Home Columna La corrupción

La corrupción

0

Por Max González Reyes

El discurso que reiteradamente hemos escuchado de acabar con la corrupción no es de este gobierno; muchos antes con otras estrategias y palabras lo han combatido. Ya Octavio Paz en su libro El Ogro Filantrópico escribía los siguiente:

“… la situación de los partidos políticos es uno de los signos de la ambigua modernidad de México. Otro signo es la corrupción. Desde la perspectiva de la persistencia del patrimonialismo es más fácil entender este fenómeno. En todas las cortes europeas, durante los siglos XVII y XVIII, se vendían los empleos públicos y había tráfico de influencias y favores. Durante la regencia de Mariana de Austria, el privado de la reina, Don Fernando Valenzuela (el Duende de Palacio), en un momento de apuro del erario público, decidió consultar con los teólogos si era lícito vender al mejor postor los altos cargos, entre ellos los virreinatos de Aragón, Nueva España, Perú y Nápoles. Los teólogos no encontraron nada en las leyes divinas ni en las humanas que fuese contrario a este recurso. La corrupción de la administración pública mexicana, escándalo de propios y extraños, no es en el fondo sino otra manifestación de la persistencia de esas maneras de pensar y de sentir que ejemplifica el dictamen de los teólogos españoles. Personas de irreprochable conducta privada, espejos de moralidad en su casa y en su barrio, no tienen escrúpulos en disponer de los bienes públicos como si fuesen propios. Se trata no tanto de una inmoralidad como de la vigencia inconsciente de otra moral: en el régimen patrimonial son más bien vagas y fluctuantes las fronteras entre la esfera pública y la privada, la familia y el Estado. Si cada uno es el rey de su casa, el reino es como una casa y la nación como una familia. Si el Estado es el patrimonio del Rey, ¿cómo no va a serlo también de sus parientes, sus amigos, sus servidores y sus favoritos? En España el Primer Ministro se llamaba, significativamente, Privado… La presencia de la moral patrimonialista cortesana en el interior del Estado mexicano es otro ejemplo de nuestra incompleta modernidad. Lo mismo en los estratos más bajos -la sociedad campesina y sus creencias religiosas y morales- que en la clase media y en la alta burocracia tropezamos con la mezcla desconcertante de rasgos modernos y arcaicos”.

Estas palabras de nuestro nobel de literatura son tan vigentes hoy en día. Todos los gobiernos han planteado estrategias para acabar con la corrupción, pero ninguno lo ha logrado. Aun hoy, que estamos en un segundo sexenio de gobiernos que decían y proclamaban que iban acabar con la corrupción y que ya no iba haber influencias en el gobierno, las sigue habiendo.

Para muestra un botón. En la ceremonia del desfile militar por el Aniversario de la Independencia del 16 de septiembre, el almirante Raymundo Pedro Morales, titular de la Secretaría de Marina, reconoció la corrupción en altos mandos de la dependencia a su cargo en el caso de huachicol fiscal. El funcionario señaló que no se puede omitir y guardar silencio, aunque “fue muy duro aceptarlo”. En sus declaraciones aceptó abiertamente que elementos de la Semar están involucrados en la práctica de huachicoleo.

Cabe recordar que la corrupción por huachicol fiscal llevó a que hoy dos marinos estén muertos. De uno se dijo que se suicidó y del otro que falleció en una práctica de tiro. Se ha mencionado que en la práctica del huachicoleo están involucrados sobrinos del titular de la Semar en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, Rafael Ojeda. El actual secretario de Marina señaló en la ceremonia de la Independencia que esos “son actos reprochables que no nos definen como institución, sino que podría enquistarse y quedarse para dañar a nuestro pueblo… Fuimos nosotros quienes dimos el golpe de timón, porque la lucha contra la corrupción y la impunidad son parte de la transformación”.

Esto refleja que el problema de la corrupción no se acabó en el anterior gobierno, como no se terminó en los otros muchos anteriores. Ese problema sigue arraigado entre la sociedad mexicana. La cita de Octavio Paz refleja lo difícil que ha sido erradicar ese flagelo dentro de nuestra sociedad desde los siglos XVII y XVIII. No es exagerado señalar que la corrupción está en la médula del Estado mexicano. Es la que le ha permitido en algunos casos avanzar y en muchos más retroceder y no progresar. Los intentos para erradicarla han ido desde crear secretarías, programas de gobierno, invitaciones, campañas, etc.

Recientemente se han creado instancias como la Auditoría Superior de la Federación (ASF), la Secretaría de la Función Pública (SFP), la Fiscalía General de la República (FGR), la Fiscalía Especializada en Materia de Combate a la Corrupción (FEMCC) y el Tribunal Federal de Justicia Administrativa (TFJA), pero no ha servido de nada. En realidad, el amiguismo, el compadrazgo, el soborno, la compra de favores, etc. es lo que ha identificado al Estado mexicano.

De nada han servido las leyes que buscan erradicar el fenómeno de la corrupción. En realidad, en ella están involucradas tanto autoridades, funcionarios públicos, ciudadanos, el sector privado. Todos, de una u otra manera han alimentado la corrupción.

Hacia el final de su sexenio, el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, presumió que la corrupción se había terminado. Esas declaraciones fueron parte del simulacro que siempre ha existido. Como lo demuestran las declaraciones del actual titular de la Semar, la corrupción e impunidad siguen vigentes.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here
Are you human? Please solve:Captcha