
Por Max González Reyes
El pasado dos de julio se cumplieron veinte años de la elección más polarizada y controvertida del México actual. La elección presidencial de 2006 fue relevante porque cambió la visión de México y lo convirtió en el país tan polarizado que hoy en día tenemos.
Mucho se recuerda la elección de 1988 y se presume que esa fue el gran sisma del sistema político mexicano. No falta razón a esa afirmación. Pero, a diferencia de esa, la elección de 2006 fue tan relevante porque ese fue el germen del proyecto de país que se vino a cristalizar en 2018 y cuyo proyecto sigue vigente hasta nuestros días.
En 2006 el Partido de la Revolución Democrática (PRD) postuló a Andrés Manuel López Obrador como candidato a la presidencia. Previamente, había sido presidente nacional del partido y buscaba llegar a la máxima magistratura. Desde esos años se dejaba entre ver sus posturas radicales en temas como la economía, la reducción del aparato gubernamental, y una confrontación directa en contra de los gobiernos del PRI y del PAN, cuando éste último ya gobernaba. Además, venía de gobernar al Distrito Federal (aun no Ciudad de México) y, sobre todo, en 2005 había sido víctima de un proceso de desafuero que lo llevó a comparecer ante la Cámara de Diputados. Ese acontecimiento lo posicionó como la víctima lo cual supo aprovechar a su causa. Presentarse como el sacrificado sirvió para apuntalar su carrera a la presidencia. Para el año 2006, la popularidad del candidato opositor era muy amplia, todo México lo conocía.
Por el lado del PAN se postuló a Felipe Calderón, candidato que vino de atrás para lograr la candidatura de su partido, y del lado del PRI a un viejo conocido, Roberto Madrazo, el cual cargaba la loza de la historia del partido y la suya propia. Es un hecho que el entonces presidente Vicente Fox metió las manos a la elección para que Calderón lograra la victoria. Su objetivo era impedir que López Obrador llegara a la presidencia.
La elección de aquel domingo 2 de julio dejó un resultado apretadísimo. Felipe Calderón ganó por un margen de 0.56%. A partir de ahí López Obrador se montó en un discurso radical de no reconocimiento de los resultados electorales. Desde esa noche la expresión “voto por voto, casilla por casilla” se repitió hasta el cansancio que aún se recuerda. Las marchas de protesta, el cierre de calles como la avenida Reforma, fueron la expresión de inconformidad del candidato que siempre se rehusó a aceptar los resultados. Desde esa época viene su expresión “al diablo las instituciones”.
Mucho, muchísimo se ha escrito sobre aquella elección. Lo que siguió fue una confrontación abierta y directa de los seguidores de López Obrador con Calderón. Nunca le reconocieron su triunfo ni su presidencia. Nunca lo bajaron de espurio. Durante todo su sexenio, Calderón tuvo encima la sombra de aquella elección.
Para 2012, López Obrador volvió a repetir como candidato. En esa elección quedó en segundo lugar, no muy lejos del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Pero el todavía perredista no estaba dispuesto a rendirse. Su objetivo era claro. No descansaría hasta lograrlo. Para ese tiempo ya no tenía cabida en el PRD. El Pacto por México que el gobierno peñista estableció con todos los partidos fue la gota que derramó el vaso para que López Obrador y sus seguidores abandonaran el PRD y se organizaran para crear otro partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).
Morena nació formalmente en el año 2014. El gran líder y aglutinador del movimiento fue Andrés Manuel López Obrador. De 2014 a 2018 recorrió todo el país montado en la presidencia del nuevo partido. Todos sabían que él sería el candidato en 2018. Su discurso radical, de cambio de políticos, de una forma de vida austera, de acercamiento con la gente, de ser e identificarse con el pueblo, lo llevó a que en la elección de aquel año fuera el candidato más votado de la historia. Por fin, después de tres intentos logró llegar a la presidencia de la República.
Cabe mencionar que ese discurso radical llevó a una polarización de la sociedad. Ya sentado en la silla presidencial, sus posturas fueron de todo o nada, conmigo o contra mí. Implementó las conferencias mañaneras que tanto éxito le dieron cuando fue jefe de Gobierno del Distrito Federal. Desde ese pulpito matutino despotricó contra todo y contra todos. Empresarios, periodistas, políticos, ex presidentes, intelectuales, líderes mundiales, etc., todos tuvieron cabida en las mañaneras que muchas veces duraron más de cuatro horas. Esas posturas de exaltar la lealtad y descalificar a todo aquel que no pensara como él llevó a un desgaste.
Al principio, su discurso causó novedad, pero con el tiempo se fue desgastando hasta caer en el hartazgo, la monotonía, la repetición. No obstante, la aceptación social que tenía era amplia, tan es así que le dio margen para designar a su sucesora, la actual presidenta Claudia Sheinbaum.
La actual mandataria se asume como una continuidad del proyecto que inició López Obrador. Ella no celebró el primer año de su gobierno sino el séptimo desde que llegó la Transformación; no construyó un plan de trabajo, sino le dio continuidad al de su antecesor; no sentó las bases de un nuevo proyecto, sino se concentró en construir el Segundo Piso de la Cuarta Transformación.
Algo que desde 2006 López Obrador logró incrustar entre la sociedad fue la división entre pueblo bueno y élites malas, entre patriotas y traidores, entre quienes lo respaldaban y quienes lo cuestionaban, entre liberales y conservadores, entre honestos y corruptos. Su discurso fue el de la confrontación, del choque, del encontronazo. Lo más relevante es que esa polarización se mantiene hasta el día de hoy. Esa fue la heredad no sólo de su sexenio, sino de su proyecto político. Dividir, confrontar, estar “conmigo o contra mí,” sin matices ni medias tintas. Si López Obrador era el bueno, todos los que estaban contra de él eran malos. Su herencia fue un país dividido, confrontado. Esa polarización aún se puede observar hasta el día de hoy. Mucho del discurso que mantiene la presidenta Claudia Sheinbaum está basado en el de López Obrador. De pronto hasta sus mismas frases y modos que tanto repetía el ex presidente.
Desde aquella noche del 2 de julio de 2006 el país se divide entre buenos y malos, los que están con Morena y los que están en contra de Morena. Esa polarización, a veinte años de aquella elección, al país no le ha traído buenos resultados.




