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El uso de la más alta tribuna

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Por Max González Reyes

En México hay espacios que representan algo especial, por lo que ocuparlos significan un gran honor. Recintos como el Palacio de Bellas Artes, simboliza mucho por su carga histórica y cultural. No cualquiera puede presentarse en ese lugar. El Estadio Azteca es otro emblema que en términos deportivos guarda un gran simbolismo, o el mismo Palacio Nacional, es un lugar que guarda buena parte de la historia de este país en sus paredes, junto con el Castillo de Chapultepec. Por lo mismo, quien asiste a estos lugares, debería sentirse orgulloso de ocupar tan alto escenario.

De manera similar, hemos escuchado mucho que los legisladores al hablar desde la tribuna del Senado de la República o desde la Cámara de Diputados, señalan que “es un gran honor ocupar esta alta tribuna” o expresiones como “desde la más alta tribuna de la nación” y cosas semejantes. Pues bien, hemos visto que en los últimos años esa “alta tribuna” ha venido mucho a menos por las confrontaciones y debates de muy baja calidad que se han presentado.

Durante varias décadas, utilizar la tribuna de alguna de las cámaras era para escuchar y presenciar debates de altura constitucional. Era un recinto donde la confrontación de las ideas encontradas exigía un alto rigor conceptual y de conocimiento de la materia jurídico-constitucional. En aquellos años del dominio hegemónico del partido que nació desde el poder, cuando la oposición apenas y tenía una representación, era todo un logro (en primera) llegar a ocupar un escaño o una curul. Y una vez que se ocupaba subir a “la más alta tribuna” significaba exponer las ideas firmes y claras, exhibir las deficiencias del sistema para buscar la apertura y en esa medida ir picando piedra para que el sistema se fuera abriendo. Esos debates se podían presenciar porque entre los legisladores había una buena selección de personajes que conocían la materia constitucional, la historia del país, y en muchos casos habían sufrido en su propia vida los abusos del sistema.

A diferencia de legislaturas pasadas, los debates que hoy tenemos, tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados, distan mucho de aquellas discusiones en torno a la Constitución o alguna otra ley. Es lamentable y de pena ajena observar a través del Canal del Congreso el pobre debate que hoy se libra en las cámaras legislativas. Hoy solo observamos discusiones llenas de pragmatismo, de soberbia y de un protagonismo excesivo por parte de los legisladores.

En el pasado periodo extraordinario, vimos como un par de legisladores se retaron a golpes en plena sesión, justo al centro del recinto parlamentario, a lado de la “más alta tribuna de la nación”. Esas escenas dignas de un “reality show” lastiman la imagen de un recinto donde deben privar las ideas, los argumentos, el debate reflexivo, y no las palabras de descalificación por el simple hecho de ser de otra fracción parlamentaria.

Para nadie es oculto que varios de los que hoy son legisladores llegaron al cargo sin tener un conocimiento, así sea mínimo, de la materia legislativa. De esto, buena culpa la tienen los partidos políticos que, en su afán de conseguir el voto, han reclutado en sus filas a personajes que por tener alguna fama pública creen que serán buenos legisladores. En años recientes los partidos políticos han incorporado a actores y actrices que nada tienen que ver con el quehacer legislativo; a ex deportistas que no conocen de leyes, a líderes de cualquier área que les gusta, más que el debate, la retórica de la descalificación, de la ofensa, de la confrontación. Incluso hay algunos que llegaron al cargo porque salieron sorteados en una tómbola, cuya única virtud fue inscribirse en el proceso interno del partido pero a la hora de legislar no saben lo que están analizando.

En todas las fracciones parlamentarias hay personajes como la senadora Lily Téllez, del PAN; el diputado Cuauhtémoc Blanco de Morena; el senador Gerardo Fernández Noroña, también de Morena; Alejandro Moreno (Alito) del PRI, que nada aportan al quehacer legislativo, pero en cambio, son protagonistas de altercados, peleas y ofensas que son las que destacan los medios de comunicación.

En muchos de ellos no priva el argumento fundado, la exposición jurídica, el razonamiento lógico. No, para la mayoría sus exposiciones son de descalificación al otro, colocar pancartas con mensajes que no aportan nada al debate legislativo, y que solo sirven para salir en el noticiero nocturno, dar la entrevista banquetera, provocar un escándalo. Todo menos legislar.

Lamentablemente, el pragmatismo y la popularidad le ha ganado a la argumentación bien fundada, al debate de altura. Es lamentable que un diputado pida licencia para irse a participar en un reality show; o que sea más importante un partido de pádel que asistir a una reunión de trabajo; o que, durante las sesiones, los legisladores estén viendo un partido de futbol en sus tabletas en lugar de atender la sesión. Ese es el debate que hoy tenemos.

Es terrible que el nivel parlamentario se ha rebajado a niveles de mercado en plenas sesiones del Congreso donde el grito, el arrebato de la palabra, las groserías, los altercados, los jaloneos, etc. sean lo que domine en “el uso de la más alta tribuna” del país.

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