevo: somos el instante, somos el medio.

Cerca de allá, lejos de aquí
El lunes agradecí al sol por sus rayos tibios, dejé una pequeña ofrenda en la casa solidaria y caminé hasta una banca bajo un árbol. Desde ahí se veían el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Respiré hondo. Me reencontré con la última vez que había visto ese paisaje junto a mis padres.
Fui al CC11 a despedirme y agradecer. Me llevé el espacio, las enseñanzas y tres frases que todavía resuenan:
Ninguna mirada por encima de las otras.
Yo quiero ser humano y nada más tengo una oportunidad que se llama vida.
El periodismo no se trata de eventos o agenda, se trata de historias.


























