Familias de personas desaparecidas marcharon en Colima para exigir la localización de mil 476 personas que permanecen sin localizar en la entidad y denunciar la falta de respuestas, el abandono institucional y el maltrato de las autoridades hacia quienes buscan a sus seres queridos.
Por Monserrat Cárdenas / @Somoselmedio
Nayeli, Concha y Marichuy están este domingo en el jardín Libertad por la misma razón. Visten de blanco y en sus ojos hay llanto. Son hermana, madre y esposa, respectivamente, de una persona desaparecida. Las voces de las tres resuenan junto a las de decenas de mujeres más en la calle Madero de la capital de Colima, en la marcha por el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas.
Es 30 de agosto y la movilización anual por las y los desaparecidos de Colima convoca a al menos 200 personas —la mayoría mujeres— para reclamar la aparición de las mil 476 personas que permanecen sin localizar en la entidad y que mantienen a cientos de familias con la incertidumbre y el desasosiego que deja la ausencia. Entre consignas, fotografías y pancartas con nombres, las familias avanzan por el centro de la ciudad. Algunas llevan años marchando; otras apenas comienzan a involucrarse en la búsqueda.
Para Nayeli, este domingo representa ese primer paso. Es la primera vez que ella y su familia marchan para buscar a Raúl Manuel Morelos Muñoz, quien desapareció el 19 de junio de 2023 en la colonia Flor de Coco, en el municipio de Armería.
“Él es muy divertido, le gusta hacer muchas bromas, le gusta mucho escuchar música y nos hace mucha falta”, recuerda Nayeli con la foto de su hermano en las manos, poco antes de ingresar a la Catedral de Colima a la misa en conmemoración de sus seres queridos.
Este año, la protesta está encabezada por dos mujeres vestidas como suelen hacerlo las madres durante las búsquedas de fosas clandestinas: sombrero de ala ancha, pasamontañas y camisa de manga larga para protegerse del sol; el rostro de su familiar desaparecido en el pecho; guantes, jeans y botas para recorrer terrenos difíciles; y, en las manos, una pala y un pico envueltos en flores, listos para “rascar la tierra” y “encontrar tesoros”.
Son la imagen de la labor de alto riesgo que realizan las madres buscadoras en México, un trabajo que han asumido frente a la ineficiencia de las autoridades para encontrar a las más de 130 mil personas desaparecidas en el país y que ha cobrado la vida de 45 de ellas, de acuerdo con el conteo de la organización Artículo 19.
Entre esas mujeres está Concha, quien lleva casi ocho años buscando a su hija. Va con sus dos nietas y su esposo hacia la fila para recibir la bendición del sacerdote antes de entrar a misa. Su hija, Claudia Karina Ramírez Ramírez, fue vista por última vez el 5 de diciembre de 2018 en la comunidad de Quesería, Cuauhtémoc.
Han pasado casi ocho años desde entonces. Para Concha, sin embargo, la larga espera no ha sido motivo de resignación. A la ausencia se suma la dificultad que ha tenido para darle seguimiento al caso desde su comunidad, alejada de la capital, y el mal trato que ha recibido de las autoridades cuando ha ido a preguntar por su hija.
“No he podido venir a las reuniones porque vivimos en Quesería y ya no he tenido contacto con la Fiscalía. Yo puse la denuncia en Cuauhtémoc y después iba y les decía que supe por las noticias que encontraron fosas, y me respondían: ‘No, mientras no le digan nada, por ahí andará’. Pero ya pasaron ocho años”.
Lo que cuenta Concha es también parte del reclamo que atraviesa la movilización: la falta de respuestas y el abandono que, dicen las familias, las ha obligado a buscar por su cuenta. Ante el maltrato gubernamental, la Red Desaparecidos en Colima A.C., colectivo de búsqueda convocante de la protesta, hace un llamado a la unión y a la esperanza en su pronunciamiento:
“La tierra está llena de heridas abiertas. ¡Necesitamos unirnos contra la desaparición! ¡Necesitamos unirnos contra los poderosos que son ajenos e indiferentes a nuestro dolor! Nada nos regresará la paz si nos mantenemos divididos como sociedad. Nada nos permitirá tener la fuerza para luchar y exigirle al Estado si no mantenemos la unión y alzamos juntos la voz”.
A esos mismos poderosos se refiere Marichuy frente al micrófono. Marcha junto a su hija, quien la acompaña a las movilizaciones desde que su esposo, Ricardo Arturo Lagunes Gasca, desapareció el 15 de enero de 2023 junto al líder comunitario de Aquila, Michoacán, Antonio Díaz Valencia, en la comunidad de Cerro de Ortega, Tecomán. La labor que desempeñaba como abogado en casos de defensa del territorio y derechos humanos es considerada la causa más probable de su desaparición.
“Hemos encontrado el horror de esta guerra de exterminio. Y no es una guerra de exterminio en contra de Ricardo Lagunes, de Antonio Díaz, de la comunidad indígena de Aquila; es una guerra de exterminio en contra de todos y todas nosotras. Y que eso quede claro: es una guerra total en contra de nosotros. Los de arriba son muy pocos y los de abajo somos un montón, y somos los que ponemos los muertos”,dice con ahínco en medio de la concentración en el jardín Libertad al finalizar la marcha.
“Por favor, volteen a ver el dolor de las madres, de los niños, de los padres que están buscando a sus seres queridos”,añade.
Como lo expresan en su pronunciamiento, ni Nayeli, ni Concha, ni Marichuy, ni las decenas de mujeres que marchan junto a ellas eligieron estar aquí. No eligieron ser buscadoras ni conocerse en estas circunstancias. “Nos fue obligado por la tragedia”, dicen. Por ello, tienen claro que solo tienen un camino: acompañarse, abrazar las historias de las demás y priorizar la búsqueda de sus seres queridos.























