Solo el 19% del sistema chinampero de la Ciudad de México sigue activo. En Tláhuac, quienes aún trabajan la tierra heredada resisten entre la omisión institucional y el avance de la ciudad.
Por: Jessica Orozco Alvarado / @Somoselmedio
En el suroriente de la Ciudad de México, en los límites donde el concreto todavía no ha ganado del todo, respira uno de los pocos pulmones que le quedan a esta ciudad. Se trata de las chinampas de Tláhuac.
Entre los caminos de agua, los primeros rayos del sol colorean el cielo de naranja y la neblina se posa sobre la superficie formando una capa densa que cubre el paisaje. A lo lejos, una garza blanca levanta el vuelo. Poco a poco, el canto de las aves envuelve el ambiente.
Mientras el sol termina de salir, los chinamperos ya están trabajando la tierra. Aquí todavía se siembra como se lo enseñó el abuelo al padre y el padre al hijo.
Oralia Ruiz Miranda creció entre estas tierras. Su familia lleva generaciones aquí: “Mi abuelito fue José Ruiz Contreras, mi padre Juan Ruiz Ramos, procedemos de las familias más humildes de Tláhuac porque siempre nos hemos dedicado al campo. Gracias a esta actividad mi abuelo pudo darle una profesión a mi padre y él, en calidad de ejidatario y chinampero, me heredó su parcela. Nosotros sembramos maíz y hortalizas”.
En Tláhuac se ha conservado la agricultura chinampera. Más allá de un método de cultivo, es un legado cultural que sigue vivo. Ejemplo de esto es el chapín: una técnica de germinación de semillas que consiste en formar bloques pequeños con lodo extraído de los canales, vaciarlo en una canoa y transportarlo a la chinampa. Un conocimiento que los chinamperos practican hoy como lo hacían sus abuelos.
Las chinampas han sobrevivido desde tiempos prehispánicos. Los antiguos habitantes de México-Tenochtitlan comprendieron que para alimentar a su gente tendrían que sembrar donde no había tierra. Así surgieron. La doctora Beatriz Canabal Cristiani, investigadora de la UAM Xochimilco, explica que “las chinampas son islotes hechos con elementos naturales: balsas de lodo, ramas y ahuejotes ancladas al fondo del lago. Es uno de los procesos tecnológicos más productivos del mundo”. Con el tiempo se incorporaron productos europeos como la cebolla, la col y la espinaca, que se fueron adaptando a la producción chinampera. Las chinampas no eran solo surcos: eran la prueba de que era posible vivir con el lago, no contra él.
Los chinamperos siguen sembrando maíz, lechuga, brócoli, betabel, apio, cebolla, acelgas, coliflor, zanahoria y verdolagas, entre otros productos. “En la zona ejidal de Tláhuac hay producción de mis compañeros de maíz, brócoli y romeritos”, apunta Oralia Ruiz. La producción también se ha adaptado a los tiempos: “las necesidades del mercado de la Ciudad de México han ido cambiando. Ahora se producen hortalizas para la ciudad, desde San Gregorio Atlapulco, San Luis Tlaxialtemalco, Mixquic y hasta Tláhuac. Estas verduras llegan a la Central de Abasto, tiendas de autoservicio y tiendas especializadas”, señala la doctora Canabal.
Pero el sistema enfrenta una crisis que nadie ha resuelto: la calidad y disponibilidad del agua. Los canales reciben descargas de aguas residuales y acumulan basura. Si el nivel del agua baja, la chinampa se cuartea. Si el agua se estanca, pudre el cultivo. Oralia Ruiz es directa: “Cada vez hemos tenido más complicaciones por las carencias del agua y la contaminación de la misma”. Ninguna autoridad aparece en el horizonte con una respuesta.
San Pedro Tláhuac forma parte de la Zona Patrimonio Mundial, Natural y Cultural de la Humanidad declarada por la UNESCO en 1987. En 2017, la FAO reconoció a las chinampas como Sistema Importante de Patrimonio Agrícola Mundial. Sin embargo, según datos del mismo organismo, solo el 19% del sistema chinampero de la Ciudad de México sigue activo y en cultivo. De las 2,215 hectáreas que suman las cinco zonas chinamperas —Xochimilco, San Gregorio Atlapulco, San Luis Tlaxialtemalco, San Pedro Tláhuac y San Andrés Mixquic— únicamente 418 se cultivan a cielo abierto y 98 con invernadero o malla sombra. El reconocimiento internacional no ha bastado para frenar el deterioro.
Las chinampas no solo producen alimentos. Los humedales de Tláhuac son área de importancia para la Conservación de las Aves, refugio y sitio de anidación de especies residentes y migratorias: el pato cucharón, el pato tepalcate, la gallareta americana y la garza blanca, entre muchas otras. Preservar este territorio es también preservar un ecosistema que la ciudad necesita aunque no siempre lo reconozca.

La expansión urbana ha deteriorado el entorno. Asentamientos establecidos en zonas de conservación han secado canales y convertido áreas estratégicas para la sustentabilidad del Valle de México en focos de contaminación. Detrás de cada invasión hay una omisión: la de las autoridades que no aplicaron las normas de protección cuando todavía había tiempo. “Hay zonas que son muy vulnerables por las invasiones. Estamos en resistencia defendiendo nuestros territorios porque cada vez hay más acecho de invasiones, cada vez hay más inseguridad, incluso delincuencia”, dice Oralia Ruiz.
A eso se suma el abandono generacional. Muchos jóvenes prefieren buscar trabajo en la ciudad antes que cargar con una labor pesada y mal pagada. “A los jóvenes de ahora ya no les interesa el campo. Mucha gente prefiere abandonar los terrenos que hacerlos producir. A mis hijos los estoy tratando de incorporar para que sigan con esta tradición que tiene cientos de años”, cuenta Raúl Flores, originario de Tláhuac.

Frente a eso, los chinamperos han abierto sus tierras. Ofrecen paseos de ecoturismo, dan pláticas de agroecología a escuelas, venden canastas orgánicas y usan las redes sociales para dar a conocer sus productos. Resisten sembrando y también contando lo que siembran.
En octubre, los canales se llenan de flor de cempasúchil para guiar a los muertos. En diciembre, de nochebuenas para vestir la Navidad de la ciudad. Los chinamperos de Tláhuac no se rinden. Saben que resistir no es quedarse quieto: es saber adaptarse sin perder la raíz.
Estos territorios resguardan siglos de conocimiento agrícola, biodiversidad lacustre y memoria viva de los pueblos originarios. Perder la zona chinampera sería borrar siglos de cultura e historia que aún definen a esta ciudad. Y recordarnos, de paso, que antes de ser asfalto fuimos lago.
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Este reportaje fue construido y consolidado en el Taller de Periodismo de la UACM SLTZ







